LOS GRANDES PEPES DE NUESTRA HISTORIA

Written by Libre Online

19 de marzo de 2024

Por Elías Entralgo (1950)

–I–

En la tradición católica de nuestro pueblo se conmemora el 19 de marzo la festividad de San José. Siguiendo la costumbre, los noticieros clasistas felicitarán a connotados o encumbrados cubanos que responden a ese patronímico, limitándose a la mera mención en unos casos y añadiendo, en otros, calificativos movidos por la amistad, la simpatía o el interés. Aunque a veces en esas crónicas conservadas en copias para ser repetidas de año en año, con ligeras variantes, nadie se ha cuidado de trazar ciertas tachaduras y, a veces, se deslizan felicitaciones a personas fallecidas. 

Deliberadamente no se felicita a ningún muerto. Es que ese hábito de gentileza colectiva va encaminado a desearle a personas conocidas un día de felicidad al año, el del santo patrón equivalente a un alto de ocio contemplativo –para recibir a 

parientes y amigos y reciprocar sus saludos con comidas y bebidas (y de ahí que antes las excepciones ensimismadoras el cronista destaca que no recibirán) –en el activo negocio de la vida, en la lucha del vivir y los muertos se hallan en un estado muy contradictorio porque se supone que al menos descansan en paz, pero es una paz que nadie desea para sí, salvo los locos suicidas y que va siempre comentada con expresiones piadosas.

Ahora bien, para nuestro tema, los muertos se dividen en dos clases, los anónimos, que solamente son recordados por sus antecesores, sucesores o colaterales supervivientes, y cuya memoria se va borrando a medida que pasan las generaciones y los que inscriben su nombre con caracteres imperecederos en la historia de una nación, de una cultura o de una humanidad entera. Cabría preguntar si a estos, por excepción, debería felicitárseles el día de su Santo. Mi respuesta es que ya tienen la felicidad eterna de la historia y no necesitan felicitaciones. Pero lo que sí me parece que procede es volver la oración por pasiva y que los felicitantes se conviertan en felicitados por la felicidad que aquellos le brindaron haciendo historia y creando historicidad.

–II–

La abundancia de personas con el nombre de José acaso se deba a la antigüedad del Santo, uno de los más remotos del catolicismo. Dos de los cuatro Evangelistas, San Mateo y San Lucas, nos hablan de él. El primero es el que más se detiene en su figura y no le dedica más que algunos versículos de los tres primeros capítulos entre los veintiocho que forman su Evangelio. Por ello nos enteramos que ya María estaba concebida por el Espíritu Santo cuando José, el hijo de David, se juntó con ella y el Ángel del señor se encargó de recordarle en un sueño que lo que el Espíritu Santo engendró, a este pertenecían. 

Como los Reyes Magos del Oriente no cumplieron el compromiso que contrajeron con el rey Herodes de comunicarle el lugar donde había nacido, –una vez que lo habían comprobado– el que él estimaba su futuro gran competidor político, Jesús, el monarca ordenó una totalitaria degollina infantil y otra vez el Ángel del señor se le apareció a José mientras dormía para que librara al niño de la matanza llevándoselo con la madre a Egipto, lo que aquel cumplió en horas de la noche. 

Entre los egipcios continuaba viviendo el, por más de una acepción, peregrino matrimonio, cuando al morir Herodes, de nuevo, el Ángel del señor compareció en la mente de José durante otro ensueño para disponerle que habiendo desaparecido el peligro de la matanza del niño Jesús con la muerte de Herodes, por la cuestión personal subconsciente que éste tenía con aquel, lo trasladará en compañía de la madre a Israel, disposición por él acatada, yéndose a habitar a Nazaret. Y aquí desaparece la biografía de José del texto de San Mateo. El de San Lucas mejor es que lo deje tranquilo. Por el momento, porque tendría que cotejar sus contradicciones con el de San Mateo y no es mi propósito declararme ahora discípulo de Voltaire, echándole a pensar a los evangelistas.

De la descripción bíblica antes seguida se desprende que la personalidad de San José estuvo repartida entre estas tres características: padre espiritual, soñador, subalterno, funcionario leal y habitante por control remoto. 

Si cada uno de los que llevan el nombre de José fueran preguntados por qué se llaman así, tendrían que responder, como casi todos los que tienen los demás patronímicos, que por tradición familiar, por determinismo, almanáquico nativista, por la preferencia cultural de los padres o simplemente por la real gana de estos. 

