Por Gabriel Daubarede (1935)
Sí, alguien le hablaba. Oyó al fin unas palabras que habían sido repetidas varias veces:
—Pues bien… ¿Vamos o no?
Un hombre estaba sentado a la derecha de Anita pegado a ella. Había puesto sus labios en el cuello de la joven mujer, después de haber metido una rodilla en el pliegue de su saya, apretándola con sus piernas.
Ella vio la situación en un instante. Observó también que era un apuesto joven de cabellos lustrosos. Pero el cerebro de Anita estaba todavía tan reconcentrado en su idea, que dudó de lo que veía.
Anita buscaba la frase que debe pronunciarse en esos casos. “Usted se equivoca, señor”, o: “Yo no soy la mujer que usted se imagina”. Pero en lugar de esas palabras, brotaron de sus labios: “No puedo perder de vista la puerta”. Y, dominada por su idea fija, se limitó a desprenderse del individuo, violentamente.
—Déjate de remilgos—dijo el joven, volviendo a besarle en el cuello. Has dejado entusiasmarme durante media hora, y ahora te pones con esas ridiculeces.
Hablaba en un tono chocante. Y continuó su fastidioso manejo.
—¿Por qué me tutea usted? —dijo ella, apartándose de nuevo. ¿Cree usted que he venido aquí para…?
No se atrevió a terminar la frase. Sentía tanto calor en la cara que tuvo la sensación de que la crema que cubría su cutis iba a desprenderse como una corteza. Estaba furiosa y avergonzada al mismo tiempo. Por primera vez en su vida, Anita comprendió el odio mortal que puede sentir una mujer por el hombre que la ofende. Pero no dejaba de mirar la puerta. ¿Iba, aquel idiota de cabellos amelcochados, a malograrle el fruto de varias horas de paciencia? Mas, ella creía que debía evitar un escándalo, a toda costa.
—Le suplico que me deje tranquila––dijo Anita, malhumorada. Y agregó, sin poder dominarse:
—-Usted es un tipo repugnante.
Una expresión de maldad contrajo el rostro del joven.
—¿No te gusto?.—le murmuró al oído. ¿Crees acaso que no voy a pagarte? Aquí en mi bolsillo hay dinero, vieja. Vamos… .
Ella no pensó más en la puerta. Incorporándose rápidamente, abofeteó al atrevido con todas sus fuerzas.
Los curiosos se agruparon alrededor de los dos.
El joven se había levantado, la había cogido por un brazo y, tomando por testigos al dueño del café, a los dependientes y a los consumidores de las otras mesas que habían acudido para separarlos, quería devolverle a Anita la bofetada.
—¡No quiero escándalos aquí! —gritaba el dueño.
—No se manche la mano con la cara de esa perdida—dijo al joven una señora que contemplaba la escena.
De pie, inmóvil, más pálida que una muerta, Anita esperaba la bofetada. ¿Qué podía decir para defenderse? ¿Explicar el motivo que le había llevado allí? ¿Quién la hubiera comprendido? Esa clase de mujeres se pone en acecho para sorprender a un amante del cual se siente celosa, o para esperar la llegada de un cliente, según decía el joven. Ninguna madre se sienta en un café para ver pasar a su hijo. Esto es inconcebible.
—¡Vaya a hacer su negocio a otra parte! —le gritó el dueño del café, empujándola por los hombros—No quiero escándalos aquí. ¿Cómo se atreve usted a entrar en un establecimiento decente?
Ella dejó que la lanzaran a la calle, seguida por el grupo de curiosos.
En aquel momento, la puerta, de la casa se abrió y Bob apareció en el umbral. Estaba vestido de blanco y tenía un arco en las manos. Pero la criada, asustada por la muchedumbre agrupada frente al café, volvió a entrar con el niño y cerró la puerta.
Anita lanzó un rugido espantoso. Con los ojos desorbitados y la melena alborotada, echó a correr como una demente.
Dos cuadras más lejos, un policía la detuvo. Y se la llevó en un auto, sin poder acallar sus gritos desesperados.







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