SU HIJO (II)

Written by Libre Online

10 de marzo de 2026

Por Gabriel Daubarede  (1935)

Enérgicamente, varias veces seguidas, sacudió su cabecita, como se agita una cotelera. No debía seguir reflexionando. Le era necesario concentrar, como un centinela, todo el poder de sus ojos sobre el pequeño espacio donde Bob podía surgir de un momento a otro. Él no la vería, pero ella podría verlo.

Anita acechaba con una ansiedad inaudita. El dependiente acababa de poner la copa de menta sobre la mesa. Ella vació la copa de un solo trago y la dejó a su lado. Después, apoyando los codos sobre la mesa y las mejillas sobre las manos, frunciendo las cejas con un gesto de salvaje, plantó su mirada en medio de la puerta de la casa.

Transcurrieron dos o tres horas.

Anita continuaba en la misma posición. No se había movido, ella para quien un cuarto de hora en casa del dentista en la peluquería significaba un suplicio. Ni una sola vez consultó el reloj colgado en la pared fronteriza, ella que lloraba de impaciencia delante de todo el mundo cuando su amigo la hacía esperar diez minutos. No se había distraído ni un segundo. La dama vestida de negro volvió a pasar. Anita hubiera podido dejarse arrastrar por la evocación de su antigua vida. Pero no. Vio pasar a varios jóvenes sin sombrero y con cabellos lustrosos, como le gustaban a ella, pero en aquellos instantes, las brillantes cabezas carecían de todo atractivo para ella. No podía perder de vista la puerta.

La tarde se despedía. El resplandor del sol estampado sobre la fachada y que hasta entonces había iluminado los pies desnudos del efebo del pórtico, alumbraba ya solamente los últimos pisos. Una tremenda angustia se apoderaba de Anita, al mismo tiempo que las sombras invadían las casas. Bob no salía. ¿Por qué? ¿Estaría enfermo?

Tres veces la puerta se abrió. Primeramente, salió un doméstico.  Después, un anciano cojo que vivía en aquel edificio desde hacía cuarenta años, y que salía a dar su paseo todos los días a la misma hora. La tercera vez, salió una señora con un niño.

Anita siguió a la señora y al niño con ojos llorosos. Cuando volvió la mirada hacia la puerta cerrada, experimentó un doloroso sufrimiento desconocido hasta entonces. Algo que parecía el dolor de una mordida y el rabioso deseo de morder, al mismo tiempo. Después, un gran desconsuelo inundó su corazón: Bob no salía.

No, no; ella no envidiaba rencorosamente la felicidad de aquella madre que llevaba a pasear a su hijo. Al contrario, le deseaba que nunca se viera separada de aquel pedazo de su corazón. Desear la felicidad de una persona, es preparar el camino para la propia felicidad. Era necesario esperar. 

Cuatro personas acababan de salir de la casa. ¿Por qué no salía Bob? Toda cosa justa, deseada con vehemencia, llega, al fin y al cabo. Anita había oído decir que en las Indias existen hombres que provocan fenómenos increíbles sencillamente a fuerza de concentrar su voluntad. Pues bien: ella podía hacer lo mismo. Tanto más cuanto que pedía una cosa ínfima y muy natural: que un muchachito, llamado Bob, saliera a pasear al Luxemburgo, en una tarde espléndida. El niño iría al Luxemburgo porque ella lo quería, porque lo quería con una energía a la cual no podía compararse la fuerza mental de los fakires más célebres. Bob sentiría un misterioso e imperativo deseo de salir; le suplicaría a la criada, se pondría el sombrero. “Sí, sí, mi adorado Bob; tienes que ir al Luxemburgo”—le decía su madre mentalmente. “Hace un tiempo precioso. Anda, Bob. Quiero que salgas”.

Desde hacía un momento, Anita sentía una especie de picazón en el cuello, a unos centímetros debajo de la oreja, al mismo tiempo que una desagradable presión a lo largo de la cadera y de la pierna derecha. Absorta en su idea, ella no se había dado cuenta de aquello. Pero, de pronto, le pareció que alguien le hablaba…

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