20 de Mayo de 1902

Written by Libre Online

16 de mayo de 2023

Por Teodorico Raposo (1946)

Nadie durmió anoche en La Habana. El día de ayer 19 por ser aniversario de la muerte de Martí transcurrió en recogimiento. Negros crespones en las banderas. Pero bajo este silencio aguardaba todo un pueblo la llegada del 20 de mayo. Desde las once de la noche, grandes multitudes empezaron a situarse en el parque central en el Prado, y en el Parque de la India. Aún estaban envueltas en silencio. Otras multitudes se establecieron en los alrededores de la catedral para escuchar la primera campanada de las 12, signo de la entrada del nuevo día, de este 20 de mayo.

Sonó la primera campanada. Ya era el 20 de mayo. Un grito inmenso llenó toda la ciudad. Aún faltaban varias horas, doce en total, para que la bandera cubana fuera izada en el más alto mástil del Morro. Pero ya era el alba del 20 de mayo. Los pitos de las fábricas resonaban alegremente y a ellos respondían las sirenas poderosas de las embarcaciones que se hallaban en el puerto. Ni un metro cuadrado donde no hubiera una tricolor cubana con el triángulo y la estrella solitaria. Aún no había salido el sol, pero la noche se llenaba con fuegos artificiales junto y aquellos que dormían en la víspera del 20 de mayo, abandonaron sus lechos y se unieron a los manifestantes.

Desde las seis de la mañana fue imposible dar un paso en la ciudad. Y que rubio esplendor en la mañana. Una radiosa mañana de primavera. Azul único en el cielo,  una claridad vibrante en el aire. La lumbre parece llegar de todas partes y prende chispas rubias en los arcos levantados en el Prado, en Egido, a la entrada de la muralla, en la Plazoleta de Albear. La muchedumbre se dirige, desde muy temprano, hacia los lugares estratégicos: el Malecón, la Plaza de Armas, y la Cortina de Valdés. Cientos de mujeres llenan los balcones de la Maestranza. La primavera viste a La Habana de oro. Pero las miles y miles de banderas hacen de la ciudad una inmensa estampa en blanco, rojo y azul. Un coche abierto se abre paso trabajosamente a la entrada de Obispo. Dentro de él hay un bastón borlado y un hombre de edad madura, de melena altiva que no ordena el sombrero de copa: es Carlos de la Torre, alcalde de La Habana. Y la multitud, al reconocerlo,  lo ovaciona largamente.

El puerto es un deslumbramiento y el espectáculo adquiere otros relieves. En cada bote, hay una bandera cubana, y los propietarios y remeros de estas embarcaciones que son españoles en su mayor parte, se unen también, leales a la incorporable apoteosis de este primer 20 de mayo. 

Los ojos de la multitud, a ratos se absorben en dos grandes navíos. Uno es el «Calabria» crucero italiano enviado por su gobierno. Otro es el “Brooklyn”. Es un nombre que está en el recuerdo de todos. El “Brooklyn”, formidable acorazado americano, fue el barco insignia en el combate naval de Santiago. La gran unidad de guerra tomará a su bordo al general Leonardo Wood. Pero sus cañones saludarán dentro de unos instantes a la bandera cubana.

Son ahora las 10 de la mañana. Más lumbre en el aire ligero y transparente de este 20 de mayo. Las tropas americanas, que serán las últimas en retirarse, ocupan  la Plaza de Armas. El general Wood ha querido que esas tropas, en su totalidad, como un homenaje a Cuba, estén formadas exclusivamente por hombres que combatieron en las tierras orientales. En efecto, todos aquellos soldados pelearon en el Caney y la Loma de San Juan. En el pecho de casi todos los oficiales y de numerosos soldados luce la Cruz de Santiago. En torno de la Plaza de Armas, a la multitud forma frisos  palpitantes de júbilo.  Una ovación inextinguible saluda a los soldados americanos. 

Muchos ojos se levantan hacia la azotea de Palacio, donde aún ondea la bandera de las barras y las estrellas. Dos sargentos americanos la custodian. Dos «rougraiders» de Teodoro Roosevelt, dos veteranos del Caney a las doce menos cinco penetra en el gran salón de Palacio el general Leonardo Wood. Viste de gala. En el fondo del salón rojo brilla las condecoraciones las charreteras auras. Lo rodea su Estado Mayor. Más uniformes, pero pacíficos. Son los miembros del cuerpo diplomático. 

