LENIN EN WASHINGTON D.C., UNA VISITA VIRTUAL

Written by Libre Online

10 de febrero de 2026

Por Gustavo Sánchez Perdomo

Durante una comparecencia de finales del mes pasado ante el Senado, el Secretario de Estado Marco Rubio sostuvo que la realidad en la Cuba de hoy no es cosa de ideología sino de catástrofe sociopolítica irreversible. Y en un curioso giro semántico afirmó que a su juicio los padres fundacionales del bolchevismo ruso cuando la Revolución de 1917, de resucitar en nuestros días no reconocerían en el régimen cubano los principios que ellos habían enunciado al tomar por asalto el poder.  No tengo el texto de la plática de Rubio, pero algunos despachos ponen su boca haber citado al mismísimo Lenin, cuyo aniversario de fallecimiento hace 102 años casi coincidió con sus palabras.  

Como en todas las dictaduras de extrema izquierda que durante el siglo pasado se atribuyeron una herencia leninista, Fidel Castro la adoptó para la suya y así fue que en Cuba el estudio casi religioso de los escritos de Vladimir Ilitch Oulianov se hizo obligatorio para estudiantes y aspirantes a militar en las filas de la Juventud y el Partido.  Recuerdo, alineados en los anaqueles de las librerías, los 45 tomos de sus obras completas, traducidos al español por la Editorial Progreso de Moscú. En la universidad tuve varios encontronazos con una profesora de filosofía que se desesperaba ante algunas de mis objeciones teóricas a la letra leninista, que por obtusa el joven de 18 años que yo era entonces le decía socarronamente no comprender. 

A tal sistema y a su pensador más sobresaliente hizo pues alusión Marco Rubio. Mucho de lo que está aconteciendo hoy escapa a los análisis que quienes no estando en el secreto de los dioses podemos hacer. Querríamos, pero no estamos a la altura necesaria. Da la impresión de que es un siglo, y no poco más de un mes, el tiempo transcurrido desde la madrugada venezolana del 3 de enero hasta el día de hoy. En cuanto a Lenin cierto es que difícilmente hubiera podido suscribir a las realidades en las que sus herederos transformaron sus arengas. Sin embargo, no puede negarse que además de centralismo democrático y economía planificada, el artífice del bolchevismo obró siempre por la instauración en Rusia de una dictadura ideológica tan inflexible como impía. A eso estaba consagrado cuando en marzo de 1923 le dio la embolia que terminaría con su vida diez meses más tarde.  Ya para entonces el mito del “gran Lenin” había sido implantado en Rusia. Falacia que con su muerte se expandiría por el mundo gracias a las antenas difusoras de partidos locales teleguiados desde el Kremlin. Sin olvidar que antes, desde 1919, el americano John Reed había comenzado a glorificarlo con su opúsculo “Los diez días que estremecieron al mundo”.   

De sus cuitas de joven una sola se materializó: una destructiva pasión revolucionaria contra la sociedad. Nacida en su ser como reacción al doble traumatismo que produjo en él la muerte del padre y la ejecución de su hermano mayor adorado, su razón de ser narcisista fue a partir de entonces y para siempre acabar con todo lo que como comunidad existía a su alrededor. Tal patología lo hizo auto convertirse en su propio héroe, convenciéndose de paso de estar destinado a cambiar los destinos de la humanidad. Con la construcción teórica de una sociedad perfecta en su horizonte mental, lo puso todo en ejecución para conseguir tal objetivo.

El método del ideólogo megalómano que fue lo conocemos. Apoyándose en una fuerza de convicción poco común, el conspirador antizarista en que se transmutó a partir del martirio de su hermano Alexander en 1887 transitó todas las pruebas que lo hicieron un líder tan intransigente como implacable ante detractores y enemigos. Durante tres décadas marcadas por la prisión, las conspiraciones y el exilio, el hombre huraño que era rompió con todos los otros grupos que como él bregaban para metamorfosear una Rusia reaccionaria y retrógrada. Conspirador infatigable organizó un partido y luchó contra los socialdemócratas y otros “impuros”, inicialmente más fuertes que él. Muchas circunstancias coadyuvaron a encaminarlo hacia el poder liquidando sobre la marcha a enemigos reales e imaginarios.  No es aquí donde podríamos describir el complejo proceso que le permitió regresar desde el exilio a Rusia en abril de 1917, acompañado por su fiel esposa y ya convertido en hombre indispensable de un proceso que consiguió consolidar durante los siguientes seis meses.

En el legado horroroso que dejó a la humanidad en el breve tiempo que gobernó hasta enfermarse, murió al fin el 21 de enero de 1924, puede sin mucho hurgar afirmarse que en él está en mala medida el ejemplo encontrado por Fidel Castro cuando apuntaló la dictadura que a partir de 1961 transfiguró la nación cubana en isla prisión para las siguientes siete décadas.  Contrariamente a lo que muchos pretenden desvirtuar, cayendo en la trampa tendida por el comunismo internacional a partir del XX Congreso del PCUS en 1956, en vida de Lenin y siguiendo sus instrucciones vieron ya la luz primera el terror, la guerra civil, el sistema penitenciario en campos de internamiento, las masacres de civiles indefensos y la institucionalización de hambrunas como armas de destrucción masiva ante los opositores de clase. Todo fue su obra con la fiel asistencia Trotsky. Después de su desaparición el estalinismo retocó, amplió y perfeccionó el sistema, pero la impronta original fue de autoría leninista. 

Lenin, en resumen, fue en cuanto al comunismo del siglo pasado el motor de la puesta en marcha de un totalitarismo asesino que lo sobrepasando al nazismo lo caracterizó. A nuestros días ha llegado encarnado en lo que hoy, espejo de miserias morales y materiales, muestra al mundo la isla de Cuba. Por lo aquí expuesto Marco Rubio debe tomar nota de que no hubo jamás ni “buen” ni “gran” Lenin capaz si reviviera de una mirada reprobatoria respecto al desgobierno que sigue oprimiendo, corroyendo y encarcelando en países como Cuba, Venezuela y Nicaragua. Como fieles herederos de Lenin y de Stalin los neocastristas de hoy caminan sobre aquellas huellas bolcheviques, manteniéndose en el poder para seguir apuntalando día a día las dictaduras. Como lo muestra la Historia respecto al estalinismo solo circunstancias excepcionales pueden hacer que un comunista en el poder cambie estratégicamente sus objetivos primigenios.

Temas similares…

0 comentarios

Enviar un comentario