Por Demetrio J. Pérez
En una noche en que el estadio Hard Rock se sintió como una gran sala de la comunidad el campeonato nacional del fútbol americano colegial terminó con un libreto que ni Hollywood se atrevería a proponer: Indiana derrotó a Miami 27-21 y levantó el primer título nacional de su historia, cerrando una temporada perfecta.
Pero en el centro del relato, con Miami como escenario y destino emocional, estuvo Fernando Mendoza, el quarterback de Indiana, criado en el sur de la Florida, de herencia cubana y con lazos profundos con la ciudad que lo vio formarse. En LIBRE Chamby Campos ya lo había bautizado, con cariño y profecía, como “El Rey Fernando”. Y en la noche del lunes, mientras caían los confetis y la historia se escribía con sudor y sangre, la frase de la vieja canción mexicana volvió a cobrar sentido: “El Rey” termina recordándonos que, pase lo que pase, “sigo siendo el rey”. Eso fue Mendoza después de ganar el campeonato: siguió siendo el rey —en su casa, en su ciudad, y ahora, en la cima del fútbol americano colegial.
El momento que definió el título: ‘Daría mi vida por mi equipo’
El marcador final muestra 27-21 en favor de Indiana, pero el partido tuvo un instante que lo congeló todo: con menos de 10 minutos para finalizar el juego, Indiana estaba en la yarda 12 y ganándole a Miami por solo 3 puntos: 17-14. Tenían que avanzar cinco yardas para mantener la posesión ofensiva. En vez de intentar un field goal, el entrenador de Indiana mostró su fe en Fernando y él no lo defraudó. En esa jugada clave Mendoza decidió volar. Su touchdown de 12 yardas la logró después de varias maromas acrobáticas que parecían más acto de fe que jugada diseñada— definió el juego y la temporada.
Después, todavía con la emoción de la victoria, Mendoza resumió lo que significa dirigir un equipo en una final: “Yo daría mi vida por mi equipo. Cualquier cosa que ellos necesiten de mí, yo la hago. Eso es lo que nos ha hecho los campeones nacionales”. Y en la misma línea, explicó lo personal de la noche: el círculo completo de jugar en Miami, frente a familiares y amistades, tras un camino en el que muchos no apostaron por él.
Miami, la ciudad, y el ‘Cuban Bowl’ que se sintió en las gradas
Este campeonato no fue “un juego más”. Fue, como lo describieron desde adentro, un evento tan Miami como sus calles y sus contrastes, con historias cruzadas de parques juveniles, escuelas locales y una narrativa que algunos llamaron, sin exagerar, el “Cuban Bowl”.
Y ahí está una de las claves que hacen esta historia distinta: el impacto cultural. La final se jugó en Miami Gardens, pero su eco se escuchó en Hialeah, Westchester, Kendall, y la Pequeña Habana. En cada casa donde se habla de sacrificios, de abuelos que llegaron con una maleta, de padres que “empezaron de cero”, y de hijos que convierten esa historia en combustible.
Contribuciones cubanoamericanas en ambos lados del balón
No fue solo Mendoza. Esta final tuvo huella cubanoamericana de manera visible y significativa en ambos equipos.
Del lado de Miami, el rostro más emblemático es su entrenador: Mario Cristobal, hijo de exiliados cubanos y símbolo del regreso de la Universidad de Miami al gran escenario. En un perfil reciente, Cristobal habló de cómo aquella formación y aquellas experiencias “le moldearon” la vida.
‘El Rey Fernando’ y la frase que queda
Mendoza ganó en Miami —con el labio partido, con el brazo ensangrentado, con el peso de la presión encima— y lo hizo con una frase que pareció resumen de vida y de campeonato: “Daría mi vida por mi equipo”.
Por eso, al final, la referencia musical no es un adorno; es una declaración. Si antes era “El Rey Fernando” por su carácter, su liderazgo y su historia, después de este campeonato nacional, la ciudad y el exilio lo pueden decir con la cadencia de un estribillo inmortal:
Ganó el título. Volvió a casa. Y, como dice la canción… sigue siendo el rey.







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