La ceremonia ha sido sincronizada. Al adelantar el general Wood hacia el centro del salón rojo, también adelanta hacia el mismo lugar el Presidente de la República: Don Tomás Estrada Palma. En torno de este se sitúa su Consejo de Secretarios: Carlos de Zaldo, Estado y Justicia, republicano; Diego Tamayo,  Gobernación, nacional; José García Montes, Hacienda,  republicano, Eduardo Yero, Instrucción Pública,  independiente; Manuel Luciano Díaz, Obras Públicas, nacional; Emilio Terry, Agricultura, Industria y Comercio, independiente.

Se le acredita un indudable acierto al presidente Estrada Palma en la selección de sus consejeros. De las seis carteras del Consejo de Secretarios, como informamos en su oportunidad, don Tomás,  el patriarca de “Central Valley» , ha procedido a un reparto equitativo entre las fuerzas políticas que apoyaron su elección. La presencia de Eduardo Yero, como independiente ha sido muy bien recibida por la opinión pública. También se encuentra junto al presidente Estrada Palma, el vicepresidente señor Luis Estévez Romero. Bella figura de la patria. Casado con María Abreu y Arencibia, la patriota villaclareña que es símbolo de la mujer cubana, y Luis Estévez es un eminente cubano. Otra figura cerca del Presidente durante la ceremonia: Jorge Alfredo Belt,  su secretario.

Transmisión de poderes

El general Wood, situado frente al presidente Estrada Palma lee el siguiente documento, cuya copia nos fuera ofrecida más tarde por el doctor Jorge Alfredo Belt:

La Casa Blanca, Washington, D.C., mayo 10 de 1902.

Al Presidente y al Congreso de la República de Cuba.

Señores: El día 20 del presente mes el Gobernador Militar de Cuba, en cumplimiento de mis instrucciones, os hará entrega del mando y Gobierno de la isla de Cuba, para que de ahí en adelante los ejerzáis conforme a los preceptos de la Constitución acordada por vuestra Convención Constituyente, y tal como queda promulgada en ese día; y en ese instante declarará que la ocupación de Cuba por los Estados Unidos ha terminado. Al mismo tiempo quiero haceros presente la sincera amistad y los buenos deseos de los Estados Unidos y nuestros más sinceros votos por la estabilidad y el éxito de vuestro gobierno, por las bienandanzas de la paz, la justicia, la propia prosperidad y ordenada libertad entre nuestro pueblo, y por una perseverante amistad entre la República de los Estados Unidos y la República de Cuba. – Teodoro Roosevelt, presidente de los Estados Unidos.

Documento protocolar, dirán ustedes. No. Gran documento,  y que el general Leonardo Wood de gran uniforme, severo,  el rostro pálido bajo los cabellos que empiezan a grisear en las sienes,  leyó con una gran emoción. El presidente Estrada Palma escuchó atentamente. Tomó el documento autografiado en su totalidad y lo depositó en poder de Carlos de Zaldo, su Secretario de Estado y Justicia, un  hombre que procede de la banca,  y en quien se advierte una preocupación patriótica.

Hay otras lecturas y la respuesta del presidente Estrada Palma al general Leonardo Wood. Hay un momento de espera. El acto de la transmisión de banderas se cumplirá cuando la bandera oficial americana que es la que ondea en Palacio, sea descendida. El momento adquiere una solemnidad grandiosa. El general Wood da una orden. Las tropas americanas que ocupan la Plaza de Armas, se colocan en atención. Los guardianes de la bandera americana son los sargentos del Séptimo de Caballería. Kelly y “Vondrack. Son ellos veteranos de la Loma de San Juan, quienes descienden de su asta la bandera de las barras y las estrellas. Al pie del mástil se encuentran los tenientes Carpenter y McCoy, la Cruz de Santiago en el pecho. Y son ellos quienes reciben la bandera. Un minuto de silencio. La muchedumbre que llena la Plaza de Armas parece hundirse en un silencio de plegaria. La voz del general Leonardo Wood, desde el balcón,  llena la Plaza de Armas : «En nombre de los Estados Unidos de América,  izad  la bandera de la República de Cuba». Los sargentos Kelly y Vondrack cumplen la orden. Es la bandera de Cuba. Las tropas americanas presentan armas. Estallan las notas del himno de Bayamo. La Plaza de Armas retumba. Son las órdenes para el reembarque. Los roughriders del Caney marchan hacia el vapor Morro Castle que se encuentra junto al muelle de Caballería las calderas encendidas así tapizado de banderas cubanas.

