Los hombres y mujeres de Bayamo eran libres como el aire, como el agua de sus ríos, como la espontánea confianza de un entretejido de conductas apoyadas en el respeto y la mutua consideración.
Por A. M. Fernández (1956)
Ha muerto Isabel. Y también Colón. Pero Diego, el hijo de Felipa, es poderoso y heredará el litigio para que se haga justicia. Su padre pasmó al mundo con el más grande descubrimiento geopolítico postdiluviano. Abarcando todo el trono, Fernando el Católico es ahora el gran señor de las Españas. Es rey de Aragón y regente de Castilla y tiene, allá en las tierras de la mar oceana, en los haitises de Quisqueya, a Nicolás Ovando como su máximo representante político.
Este rey Fernando, por razones de Estado, ha sido un poco ingrato con los colones. Pero Diego hace muchas lunas que dejó de ser, prendido a la desilusionada mano del padre, el hambriento niño que llegó agotado al portón de La Rábida y ahora, gracias a la obra del Almirante, es un gentil hombre de España. Su esposa es Doña María de Toledo y pertenece por ello al omnipotente tronco de la familia del Duque de Alba. Tiene influencias, y amigos. Y determina en la Corte.
Pero tiene grandes enemigos, los mismos adversarios que tuvo su padre Cristóbal. Entre ellos, los peligrosos, los taimados, los duchos en la intriga y en la envidia, aquel señorial obispo de Burgos y el Rey, que temen, en su afán de absolutismo, la implantación de una dinastía de Colones, allá, allende los mares, en las Indias e Islas Avanzadas.
A Diego Colón no le asusta la lucha palaciega. Conoce la Corte y su magnífica hipocresía. Su medio hermano Fernando, el hijo de la amorosa Beatriz, y él, habían sido pajes del heredero de los católicos reyes y luego, a la muerte del Príncipe, ambos pasaron al servicio de Doña Isabel, la real amiga del bienamado Cristóbal. Para la acción Diego no contaba con su hermano, un caviloso y pasivo hombre de letras, útil, eso sí, para la posteridad con su biografía del Descubridor. Era el presente lo importante y un ajuste enérgico de hombres capaces, como su tío Bartolomé. Sostenido por la razón de un derecho adquirido.
Diego acude a los tribunales y pone pleito a la Corona. Reclama lo que en toma y daca pactaron con su padre y que consistía en el virreinato de las tierras descubiertas y por descubrir, amén de una décima en todos los beneficios. Instintivamente, con esta osada reclamación, esta vez más afilada, pues va encarrilada por la vía legal, surge enfrente el Partido del Rey.
Y los códigos se detienen en la mayestática gaveta.
Fama y prestancia ha ido adquiriendo la Española. Y, cosas del rey Fernando, no ha sido por conducto del Almirante, a quien siempre le dieron una ayuda restringida, sino por Ovando, el cortesano, el amigo del Rey. La llamada del oro ha sido magnética y ya ha pasado la fiebre de la geografía. Los hombres positivistas del reino empiezan a ver, fríos y ceñudos, que en aquellas tierras está el más grande negocio de la época.
Pero estos hombres no olvidan, para sus inversiones, la política y la seguridad personal de ella. Sobre todo, Fernando, el hábil rey. Colón, con su voluntad, le sirvió de proa. Lo demás iba a ser por cuenta de él y para él.
En el rejuego del predominio, esta pelea le fue más fácil que todas las anteriormente entablada. Consolidarse en Aragón y pactar luego con Castilla para caer después sobre el moro y arrancarlo de cuajo, fue tarea de astucia y fuerza. Y más que nada de paciencia. Y eso mismo iba a emplear con el marino y toda su parentela.
Cada vez que un Colón llegaba a las gradas del trono, Fernando sabía que su agudeza estaba a prueba y ponía, frente a la tozuda reclamación, la media rosca de su astucia envuelta en la real promesa de estudiar el asunto y complacer. Por eso, mientras Colón clama por recursos y está siempre como empezando de nuevo, el Rey le da a su amigo Ovando la más grande expedición armada hasta la fecha. Treinta bajales y veinticuatro carabelas con dos mil quinientos pasajeros, entre los que van, además de los consabidos guerreros, aventureros y marinos, un buen mazo de artesanos para la industria y la agricultura. Y lo que nunca pasó. Van veintitrés esposas de hogar y agujas.
