Triunfar usualmente es sinónimo de un gran logro en el deporte, mucho dinero en el mundo empresarial, aceptación social en el universo artístico o admiración en el campo académico. De todas maneras, cualquiera de esas circunstancias, es una alimentación sin límites para el ego de la persona afortunada en haber logrado ese estatus.
Muy rara vez reconocemos el triunfo cuando nos recuperamos de una enfermedad, de un accidente o cuando somos parte de una causa noble. En otras palabras, la sociedad ha determinado que el éxito es algo reservado solamente para celebridades que puedan aportar publicidad.
Sin embargo, la persona que ustedes conocerán en este artículo es un triunfador comparable con cualquier atleta, hombre de negocios, artista o profesor.
Cuando Hilda López en el año 1953 le dio la bienvenida a su hijo varón, nunca imaginó lo especial que ese niño sería y que, gracias a él, ella se convertiría en un ejemplo de madre a seguir.
La criatura que había engendrado dentro de su ser y que ahora llegaba a sus brazos había nacido con una deficiencia. El niño viviría toda su vida, afectado por una Hidrocefalia Cerebral. Esta condición es la acumulación excesiva de líquido en los ventrículos cerebrales, aumentando una presión en el cráneo que puede llegar a dañar sus tejidos.
Los resultados de esta enfermedad son los dolores de cabeza intensos por largos períodos de tiempo, continuas náuseas, visión borrosa, problemas de equilibrio/coordinación que por ende llevan a la dificultad de poder caminar.
Con el pasar del tiempo sino existe un tratamiento todas las causas se van agravando; llegando a crear discapacidades físicas e inclusive la muerte.
En la situación de López, cualquier otra progenitora hubiera tomado el camino fácil de entregar su recién nacido a una institución y desaparecerse de su vida; o en el caso de quedarse con el niño, simplemente se resignaría a vivir con un estorbo por el tiempo que este viviera.
Para fortuna de Manuel López, DIOS le proporcionó una madre excepcional que se dio a la tarea de entregarse de lleno a él y a su enfermedad. No hubo doctor ni centro médico que juntos no visitaran. Cada tratamiento disponible en Cuba era un rayo de esperanza para el dúo madre-hijo. Desde bien pequeño participó en clases de ballet para ayudarlo con su balance y locomoción. Es allí donde comenzó su amor y conocimiento por el “arte de andar en puntas” y el cual ha continuado hasta los días de hoy.
Con la llegada de la tiranía a nuestra patria, los recursos médicos empezaron a desaparecer, las luminarias se marcharon del país y la situación para un minusválido se convirtió en drástica.
Uno de los pocos entretenimientos que existía eran los juegos de béisbol en el estadio del Cerro y en 1965, el niño, presenció por primera vez en su vida un partido. De regreso ya en casa Hilda le preguntó si la había pasado bien y que era lo que más le había gustado. Él le contestó que era un juego interesante y que “El Señor de Negro” lo había impresionado.
Ella, con el amor de madre y una inmensa sabiduría le dijo que él tenía la capacidad de llegar a ser un árbitro si se lo proponía. En ese instante el jovenzuelo recibió la mejor noticia de su vida. Había llegado el propósito de su existencia.
Acababa de nacer “Manolito el Umpire”.
Hilda sabía que el comunismo, lugar donde las personas con impedimentos físicos son consideradas una carga pública y producto desechable, jamás le brindaría las oportunidades que existían en EE.UU. y en 1968 abandonó la isla para siempre.
Al llegar a esta nueva tierra la adaptación fue muy dura; encontrar un apartamento adecuado para Manolito, aprender un nuevo idioma, conseguir el sustento diario. A pesar de todos los desafíos siempre prevaleció el amor y la esperanza de un mejor futuro lleno de dignidad.
Manolito se dio a la tarea de aprender inglés al tiempo que su pasión por el deporte lo llevaba a devorar horas frente a un televisor o en los terrenos de pelota de la ciudad. Siempre bajo la supervisión de su mamá.
Su figura se convirtió bien popular y allí descubrió que para poder ser árbitro oficial tenía que graduarse de una institución y después de un largo procedimiento se inscribió en la prestigiosa academia de umpires “Harry Wendelstedt” localizada en Daytona Beach. Se graduó al final de un programa de teoría y entrenamiento de cinco semanas. Su amistad con el doctor José Rodríguez traza desde esa época y ha continuado primero como galeno de Hilda y ahora de su consultor médico.
Ya con su certificación obtenida comenzó a laborar en los mismos parques que anteriormente visitaba como aficionado.
Su mayor trayectoria la llevó en el Boys and Girls Club de Miami bajo la supervisión de Eduardo “El Gallo” Rodríguez. En esa organización ejerció por más de una década y fue allí donde su vida cambió gracias a la generosidad de jugadores, padres, empresarios y directores del club.
En ese momento su condición empeoró al punto que se temía que no pudiera trabajar más y con la posibilidad de no volver a caminar de nuevo. El club inició una campaña, liderada por El Gallo, de generar fondos para una cirugía que requirió implantarle un marca pasos en el cerebro que le ayuda a drenar el líquido. Fue un total esfuerzo de equipo donde todos participaron incluyendo Los Kiwanis de Miami que fue instrumental en hacer los arreglos para que la operación se llevara a cabo y fuera un éxito.
Al recuperarse su vida volvió a la normalidad y su presencia en el diamante continuó una carrera que ha perdurado por cerca de seis décadas.
Al fallecer Hilda se quedó solo, pero gracias a la enseñanza que ella le proveyó y la disciplina que ha llevado en su vida es casi autosuficiente. Tiene su propia vivienda y continúa trabajando como supervisor de umpires en las ligas de niños.
Asiste a una gran cantidad de partidos de Los Miami Marlins en donde es bien querido por los trabajadores del estadio. El ballet sigue siendo una de sus pasiones y aunque ya no lo practica debido a su edad y al avance de su condición, se mantiene yendo a los recitales.
Lo más impresionante de su carácter es que jamás se ha quejado de su condición y que según él lo motiva a esforzarse aún más.
Nuestra amistad se remonta a los años 70’s y recientemente tuve el placer de entrevistarlo en mi programa donde después de terminar la entrevista radial dio un grito de “SI”, enviando un mensaje de “QUE EN LA VIDA TODO SE PUEDE”. Solicitó que le tocaran su canción favorita, “My Way”, la cual es el himno de haber triunfado a la manera del que lo interprete.
Me puse a reflexionar y me pregunté si Paul Anka lo había escrito para Frank Sinatra o si en realidad lo había hecho con Manolito en mente.
De todas maneras, Manolito, todos los que hemos tenido la dicha de conocerte no tenemos duda de que tú de verdad, con un inmenso valor y una gran determinación lo “Has logrado a tu manera”.
Manolito el Umpire es sin duda un ejemplo de admirar.
Que DIOS lo siga bendiciendo por muchos años.








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