MUJERES QUE CAMBIARON EL CURSO DE LA HISTORIA

Written by Libre Online

25 de febrero de 2025

Diez mujeres, unas bellas y otras no tanto, pero todas de fuerte y acusada personalidad, cuyas vidas variaron de un modo u otro el curso de la historia universal.

Por Thomas J. Fleming (1957)

MARIA CURIE

La ciencia, no la belleza, era el interés absorbente de Marie Curie. Nacida María Sklodowska, en Varsovia, Polonia, fue a París en 1891 a estudiar física en la Sorbona. En 1895 se casó con un joven y apuesto químico francés. Pierre Curie, y no mucho después ambos se interesaron en la obra de otro francés. Henri Becquerel, que estaba investigando las propiedades radiactivas del uranio. Combinando sus conocimientos de física y química, los Curie comenzaron a practicar investigaciones en el mismo terreno, y en 1898 anunciaron haber descubierto dos nuevos elementos, el polonio y el radio. 

Les tomó cuatro años más de experimentos en el laboratorio para aislar el radio en su forma pura, lapso durante el cual tuvieron que luchar con graves problemas económicos. 

En cierto momento Marie se vio obligada a dar clases de física en una escuela de niñas. Sin embargo, los Curie dieron al mundo su proceso para obtener radio, sin pensar en provecho personal alguno. En 1903, a los dos, al par que a Henri Becquerel, se les adjudicó el Premio Nobel de Física, y ganaron fama y dicha. De repente, en 1908, la tragedia se abatió sobre ellos. 

Pierre fue arrollado por una narria en París y muerto instantáneamente. Aunque tenía dos hijos, Marie se hizo cargo del puesto de su marido, de profesor de Física en la Sorbona, y comenzó a trabajar en un libro que es publicado en 1910, su “Traite de Rates” descubrimientos hechos por ambos sobre la naturaleza de la radiactividad, y la luz que arrojaba sobre la estructura del átomo. Publicado en 1910, su “Traité de Radioactivité” es uno de los hitos de la ciencia moderna, clasificado con los “Principia”, de Newton. 

De su obra descienden, en línea recta, los descubrimientos que abrieron la era atómica. El libro le ganó otro Premio Nobel, esta vez el de química. 

El radio devino también un instrumento médico, notablemente para combatir el cáncer, y Madame Curie fomentó activamente su uso, en amplitud mundial, hasta su muerte, en 1934.

ISABEL LA CATÓLICA

El matrimonio de Isabel con Fernando II de Aragón unió los reinos de Aragón y Castilla y echó los cimientos de la España moderna. Muy bella, Isabel ejerció gran influencia en su real esposo. Era agudamente consciente de que ella aportaba a la unión un reino tan grande y poderoso, si no más que el de Fernando, y siempre se hallaba presente en los consejos de estado e insistía en poner su nombre junto con el de su marido en todos los documentos públicos. Su influencia en la corte castellana era igualmente profunda. 

La moral del reinado anterior —el de su hermano Enrique IV el Impotente— había sido muy laxa y degradada, pero Isabel, transformó la corte en “un beaterío de virtud y ambición generosa” e hizo mucho también por las letras, fundando una escuela de palacio. Otros aspectos de su reinado no son tan dignos de encomio. Introdujo la Inquisición en España y persiguió y expulsó a los judíos.

Bajo su reinado y el de su esposo se terminó la Reconquista, con la toma de Granada. Pero su principal título a la fama está en el papel harto conocido que desempeñó en la promoción del gran proyecto de Cristóbal Colón. Cuando todos los demás hubieron escuchado el plan del navegante con incredulidad. Isabel lo llamó a su presencia con estas palabras: “Yo asumiré la empresa por mi corona de Castilla y estoy dispuesta a empeñar mis joyas para sufragar los gastos, si los fondos del Tesoro resultasen inadecuados.” De este modo picó el amor propio de Fernando, quien equipó la minúscula flota del Descubridor, y amaneció una nueva era.

ELENA

Cerniendo la bruma de los mitos que envuelve la belleza de Elena, los historiadores están hoy contestes en que esa famosa beldad griega existió hacia el siglo XII antes de la era cristiana, cuando la historia era relatada por los poetas. Hija de Tindaro, Rey de Esparta, era una “mujer diosa” a los dieciséis años. Menelao, príncipe de Micena, ganó su mano en un concurso olímpico, y durante nueve años vivieron juntos en la mayor bienaventuranza. Luego llegó París, el apuesto príncipe de Troya. 