Comido de achaques y orgullo, muere Colón. Y le antecede Isabel, mascullando rezos. Por herencia de sangre, Diego empuña la obra. No descansa y espera. Sabe que su pleito está vivo en los tribunales y aunque tiene emplazado al Rey, no por eso deja de hacer, cada vez que se cruza con el Monarca, la incondicional reverencia de respeto y sumisión. Y lo que no logra por el imperativo de la ley, lo alcanza el palaciego por la intriga y la influencia.
Al fin, el Rey accede a su ambición. Como una magnánima merced al muchacho que jugó con su hijo en las cámaras y patios del Palacio Real, el soberano le otorga el nombramiento de Gobernador de la Española. Va amarrado, pues lo de Virrey merecía un estudio más detenido y, Fernando, con una sonrisa socarrona, le antecede al título de Gobernador el de Almirante.
De nuevo otro Colón se instala en las lejanas tierras del mundo ultra atlántico. Ha sustituido a Ovando y viene a ser el cuarto gobernante que ancla en el tumultuoso puerto de La Isabela. Don Cristóbal, Bobadilla y Ovando fueron las anteriores autoridades. Su padre, aunque tuvo que vérselas con rudos marinos y sañudos hombres de empujón y garras, siempre supo sortear los obstáculos, porque más que nada su lucha había sido contra los elementos y una realidad que no estaba acorde con su inspiración y sus cálculos.
En cambio, Diego, el hijo, tiene que estar alerta porque los intereses son otros y cualquier sastre es capitán de navío y descubridor de tierras. La Española es un hervidero de pujantes e inéditas personalidades. Allí están Hernán Cortés, Pizarro, Grijalba, Diego Velázquez, Balboa, Nicueza, Francisco Morales, Diego de Ordaz, Pedro de Alvarado y un puñado de bravos más que, en su día, abrirán a cuchilladas las páginas de la Historia para meter sus portentosas y homéricas hazañas.
En la punta occidental de La Española se encuentra el más acaudalado señor de la isla. Era de los Velázquez de Cuéllar. Veterano de las campañas de Nápoles la aventura geográfica lo sacó del terciopelo y vino en el segundo viaje de Colón. Cuando se estableció en La Española, llegó a ser, por el método de la amistad, el más influyente y opulento señor de la región.
El secreto de su prosperidad se fundaba en ganar amigos ricos y con poder. Era de entendimiento grueso, y, por ello, su inteligencia era tarda, pero poseía, en grado suma, la egoísta habilidad de hacerse simpático con todo aquel que tuviera personalidad adquirida con el esfuerzo, la suerte o el parentesco. Sembraba, entonces, calculista, el regalo oportuno, la recomendación pregonada, la lisonja resinosa, y ganaba, de esta manera, para su favor una serva de amigos obligados.
En La Española se debate en segunda fila. Los Colón, Bobadilla, Ovando, Pasamontes, luchan entre sí, disputándose como fieras educadas el poder político y la preeminencia personal. Velázquez, paciente y callado, acumula oro, tierras y la cruel riqueza de muchedumbres de indios esclavos. Tenía don de mando y orgullo de mediocre. Sabía halagar al poderoso y explotar al desvalido.
Dentro de un gesto despreciativo de gentilhombre, escondía los colmillos de un especulador. Igual que todos, corrió frenético tras la fabulosa riqueza, pero supo a tiempo, cuando nadie ve la importancia en tales menesteres, acaparar tierras y más tierras, porque quien era poseedor de ellas podía ser amo del oro, que está abajo, y del hombre, que está arriba. Promovió la fundación de varias villas. Salvatierra de la Sabana, Verapaz, San Juan de Xaragua, Villanueva de Jaquino, Sabana de Armilla.
Con Cristóbal Colón fue Capitán General de Indias y Ovando lo utilizó como Lugarteniente para que apaciguara las provincias de Guajabá y Haniguayaba, donde, implacable, ferozmente barrió al cacique Guarocuya y a su grey. Convencido de que el trono nutría, sagaz e instintivo, giraba como un satélite alrededor del Rey. Sumaba siempre y cuando no podía armonizar neutralizaba.
