El entierro del enterrador

Written by Libre Online

6 de junio de 2023

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Callan. El ruido bajo del pico que desgarra y la pala que recoge se combinan con el resuello humano. El sudor profuso se ampolla sobre la piel y revienta en gotas cálidas que salpican los terrones del fondo.

Generoso, súbitamente, ladea el rostro y efectúa una mueca de disgusto.

-¿Te bañas todos los días?

El muchacho, sorprendido por la pregunta, deja el pico en vilo y con mirada turulata busca respuesta.

-¿Si te bañas, y usas desodorante? -reitera.

-Bueno… Todas las tardes, antes de comer, agarro un cubo con agua, lo tibio un poco en el fogón de petróleo y me baño en el excusado que está detrás de la casa. ¡En mi familia todos nos bañamos! -protesta, empezando a intuir la intención del sepulturero. -El desodorante se lo untan papá y mamá, que son las personas mayores.

-En cuanto el trabajo te hizo sudar, se te destapó tremenda peste a grajo. Ya eres un grandulón y necesitas desodorante.

-¡Me baño tarde por tarde! -se obstina. Enrojece de vergüenza y para disimular, se concentra en la faena.

-No voy a discutir contigo. ¡Apestas a grajo! -Generoso  machaca de mal talante-. Todavía no sé si te dejo trabajando conmigo. ¡Pero con ese tufo a chivo macho que botas sudas no te quiero ni a mil millas de distancia!

—¡Coño! Es que papá y mamá no me prestan el desodorante. Dicen que cuesta dinero y que yo no tengo a quien lucirle -confiesa de un tirón.

-Tú me perdonas, ¡Pero qué tacaños son tus padres! -Generoso  exclama-. Llevan años vendiendo flores  a la entrada del  cementerio. ¡Y ni cuando me junté con Candelaria, Balbino y Eufemia, fueron capaces de regalarnos una florecita! Y eso que ese día los invité a una botella de aguardiente.

-Ahora mismo no tengo dinero, pero cuando vuelva a cazar y vender tomeguines paso por la quincalla de Elías y compro un desodorante.

-No hace falta que gastes tanto -Generoso estima-. Estoy seguro que los desodorantes normales no pueden con tu olor. Mejor te llegas a la botica de Arturito y compras un medio de bicarbonato. Después buscas un pomo vacío que tenga tapa de rosca. Echas el bicarbonato en el fondo del pomo; le exprimes un limón, con mucho jugo, y lo unes todo hasta que se forme una pasta. Un poco de esa pasta te la untas en los sobacos cada vez que te bañes y cada vez que te levantes por las mañanas. ¡Y adiós grajo! Es posible -previene- que como no estás acostumbrado a la combinación de bicarbonato y limón, los primeros días, mudes el pellejo de abajo de los brazos. ¡Ah!, el pomo siempre tiene que estar bien cerrado. Si no la pasta se pone dura y deja de servir.

Felipito desecha el recelo anterior. Adivina en las palabras de Generoso el deseo de ayudarlo. Levanta la cara sudorosa; sonríe y la saliva le burbujea en los labios.

-¡Otra cosa chico! -Generoso adopta un tono sentencioso-. Siempre tienes esa boca llena de baba. Trágatela, que eso se ve feo. Además, a las mujeres no le gustan los hombres que babean como mocosos. ¿Tienes novia…?

-¡Caramba!; no paras de criticarme -Felipito retoma la suspicacia.

-¿Tienes o no tienes novia? -el enterrador desatiende la protesta y persevera.

-No tengo -afirma lacónico y el acné del rostro se arrebola de vergüenza.

-Bueno; hay que buscarte novia o mujer. Ya tienes tamaño para eso. A lo mejor el día que te acuestes con una se te corta la baba.

Felipito suelta una carcajada cómplice y el rubor aumenta. Generoso le dedica una mirada paternalista; lanza el pico a un lado. Sale de la tumba y dice.

-El hueco está bien así. Saca con la pala la tierra suelta del fondo y vamos a esperar por el entierro-. Un viento suave y húmedo le dilata las fosas nasales. Mira al cielo y sopesa -. Hoy no llueve aquí. El agua se fue rumbo a La Esperanza y se llevó el aurero -. Desliza la mano derecha junto a la faja del pantalón, donde cuelga un manojo de llaves y extrae un viejo reloj de bolsillo de color plateado; esfera blanca con motas de tiempo y números romanos. Una cadena corta, del mismo metal, lo asegura a una de las trabillas de la cintura. Consulta la hora. No conforme verifica la posición del disco solar e indica -. Son más de las tres de la tarde. Antes de las cuatro llega el muerto -. Guarda el reloj. Desprende las llaves del cinto; se las extiende a Felipito y le ordena -. Ve a la casita de las herramientas y trae dos trozos de madera redonda que están en el piso. Detrás de la puerta cuando abras.

El muchacho toma las llaves.

-¿Para qué los quieres? -muestra interés.

-A las cinco es el último entierro del día. Será en un panteón. Los troncos son para hacer que la tapa corra. Es muy pesada para levantarla a pulso. ¡Y no vuelvas a preguntarme cuando te mande! Lo haces sin chistar o te vas. ¿Queda claro? -lo conmina.

-¡Ya voy…! ¡Ya voy…! Nada más quería saber… Yo te hago caso -aduce apocado -. ¿Cuál es la llave? -se anima.

-Pruébalas todas para que aprendas -responde agrio.

Temas similares…

LIBRE EN LA MESA

LIBRE EN LA MESA

POR MARÍA C. RODRIGUEZ Alitas de pollo en salsa de tomate Ingredientes Alitas de pollo Sal Harina Tomates maduros...

0 comentarios

Enviar un comentario