Esta gran ciudad era la rival principal de los helenos en la dilatada contienda por la supremacía comercial. Cuando Elena y París, mutuamente enamorados con desenfrenada pasión, huyeron al palacio real de Troya, la indignación poseyó a toda la Grecia. Congregando cien mil hombres y una vasta armada, los helenos pusieron sitio a Troya. 

Durante diez años se peleó cruentamente en los llanos que había delante de la ciudad asediada. París fue muerto, y Elena, aunque entristecida, se apresuró a casarse con Daifobo, hermano de su fenecido amante. Finalmente, los griegos, con la ayuda del famoso caballo de madera, se introdujeron en Troya y la quemaron hasta arrasarla. Menelao, que había jurado matar a Elena, se derritió materialmente al contemplar de nuevo su belleza, y volvió a tomarla por esposa. Pero los griegos estaban casi tan diezmados por la lucha como los mismos troyanos. 

No mucho después de retornar errabundos a su tierra, los bárbaros del norte –los dorios– rompieron sus debilitadas defensas, propinándole a la península un baño de sangre que duró siglos. En cuanto a Elena, cuando cayó Troya se regocijó, según su propia afirmación; estaba cansada de aquella ciudad.

ESTHER

Gracias a su belleza y un poco de politiqueo astuto por su primo Mardoqueo, Esther llegó a ser esposa del rey Asuero, que reinaba desde la India a Etiopía, y que era famoso, tanto por su apostura como por su crueldad. Asuero no sabía que Esther era judía; Mardoqueo la había aconsejado que guardara eso en secreto. No mucho después de haber sido coronada Esther, Mardoqueo chocó con el primer ministro del Rey, un tal Amán el Agageo. 

Los judíos y los agageos eran enemigos tradicionales, y cuando Mardoqueo se negó a hincarse de rodillas ante el ministro y rendirle pleitesía. Amán logró del rey Asuero con sus argucias un permiso para dar muerte a todos los judíos del reino el décimo tercio del duodécimo mes del año. Mardoqueo, al enterarse del complot pidió ayuda a Esther. Pero según la ley si ella (o cualquier persona) se acercaba al Rey en el patio interior de su palacio sin ser llamado, y el Rey no le tendía su cetro en señal de clemencia, tenía que ser ejecutado en el acto. No obstante, después de ayunar y orar. Esther corrió el riesgo. Su belleza ofuscó al rey Asuero, y este convino gustoso en asistir a un banquete que ella le había preparado, y a llevar también a dicho festín al ministro Amán. En el banquete, cuando el Rey estaba “enardecido por el vino”. 

Esther le rogó que perdonase la vida a su pueblo “Tenemos un enemigo”, exclamó ella, “cuya crueldad recae sobre el Rey” y señaló dramáticamente a Amán. Asuero, poseído de remordimiento, hizo ahorcar a Amán y a sus diez hijos. También dio permiso a los judíos para que mataran a sus enemigos el día mismo que Amán había escogido para exterminar a aquellos, y dieron muerte a setenta y cinco mil. Aquel acontecimiento se conmemora todavía en la fiesta hebrea de Purim.

CLEOPATRA

Cleopatra ascendió al trono de Egipto el año 51 a. de J., a los diecisiete de su edad. Dos años más tarde su hermano y marido Ptolomeo, la desterró a Siria. En el 49 a. de J., conoció a Julio César, que a la sazón contaba cincuenta y uno. Aunque estaba enzarzado en una gran guerra por el dominio del imperio romano, Cleopatra lo persuadió a que combatiera a su hermano y lo matara. 

Luego fue a Roma con César —a quien había dado un hijo, Cesarión— y fue su amante hasta que asesinaron al gran estadista y general. Sabedora de su impopularidad, se apresuró a regresar a Egipto. En el Oriente, varios años más tarde, conoció a Marco Antonio, quien, con el sobrino de César, Octavio, estaba ocupado en deshacerse de los asesinos de Julio. Antonio se enamoró perdidamente de Cleopatra y dejó sus contiendas bélicas para pasar el invierno en Alejandría con ella. 

La lucha doméstica lo sacó de su embeleso, y prometió a sus aliados no ver más a Cleopatra. Durante cuatro años cumplió su palabra. Pero cuando regresó a Siria para una campaña, no tardó en enviar por ella, y como gesto final de desafío hizo que sus mayordomos echasen a su legitima esposa, la hermana de Octavio, de su casa en Roma. Octavio le declaró la guerra. Al cabo de dos años de maniobras, las fuerzas rivales se enfrentaron en la decisiva batalla naval de Accio. 