Y así, de este modo, los que se pedían la cabeza entre sí, en una rivalidad sorda o abierto, según las circunstancias, un Bobadilla, un Bartolomé Colón, un Ovando, un Pasamontes, un Fonseca, eran sus amigos y para ellos había un oportuno presente que apretaba el afecto. En una de las mejores casas de La Isabela también tiene residencia Miguel de Pasamontes. Pero éste entre todos, es el de más cuidado. Su cargo de Tesorero del Rey lo convierte en fiscal soterrado y le da prioridad en el correo.
Cuando Diego Colón asume el mando, toda la Quisqueya está pacificada gracias a la férrea mano de su antecesor Ovando. La comarca empieza a adquirir aspecto de villa mediterránea.
De improviso, viene una jugarreta del rey Fernando y el prometido virreinato cae al suelo. Ponce de León es nombrado Gobernador para Borinquén y a Ojeda, en Tierra firme, se le conceden amplios poderes. Todo esto a espaldas y sin contar con el parecer y, mucho menos, con la autorización de Diego Colón. El hijo de Felipa traga en seco y, buen palaciego, espera su turno. Por algo Diego ha crecido en la Corte y sus vericuetos.
Él también tiene sus espías junto al Trono y se entera, bajo lacre, que el Rey ha ordenado a su tesorero Pasamontes le compruebe, lo más sigilosamente posible, la existencia de oro en Cuba. Y entonces se le anticipa al Rey, y a su cuenta y riesgo nombra al tío Bartolomé representante para Cuba. Cuando esta noticia llega a España, se alborota el avispero político. La intriga desoreja las ambiciones y el partido del rey se encrespa más que nunca.
Surge de nuevo, como un fantasma, la amenaza de una posible dinastía de estos aventureros y el rey Fernando frunce el ceño sorprendido y disgustado. En esta jugada, Diego casi pierde la partida. Pero se les adelanta a sus enemigos con un golpe maestro de alta política.
Mientras todos cuchichean y la murmuración va de una ola a otra del Atlántico, Diego sugiere que sea Velázquez el candidato para Cuba y pone, tácitamente, a todos sus enconados adversarios de su parte. Velázquez es amigo y protegido de Miguel de Pasamontes. Fonseca, el influyente clérigo de Burgos, lo estima y no pone reparos.
Y el Rey aprueba y estampa el garabato de su firma al nombramiento, Del lobo un pelo. No pudo ser el tío, pero Velázquez es su amigo y Diego cree tener cubiertas las espaldas.
Cuba se conoce poco y nadie la aspira. Si algo interesa es por control político. No hay oro y su costa sur, según dejó dicho el Almirante, es pantanosa y endémica.
Pero Diego sabe que su padre se reservó la verdad de esta tierra para su provecho. Claro que Cuba, todavía es prematura, pero es importante, únicamente y sólo por eso, como otro pedazo de dominio en este mundo cada vez más grande.
Allá en España, que siga Fernando disputando con moros y judíos. Pero aquí él, Diego, por derecho de herencia, inteligente y esforzado, un Colón amo y señor. Boriquén no tiene importancia. Es un peñasco. Y poco se le da ese iluso de Ponce de León que, olvidando el oro, busca con febril senilidad la fuente de la juventud.
Tampoco le importa el mazacote de la Tierrafirme, pues allí, en tupidas selvas, hay pueblos feroces que algún día darán buena cuenta del impetuoso Ojeda. Diego se arriesga y cree que por gratitud Velázquez le será fiel. Además, en el amarre del negocio, su golpe político tiene una completa ventaja. El acaudalado Diego Velázquez costea de peculio particular los gastos de la conquista, bajo la promesa formal de que la Corona, en su día le reintegrará con creces el desembolso.
Con el título de Adelantado, ya tiene Cuba su primer gobernante, y como salen de su bolsillo los gastos de la expedición, esto hace Diego Velázquez, por derecho de propiedad, sea más arrogante que nunca. En lo sucesivo, será magnánimo cuando lo crea conveniente, pero ninguno se sentará ante él, aunque fuese caballero.
Al frente de cuatro embarcaciones con trescientos hombres, la mayor parte producto del hampa del Mediterráneo, desembarca en el puerto de Palmas, no lejos de Guantánamo. Al llegar a Cuba, se entera que Hatuey, el irreductible Yahatuey, le había precedido en uno de los éxodos más extraordinarios de la Historia. Superior en su calidad moral al paso de los Alpes por Aníbal y Napoleón. Igual en propósitos de libertad al cruce de los Andes por Bolívar.
