Las aventuras del romance ignorado

Written by Libre Online

17 de febrero de 2026

En saludo al Día del Amor, recordemos que en el 496 DJC, hace 1530 años, 

el Papa Gelasio I declaró el 14 de febrero como Fiesta de San Valentín (III)

Por Rafael Jesús de la Morena Santana

Luego de los saludos protocolares de rigor, Isabel y Fernando, aunque tenían que estar a la vista de los presentes, se fueron al jardín a sostener una imperiosa entrevista, frente a frente y mirándose a los ojos debían renovar las promesas hechas de lejos y por misivas, allí al instante, cualquier duda que quedase se disipó, y los novios reafirmaron la decisión de contraer matrimonio. Desde ese momento menudearon sus citas, lo deseaban y era imprescindible, tenían muy poco tiempo para ponerse de acuerdo, entenderse bien y aceptarse mutuamente, los jóvenes enamorados iban a cumplir la profecía que los había unido desde la infancia y el hado que los hizo conocerse en sus sueños.

El 19 de octubre de 1469, esta hermosa pareja de jóvenes valientes, impetuosos y apasionados realizó su ansiado desposorio en la Sala Rica del Palacio de los Vivero, en Valladolid, fue un rito sin lujos porque los novios casi no tenían dinero, no importaba, alegres y sonrientes, de inmediato solemnizaron el himeneo con la bendición recibida en la Misa de Velaciones en la Colegiata de la iglesia de Santa María La Mayor. El matrimonio se consumó esa noche y luego los recién casados fueron de Luna de Miel al Castillo de Fuensaldaña, cerca de la ciudad vallisoletana, mientras el pueblo demostraba su lealtad y alegría en las fiestas convocadas en la urbe, bajo la severa vigilancia en las calles y en los caminos de acceso por los guardias y seguidores de ambos príncipes.

Los que tuvieron la suerte de presenciar ambas ceremonias y participar en las festividades, estaban fascinados, con emoción advirtieron la importancia histórico-política de aquel casamiento, existía amor entre los príncipes y a la vez, con la bendición de Dios, se unían dos espíritus inteligentes, capaces y decididos. Los intereses políticos, económicos y unitarios del incierto futuro ibérico estaban en juego, Isabel y Fernando eran los potenciales salvadores de la nacionalidad y la libertad en la antigua Hispania.

Sin embargo, lo que nadie podía imaginarse, era que un enlace con carácter clandestino, en una lejana ciudad de la agobiada Castilla, ignorado por las potencias europeas, se convertiría en una boda memorable, base de la nación española, piedra angular de un Imperio en el que no se ponía el Sol. Al unir las sendas de sus vidas, Isabel y Fernando, cambiarían la faz del Occidente Cristiano al determinar nuevos rumbos para el avance de la Humanidad, ellos marcarían la diferencia en la Historia y la Geografía Universales.

Para darle más fortaleza al sensacional matrimonio el 1 de diciembre de 1471, el Papa Sixto IV, resolvió las dudas sobre la legalidad canónica del enlace, con la Bula de Simancas, que dispensaba de consanguinidad a los príncipes Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, por supuesto este documento lo obtuvo, pero esta vez oficialmente, el habilidoso Rodrigo Borja.

La respuesta de Enrique IV, fue revocar el Tratado de los Toros de Guisando y reconocer como heredera de la corona a su hija Juana de Trastámara, en la llamada Ceremonia de la Val de Lozoya en 1470, pero las Cortes de Castilla no aprobaron el acuerdo. A partir de ese momento los recién casados vivieron en tensión, aunque tenían la simpatía del pueblo, corrían peligro, la joven pareja quedó bajo el escudo de los Acuña en Dueñas hasta el 10 de octubre 1470, cuando nació su primogénita Isabel de Aragón.

La felicidad se interrumpió porque Fernando tuvo que ir a combatir en Cataluña contra los franceses que atacaban a su padre Juan II, por suerte las princesas pasaron bajo la protección de fortalezas amigas. La prematura separación la mitigó el enamorado esposo, quien en momentos de tregua realizaba largas jornadas para encontrarse con su amada, lo cual realizó repetidas veces hasta que se estabilizó el reino aragonés en 1473.

Esta era la situación al llegar la noticia de la muerte de Enrique IV, de inmediato la joven Isabel y sus partidarios entraron en acción: El 13 de diciembre de 1474 en la milenaria Segovia, el pueblo escuchó emocionado la voz del heraldo en la Plaza Mayor: ¡Castilla, Castilla, por el rey don Fernando y la Reina doña Isabel! 

Desde el hermoso Alcázar de Segovia, la monarca se dirigió a la Iglesia de San Miguel. Tras jurar por Dios, por la Cruz y por los Evangelios, que sería obediente a los mandamientos de la Santa Iglesia y respetaría los derechos comunales, los nobles le juraron lealtad. Luego, entró en el interior del templo, portando el estandarte de Castilla y abrazada a sus pliegues.

La reacción de los enemigos de Isabel no se hizo esperar, proclaman reina a La Beltraneja, y apoyados por Portugal y Francia inician las hostilidades de la Guerra de Sucesión Castellana. La enamorada Isabel le entregó a Fernando la defensa del trono, confiaba en la capacidad de liderazgo de su joven amante. El príncipe de Aragón se despidió de ella en un desgarrador encuentro matizado por lágrimas y frases inspiradoras, al alejarse al galope saludó con la lanza donde llevaba el pañuelo de Isabel, el sabía que tenía que vencer a toda costa, sin importar el tiempo que le llevase, pues sin victoria no volvería a ver a su amada.

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