MINNEAPOLIS CENTRO DEL CHANTAJE RADICAL DEMÓCRATA

Written by Adalberto Sardiñas

3 de febrero de 2026

No hay nada espontáneo o legítimo en los sangrientos sucesos que han conmovido a la sociedad de Minnesota, especialmente en la ciudad de Minneapolis, donde, hasta el momento en que escribo este artículo, dos personas – supuestamente activistas- han sido, innecesariamente, fatalmente abatidas por los agentes de ICE. Todo muy lamentable. El pueblo americano no quiere a los agentes del orden disparando en las calles contra sus conciudadanos. Ni tampoco que los ciudadanos interfieran, impidan, o resistan violentamente, las funciones de las autoridades estatales o federales. 

Tomar ventaja de estas protestas callejeras para una sórdida explotación política es el conducto propicio para el caos sangriento que inquieta y desestabiliza a los pueblos. Y es precisamente lo que está sucediendo en Minneapolis.  

Era de esperarse. Minnesota con la abierta colusión de las autoridades estatales, y locales, como el Gobernador Tim Walz y el alcalde de Minneapolis, Jacob Frey, han convertido a ese estado en el centro nacional del chantaje extremista radical del Partido Demócrata. Aquí no hay coincidencia. Hay un plan notorio de revanchismo político; donde, a falta de una agenda seria, constructiva, se aprovechan circunstancias lamentables para exacerbar, dolorosamente, lo peor del animal humano. En la crisis migratoria que engolfa la nación, las dos partes, gobierno y oposición, en posiciones recíprocamente extremas, se han encontrado en la esquina de la discordia violenta con su resultado fatal. 

La última víctima, Alex Pretti, un enfermero de 37 años, fue muerto por uno o más agentes de ICE- no sabemos exactamente hasta que las investigaciones lo aclaren- en condiciones que perturban la sensibilidad humana y que profundiza una crisis cuyas consecuencias políticas y sociales se harán de sentir pronto si no regresamos al sentido común. Se impone un alto en el camino en el que las fuerzas oficiales y la clase política adversaria, moderen sus posiciones en busca de un entendimiento racional por el cual cese, por una parte, el abuso, y por la otra, el revanchismo político, que también es otra forma de abuso contra la población.

Hoy, mientras escribo estas líneas, las pasiones están al rojo vivo. Se diría que en estado de crispada alerta. Predomina el negativo intercambio de insultos. Las dos facciones en pugna se sacuden las culpas descargándolas sobre el oponente. Resulta imperativo encontrar ese espacio común en el que prevalezcan la armonía y el sentido compasivo tradicional de la nación americana; un espacio de civilidad donde echemos a un lado los intereses de clase, o ideológicos, como los extremistas de izquierda, o como los demagogos que pretenden la imposición como método. ¿Será posible armonizar esta fórmula en busca de la concordia nacional? Creo que sí. Pero para lograrlo tenemos que regresar al centro, donde radica la fuerza y el sentido común de la nación. América, como la mayoría de los pueblos, no es extremista.

Pero, la mayoría de sus políticos actuales sí lo es. Lo es el presidente Trump y también el gobernador de Minnesota Tim Walz y el alcalde de Minneapolis Jacob Frey.

Después de la primera víctima en esa ciudad, Renee Good, el presidente tuvo la oportunidad de calmar la furia con expresiones conciliatorias, pero decidió enviar 1,000 agentes más de ICE para reforzar a los 2,000 ya en el terreno.

El gobernador Walz, en vez de urgir a sus ciudadanos a evitar confrontaciones con ICE, produjo un video alentándolos a ir a las calles con sus teléfonos y filmar a los agentes de inmigración, estuvieran o no, ejerciendo las obligaciones de su trabajo bajo la ley federal. Llegó Tim Walz, en su incendiaria retórica, a describir a ICE como unos operadores terroristas. Por su parte el alcalde Frey hacía otro tanto incitando a los manifestantes, a la vez que, simultáneamente, condenaba los hechos. Debido a estas intemperancias, la tragedia resultó inevitable. Los más llamados a calmar la explosión, irresponsablemente la incrementaron. 

Se imponía en Minneapolis, en lugar de la razón civilizada, la pausa necesaria, las mentes serenas, la virulencia despótica de la discordia en su peor forma y expresión. 

Mas en medio de la tormenta irracional no debemos confundir los conceptos. Los esfuerzos de esta administración de remover a personas viviendo ilegalmente en el país son legítimos y necesarios. El fracaso en controlar la inmigración ilegal durante la administración de Biden con su política de frontera abierta que permitió la entrada indiscriminada de millones de migrantes – de los cuales nada sabíamos- desató un caos de proporciones alarmantes. De hecho, este tema de campaña, fue uno de los factores que contribuyeron a la elección de Donald Trump como presidente en 2024.

Sin embargo, en el empeño de alcanzar este legítimamente razonable objetivo, no se debe exagerar la acción hasta convertirla en algo deplorable. Y eso, es, exactamente, lo que ha sucedido en Minneapolis.

En respeto a la objetividad intelectual debemos aceptar que el enfoque de la administración para conseguir su propósito ha fallado en la prueba de la justa proporción ante los ojos de la opinión pública.  La cuestión, en fin, se ha ido fuera de control. Ha imperado el absurdo.

Protesta – pacífica- por actividades en la aplicación de la ley es aceptable y legítima. Pero de ahí, a la interferencia auspiciada por fuerzas demagógicas políticas, existe una línea de prudencia que no debe cruzarse.

No es osado repetir, porque obedece a la realidad, que tenemos en nuestro país abundantes políticos inescrupulosos, de los cuales Minneapolis tiene una buena porción, determinada a impedir las funciones de ICE alentando intervenciones potencialmente ilegales y frecuentemente fatales.

Es en el mejor interés político de los demócratas en Minneapolis mantener el fervor ardiente contra ICE para relegar a un segundo plano el escandaloso fraude contra el welfare, mientras que, en Washington, los líderes del partido en el Congreso se aprestan al ejercicio del chantaje, amenazando desde ya, el cierre del gobierno por segunda vez, tomando como excusa los eventos de Minnesota para suprimir los fondos al departamento de Homeland Security.

El ambiente político nacional, ya caldeado al extremo, necesita una pausa, que, necesariamente, tendrá que venir por vía del liderazgo de ambos partidos. El presidente, que, evidentemente, ha triunfado sobre el desorden de la frontera, debe moderar la retórica y seguir adelante con el resto de su agenda.

Por su parte los demócratas harían muy bien en controlar su desenfrenada resistencia, olvidarse del revanchismo chantajista, poner a un lado esa idea peregrina de cerrar el gobierno y trabajar por una agenda atractiva para el pueblo americano.

El caos de la frontera ya terminó. Y no podemos revivirlo en Minnesota.   

Ni en ningún otro lugar.  

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