Descienden hacia Mercaderes,  giran hacia Obispo, enfilan hacia el Muelle de Caballería.  Son envueltos en una gigantesca ovación. Un hombre se apremia para incorporarse a su regimiento.  Es el sargento Kelly. Es un un joven rubio, hijo de padre irlandés. Lo hallamos en la puerta de Palacio.

¿Qué impresión este día?

El día más feliz de mi vida. He visto nacer una nación. Se lo contaré a Ketty que me espera en nuestra casita de Decatur, un pueblo de las afueras de Chicago. Venga cuando usted quiera.

Eran las doce y diez. Pues después la bandera cubana izada en Palacio fue sustituida por otra,  que ahora izaron las manos juntas.  Es el general Wood y el Generalísimo Máximo Gómez. 

La tricolor cubana en el Morro

Pero donde la grandeza incomparable de este día derivó hacia la apoteosis, hacia el impulso de todas las almas,  fue cuando a las doce,  se procedió a sustituir la bandera americana por la cubana en el Morro.

El acto de Palacio.  No obstante, su júbilo, tuvo algo de contenido, porque se desenvolvía entre reglas protocolares. Frente al Morro del otro lado de la bahía estaba todo un pueblo. Iban a dar las doce. La gran ceremonia se ramificaba llenándolo todo.  En los buques de guerra se tocó zafarrancho de combate. Los artilleros cubanos se inmovilizaban junto, a los cañones del Morro y la Cabaña. Hacia el pie del mástil del Morro se adelantó la Asamblea de Veteranos. Los presidía el general Emilio Núñez. Allí estaban Pedro Betancourt, y Alejandro Rodríguez, que hace algunos meses era alcalde de La Habana y ahora es jefe de la Guardia Rural, uno y otro con barbas puntiagudas y fluentes.  Junto a ellos el general Mario Menocal, el joven jefe del Quinto Cuerpo, el héroe de Victoria de Las Tunas,  y que no obstante su mocedad acaso porque también es ingeniero de Cornell, usa una barba muy alineada y de reflejos rojizo. También estaban en el cuerpo de generales, Juan Cruz Ruiz Rivera ligado por vieja inquebrantable amistad al presidente Estrada Palma, María Rodríguez, José Jesús Monteagudo, Chucho Monteagudo, como le llaman todos, uno de los combatientes villareños, trigueña la piel y ojos duros y resueltos. Otra gran figura: Quintín Banderas, negro, esbelto, sin arreos militares, y sobre cuyo rostro ruedan las lágrimas cuando se despliega la bandera cubana.

El teniente de artillería, Stuart da la orden de arriar la bandera americana.  Los cañones rugieron, las sirenas de los buques se unieron al estruendo.  El teniente Stuart contaba las salvas del cañón de órdenes. Resonaba el himno de los Estados Unidos.  Los guerreros de Cuba libre formaron un círculo en derredor del mástil y recibieron en sus brazos la bandera americana. Pasó luego un minuto ninguna bandera en el mástil. Y de repente, en un vuelo milagroso,  la bandera cubana. Fue entonces todo; un grito, un sollozo. Y eso venía desde el Morro y llegaba a la ciudad y entraba por todas partes en un solo clamor y en una lágrima.

Cinco de la tarde. El presidente Estrada Palma, a quien todos llaman D.  Tomás, un anciano pulcro,  el maestro de escuela de Central Valley, los largos bigotes caídos,  y que a todos dice “hijito”, pero que posee una firmeza de roca en la exquisita urbanidad de sus modales –  ha querido recorrer La Habana de este primer 20 de mayo. Retiró la levita cruzada del ceremonial del mediodía. Viste de alpaca negra,  chaleco blanco, y gran cuello de puntas dobladas. La Habana, como antes lo fueran Gibara, Holguín,  Cienfuegos, se siente conquistada por aquella modestia, por aquella bondad. No hay escolta de ninguna clase en el camino de su coche abierto,  a su lado la esposa Genoveva Guardiola. En el pequeño asiento, sus hijas, Lucita y Candita,  y que se asoman con sus ojos de niños a esta imagen de la patria.

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