Hace más de cuatro siglos que la cultura occidental viene consumiendo inteligencia, saber, mano, pluma, máquina de escribir, tinta y papel alrededor de las ideas de libertad e independencia desde el artículo hasta el tratado, pero no sé exista alguna obra sobre el derecho de libre determinación de los seres humanos a llamarse como tengan a bien cuando hayan arribado al tiempo del uso de razón, descartando por lo tanto las imposiciones de la pila bautismal y el Registro Civil que los padres, los padrinos o las personas mayores en general no aciertan. Al seleccionarles nombres a los hijos lo demuestra la burla de que esas denominaciones suelen ser objeto, ora por la rareza de las mismas, ya por las notorias diferencias de personalidad y carácter entre la figura notable que primeramente la llevó y simbolizó, y del individuo que ahora contesta o firma con ella, creándole al nombrado ciertos complejos en ocasiones rayados en conflictos.

El caso de no pocos jefes militares arribados a la vida pública en nuestro país desde el 4 de septiembre de 1933. Es bien representativo. Uno a quien lo bauticen con el patronímico de un patriarca, y luego resulta inofensivo u otro, a quien inscriben en el Registro Civil con el nombre de Napoleón y después pare paralítico, son ejemplos de contrastes que se trasuntan en daño social para los así denominados. Claro que se me objetará que se encuentra establecido el derecho a la enmienda con el expediente de cambio de nombre en el Ministerio de Justicia, pero entonces hay que sumar la molestia del que los promueve y las suspicacias de muchos. ¿Mejor no sería rectificar una costumbre que el uso ha demostrado ser provocadora de dificultades, dejando a las personas que escojan sus propios nombres, cuando ya les despunte la vocación y conozcan el ambiente? Así elegirían un verdadero patrón espiritual, he aquí un tema para que lo desenvuelvan, al menos en un ensayo, los que se dedican a la orientación vocacional.

–III–

La historia cubana ha tenido en cada uno de sus grandes momentos representativos un José insigne. Ninguno de ellos tuvo con su patrón más afinidad que la de ser soñador, pero con la diferencia de que el segundo apenas despertaba, ponía en práctica los mandatos del Ángel del señor y los primeros se murieron sin ver realizadas sus ensoñaciones.

Veamos las razones principales por las que gozan de felicidad histórica estos grandes cubanos de antaño y por qué debemos felicitarnos los de hogaño de que naciesen en nuestra tierra, padecieran por la misma y murieran con el pensamiento puesto en ella. 

José Antonio Gómez y Bullones

Fue el defensor abnegado, sufrido y estoico de una de las razas que poblaron a su país. De la que, en definitiva, logró que en él se hablase el idioma de ella. Con ese lenguaje se había entendido con su numerosa familia, con sus convecinos y con sus superiores jerárquicos. Con esa lengua se había dado a entender para la adquisición de algunos nobles de fortuna y con ella también se había dado a comprender de sus gobernados desde cargos municipales, legislativos y ejecutivos cada vez que asomaba por el mar la posibilidad de que el pueblo cubano tuviese que aprender desde arriba a hablar inglés. 

Él se aprestaba a la defensa de su idioma seguido de fieles milicianos. Así lo hizo hacia La Habana en 1727, así volvió a hacerlo alrededor de Bacuranao y Jaruco entre 1739 y 1747. Se especializó en la actitud defensiva que desde el P. Vitoria hasta las instituciones internacionalistas de hoy integra el sentido de la guerra justa. Pepe Antonio no quería trabajar para el inglés, prefería hacerlo para el español. El tiempo le ha otorgado la razón histórica. Belice, la Guyana inglesa, Jamaica y otras tierras del Mar Caribe, siguen trabajando para el inglés. Cuba, usando absolutamente el idioma español en conspiraciones, discursos, artículos, ensayos, proclamas, arengas y constituciones se independizó de España y usándolo preferentemente después, rescató a Isla de Pinos, adquirió soberanía, hablándole en muy alta voz en la Conferencia de Montevideo y desde 1933 ha ido trabajando cada día menos para el español y cada día más para sí misma. 

El ataque de los ingleses a Cojímar y Bacuranao en 1762, sacó otra vez de sus casillas a Pepe Antonio. En un mes y veinte días, el preocupado tradicional por su raza y por su idioma se convirtió en héroe legendario. Quién sabe si algún día, dentro de tres o cuatro siglos, se discuta si existió realmente remedando los casos de Homero, Jesús de Galilea y Guillermo Tell. Otra vez tuvo que situarse a la defensiva, pero en esta ocasión para guerrear.

