Por más de dos siglos, en realidad, desde la infancia de la República norteamericana, Europa ha vivido en constante celo, envidia y temor, de la joven nación independiente que surgió de las originales 13 colonias bajo el dominio británico. Este revoltijo de sentimientos le nació a Europa como un “complejo paternalista culpable” que, con el paso del tiempo, ha ido evolucionando hasta convertirse en una mezcla de complejo de inferioridad, reflejado, ilusoriamente, en superioridad.
Europa, hasta estos días, recela la hegemonía americana en la esfera mundial, donde la envidia es parte de la ecuación, y, por siempre, se ha considerado intelectualmente superior a América, aunque en la práctica ha buscado, a perpetuidad, la protección de ésta.
En 1817, el representante americano en Londres, John Quincy Adams, reportaba que “el sentimiento universal de Europa era que la nación americana por el rápido crecimiento de su población y poder, de continuar unida, sería un peligroso miembro para la sociedad de naciones”.
Europa entonces esperaba, y con ansias deseaba, que Estados Unidos de América no se mantuviera unida. Temía lo que sobrevino: El poder hegemónico de la nación americana que, irónicamente, ha sido, no el peligro, sino la salvación de Europa en repetidas ocasiones. Las horrendas masacres del pasado siglo, con las dos guerras que devastó a gran parte del continente, encontró en el poder norteamericano, la mano que la rescató de las cenizas de la destrucción con la posterior ayuda del plan Marshall.
Para garantizar la paz y seguridad de Europa, y también de América, el 4 de abril de 1949, doce países, de ambos continentes, firman en Washington el Tratado del Atlántico Norte -la OTAN- en un compromiso colectivo donde cada país se obliga a la defensa del otro si éste es atacado como lo especifica al Artículo 5 del Tratado. Es un documento de sólo 14 Artículos y de unas mil palabras. Pero a pesar de esa brevedad, ha sido un pilar para la preservación de la paz, aunque algunos miembros no cumplen a cabalidad sus obligaciones en cuanto a la contribución monetaria y otros asuntos diplomáticos. El balance final ha sido positivo salvo algunas notables discrepancias.
Se puede asegurar, sin temor a duda, que Estados Unidos es la cabeza y el principal proveedor de la OTAN. Es la piedra angular de la organización. Sin la presencia de USA, la OTAN no existiría. Es, aunque les moleste a los países europeos, el líder indiscutible de la coalición, porque, a pesar de sus ocasionales diferentes posturas, -América en favor del poder físico, y Europa favoreciendo la autoridad intelectual y el multilateralismo- ambas partes aún tienen mucho en común. Pero esto no significa, en modo alguno, que ese interés común haya sido recíproca y justamente compartido. La nación norteamericana cargó, todo el tiempo, la porción más pesada del fardo económico y militar. Mientras la OTAN resistía las sugerencias -y hasta las demandas- por Estados unidos por un incremento en la fuerza militar de esa institución con una contribución más amplia para su propia protección, ésta prefería descansar en la sombrilla protectora de esta nación.
Sin embargo, y pese a este lazo, resulta ilusorio pretender, o, pensar, que Estados Unidos y Europa comparten una visión común de nuestro mundo actual. No es cierto. En todas las cuestiones importantes de poder, en la eficacia de su ejercicio, en su moralidad y sus aspiraciones, América y Europa cabalgan por sendas separadas. Mientras Europa, desde hace una veintena, se tornó contra el poder físico y su aplicación, para encerrarse en un contenido y restrictivo mundo de leyes y reglas de negociaciones y cooperación transnacional, siguiendo la filosofía Kantiana de “la paz perpetua”, Estados Unidos se mantiene enfocado en la historia real de nuestros días, ejercitando el poder en sus diversas variantes en el mundo presente, en el que, con frecuencia, las reglas y leyes internacionales resultan desconfiables.
Para la Unión Europea, empeñada en mantener su eurocentrismo de arte delicado, de corte refinado, y de tolerancia demasiado pasiva contra regímenes nada respetuosos y mucho menos democráticos, Estados Unidos -creen ellos- es demasiado propenso al uso de la fuerza y menos paciente con la diplomacia. Pero, ¿acaso ese “europeísmo” practicado tan hipócrita y selectivamente, en Cuba, Venezuela, y Nicaragua, ha trabajado en favor del bienestar y la libertad de esos pueblos? ¿No es cierto que la Unión Europea, por décadas, ha cooperado al mantenimiento de la dictadura comunista en Cuba con aportaciones millonarias, yendo totalmente contra la política americana? ¿A dónde han ido la alianza y la cooperación? ¿Es que no son sus miembros parte de la OTAN? ¿Es ése el resultado de la superioridad intelectual que Europa se ha abrogado -arrogantemente- por incontable tiempo contra América?
He aquí, una prueba más de las divergentes perspectivas entre Estados Unidos y Europa; y una confirmación -entre otras muchas- que captura una verdad sustancial: Estados Unidos y Europa son esencialmente diferentes.
Repito, pues, que estamos en dos polos opuestos desde el punto de vista estratégico, aunque, ciertamente, con el mismo noble objetivo.
Y, de pronto, dentro de las contradicciones presentes, el mundo político hemisférico, y hasta global, se enfrenta de bruces con el inicio de un Nuevo Orden Mundial. El punto de inflexión es el 3 de enero con la extracción del poder, en Venezuela, de su dictador Nicolás Maduro.
La historia muestra que los órdenes mundiales, incluyendo el nuestro que comenzó después de la Segunda Guerra Mundial, son transitorios. Ellos surgen y desaparecen. Y las instituciones que levantan, sus creencias, principios y normas, que moldean las relaciones de las otras naciones con ellos, caen también. El presente Orden Mundial que será suplantado por el que comenzó hace tres semanas con el episodio de Venezuela, establecerá sus nuevas normas, y reflejará las creencias e intereses del máximo poder que lo establezca.
En la rotación del orden internacional histórico, cada Orden Mundial cambia para reflejar el poder, el interés, los deseos, orientación y proyección política del poder más fuerte en la comunidad mundial. Así ha sucedido siempre, desde el Imperio Romano, hasta nuestro presente.
El camino en el rumbo al Nuevo Orden surgente está lleno de impredecibilidades, incluyendo la presente crisis de Groenlandia que apunta a una posible era de expansionismo, o, quizás, a un acomodamiento político más flexible, donde por imperativos de la realidad, la nación hegemónica -Estados Unidos- obtenga lo que necesite, o desee, no por vía de la fuerza, sino por negociaciones diplomáticas y comerciales. Todo está por ver.
En cuanto a nuestro traspatio, en el alineamiento hemisférico, el cambiante celaje empieza a tomar una silueta más definida. Los países latinoamericanos están abrazando el concepto del Nuevo Orden naciente. La injerencia foránea de potencias distantes, no será tolerada. Y el parlamento de la Unión Europea acaba de aprobar una resolución tendiente a la supresión – ¡al fin! – de la ayuda que por muchos años prestaba al comunismo cubano.
Ya Venezuela es parte de la nueva realidad geopolítica. Pronto Cuba y Nicaragua se verán forzadas, en virtud de este cambio tectónico, a una reforma sustancial en su sistema; y, México, que pretende estar bien con Dios y con el diablo, tendrá que bajarse de la cerca y decidir, claramente, con quién quiere aliarse.
La doctrina Monroe, después de un largo alejamiento, regresa.
A la Casa Blanca llega un presidente jacksoniano.





0 comentarios