Similar a Moisés y a su pueblo en el sallo del Mar Rojo. Este minuto histórico es imponente. Mientras el español reposa su cansancio y disfruta una batalla más ganada a la victoria en el jolgorio de los vivacs, Hatuey, impetuoso y vidente, se multiplica. Agrupa a empellones lo que dejó el combate de Guahaba, y es un coloso que arenga y grita su fe. Levanta a los desvalidos, a los pusilánimes, a los sedientos de venganza y les señala a Cuba como un nuevo norte, como una nueva tierra de promisión. Y en una noche hace que cuatrocientos indios, entre hombres, mujeres y niños, crucen las bravas olas del estrecho de Maysí sobre un gran golpe de frágiles canoas.
El primer problema de Velázquez es este trasplante de rebeldía. La búsqueda del oro y el establecimiento de poblaciones era imposible mientras no se redujera ese infiel a la obediencia del Rey y del dogma. Sobre las armas, Velázquez funda el asiento de Baracoa, pero él y su gente no descansarán hasta reducir a la muerte a Hatuey, porque siempre sería una amenaza este indio inteligente que no temía la soberbia humana.
Toda la región oriental es un hervidero de indios armados. Y Velázquez, bilioso, ve que el mal ejemplo de Hatuey prende en otro cacique llamado Guamá. Mientras no se redujera esta gente, no se podía trabajar. Además, el asunto va adquiriendo importancia, pues Baracoa está muy próxima a la Isabela y, si las armas castellanas son derrotadas en Cuba, muy bien puede suceder una invasión de indios a La Española.
Y empieza, implacable, la lucha por el predominio político de Cuba. A un lado, feroces guerreros, duchos en la mar y en la rapiña, protegidos de espadas, lanzas, arcabuces y corazas, dueños de armas secretas de la época: caballos y fieros mastines. Y del otro, muchedumbres de indios con las barrigas desnudas, que se creían fuertes con unas cuantas piedras lanzadas y el tiro de unas flechas furtivas, inofensivas a cincuenta metros. En los primeros choques, la victoria fue siempre castellana, sin grandes riesgos ni quebrantos.
Pero viene una inspiración de Hatuey y en vez de la dentellada campal, la táctica se convierte en su guerra de guerrillas. Un gran grito, alarido de sorpresa que metía el pavor en los pechos blindados, luego unas cuantas furtivas flechas, algunas de las cuales hacían blanco, y después la estampida hacia la protección del monte. Y así, constantemente, sin dejar dormir al enemigo, acosándolo de fatiga y miedo. Durante meses, los invasores creen que pelean con fantasmas. El español siempre estaba sobre las armas, rendido de cansancio, con pánico rabioso.
Hatuey, desesperado, no logra el apoyo de los otros caciques. Sus emisarios venían con la réplica de una dulce negativa. El indio cubano, educado desde su origen en el amor y consideración al prójimo, no podía comprender, así de pronto, aunque lo gritara un hermano de raza, la avalancha del desastre apocalíptico que se avecinaba. Que se estuviera quieto Hatuey.
El mundo era bueno y no había nadie capaz de hacer daño a un semejante. Mueren a millares los indios. Sin embargo, Velázquez sabe que no tendrá el control del poder absoluto mientras Hatuey ande suelto y fiero. Han pasado muchas semanas y la guerra relámpago se prolonga en una desesperación indefinida para estos curtidos veteranos acostumbrados al cuerpo a cuerpo en las campañas de Nápoles y Granada.
Lo que más exaspera no es la pedrada ni el flechazo, sino la constante vigilia, el correr de un lado para otro. Baracoa se ha logrado pacificar y alguna ventaja se ha obtenido. Centenares de indios se han pasado incondicionales a las fuerzas invasoras y son más fieros que el propio conquistador. Es la influencia del medio.
Hatuey se refugia en Macaca, al pie de la Sierra Maestra. Y Velázquez pone cerco. Dentro de sí patea su rabia y acusa, ante el dogma y la espada, a Hatuey de cometer un delito de lesa majestad. Velázquez no descansa. Sabe que le va la vida en su aventura y todo lo que había prometido al Rey y a los cortesanos, el laboreo de minas, la fundación de ciudades, el repartimiento de indios, lo dejó para después de aniquilar al hereje. Morales, Ordaz, Cortés, todos, repulen el filo de sus espadas.







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