Por Jorge Quintana (1954)
Tuvo suerte, Cuba en encontrar, en la hora de su forja como nación y en la de su integración republicana, hombres previsores que se dispusieran a cumplir cabalmente su deber, sin más aspiración que la satisfacción de haberlo cumplido. Un caso de esos fue el de José de la Luz y Caballero. En los tiempos que le tocaron vivir, la isla ardía conmovida por conspiraciones de todo tipo.
Aquel hombre excepcional comprendió que su papel no era el de líder de una conspiración, sino el de preparador de una generación para que supiera cumplir con su deber, en llegada la hora propicia. Así, cuando Narciso López organizaba su primera conspiración en Cuba fue a visitarle para ofrecerle la jefatura civil del movimiento que se preparaba, el director del colegio “El Salvador” le argumentó que no la consideraba oportuna. Y cuando el venezolano le insistiera, Don Pepe no vaciló en responderle que él estaba preparando a una generación para realizar esa tarea. En la misma medida Manuel de la Cruz interpretó su misión como escritor.
Sacrificó una magnífica reputación literaria para colocarse, por entero, al servicio de la nación. Recogió de los labios de los mambises del 68 toda la grandeza de su heroísmo y la dio a conocer en múltiples trabajos. En esas fuentes tan nítidas, tan hermosas, abrevó su ansia de justicia y libertad la generación del 95. Y cuando llegó la hora de concurrir a la cita de la patria, así como en 1868 los exalumnos —y aun muchos alumnos— supieron abandonar las aulas de estudios o las comodidades de una vida fácil para salir al campo a batallar por la independencia, así, en 1895, los hombres aleccionados por los artículos de Manuel de la Cruz lo abandonaron todo y contestaron presente en los campamentos mambises, entregándose a la causa de Cuba.
Manuel de la Cruz nació en una casa de la calle Municipio, Jesús del Monte, La Habana, el 17 de septiembre de 1861. La familia es de vida modesta y muy cubana. El padre don José Julián de la Cruz se ha resistido a ingresar en el Cuerpo de Voluntarios porque no quiere que sobre la familia caiga esa nota infamante. Los primeros años los ha de pasar el niño en su ciudad natal. Asiste al colegio San Joaquín que dirige el maestro Joaquín Mesa y Domínguez. Es inteligente. Aprende rápido.
El 10 de octubre de 1868 se produce el levantamiento de Carlos Manuel de Céspedes, en La Demajagua. Los Voluntarios de La Habana no salen a campaña, pero se dedican a cometer toda clase de tropelías y depredaciones contra la población civil. A pesar de su poca edad Manuel de la Cruz, fue testigo de aquellas barbaridades. “Recuerdo, escribirá años más tarde, en carta a Manuel Sanguily, con todos sus pormenores los sucesos más famosos de que fue teatro La Habana en el período de tiempo transcurrido desde la toma de Bayamo por los soldados de Céspedes hasta la capitulación del Zanjón, y fueron tan hondas mis emociones de aquel período, que, a voluntad mía, la imagen se reproduce siempre fiel, intensa, avasalladora”.
A los quince años ya Manuel de la Cruz se adentra por los vericuetos de la cultura cubana. En la modesta biblioteca del padre hay un libro que le seduce. Son los “Papeles sobre Cuba” de José Antonio Saco. Él mismo confiesa que no lo “comprendía del todo”. Y es, por fidelidad al pensamiento de Saco, que fue un precursor del autonomismo, por lo que se incorporó, en 1878, al movimiento autonomista.
Por esta época conoció al coronel Francisco Lufriú, recién llegado del campo de la guerra. Hasta entonces sus convicciones autonomistas le habían llevado a contemplar con cierta indiferencia a los insurrectos. Fueron los relatos del coronel Lufriú los que tuvieron la virtud de cambiarle sus ideas. El autonomista se convirtió en separatista ardoroso. Él mismo lo confiesa en epístolas que tienen mucho de autobiográficas, enviadas a Manuel Sanguily. Así dice: “A su lado, oyendo con tristeza o arrebatado entusiasmo sus narraciones, obtuve ideas claras y precisas sobre la revolución cubana, conocí y amé su historia gloriosa, complicada, múltiple; vi y viví aquel largo y magnífico estado de la conciencia cubana”.
Por estos tiempos también conoce, en La Habana, a José Martí. Al “Liceo de Guanabacoa” va a escucharle su discurso sobre Torroella. El autonomista se va deshaciendo de sus amarras. En 1883 embarca para España. Durante dos años vive en la metrópoli recorriendo sus regiones, hablando con el pueblo español.
A los dos años regresa a La Habana, después de una breve estancia en París. En las cartas autobiográficas antes citadas, escribe refiriéndose a este viaje: “Mi permanencia en la madre patria, el estudio directo e inmediato del pueblo árbitro de los destinos de Cuba, fue minando mi fe, borrando mis esperanzas, llevando a mi ánimo la persuasión de que la autonomía era una aspiración superior, pero que España, por sus condiciones, estaba incapacitada para concederla”.