En el apogeo de la lucha. Cleopatra, impulsivamente llegó a la conclusión de que Antonio estaba perdiendo, y huyó a Alejandría con sesenta galeras, sellando así la derrota de Antonio. Once meses después Octavio desembarcó en Egipto y derrotó al ejército de Antonio. Le dijeron a éste que Cleopatra había muerto y, desesperado, se suicidó. Cleopatra intentó negociar con Octavio, pero él no se dejó seducir por sus ya un tanto marchitos encantos, y la reina entonces se suicidó también.

De este modo el dominio de Roma pasó a Octavio, que fue el primero de los emperadores romanos.

FLORENCE NIGHTINGALE

Hija menor de una acaudalada familia inglesa. Florence Nightingale decidió, tras un periodo de alegres coqueteos, rechazar toda oferta de matrimonio y dedicarse a la carrera de enfermera. Su familia se indignó. A la sazón se tenía a las enfermeras por mujeres bajas, inmorales, a la par con las mozas de taberna. Mas Florence persistió en su propósito y durante años, en viajes por Europa y el Cercano Oriente estudió los problemas hospitalarios en varios centros médicos. 

En 1853 fue nombrada superintendente de un hospital en Londres. Un año más tarde, Inglaterra se conmovió hasta lo más hondo con las noticias sobre el sufrimiento que experimentaban los enfermos y heridos en la Guerra de Crimea. (La campaña, la peor dirigida en la historia inglesa, se recuerda hoy principalmente por la desatinada carga de la Brigada Ligera) Florence persuadió al Secretario de la Guerra, un amigo íntimo, que la enviara a Crimea con poderes ilimitados sobre el Cuerpo de Enfermeras del Ejército.

A la cabeza de un equipo de treinta y ocho enfermeras, se hizo cargo de las enormes y anti sanitarias barracas que constituían el hospital de sangre en Escutari y comenzó a trabajar veinte horas al día para poder dominar la situación. Pronto tenía diez mil hombres a su cargo y era superintendente general de todos los hospitales del área. 

En seis meses redujo la mortalidad del 42 por ciento al 2 por ciento y su fama se difundió por todo el mundo. Contrajo la fiebre de Crimea y cayó gravemente enferma, pero se negó a partir hasta que hubieran evacuado al último paciente. Habiendo regresado a su patria con la salud permanentemente afectada, tomó las cincuenta mil libras recaudadas en reconocimiento por sus servicios y fundó con ellas una escuela de enfermeras. A pesar de que durante el resto de su vida fue una semi-inválida, escribió un tratado monumental sobre la administración militar médica e incesantemente aguijó al gobierno hacia modernas normas de sanidad y salubridad pública. Se la considera la fundadora de los hospitales modernos.

MADAME POMPADOUR

Madame Pompadour fue educada desde niña para ser la amante de un rey. Su tutor, un rico financiero y funcionario del Estado, constantemente le predicaba esa idea y ella aceptó el reto de todo corazón. En 1741 se casó con un acaudalado sobrino de su protector, y pronto se dio a emplear el dinero y la posición de su marido para llamar la atención del rey Luis XV de Francia. Rápidamente se convirtió en una líder social de París y en 1744 conoció, por fin, a Luis. Este se sintió inmediatamente subyugado por ella; la Pompadour dejó a su marido y en 1745 fue instalada en Versalles como querida real en titre (oficial). 

Por sorprendente que parezca, el buen éxito de Mme. Pompadour como amante de Luis dependía menos de sus exquisitos encantos, físicos que de su ingenio y gracia. (En términos modernos, era frígida y nunca satisfizo al Rey sexualmente). Sabía con precisión cuando un juego o una conversación comenzaba a aburrir a Luis y cultivó un genio especial para calmar su mal humor. 

La pasión que consumía a Mme. Pompadour era la del poder. En su intento por hacer de Francia el país sobresaliente en el comercio de artículos de lujo en Europa, dominó el mundo de la moda e inició el estilo “Luis Quince” en el arte, la decoración y el mobiliario.  En política era muy diestra y taimada, pero de horizontes limitados. Involucró a Francia en la desastrosa Guerra de los Siete Años, que hizo al pueblo común perder la poca fe que le quedaba en el Gobierno y, probablemente, apresuró la Revolución de 1789. La Pompadour murió en 1764 a la edad de cuarenta y dos años.

WALLIS WINDSOR

Wallis Warfield Simpson Windsor, la divorciada norteamericana por quien el Rey de Inglaterra abandonó su trono, ha sido calificada de la figura más romántica de todos los tiempos. Bella con una “vasta fascinación por todos los hombres tímidos que se cruzaban en su camino” era ya bien conocida en la sociedad de Londres como esposa del inglés Ernest Simpson, cuando en 1935, conoció a Eduardo a la sazón Príncipe de Gales. 