 A la gruesa artillería de los cañones británicos no podía oponer sino los machetes de sus trescientos guerrilleros guajiros, pero así resistió un mes y veinte días desordenando las agrupaciones del ejército enemigo con emboscadas, ataques por sorpresa y cargas al machete privándolo alguna vez del ganado, matándole algunos hombres, prendiéndole entre distintos encuentros, hasta ciento diez prisioneros y llegando a reconquistarle la plaza de Guanabacoa. 

Semejante en un modo de combatir y en su filosofía de la guerra a su homónimo, el gran dominicano, de más de un siglo posterior, aunque en escenario más reducido en espacio y tiempo. Se aprovechaba hasta de los rigores de la estación veraniega para perseguir y acosar a sus nórdicos enemigos, pero sería, en definitiva, víctima de una pasión muy española, la de la envidia y el coronel Caro, superior a él en jerarquía e inferior en capacidad 

guerrera, lo destituiría con áspero trato del mando de una fuerza por él, reunida, armada y organizada, sin la más insignificante protección ajena. Y la decepción le produjo un pesar de ánimo que acabó en cinco días con su vida. 

Si en lengua española hablada le quitaron autoridad militar en lengua española escrita, el Conde de Ricla y Carlos III repararon su memoria, perpetuando en su hijo Narciso y demás descendientes los cargos políticos que él había ostentado de alcalde provincial y regidor de Guanabacoa, los cuales fueron desempeñados por esos Gómez hasta la implantación de los ayuntamientos electivos.

José Antonio Aponte

Hablaba la misma lengua y creía en la misma religión que su tocayo, el alcalde guanabacoense, pero pertenecía a distinta raza y quién sabe si por haber nacido y vivido en La Habana, tenía una visión más cosmopolita de las necesidades y aspiraciones humanas. 

El mérito de su conducta política reside en que él era un negro libre que se sustentaba independientemente como carpintero, sin contactos, al menos frecuentes por razón de su oficio, con los de su misma ascendencia étnica que continuaban en esclavitud. Su comportamiento, pues, se fundó en un claro sentimiento de altruismo. 

Hay que trasladarse con la imaginación a la Cuba de la época, rodeada de obstáculos físicos y de limitaciones morales, para medir en su verdadera magnitud el esfuerzo de Aponte al enhebrar el hilo de la vasta conspiración que tejió en 1812. Pero su técnica era la del conspirador no la del insurgente. En el artificio de la palabra envuelta en la cautela y en el sigilo se desenvolvía muy bien, pero en la acción enfrentada no tenía instinto ni tuvo experiencia. Por ello, no habiendo a su lado tampoco, quien poseyera estas condiciones, le descubrieron el movimiento y en unión de varios compañeros lo condenaron a perder la vida.

José Agustín Caballero y de la Torre 

Nos ha dejado el recuerdo y la huella del clérigo liberal y progresista que tantas veces ha aparecido en América como antípoda y contraste del conservador y retardatario venido a estas tierras de las europeas. El Pbro. Caballero asimiló 

vigorosamente el espíritu reformista del Iluminismo no tuvo necesidad de colgar la sotana ni de acudir a ninguna dieta, ni de morir en la hoguera para desempeñar en nuestra educación y en nuestra cultura un papel similar al de Savanarola o al de Lutero. 

Por el contrario, su puro y fácil latín humanista, su pericia en teología y disciplinas eclesiásticas, su noble palabra de elocuentísimo orador religioso los fue poniendo en los setenta y tres años de su habanera vida al servicio de actividades como el primer órgano de prensa aparecido en Cuba, el Papel Periódico, como la reforma de la enseñanza con nuevas cátedras en el seminario conciliar de San Carlos y San Ambrosio, que acometió desde la dirección del mismo como la crítica de las disputas escolásticas como la introducción de las doctrinas de Locke y Condillac  y de la física experimental. 

Por eso fue el primero entre los escogidos para fundar la Sociedad Patriótica, luego denominada Económica de Amigos del País. Desde la presidencia de su Sección de Ciencias y Artes, propuso en una memoria y luego defendió tesoneramente la reforma de los estudios universitarios adelantándose desde 1795 a lo que se realizaría en 1842. También intentó la reforma de la enseñanza primaria, sus Lecciones de Filosofía Ecléctica, preparando la introducción de las doctrinas de Descartes y trayendo el sensualismo a la enseñanza de la filosofía en Cuba tienen una profunda significación en nuestra vida histórica.