De aquel viaje salieron un manojo de crónicas que publicó bajo el rubro genérico de “En la Madre Patria”.
En 1884 escribe sus novelas cortas “La hija del montero” y “La hija del guardiero”. Quiere ser novelista. Escribe una tercera que titula “Carmen Rivero”. Fue la última. El 20 de septiembre de 1884 se celebra una tertulia en la “Revista de Cuba” que dirige Cortina. Allí llegó Manuel de la Cruz con su original. Las críticas fueron sangrientas. La despedazaron en una forma tal, que de regreso a su casa la echó al fuego. Se perdió el novelista, pero se ganó a uno de los escritores más vivaces, de más colorido y personalidad que dieron las letras cubanas en los últimos años del siglo pasado.
Se dedicó a la crítica, al relato, a la narración histórica. Puso en esta nueva actividad pasión, entusiasmo, fe. En “La Habana Elegante” publicó el 26 de agosto de 1888 un juicio sobre el Álbum de “El Criollo”. Entre las cosas que dijo estaba la de negarle a Narciso López y a Ramón Pintó el derecho a llamárseles patriotas, por haber sido anexionistas. Cirilo Villaverde le salió al paso defendiendo al venezolano que entregó su vida a la causa cubana. Para el autor de “Cecilia Valdés” el general López era, por el contrario, uno de los precursores de la independencia de Cuba.
Por esta época —el 5 de enero de 1887— contrajo matrimonio en la Iglesia de Jesús del Monte con la señorita Teresa Ugarte.
En 1889 inicia su colaboración en la “Revista Cubana” con un trabajo sobre Aurelio Mitjans que publicó con el seudónimo de Bonifacio Sancho. Fue aquí donde inició la publicación de los “Cromitos cubanos”. Al año siguiente publica los “Episodios de la Revolución Cubana”. Desde Nueva York, José Martí le escribe emocionadas letras el 3 de junio de 1890. “¿Cómo empezaré a decirle el cariño, la agitación, la reverencia, el júbilo, con que leí de una vez, por sobre todo lo que tenía entonces entre manos, sus “Episodios de la Revolución de Cuba”? No he tenido últimamente una hora de reposo para decirle con qué orgullo he visto, como si fuera mía, esta obra de usted, y en cuánto tengo su piedad patriótica y su arte literario; pero para releer los “Episodios” no me ha faltado tiempo, porque, sean cualesquiera mis quehaceres, no puedo tropezar con el libro sin tomarlo de la mesa con ternura, y leer de seguido páginas enteras”.
Por este mismo tiempo don Vicente Barrantes publica en “España Moderna” un trabajo titulado “La poesía lírica en Cuba”. En el mismo dejó destilar todo su desprecio, su odio, su malquerencia y su ignorancia de lo cubano. Manuel de la Cruz le contestó en una “Carta Abierta” que publicó en la “Revista Cubana”. Fue un magnífico tapabocas a quien tuvo que confesar que hablaba de lo que no sabía. Al año siguiente dio a la publicidad, en las páginas de la “Revista Cubana”, su “Reseña Histórica del Movimiento Literario en la Isla de Cuba: 1790-1890”. Dos años más tarde, en 1893, publica los “Cromitos Cubanos”.
Desde 1886 venía publicando primero en “La Habana Elegante” con el seudónimo de “Juan Sincero” y bajo el título genérico de “Esbozos de Cera”, una serie de semblanzas biográficas. Después continuó publicando estos mismos trabajos en “El Fígaro”, “Revista Popular” de Key West y la “Revista Cubana”. Reuniendo ambas series pudo recopilar el tomo que tituló “Cromitos cubanos”. Su propósito era continuar la serie, volviendo los ojos al continente americano. Así, en el Prólogo de los “Cromitos cubanos” ya anuncia que a estos sucederán los Cromitos argentinos y uruguayos y después los peruanos, colombianos y chilenos. A cada volumen le precederá “una reseña histórica del movimiento literario de la nacionalidad a que se refiera”. Y como colofón, “a guisa de síntesis de la serie”, se proponía dar a la luz los “Cromitos ibéricos”, en los cuales estudiaba personalidades españolas “en cotejo con otros autores peninsulares e iberoamericanos”.
Los “Cromitos cubanos” merecieron la atención de Manuel Sanguily que le dedicó algunas páginas en sus “Hojas Literarias”. Don Manuel censuró lo que a su gusto desagradaba y elogió todo lo que entendía era digno de alabanzas. Manuel de la Cruz le respondió con varias cartas donde aclaró muchos detalles de los mismos y proporcionó, al mismo tiempo, buenas noticias autobiográficas. Estas cartas se publicaron originalmente en “El Fígaro” de La Habana.
