Mi padre a toda costa quería apresurar mi educación escolar. Me parece que hubiera sido muy feliz si yo me hubiera graduado de abogado a los 13 años. Mis estudios eran su obsesión.
Al terminar mi sexto grado lo correcto hubiera sido dar séptimo y octavo en el “Colegio Americano” con la profesora Edelmira Cuesta.
Mi padre se negó rotundamente, y me puso a dar clases privadas de preparatoria para entrar al Instituto con la maestra Olga Palenzuela y hacer un examen que a duras penas pasé y fui aceptado en el glorioso plantel.
En realidad no estaba preparado, sufrí mucho los primeros dos años, las jovenes que habían estudiado séptimo y octavo en la “Escuela Superior de hembras” me superaban en todo y me lucían brillantes.
En el tercero tuve la suerte que una compañera de clases llamada Eda Pintado Palenzuela parece que se compadeció y me invitó a estudiar con ella, y de ahí en lo adelante logré sacar mejores calificaciones.
Estaba muy molesto con mi padre por haber apresurado mis estudios hasta que un tirano fue robándoselo todo rápida y sorpresivamente.
Nunca olvidaré cuando mi tío rico Enrique Fernández Roig llegó apesadumbrado a mi casa con lágrimas en sus ojos y le dijo a mi padre: “¡Mi hermano, me lo han quitado todo, todas mis propiedades, congelada mi cuenta bancaria, inventariada mi casa y mi Buick!”
Abrazamos compasivamente a Enrique, y este muy compungido se fue a su casa la cual sería confiscada y convertida en la nueva “Jefatura de la Policía de Güines”…
Cabizbajo y muy triste me quedé sentado frente a mi padre en uno de los sillones del portal de mi hogar del Residencial Mayabeque.
El viejo encendió su sempiterno tabaco Pita, lanzó una bocanada de humo y me dijo: “¡Tranquilo Estebita que a mi el hijo de puta Fidel Castro no me puede quitar lo bailao!”
Y se sonrió victorioso al añadir: “Y a ti no te puede quitar lo estudiado, aprendido y asimilado”.







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