30 minutos con Pío XII. HACE UN MES YO HABLÉ CON EL PAPA

Written by Libre Online

19 de octubre de 2022

Por el Padre Jaime Aldeaseca

Tal como se lo contó a Carlos M. Castañeda,  con la cámara de Arias. (1958)

Vívido relato de las impresiones y recuerdos de la entrevista sostenida por el Padre Jaime Aldeaseca con el Papa Pío XII y que hoy se revela con toda su intensidad dramática.

Ese día besé la mano del Papa. Y sentí besar la mano misma de Dios.

Postrado humildemente ante él vi la imagen radiante del Creador, porque más que Papa, Pío XII es un santo.

¡Por eso le besé la mano 14 veces!

Aún me parece verle:

Alto, bien alto, enjuto, frágil., con su túnica blanca y sus brazos tendidos, como sí quisiera abrazar al mundo. Siempre con su sonrisa suave, piadosa, más celestial que humana; y su mirada magnética, profunda, que rinde y que conforta.

Apenas hace un mes que le vi que le oí, que besé su mano devotamente. No pude pensar entonces que Dios le llamara tan pronto. Muerto; me sentí aturdido, me quedé abatido, con toda la sangre huida del cuerpo.

Y me eché a rezar.

¡Verdad que es un santo!

Hace un mes yo hablé con el santo.

Todo empezó con un sobre blanco, sencillo, sin más distintivo que un sello con las insignias papales y un reborde que identificaba su procedencia.

Maestro di Cámara di Suá Sartitá.

El texto escrito en fina plumilla no decía más que lo necesario:

—El Santo Padre le recibirá en audiencia especial el sábado 6 de septiembre de 1958 a las 9 a. m. en el Palacio de Castel Gandolfo.

Yo no conocía al Papa más que de vista. Y confieso que sentí temblar el alma, tan sólo viéndole como un peregrino más, aparecer en su balcón en un atardecer de septiembre.

No creí nunca que le volvería a ver: todas mis tentativas de lograr audiencia fueron baldías; por eso, el sobre que encontré de regreso a mi hotel me sorprendió tanto.

Bien temprano el sábado, emprendí la ruta a Castel Gandolfo sin más paisaje que la monotonía de la campiña italiana, con sus viñedos verdes, simétricos, bien cuidados. Mi prisa nerviosa en la remozada carretera, no tardó en arrancar una festiva frase a un policía ítalo:

—Está bien, que tenga usted deseos de llegar para ver al Papa. Presumo, sin embargo, que no va a que le dé la extremaunción.

Media hora más tarde, me enfrenté al portón barroco de Castel Gandolfo. Sobrios, solemnes, con su reverencias habituales, los guardias suizos me indicaron el camino:

—Tome la escalera principal y deténgase en la antecámara del segundo piso.

Bajo las piedras del antiguo Palacio de Berberini, despojado de su fastuosidad de hace tres siglos, sentí la presencia del Pío XII: todo sencillo, sin nada frívolo o detonante, contrastando con los excesos originales de la arquitectura de una época.

Aún me inquieta pensar en la devota impaciencia que impregnaba la antesala del Papa. Nadie podía tener nervios para sustraerse a la tensión de la espera: alguien buscaba en el mármol gris de los pisos, paliativo a la demora; otro revisaba en silencio los tapices rojos que cubrían el salón rectangular y a tres Hermanas de la Caridad se les oía mascullar su rosario con humildad. Mis pupilas tenían también su blanco preferido: la puerta recargada de filigranas de tintes dorados que todos aguardábamos por que se abriera.

Súbitamente un caballero de frac se adelantó:

—¡El Papa!

Y entró el Papa: vestía de blanco y resplandecía como bajado del cielo mismo. Todos quedamos de rodillas, extasiados en la contemplación de Pío XII, sonriente, benévolo, paternal.

Viéndole moverse, me dio la impresión que más que caminar, corría; a todos sorprendía su agilidad y su destreza, contrastando con los arrugas manifiestas del rostro que denunciaban su ancianidad.

Pronto vino la bendición: el Papa parecía transfigurarse, aproximarse más a Dios, a medida que pronunciaba las palabras santas.

A mí me turbó su presencia, sin inspirarme temor. No tardó en moverme su bondad y me pareció tan bueno, que por momento temí que no fuera digno de estar tan próximo a él. Más que el Papa, creí que veía su estampa: no sabía posible tanta magnificencia en un hombre.

—Encomienden sus intenciones a Dios, que todo lo que pidan les será concedido —dispuso el Pontífice, juntando las manos huesudas y bajando humildemente la cabeza.

Comprendí que “los últimos seríamos los primeros” con el Papa, intencionadamente quedé al final de la fila para departir con Su Santidad. Y no me equivoqué:

-¡Ah!. viene usted de Cuba…. repitió con tono complacido, como si se tratara de una tierra bien querida.

Más sereno, bajo el sosiego que transmitía su mirada honda, pero paternal, rompí el nudo de la garganta para entregarle el álbum que traía de La Habana, encomienda de 13 gente de la televisión cubana.

—Reciba este obsequio como prueba de gratitud por su reciente exaltación de Santa Clara de Asís como patrona de la televisión.

Y no me dejó seguir:

—Es magniífico que los sacerdotes trabajen en la televisión. Ese es un invento maravilloso y todos los católicos tenemos la responsabilidad de no perder ese medio para el apostolado. Le prometo, veré detenidamente ese álbum que usted me trae, precisamente de un país en que la televisión está en plenitud de progreso.

Tras una pausa concluyó:

—Arrodíllese por favor, para que lleve mis bendiciones a mi querido pueblo de Cuba.

Ni un gesto de impaciencia, ni una sensación molesta. Junto al Papa, siempre los minutos parecían más veloces: inspiraba quedarse toda una vida viéndole, admirándole, postrados a sus pies bajo su diestra bendiciente.

Poco después, el salón se colmó con inquietos peregrinos recibidos en audiencia colectiva. Igualmente deferente, benévolo, paternal, el Pontífice vio y oyó a todos. Y hasta queriendo satisfacer a una mujer devota, tomó su solideo y poniéndoselo dijo:

—Ahora podrás decir que lo usó el Papa… ¿No es eso lo que tu querías?

Después vino la fotografía habitual: Pío XII sabía que sus peregrinos no tendrían mejor recuerdo de su visita a Roma, que poderse ver junto con él; por eso instituyó la costumbre y nunca la rehuyó, aún cuando se sintió abatido por la fatiga.

Postrado humildemente ante él, veíase la imagen misma de Dios;  comprendí  que más que un papa, tenía frente a un santo:

_ ¡Por eso le besé 14 veces la mano!

Viéndole marcharse, se le manifestaba más la ancianidad de espaldas; caminaba con más lentitud, con más cansancio tras media hora con sus peregrinos.

¡Verdad que es un santo!

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