Ya por esta época es un agente activo del movimiento separatista que José Martí había organizado en la Isla. En 1894, como delegado de Martí va a Santiago de Cuba a entrevistarse con Guillermo Moncada, de quien obtiene seguridades de secundar el movimiento, a pesar de la tuberculosis que le destroza los pulmones.
Apenas si la revolución se inicia el 24 de febrero de 1895, cuando Manuel de la Cruz abandona la isla en unión de su mujer y de sus hijos. Se dirige a Key West. Allí se publica su folleto “La Revolución Cubana y la Raza de Color”. Después de la muerte de José Martí, el nuevo Delegado don Tomás Estrada Palma lo llama a su lado. El 30 de julio sale de Tampa para reunirse con él. El 1º de agosto Estrada Palma firma su nombramiento como Secretario Privado del Delegado, adjunto a los trabajos de la Delegación, con veinticinco pesos semanales de sueldo. Era el máximo. Una asignación igual se le ofreció a Enrique José Varona por dirigir “Patria”, en sustitución de Martí.
El nombramiento de Manuel de la Cruz causó excelente impresión entre los cubanos emigrados. Cuando Domínguez Cowán escribe a Estrada Palma, a quien no conoce, ofreciéndole sus servicios en México, incluye a Manuel de la Cruz entre los que pueden ofrecer referencias de su persona. Y Rodolfo Menéndez, desde Mérida, Yucatán, escribe al Delegado: “Mucho esperamos todos de sus grandes, y mucho más contando con el poderoso auxilio del señor Manuel de la Cruz”.
Ya el 5 de agosto de 1895 está en Nueva York. “El Porvenir” de esta fecha publica una nota saludando su presencia. “Patria” lo hace en su edición del 10. “El Delegado del partido señor Estrada Palma —se dice en las columnas de “Patria”— ha ganado en él se refiere a Manuel de la Cruz— un solícito auxiliar, otorgándole el puesto de su Secretaría privada; “Patria”, un escritor fácil y conceptuoso que dará realce a sus columnas; el Partido Revolucionario, un miembro distinguido que prestará buenos servicios a la idea patriótica y nuestra emigración un elemento más de cultura que ha de dar realce a la capacidad cubana en el extranjero”. El 17 de agosto ya inicia su colaboración en “Patria” Manuel de la Cruz. Casi al mismo tiempo sustituye a José Martí como redactor extranjero de “La Nación” de Buenos Aires.
Trabaja con ahínco en una biografía de Ignacio Agramonte. Había recopilado de los compañeros del “Bayardo cubano” todos los datos que le pudieron suministrar. La figura le seducía en extremo. Todo ello estaba íntimamente vinculada a su nueva actividad en la Delegación del Partido Revolucionario Cubano y junto a don Tomás Estrada Palma. Así concluyeron los últimos meses de 1895. Estaba enfermo.
El frío crudo del invierno neoyorkino habría de afectarle notablemente. Así comenzó el año nuevo de 1896. Trabajaba incansablemente para sostener a la familia y para servir a la causa cubana en la medida que su salud y sus fuerzas se lo permitían. Todavía el 18 de febrero de 1896 contestaba correspondencia de la Delegación, a pesar de que el día anterior se había retirado de la oficina sintiéndose bastante mal. Ello unido a una temperatura excesivamente fría, le retuvo en su casa. Trabajó también para cumplir con Enrique Trujillo un compromiso de escribirle un artículo para “El Porvenir”.
El 19 de febrero de 1896 a las tres y quince de la tarde falleció casi repentinamente. Vivía en el número 345 de la Calle 29, Oeste, en Nueva York. Dos días después fue llevado al cementerio de Greenwood, donde la familia Barranco poseía un panteón. Allí fue enterrado. Su duelo fue presidido por Benjamín Guerra, el General Calixto García, Juan Fraga, Presidente del Consejo del PRC de Nueva York y Manuel Sanguily. Estrada Palma y Gonzalo de Quesada no se hallaban en la ciudad al ocurrir su lamentable desaparición.
El 26 de febrero Estrada Palma escribía a Valdés Domínguez comunicándole la triste noticia. “Esta muerte, escribía el Delegado, ha privado a la patria de un buen servidor y a mí me ha afectado profundamente, pues, conocedor de su inteligencia y patriotismo tenía depositada en él toda mi confianza”.
Tenía treinta y cinco años, pero pocas vidas hicieron tanto en tan poco tiempo y fueron tan útiles a la causa de su patria como ésta de Manuel de la Cruz, cuyo busto fue erigido en Prado y Neptuno como un recuerdo perpetuo a quien fue un combatiente por Cuba Libre del mismo temple de los mejores generales del Ejército Libertador.







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