José María Heredia y Campuzano 

Con su precoz y fuerte imaginación poética, atravesó desde Santiago de Cuba hasta la Isla para iluminarla con los fulgores de una lírica pre-romántica, cantora de la libertad, de la patria y de la independencia. Como emanadas del espacio y de la naturaleza y armonizadas con el coro de voces que en torno a tales ideas, sentimientos y voliciones se escuchaba en las otras tierras hispanoamericanas. Su vida como un bólido, se deshizo a los treinta y cinco años en México y allá se perdieron sus restos, pero en Santiago se conserva la casa en que nació, en esa ciudad tiene una estatua y en el resto de Cuba la imagen del primero y uno de los más grandes constructores de nuestra independencia nacional.

José Francisco Lemus 

Nace en La Habana, pero como Heredia, oye entre la segunda y la tercera década del siglo, la gran voz de la libertad hispanoamericana. El Ejército de Colombia premia sus dotes de valor y habilidad ascendiéndole hasta el grado de coronel hacia 1823. Es el principal inspirador y jefe de la conspiración de los Soles y Rayos de Bolívar que le proponía establecer la Repúblicas de Cubanacán; se la descubren en proclamas, escarapelas y armas y lo prenden en Guanabacoa. 

Lo confinan después a Sevilla, se escapa, pasa a Gibraltar, se traslada a Nueva Orleans y llega a México, a cuyo ejército se incorpora, elevándose hasta general y no volviendo más a Cuba.

José de la Luz y Caballero 

Nacido en La Habana, sumergió primero la cabeza en los libros del Seminario de la Sociedad Económica y de su casa; más después pasó los ojos por Inglaterra, Escocia, Francia, Bélgica, Holanda, Alemania, Suiza, Austria e Italia. Habló en sus propios idiomas, además de que con Salvá y con Francisco Martínez de la Rosa, con Rosmini, con Cuvier y Michelet, con Walter Scott, y Longfellow, con Humboldt y Goethe.

 Esas lecturas, esos viajes, el conocimiento que también tuvo del griego, el latín y hasta del árabe, el ruso, el danés y el sueco no los atesoró en un egoísta y ensimismado afán de erudición para orgullo individual, puesto que aunque escribió mucho, publicó poco, sino que por el contrario, aquel humo universalis, que en él había aquel afán de abrir todas las ventanas del espíritu para que por todas partes le penetraran las luces del conocimiento las utilizó para iluminar el estudio de métodos, sistemas e instituciones de enseñanza que, aplicados en su patria, la elevaran en moral y cultura. Él estaba persuadido de que la instrucción primaria “no significa nada respecto a la moral de un pueblo, cuando no se aplica directamente a la disciplina de los sentimientos y afecciones del alma, no menos que al cultivo de las facultades mentales”. 

En otras palabras, colectivamente lo psíquico no vale nada en la enseñanza si no va acompañado de lo moral. Ya se sabe cómo consideró en famoso aforismo que la educación es algo más y mejor que una concepción pragmática de la existencia: “Educar no es dar carrera para vivir, sino templar el alma para la vida”. Universalista, siempre y siempre deseoso de universalizar a Cuba, manifestó: “Todos los sistemas y ningún sistema he ahí el sistema”. Por eso no estuvo afiliado a ninguna tendencia y sin embargo, no hay un movimiento político cubano del siglo XIX en que no aparezca más de un discípulo suyo.

 José Antonio Saco y López 

Con él nacieron en Bayamo para expandirse por la cubanidad toda una firme vocación política y un preponderante carácter polémico. Si a Luz como educador le gustaba ver integralmente a los seres humanos al lado, Saco como político deseaba repartirlos en parte al lado y en parte al frente, y como polemista quería tenerlos radicalmente en la acera opuesta. En Saco el profesor es lo transitorio, lo permanente es el político y el polemista. 

Él era polemista en las polémicas, desde luego, pero además éralo en escritos no polémicos. Para un acendrado cultivo del género, disponía de muy sólidas virtudes, sinceridad de convicciones, independencia de criterio, inclinación al juicio, muy por encima de la impresión, fuerza en el razonamiento, sentido suasorio y espíritu dialéctico. Proscrito de Cuba durante casi dos terceras partes de su larga y fecunda existencia, vivió pensando siempre en ella y para ella. No pudo representarla en instituciones políticas para las que había recabado participación de los cubanos, puesto que cuando vinieron a dárselas realmente ya él había fallecido y vio cómo la incomprensión le salía al paso en el meteoro de tremendas pasiones políticas y hemos visto que con parecida trayectoria pasional la incomprensión ha perseguido su memoria gloriosa después de muerto.

