MARTÍ PROMETEICO

Written by Libre Online

31 de marzo de 2026

Por Armando Cruz Cobos (1953)

José Martí crece más y más en el tiempo-espacio americano y universal. Tanto que puede afirmarse acerca de él como pensador y filósofo, que su perennidad en el trascender le proyecta más allá de nosotros los cubanos como artífice político de nuestra independencia. O mejor como polaridad energética emanadora de la incorporación republicana de nuestro país.

Martí encarna al hombre pleno. Al ser humano intemporal que viene desde allá del fondo de las edades, amasándose en su propia pura y superior sustancia. Siempre se nos ofrece renovado y aún inédito. Siempre delantero con cada hito del pensamiento universal. Nunca se desdibuja, sino que reaparece con otras claridades recién alumbradas. Jamás sus perspectivas esenciales se alejan de esa armoniosa síntesis carne-espíritu, en él cabalmente dada y todavía futura para el hombre de la generalidad, como para las más relevantes individualidades de todas las épocas.

La idea y el ímpetu. El pensar y el quehacer, operando de consumo en la transformación de lo circunstante, se ofrecen en Martí con brillo inquieto y rútil como de mercurio. Prometeo y Epimeteo como proyecto e historia, vaciados a la par en su barro de hombre. Creador de valores-realidades, tangibles e intangibles, Martí es ensueño en vigilia y sacrificio en tensión. Metafísico por la instancia sufridora de su angustia rebelada, el Positivismo no le embrida el pensar. No le enerva el espíritu. No le coarta nunca su voluntad de pasión trascendental. 

El espiritualismo en boga, por aparentista y de libre consumo para mojigatos que vuelven los ojos en blanco, le suena a falso. El Escepticismo no le cuadra por aporético y subestimador del pensar en sí. Ni materialista pues, ni racionalista, ni empírico. Más bien y en ocasiones, su concepción del mundo y de la naturaleza humana asume matices panteístas. El esencialismo, en tanto que industria de la fe, pugna con su fibra recóndita y fervorosamente cristiana. Y la vida es en fin, para José Martí, todo un proyecto de ideas-fuerza en función ética de amor y ardor por la justicia, la libertad y la dignidad plena del hombre.

Los cubanos somos muy pequeños todavía para comprender a José Martí. Se nos ha enseñado a quererlo como libertador y apóstol de la patria chica y común. Esa querencia es demasiado mínima.

Martí personifica al héroe extra nacional de la especie humana. La magnitud de su dolorosa angustia agranda de tal suerte los contornos de su personalidad, que encarna él, por sí, un arquetipo humano que, muerto, vive más sobre el tiempo que la generalidad de cuanto vitalmente existe. Por eso, con cada día, año y décadas, se le ve expandirse más y más; sin latitudes ni paralelos. Sin razas ni fronteras. Su ser esencial no puede ceñirse a nuestra isla, porque equivaldría a recortarle, desfigurarlo y empequeñecerlo. Martí es el ciudadano de todas partes, nacional, continental, universal y cósmico. El ciudadano de un mundo que aún no existe.

Si quiere alguien hallar un hombre permanentemente contemporáneo, escoja a José Martí murió hace 131 años y parece una figura mitológica. La presencia inmanente de sus calidades de excepción hace que ni Orfeo ni Triamegisto le suban un codo en esa alquimia tan suya como divina de trasmutar el sentimiento en conducta. (O a la inversa) los siglos se fundieron en él sin brusquedades en el empalme dialéctico de edades y conceptos. 

En Martí la voluntad de ofrenda íntima y total no admite desmayos morales ni físicos. Poseyó un poder prometeico fluyente en ondas sincrónicas de sacrificio. Una rebeldía militante que se polariza más allá de la nada inorgánica y más acá de la no-nada metafísica. Una suma de energías -magnéticas si cabe– tan íntimas como extraversas. En su obra escrita como en la presentida en atisbos, la belleza única del alma humana tiene un rostro armoniosamente móvil. Todos cuantos puedan abrevar de veras en la fontana nunca escanciada de su ser esencial, quedarán con su sabor trasunto, que asume valoraciones teúrgicas, extra-biológicas, inmateriales y secretamente suyas.

Al morir hace ya más de un siglo, resumía lo éticamente válido de los movimientos de ideas surgidos y recreados al calor de la llama humanista del Renacimiento en su reflexión hacia nuestros días. Pero su sentido hondo y coruscante trascendió siempre el iris y el salmo. Hay en su estilística ideal un desdoblamiento que se desgarra en solidaridad tierna, autónoma y parabólica como de Cristo. Sabe –y le punza– que en el hombre se agazapará durante edades todavía la fiera. Y no se deja acorralar ni matar sin haber organizado antes un repertorio de ideas-valores capaz de transcenderle permanentemente fuera del tiempo que pasa. Si alguna deliberación hay en su fecunda trayectoria vital es ésa y no otra.

En el itinerario egológico de José Martí se acumularon las angustias de su dintorno, negando el absurdo existencialista de “vivir semejante a las bestias y a los dioses”. ¿No es el Existencialismo, al cabo, algo así como un neo-Positivismo?

Para Martí la filosofía no fue nunca ocio pantuflar ni evasión sabia de su circunstancia, sino austeridad en el sacrificio oficiante del pensar por algo. Para algo. Ninguna complacencia vegetativa en el existir. Todo un sentimiento gloriosamente doloroso en el deber de vivir. Esto es en el convivir para ser. Esa fue su propedéutica cristianísima en la que, jamás, la materialización instintivista de los sentidos comporta el desarme ontológico del hombre.

Su bregar por la independencia principista de esa meta-ética muy suya, que no se agota cardinalmente con su caída en Dos Ríos. Las palmas, “altas como novias” se inclinaron a la sazón pesarosas. Empero, bramadoramente, ese principismo –a partir de entonces– rige aún más caudaloso y magno en su obra de pensador que en la faena determinista del político. Y, perdura y crece para la posteridad en la estimativa profunda de su ser. De ahí pues, que si vale José Martí como libertador, tanto como los más señeros paladines de todos los pueblos, como hombre de pensamiento siempre retoñado, y como filósofo sui-géneris hecho de carne y espíritu, vale más, muchísimo más que los héroes nacionales y sociales anteriores y posteriores a él.

A través de la bulda síntesis de sus ideas-fuerza, Martí se ensancha inespacial e intemporalmente. Cabe verlo entero; como un Prometeo sin penitencia. Como una sinfonía vertical que fluye angustiosa y sufridoramente en una intención de humanísima belleza. Como un acorde enarmónico que se abre a la redención cubana en enero de 1853 y cuando se cierra en mayo de 1895, queda vibrando universalmente en la perennidad del devenir.

¡José Martí; proyecto e historia vaciados de golpe en su barro de hombre!

Temas similares…

LA HISTORIA DE TROPICANA

LA HISTORIA DE TROPICANA

El inolvidable cabaré Tropicana tuvo sus orígenes en otro mucho más modesto y también al aire libre, pero situado en...

0 comentarios

Enviar un comentario