Si la muerte no se lo hubiera llevado recién estrenados sus 89 años, el 13 de abril de 2025, el Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa cumpliría ahora -28 de marzo- 90 años. Ambas fechas sirven de recordatorio y, sobre todo, de invitación a regresar a las novelas del peruano más universal: una obra construida con un rigor casi obsesivo que explora, desde la ficción, las tensiones entre el individuo, el poder y la libertad.
Por Amalia González Manjavacas
Lo pudo decir más alto, pero no más claro, para Mario Vargas Llosa la función del escritor no era un ejercicio neutro ni ornamental, sino un acto de insurrección constante frente a la habitual complacencia y la rutina del mundo. Como él mismo afirmó: “La literatura es una forma de insurrección permanente. Su misión es provocar, inquietar, alarmar, mantener al hombre en un estado constante de insatisfacción consigo mismo”.
La literatura para Vargas Llosa (28.3.1936 -13.4.2025), debía cuestionarlo todo, sacudir certezas, desafiar prejuicios y mostrar que “leer y escribir son una protesta frente a las insuficiencias de la vida, un medio de afirmar la libertad frente a cualquier intento de domesticar el pensamiento y la imaginación”. Esa insurrección literaria no era un simple gesto simbólico, sino que era “ético, estético y político” a la vez, ya que en cualquier ficción se podía revelar las grietas más profundas de la realidad.
Dicen que su obsesión por la estructura no era un mero virtuosismo formal, sino una postura ética y ontológica frente a la realidad. Para el autor arequipeño, la vida era un magma informe, una sucesión de hechos brutos que parecían carecer de sentido hasta que la palabra —y, sobre todo, la técnica— les otorgaba jerarquía y coherencia.
En sus escritos y conferencias, hablaba de la novela total como la construcción de un universo narrativo completo y autosuficiente, capaz de abarcar múltiples aspectos de la realidad, incluso de competir con ella en riqueza y complejidad.
Escritor, intelectual, político, revolucionario, después liberal, y hasta objetivo de la prensa del corazón, Vargas Llosa fue un hombre de muchas facetas que trascendió todas las etiquetas. Antes de cumplir los treinta ya se había convertido en figura clave del boom de la literatura latinoamericana de los 60-70 del que fue, por cierto, el último exponente en dejar este mundo.
Dentro del Boom latinoamericano, ocupó una posición singular y, en cierto modo, antagónica al realismo mágico. Mientras otros contemporáneos seducían al mundo con un exotismo que rozaba lo pintoresco, él impuso la razón técnica. No buscaba la magia, sino la “verdad de las mentiras”, esa paradoja en la que la ficción más elaborada revela los vacíos y contradicciones de la historia.
Vacíos y contradicciones como los de su propia vida. Ni su infancia ni su juventud fueron fáciles. Sus padres se separaron antes de que él naciera por lo que creció con su familia materna en Cochabamba (Bolivia), escenario donde ocurrió el suceso más importante en su vida: “aprender a leer y a escribir a los cinco años” y donde nacieron muchas de las historias que luego darían forma en su obra.
Su relación con su progenitor, que hasta los diez años creyó que estaba muerto, cuando en realidad vivía con otra mujer, fue siempre mala y su carácter violento marcó el resto de su vida. Siendo todavía adolescente le internó en un durísimo colegio militar, para “que espabilara”. Sin embargo, fue allí, donde para evadirse de tal férrea disciplina, se refugió en los libros y se gestó su vocación literaria. De allí salió la que sería después, La ciudad y los perros (1963).
El novelista entendía que la verdad no era un absoluto, sino el resultado de un conflicto entre opuestos; veía la literatura “como un acto de rebeldía frente a la realidad”, alguien que tomó en serio la responsabilidad del escritor de “analizar y describir la condición humana con rigor y honestidad”.
