SU HIJO (I)

Written by Libre Online

3 de marzo de 2026

Por Gabriel Daubarede  (1935)

—¿Me habré equivocado de número? —dijo el chofer, asombrado al no ver salir del auto a su pasajera.

—No; es aquí—contestó la mujer—. Espere un momento.

Sin atreverse a inclinar demasiado el busto por temor a que la viera alguien que saliera de la casa en aquel momento, Anita trataba de examinar el conjunto de su rostro en el pequeño espejo del taxi. No encontraba muy correcta su compostura. Trató de atenuar con el pañuelo sus coloretes demasiado vivos. Pero pronto comprendió que ese gesto no conducía a nada. Su sombrero no era decente tampoco. Además, su mismo traje estaba denunciando a la mujer entregada a una vida poca Virtuosa. Estuvo a punto de decirle al chofer que volviera a conducirla a su hotel de Montmartre, con el propósito de transformarse de la cabeza a los pies. Pero hubiera tenido que dejar su visita para otro día y proveerse de una nueva vestimenta, lo cual era bastante difícil puesto que su amigo no era rico. Ella sabía cómo debe vestirse una dama. ¿Acaso no lo había sido?… La señora del abogado Leguvier, bulevar Saint-Germain…

En realidad, ella no era una cortesana. De eso, sólo tenía las apariencias, adquiridas no sabía cómo, a fuerza de vivir en hoteles, tal vez por espíritu de insurrección contra la antigua vida burguesa, de la cual se había fastidiado.

—Yo no soy una desvergonzada, ¿Por qué voy a esconderme?––murmuró.

Y se inclinó hacia la portezuela.

Ahora, Anita miraba la casa. Miró las ventanas de la planta baja. Miró la puerta de entrada y el botón del timbre, el cual le hubiera bastado oprimir para que abrieran. No podía ver el primer piso, el que ella había habitado y donde vivían todavía su antiguo marido y su hijo. No podía ver completamente el efebo de mármol que adornaba el pórtico.

—No me atreveré jamás…—suspiró, sin dejar de mirar el botón del timbre.

Sin embargo, unos minutos antes, no le parecía imposible atravesar aquel umbral. Aquel hombre no era ya su esposo, pero su hijo seguía siendo su hijo. Nadie, ni nada, ninguna persona ni ninguna ley podían oponerse a los desesperados deseos que sentía de volver a ver a su hijo y de estrecharlo contra su pecho. ¿Quién hubiera podido impedirle el paso? ¿Un portero? ¿Un criado? ¿Existía una consigna más imperiosa que su deseo maternal? Ella se lanzaría a través de los apartamentos, conocidos ya de memoria. Y cuando tuviera a Bob entre sus brazos, nadie podría evitar que lo besará que lo abrazara con toda la ternura de su corazón de madre.

En todo eso estaba pensando Anita, cuando el chofer la sacó de sus meditaciones.

—Vamos, señora… ¿En qué quedamos?

—Déjeme tranquila. Estoy reflexionando.

—Como usted quiera.

En efecto, estaba reflexionando, aunque no tenía la costumbre de hacerlo.

Por haberse portado como la más imprudente de las mujeres adulteras, dando a su deshonra una publicidad extravagante, el señor Leguvier había estimado, con la aprobación de su conciencia y de todo el mundo, que la influencia de aquella casquivana criatura podía ser nefasta para el niño, y el divorcio fue pronunciado contra ella con el máximo rigor. En sus primeros tiempos de divorciada, se creyó feliz. Quizás había abandonado el hogar, más por hastío de una vida sin emociones que por amor hacia el bailarín que la sedujo. Demasiado ligera para amar con fidelidad a un hombre, demasiado bonita para vivir sola durante mucho tiempo, había pasado dos años cambiando frecuentemente de amante. Pero, desde hacía algunas semanas, el recuerdo de Bob, su hijo, obsesionaba a su pobre cerebro. Hasta que llegó el día en el cual le pareció que no podría dormir más, ni comer, ni vivir, si no volvía a ver al niño, al menos durante un minuto, antes de ponerse el sol. Por suerte aquel día era jueves. Poco después del mediodía, llamó un taxi y se dirigió a la casa de su antiguo esposo.

Pero ahora, frente a la casa, comprendía las consecuencias de su loca conducta. No era solamente delante de sus subalternos donde le daba vergüenza presentarse, sino delante de Bob. Temía que el muchacho le volviera la cara, como a una desconocida o como a un ser despreciable. Probablemente, lo habrían instruido en ese sentido. Ahora, frente a la casa donde Bob respiraba, se daba cuenta de su bochornosa condición de mujer deshonesta, y se preguntaba si sería digna de estrechar contra su pecho a su propio hijo.

Pero era tan terca como ligera.

—¡No, no me arrepiento de nada!—murmuró disponiéndose a salir del vehículo—. No me arrepiento de nada. Y puesto que he venido a verlo, lo veré.  En aquel momento, el chofer volvió hacia atrás el rostro, donde se diseñaba una sonrisa burlesca.

—¿Todavía, señora?…

—Me bajaré un poco más lejos… En la esquina de la próxima calle… Vamos…

En la esquina próxima, descendió resueltamente.

Una dama vestida de negro la miró al pasar, con marcado desprecio. Anita la reconoció. Era una de sus antiguas vecinas, que antes la trataba con respeto y amabilidad.

—Este barrio parece un rincón provinciano—refunfuñó Anita—. En Monmartre, puede una pasear sin que ningún transeúnte trate de inquirir quién es. Allá, nadie se preocupa de la vida de nadie.

Sin embargo, se había ruborizado. Y sintió grandes deseos de llorar.

Miró a su alrededor con una lamentable expresión de angustia. En frente, había un café. Anita atravesó el bulevar corriendo.

Allí estaría tranquila. Además, podría ver la puerta de la casa, podría ver a Bob cuando saliera para ir al Luxemburgo. Precisamente, hacía un tiempo admirable. ¿Por qué no se le había ocurrido aquella idea antes?

—Una menta con agua—pidió al dependiente, instalándose detrás de la mesa más cercana a la calle.

Su cráneo estaba ardiente. Había pensado demasiado en el espacio de unos minutos. Puso su sombrero sobre otra silla y hundió sus dedos en su melena rizada.

(Continuará la semana próxima)

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