Por Jacqueline Rolland (1935)
GRANDEZA Y DECADENCIA
Sin embargo, Nicolás Fouquet, administrador general de las finanzas, al recibir un día como recompensa la joya que había vuelto al tesoro real, no se alarmó con la leyenda que empezaba a divulgarse. Orgulloso de haber sido favorecido de aquella manera por el rey, en ocasión de una fiesta, en que el castillo de Vaux se iluminó con la girándulas del placer más refinado, cometió la imprudencia de ofrecer a la admiración de sus huéspedes el Diamante Azul.
¿Fue el día siguiente? ¿Fue unos días después? Bajo la vindicta de Colbert, Fouquet aparecía ante el rey como dilapidador y concusionario. Abrumado por el desprecio público, fue conducido, cautivo y miserable, a la ciudadela de Pignerol, donde murió 19 años más tarde.
EL CUELLO DE LA REINA
En lo sucesivo, el Diamante Azul llevaba consigo su maléfica reputación. ¿Pero puede una reina de veinte años resistir el placer de adornarse con una piedra inestimable, cuyos reflejos embrujadores están perfectamente de acuerdo con la hechicería de un rostro de mujer joven y bella? María Antonieta exornó su adorable cuello con el Diamante Azul que Luis XVI le había regalado.
Desde hacía varios años, la gente de la Corte, hasta cuando se encontraban en sus fiestas, en sus cacerías y en sus voluptuosos placeres, sentía gravitar sobre su espíritu una obscura amenaza. A veces, un insoportable malestar pasaba por las frívolas cabezas de pelucas empolvadas… Se sentía agrandarse en la sombra un rumor hostil, pero la inquietud que oprimía entonces los corazones era pronto abolida por los acordes de un minué o por los acentos de una trompeta de caza.
Mientras tanto, la Revolución urdía sus planes secretos. La guillotina proyectaba, sobre el cielo sangriento del porvenir, sus brazos desmesurados.
En el cuello de María Antonieta, el Diamante Azul continuaba brillando.
En las horas de su cautiverio, de su proceso, de su suplicio, la reina acusaba en silencio a la piedra maldita.
Y eso que ignoraba todavía que el filo de la guillotina troncharía su cuello, más o menos por el mismo sitio donde había resplandecido el Diamante Azul…
LA NOCHE HOLANDESA
Durante algún tiempo, pareció que los malignos reflejos de la célebre piedra se habían desvanecido en la pantalla de la historia. ¿Acaso la venganza del dios indio estaba ya satisfecha? ¿Las desgracias que había causado habían aplacado ya su divino rencor?
La Asamblea Constituyente, depositaria del tesoro de la Corona, no adornó ninguna frente con las preciosas joyas cuidadosamente guardadas.
No obstante… ¿quién lo hubiera creído? El Diamante Azul, prosiguiendo el curso de sus aventuras, desapareció un día del cofre nacional, robado por un ladrón audaz. Pero, indiferente por cierto tiempo a los destinos excepcionales de las cabezas soberanas, fue a otra parte donde la luminosa piedra llevó la inagotable vindicta del cielo.
¿Por qué torvos caminos el Diamante Azul llegó a las manos de Fala, el famoso diamantista de Amsterdam? Durante largos meses. Fala talló y pulió amorosamente el más perfecto de sus tesoros. Pero, pronto, en la brumosa paz de la noche holandesa acolchada, de silencio y arrullada por el vago chapoteo de los canales, una sombra familiar penetró en el establecimiento del joyero, aunque estaba cerrado.
En un instante, la sombra desapareció sin ruido. Y el Diamante Azul desapareció juntamente con ella.
Y el hijo del joyero que, para satisfacer sus pasiones desordenadas, robó la piedra y la vendió a un precio irrisorio, sufrió la doble expiación del robo reciente, y del lejano sacrilegio, suicidándose unos días después.
EL SUPLICIO DE TANTALO
Francisco Baulieu no poseía nada en el mundo, a no ser una valiosa piedra: el famoso Diamante Azul. ¿Cómo había llegado a sus manos la maravillosa joya?
Lo cierto era que no podía venderla, ni en Francia ni en Holanda. Un diamante de ese tamaño y de ese peso es conocido como una cara. La cárcel esperaba al imprudente que tratara de venderlo.
Francisco Baulieu huyó hacia Londres con su diamante. Allá pasó una infinidad de calamidades, acosado por el miedo y por la miseria.
El hambre llegó a hostigarlo tanto, que un día de niebla y de desesperación el avaro, a pesar suyo, le ofreció el diamante a Eliason, un joyero londinense.
El precio quedó estipulado: cinco mil libras esterlinas. Pero el joyero le pidió al propietario del diamante que lo esperase dos días. Durante ese tiempo, el hambre torturó al poseedor del tesoro. Este luchó contra la fiebre, contra la desesperación.
Las horas, pasaron… El hombre deliraba… La fortuna alfombraba de oro y de pedrerías su camino… Jadeante, Francisco Baulieu se incorporó de pronto en el miserable camastro donde esperaba acostado. Vio que entreabrían la puerta y que alguien entraba… ¿Era la fortuna? No. Era la muerte, que acababa de atravesar el umbral.
SORTILEGIOS
El Diamante Azul sufrió nuevos avatares que parecían haber transformado su destino. Adquirido por el duque de Brunswick, recibió el poético nombre de Lágrima Azul del Brunswick. ¿Ese nombre conjuró el anatema, con respecto a sus poseedores? Lo ignoramos. Pero la joya no terminó ahí sus maleficios.
Sin embargo, el millonario Thomas Hope, que lo compró después, escapó de los efectos de la mala suerte. Pero su hijo, heredero de sus riquezas, vio su vida convertida en un doloroso drama. El destino lo despojó poco a poco de todos sus bienes. Después de un bochornoso escándalo, su esposa, May Hope, la conocida actriz, lo abandonó. Al verlo desprovisto ya de su fortuna, sus amigos lo dejaron solo.
Al fin, murió solitario desesperado. No llegó a suponer la causa de sus desgracias. Pero May Hope, supersticiosa como toda la gente de teatro, declaró poco después.
—Me cansé de decirle que se deshiciera de aquella piedra maldita, cuyo resplandor no es nada más que un sortilegio del infierno.
(Continuará la semana próxima)







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