LOS CAMINOS QUE CONDUCEN A LA LIBERTAD

Written by Libre Online

1 de abril de 2025

La historia de la nación cubana ha sido escrita con páginas de gloria por hombres de extraordinario espíritu de sacrificio, abnegación y coraje. Hombres también de refinada sensibilidad humana. Hoy quiero, en la figura del legendario Vicente Méndez, honrar a cada uno de esos maravillosos héroes que en distintas épocas lo dieron todo, hasta su última gota de sangre, en aras de la libertad de la Patria. 

El próximo 17 de abril es fecha doblemente histórica. Ese día se cumplirá un año más del desembarco, en las arenas de playa Girón, de los valientes expedicionarios de la Brigada de Asalto 2506, abandonados a su suerte por el presidente norteamericano John F. Kennedy, olvidando indolentemente sus promesas de apoyo aéreo y logístico, factores indispensables para alcanzar el triunfo contra la, por esos días, entonces incipiente tiranía castrista. 

Coincidiendo con esa misma fecha, 17 de abril, tras un lapso de 9 años de ataques de comandos de Alpha 66 contra objetivos militares en las costas de Cuba, por la zona oriental, en la costa norte de la isla, se produce el desembarco del legendario luchador Vicente Méndez, al mando de un bien entrenado grupo de jóvenes valientes. Cincuenta y cinco años han transcurrido desde entonces. Lamentablemente la casi totalidad de esos 13 abnegados cubanos, incluyendo el propio Vicente Méndez, murieron en combate, o asesinados más tarde en las prisiones de la tiranía comunista. 

Por esas crueles adversidades que en ocasiones impone el destino, sólo René Rodríguez Pérez logró sobrevivir y, luego de un prolongado y ensañado encarcelamiento regresar al exilio, donde por el quebrantamiento de su estado de salud a causa de una carencia médica adecuada, como parte del ciclo de torturas al que indolentemente fue sometido, poco tiempo más tarde, en la ciudad de Miami perdió la batalla por preservar su vida. 

Vicente Méndez fue un soñador. La libertad de su pueblo era su meta, su más caro anhelo. Cuba era su gran amor, su novia eterna, el más bello arco iris desplegando sus radiantes colores en las tardes de tenue lluvia. Y era el encanto de sus palmas reales, de sus playas, y hasta la ternura que él era capaz de percibir en sus ratos de fértiles ensueños.

Porque le bastaba su bien definida responsabilidad del deber, impuesto a sí mismo, no fue esa la primera vez que Méndez puso en riesgo su vida por salvar en nuestro país las instituciones democráticas. Lo había hecho con anterioridad contra el propio tirano de turno, comandando núcleos de patriotas que se alzaron en armas, como él, para combatir la dictadura castrista en la cordillera montañosa del Escambray. Y lo había hecho, más lejano en el tiempo, cuando el General Fulgencio Batista, en un acto desafortunado de ambición, a sólo unos meses de la fecha establecida para la celebración de elecciones libres, se apoderó del poder a través de un injustificado golpe de Estado. Desde mi punto de vista un grave error, que sumado a otros errores posteriores dieron la oportunidad a un engendro de monstruo carismático de convertir a Cuba en su finca privada, sumiendo a nuestra nación en la peor crisis de crímenes y atropellos, en la más agresiva violencia gubernamental que ha sufrido pueblo alguno en el continente americano.

Conocí a Vicente Méndez cuando en el verano de 1968 vino a Alpha 66, la organización que por su apasionante historia resumía su ideal de lucha: la pasión por la libertad de Cuba y el afán de felicidad y prosperidad para la familia cubana. Lo recuerdo exponiendo sus ideas en las reuniones compartidas con nosotros, junto a los físicamente desaparecidos Andrés Nazario Sargén y el Dr. Diego Medina Hernández, irremplazables líderes de este histórico exilio. Líderes con letras mayúsculas, debíamos de escribir, por la transparencia de sus ideales y la diáfana honradez demostrada por ambos en cada uno de sus actos. Sí, líderes por naturaleza propia, por sus muchas virtudes, por sus siempre claras concepciones sobre la estrategia de la intransigencia fértil como ingrediente básico para una libertad sin claudicaciones, sin hincarnos de rodillas ante los míseros verdugos de la tiranía comunista.

Hoy recuerdo a cada uno de los luchadores de Alpha 66 que ya no están físicamente entre nosotros. Entre ellos, de manera especial a José Rodríguez Pérez y los valerosos luchadores que cayeron junto a él en el cumplimiento de la histórica misión que los llevó a Cuba empuñando las armas. Y me siento feliz de aún contar entre nosotros con la noble figura de Sixto Nicot Susavila que, junto a Alberto Kindelán Ferrer, fueron los únicos sobrevivientes de la expedición comandada por Rodríguez Pérez. 

Y a pesar de los años transcurridos, hurgando en mi memoria   recuerdo a Vicente en la fecha 10 de octubre de 1968, dos meses antes de mi captura, en combate también, cuando en el Orange Bowl de Miami, frente a decenas de miles de cubanos, en solemne acto de vergüenza e hidalguía anunció  su compromiso de regresar a Cuba con el fusil en sus manos, en lucha por reconquistar las instituciones democráticas, el respeto a la persona humana, el irrenunciable derecho a ser libre que por naturaleza y por la generosa obra de quienes, al filo del machete mambí, hicieron de la isla de Cuba una nación con justicia y libertad para todos los cubanos. 

Lo recuerdo con orgullo cuando entró como un rayo de luz, esparciendo sobre el arrecife cautivo chorros de coraje. Lo recuerdo cuando se apagó su voz, cuando destrenzaron sus pupilas las balas enemigas, cuando se desintegró su sombra girando en espirales hacia una inmensidad poblada de esperanzas futuras y de un renacer de patria sin cadenas, salpicada por las olas de un mar no de enfurecidas olas, tristemente coagulado de náufragos, sino un mar apacible, donde el alba sea de luz multicolor y música de ruiseñores, Un reverdecido mar poblado de rosas. Rosas blancas.

Ese es el Vicente Méndez que recuerdo yo en las noches de insomnio, el que recuerdo cuando me siento débil en espíritu y en disposición para el sacrificio. El que me da fuerzas para vencer el miedo. El que me toma por el hombro y me sacude si me falta la fe. El que me sirve de látigo y espuela si el camino me parece escabroso o demasiado abrupto o largo. Inexplicablemente largo.

Me satisface saber que la muerte en combate de este heroico luchador no fue el fin, ni fue un salto inútil hacia la ingratitud del olvido, sino el tránsito sublime, simplemente, hacia esa gloria indescriptible que sólo los mártires y los héroes de la patria, como él, tienen el privilegio de alcanzar.

Ernesto Díaz Rodríguez

Secretario General de Alpha 66

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