José Morales Lemus 

A Morales Lemus se le ocurrió nacer nada menos que el 2 de mayo de 1808, pero no en Madrid, sino en Gibara, aunque de padres canarios, es decir, semi españoles, su nombre no desmerece en la gran constelación liberal cubana del siglo XIX. Era un hombre modesto. 

Modestamente luchó por el progreso de su patria, modestamente liberó a sus esclavos. Modestamente conspiró bajo las consignas de Narciso López en 1851 y bajo las de Pintó en 1853, teniendo esta vez que expatriarse a los Estados Unidos. 

Modestamente fue uno de los reformistas redactores de El Siglo y uno de los comisionados a la Junta de Información. Modestamente inventó una diplomática enfermedad la mañana en la que los informadores fueron al Palacio Real de Madrid a besarle la mano a Isabel II. 

Modestamente fue el primero en darse cuenta de que el gobierno español se burlaba de ellos y se mostró partidario de retirarse suscribiendo una protesta. 

Modestamente se escapó a fines de enero de 1869 para los Estados Unidos a sumarse a la causa independentista, provocando que el gobierno español en Cuba lo condenara a él y a su esposa a la miseria con el embargo de sus propiedades. Presidió la Junta Revolucionaria Cubana de Nueva York, el más importante organismo de la propaganda independentista en el extranjero durante la insurrección de 1868. Fue su primer diplomático en los Estados Unidos y como tal, el encargado de gestionar el reconocimiento de la beligerancia en Washington. Las convenciones de la política norteamericana no se inclinaban entonces a favorecer la independencia de Cuba. Lemus murió en Nueva York el 23 de junio de 1870 abrazado a su fe revolucionaria.

José Manuel Mestre y Domínguez

Hijo de La Habana que compartió con Morales Lemus los avatares del Reformismo, siendo, su corresponsal e intermediario para el pueblo de Cuba durante la Junta de Información. Participó luego con él en las adversidades de la inmigración revolucionaria y fue el llamado a sustituirlo en las obligaciones diplomáticas. de los insurrectos de 1868 en los Estados Unidos. El temperamento no inclinaba a Mestre a jugarse la vida en el campo de batalla, pero sí a jugarse los cargos y exponerse a las iras de las autoridades cuando creía vulnerada la dignidad y la justicia. Renunció a la cátedra que desempeñaba en la Universidad de La Habana al cometerse por el gobierno cierta ilegalidad con un compañero que él estimó ofensiva para todo el profesorado. En tanto interinamente en el cargo de alcalde Mayor de La Habana en 1808 absolvió a un individuo acusado de supuesto desacato a la autoridad del Capitán General, que entonces lo era nada menos que José Gutiérrez de la Concha.

José María Gálvez y Alfonso

 Matancero, después de haber realizado propaganda en artículos satíricos a favor de la insurrección de los 10 años, le tocó ser el primero y único presidente del Partido Liberal Autonomista. Como tal asistió a su Natividad y a sus funerales. Fueron veinte años de respeto y disciplina bajo su dirección para medir a cabalidad esa hazaña. En un país donde privan la novelería y el embullo africanos. Piénsese que en la política cubana han existido después diecisiete partidos y ninguno ha vuelto a tener un presidente por tanto tiempo. El gran secreto de la permanencia de Gálvez en ese cargo, como la de otros cubanos del siglo XIX, al desempeñar posiciones similares, consistió en tener una admirable inspección con pleno conocimiento de sus propias limitaciones, un criterio de que su papel consistía en impulsar dejándose dirigir. 

José Martí y Pérez

Estuvo muy rodeado en su vivir de circunstancias que lo incitaban a hacer un hombre de odios: el padre autoritario, por ejemplo, la falta de hermanos varones, la prisión, el destierro, la esposa incomprensiva, el hijo separado de él, los prohombres de los Diez Años, enorgullecidos y a veces ensoberbecidos con la mayor edad, la mayor experiencia y el mayor prestigio que poseían sobre él. Pero Martí, hombre genial, sin duda realiza el milagro de vencer toda la odiadora vida que viene hacia él y sacarse de sí una vida de amor, hecha doctrina, hecha ejemplo y hecha acción 

triunfante y decisiva.

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