Las Aventuras del Romance ignorado

Written by Libre Online

3 de febrero de 2026

En saludo al Día del Amor, recordemos que en el 496 DJC, hace 1530 años, 

el Papa Gelasio I declaró el 14 de Febrero como Fiesta de San Valentín (I)

Por Rafael Jesús de la Morena Santana

La película “Me he de comer esa tuna” es un clásico de la Época de Oro del cine mexicano, por cierto, uno de sus protagonistas es el excelente actor cubano Enrique Herrera. Resulta que, en una de las escenas, la preciosa actriz María Elena Márquez le menciona al estelar Jorge Negrete parejas de enamorados famosos: Romeo y Julieta, Efraín y María, Pablo y Virginia, Don Juan y Doña Inés. Es verdad que son personajes acreditados, pero de tragedias de la literatura universal, es decir, ¡son de ficción! Lo mismo ocurre en libros infantiles como La Bella Durmiente y La Cenicienta, donde príncipes azules son los héroes, no obstante, hay amores de la realidad que los superan, y precisamente de un ignorado, tormentoso y novelesco romance entre príncipes hablaremos ahora.

Es una verdad palpable que en los más de diez mil años de civilización, los himeneos reales, en su mayoría han sido por intereses políticos, sin mediar el amor entre los augustos cónyuges, que en muchas ocasiones nunca se conocieron antes de casarse, y mucho menos sin tener en cuenta sus opiniones personales ni sentimientos, sin embargo, en la Península Ibérica, una valiente pareja de príncipes rompió las convenciones y tras un azaroso romance su boda sorprendente fue un acontecimiento espectacular, sus nombres evocan la gloria de España. Isabel de Castilla y Fernando de Aragón.

Isabel de Trastámara, nació en un castillo al noroeste de Madrid, en un pueblito con un bonito nombre: Madrigal de las Altas Torres, en la provincia castellana de Ávila, el 22 de abril, Jueves Santo, de 1451. Hija de Juan II de Castilla y de su segunda mujer, Isabel de Portugal, y hermanastra del rey castellano Enrique IV, hijo de María de Aragón.

A la muerte del padre, en julio de 1454, su madre se retiró con la niña y su hermano Alfonso a un castillo de Arévalo, cerca de Ávila, donde Isabel manifestó su carácter entusiasta y alegre. Allí también vería los ataques de locura de su madre, que Isabel resistió con lecturas evangélicas y libros de piedad, y con su amistad con Santa Beatriz de Silva (1424-1491), a la que luego ayudaría en la fundación de la Orden de las Concepcionistas Franciscanas.

Castilla entraría en un período turbulento, por las ambiciones de los aristócratas y la mediocridad de Enrique IV. Con la nobleza dividida, comenzó el enfrentamiento entre los partidarios de Alfonso y los del rey, cuyo climax fue la indecisa batalla de Olmedo, pero el joven príncipe murió el 5 de julio de 1468, en circunstancias sospechosas a las que no fue ajeno el monarca, que quería asegurar su trono y la sucesión de su linaje.

A la hija de Enrique IV, los enemigos del monarca le apodaron Juana la Beltraneja, pues, según rumores, había sido concebida por la reina, doña Juana de Portugal y su amante el valido Don Beltrán de la Cueva, Duque de Alburquerque, y por lo tanto una bastarda sin derecho alguno.

Muchos consideraron justo que Isabel fuera la heredera de la Corona de Castilla, pero a pesar de la influencia de los nobles, ella rechazó proclamarse reina mientras Enrique IV estuviese vivo. La joven, para establecer la paz, consintió que su hermanastro le otorgase el título de Princesa de Asturias, en la llamada Concordia de Guisando, el 19 de septiembre de 1468. Pero el Rey no confiaba en la evidente fidelidad de Isabel y la puso bajo vigilancia en una fortaleza de Ocaña, al sur de Madrid.

Enrique IV no vaciló en iniciar contactos con otras casas reales, buscaba un acuerdo matrimonial para Isabel y así librarse de ella. Intentó forzarla a aceptar, pretendía alejarla del trono de Castilla. Pero se encontró con la tenacidad de la joven, ella rechazó sucesivamente a magníficos partidos como el príncipe Carlos de Viana, heredero de la Corona de Navarra, al rey Alfonso V de Portugal, a don Pedro Girón, Maestre de la Orden de Caballería de Calatrava, al Duque Ricardo de Gloucester, hermano de Eduardo IV de Inglaterra y al Duque de Guyena, hermano de Luis XI de Francia.

Isabel enfrentó estoica las amenazas, porque soñaba con el ya célebre príncipe aragonés Fernando, hijo de Juan II de Aragón y de Juana Enríquez, nacido el 10 de mayo de 1452 en Sos, que estuvo comprometido con ella siendo infantes, pacto roto hacía mucho por el rey. Desde finales de 1468, un renovado intercambio de epístolas entre los jóvenes príncipes comenzó a dar cobijo y calor a una aventura de amor digna de las mejores novelas románticas.

Los primeros compases del dramático noviazgo los marcó el rey Juan II de Aragón, el sagaz monarca, convencido del amor de su hijo por la princesa castellana, encendido ya en el corazón de la joven que con claridad le correspondía, al ver la oportunidad de impulsar una magistral jugada política, envió enseguida a la ciudad de Ocaña emisarios encubiertos, para intentar negociar la boda para Fernando, era el envite que con ilusión la noble princesa esperaba y deseaba, con el acuerdo alcanzado el gozo del romance estaba en marcha.

Pero quedaba otro problema que resolver: Isabel y Fernando eran primos (sus abuelos de la familia Trastámara, Fernando de Antequera y Enrique III, eran hermanos). Necesitaban de Roma una bula papal que les exonerara de la consanguinidad. El Papa no firmó el documento por presiones de los reyes de Castilla, Portugal y Francia, querían que se desposara a la joven con otro pretendiente de menos categoría, el príncipe aragonés era un joven cuyas dotes políticas y militares temían.

El Papa Pablo II era proclive a esta unión conyugal, por simpatizar con la princesa Isabel, una mujer creyente, dispuesta a frenar los avances del Islam y quien le defendería de las otras potencias europeas. Por ese motivo, ordenó al astuto Rodrigo Borgia, dirigirse a España como legado papal, para facilitar las nupcias, ante los escrúpulos de la doncella.

Temas similares…

Fatalidad (I)

Fatalidad (I)

Por Michele Nicolai (1938) EL teléfono resonó en medio de la noche. Una voz angustiada, que apenas pude reconocer,...

0 comentarios

Enviar un comentario