En este sentido el escritor Andrés Trapiello destaca que Vargas Llosa era un escritor “serio y generoso con su oficio”, que no buscaba la fantasía gratuita sino una “conquista de la sencillez y el realismo”, cualidades que lo alejaron del realismo mágico de otros autores de su generación y lo llevaron a desarrollar un estilo accesible, claro y comprometido con la representación de mundos diversos y complejos. Una vocación crítica le valió tantos enemigos como admiradores, pero incluso sus detractores más acérrimos tuvieron que capitular ante la solidez de sus argumentos y la elegancia de su prosa.
En Conversación en La Catedral (1969), una de las novelas centrales de Vargas Llosa, ambientada en el Perú de los años 50 bajo la dictadura la famosa pregunta inicial: “¿En qué momento se había jodido el Perú?”, no busca una respuesta histórica sino que funciona como un dispositivo narrativo: a través de la conversación de los personajes en el bar La Catedral, se despliega un mosaico de recuerdos, confesiones y episodios que revelan la corrupción, los miedos, los desvelos y hasta la gran resignación que erosionan las sociedades…. Demuestra su maestría como estratega del punto de vista, entrelazando planos temporales y voces múltiples sin perder la claridad ni la inteligibilidad, y construyendo un universo narrativo que examina, de manera íntima y colectiva, las pasiones, contradicciones y abismos del ser humano.
Su prosa se había despojado desde los inicios de todo barroquismo innecesario para subordinarla siempre a la eficacia del relato. Ya fuera diseccionando la anatomía del poder dictatorial en La fiesta del Chivo (2000) donde diseccionó la tiranía de Trujillo con una precisión técnica que llegó a humanizar el mal para comprenderlo mejor, o el fanatismo mesiánico elevado a categoría de epopeya en La guerra del fin del mundo (1981).
La literatura -decía Vargas Llosa- es un oficio de disciplina inquebrantable: “el escritor es el profesional de la palabra, alguien que ha hecho de la expresión su razón de ser”. Incluso en sus vertientes más lúdicas, como ‘La tía Julia y el escribidor’ (1977), el humor nunca fue una concesión ligera, sino otra forma de asediar la frágil frontera entre la vida vivida y la vida inventada.
La dialéctica de la libertad
Su tránsito desde el entusiasmo por la Revolución Cubana hasta un liberalismo clásico, a menudo malentendido por la ortodoxia académica, debe leerse bajo la luz de su coherencia ética: la primacía del individuo frente a la tribu. Para el autor, el colectivismo —ya fuera bajo el signo del nacionalismo, el autoritarismo o el dogma religioso— era la antítesis de la creación literaria, la cual “solo puede florecer en la soberanía de la conciencia individual”.
Como dijo en su discurso desde Estocolmo al recoger el Nobel en 2010: “Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes”.
La verdad de las mentiras
Su obra nos recuerda que la gran literatura es incómoda por definición; que no está hecha para halagar las convicciones del lector, sino para subvertirlas. La “verdad de las mentiras” que él defendió es la única herramienta que poseemos para desenmascarar las mentiras de la verdad oficial, esas que emana de los despachos del poder o de las mayorías silenciosas.
Su legado, subrayan varios escritores latinoamericanos, al evocar su figura, no es solo una vasta cartografía de pasiones y contradicciones humanas, sino también una luz para ver más lejos: un escritor que enseñó a mirarnos a nosotros mismos, a confrontar la ambición, el amor y los abismos del poder con una prosa exigente y sin concesiones.
“Detesto toda forma de nacionalismo, ideología –o, más bien, religión– provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales”.
El legado más lúcido y a la vez, más amargo, de sus últimos años fue su diagnóstico sobre la degradación de la cultura contemporánea actual. En su ensayo ‘La civilización del espectáculo’, advirtió con severidad sobre el tránsito de una cultura basada en el pensamiento y la reflexión a una dominada por el entretenimiento banal y la hegemonía de la imagen. Hoy en día, la literatura se ha visto desplazada por el consumo rápido y la figura del escritor como guía intelectual ha sido sustituida por eso llamado “generador de contenidos”.
Al cumplirse 90 años de su nacimiento -y casi uno de su muerte-, nos queda la certeza de que las historias que escribió para entender nuestra propia barbarie siguen ahí, grabadas en una prosa sin fecha de caducidad.







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