En el acto se sintieron mutuamente atraídos y pronto se les veía en todos partes juntos. El 20 de enero de 1936 murió Jorge V, y el príncipe se convirtió en el rey Eduardo VIII. En octubre, Mrs. Simpson presentó demanda de divorcio. A pesar de una “voluntaria” censura de la prensa británica, no era posible suprimir los crecientes rumores de que el Rey pensaba casarse con Mrs. Simpson. 

La tormenta estalló por fin cuando el Obispo de Bradford reprendió abiertamente al Rey por su conducta. Contra las influencias conservadoras del Imperio alineadas contra él, Eduardo no tenía más alternativa que abdicar. El 10 de diciembre de 1936, abandonó su trono por “la mujer que amo”. Seis meses después, cuando su sentencia de divorcio fue firme. Mrs. Simpson se le reunió en el continente, y ambos se casaron el 3 de junio de 1937. 

Si Eduardo hubiera retenido su trono, acaso se habría alterado la monarquía británica. Deseaba él ser un “rey del pueblo” y tenía ideas agresivas sobre hacer valer su influencia y su poder en la política doméstica e internacional de Gran Bretaña.

LEONOR DE AQUITANIA

Leonor es la única mujer en la historia que fue reina de Francia y reina de Inglaterra. Casada con Luis VII de Francia cuando contaba dieciséis años, se apresuró a llevar a la corte trovadores y músicos bajo su protección y creó, en una Europa que acababa de salir de la Edad del Obscurantismo, la tradición de caballería y romance que aún pervive. 

Al cabo de quince años, cuando la juvenil pasión de Luis por ella se había enfriado, su matrimonio fue anulado por mutuo consentimiento. Un mes más tarde, Leonor contrajo nuevas nupcias con Enrique Plantagenel, heredero del trono de Inglaterra, a quien ella le llevaba once años. 

Enrique se casó con Leonor para hacerse con el ducado de Aquitania, herencia de ella. No mucho después, habiendo ascendido al trono inglés, se halló en posición de dominar ambos países.  Así comenzó la larga contienda entre Francia e Inglaterra que continuó, intermitentemente, por más de dos siglos. Entre tanto, el matrimonio de Leonor y Enrique pasó de la indiferencia al odio (ella, no obstante, le dio cinco hijos y tres hijas). 

En la gran rebelión de 1173 y durante los dieciséis años siguientes, Leonor fue figura clave en las guerras y enemistades que acosaron al Rey. Bajo el reinado de sus dos hijos, Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra, Leonor se convirtió en un personaje político del más alto orden. Mantuvo una paz inquieta entre Ricardo y el traicionero Juan, y su popularidad en Aquitania siguió siendo el equilibrio del poder entre Francia e Inglaterra. Los astutos matrimonios políticos que hizo para sus hijos y nietos influyeron en la historia de Europa durante los doscientos años siguientes.

TZU HSI

Tzu Hsi, Emperatriz viuda de China está considerada como la mujer más famosa de la historia china. Extremadamente bella, fue seleccionada para concubina del harén imperial cuando tenía diecisiete años. Era una joven prácticamente ineducada cuando entró en el palacio imperial, pero se aplicó con diligencia al estudio de la historia de China y de los clásicos chinos, y pronto se le conocía como una erudita. 

Era también agresiva y anhelosa de poder. Después de haberle dado un hijo al Emperador, avanzó rápidamente de rango hasta llegar a ser emperatriz del Palacio Occidental. Después de la muerte del Emperador, en 1861, fue regente, a la edad de veintiséis años, por el heredero del imperio, un menor, y de ese modo se convirtió en la verdadera gobernante de China. 

Por más de dos décadas mantuvo al moribundo imperio bajo control a pesar de la presión que se hacía para efectuarse cambios drásticos. La derrota de China en la guerra chino-japonesa en 1894, por la dominación de Corea, reveló la debilidad del país. El joven Emperador (el pupilo de Tzu Hsi) intentó llevar a cabo radicales reformas para modernizar el país, pero la Emperatriz intervino. Ejecutó a muchos de los reformadores y a no ser por las potencias occidentales, acaso habría hecho asesinar al propio Emperador. 

Determinada a resistir las extralimitaciones extranjeras, Tzu Hsi ayudó a fomentar la rebelión de los boxers. Pero la aplastante derrota de China por un puñado de tropas occidentales la convenció de que era preciso erradicar el viejo orden, y desde 1901 hasta su muerte, ocurrida en 1908, estimuló la formación gradual de un gobierno constitucional. Dos años después de su muerte, China se hizo república y entró a formar parte del mundo moderno.

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