Por Jacqueline Rolland (1935)
LA CORTE DEL GRAN MOGOL
El festín se acaba. Para el viajero procedente de la Corte de Francia, el Gran Mogol exhibía las maravillas de la fastuosidad oriental. En la vasta sala del palacio hindú, los oros lucían al reflejo de las antorchas y las flores embriagaban el ambiente, donde respiraban los invitados. Los preciosos licores caían todavía en las ánforas levantadas, alzadas hacia los tazones de bellas cinceladuras. Los efectos de la bebida amortiguaban el esplendor de las palabras. Unas músicas extrañas encantaban los sentidos.
Juan Bautista Tavernier se inclinó hacia el Gran Mogol y le dijo:
—Señor, e1 rey, mi amo, a quien nombran el Rey Sol, no hubiera pedido recibir con esta magnificencia al enviado de una corte extranjera. Acepta, pues, que mi alabanza se esfuerce por ser digna de tu acogida.
Halagado, el descendiente de Tamerlán sonrió bajo su tiara de oro. Una fabulosa profusión de gemas resplandecía sobre su túnica de brocado. Su manto real estaba bordado de cedas multicolores y su cetro estaba exornado de espléndidos rubíes.
—Mañana—dijo el Gran Mogo1—si consientes en seguir siendo mi huésped, mis elefantes nos conducirán cerca del río Mahadani, hasta las minas donde florecen, en el secreto de la tierra, mis innumerables pedrerías…
Se detuvo un instante, y después prosiguió con una fingida modestia:
—Probablemente, no se te presentarán muchas oportunidades de contemplar otras minas semejantes…
Juan Bautista Tavernier se puso la mano derecha sobre el corazón. Apreciaba la soberana oferta como una demostración excepcional de cortesía, pues sabía que ningún visitante había entrado nunca en el dominio de las minas reales y que condenaban a muerte a todos los audaces que intentaban aproximarse a ellas.
Tavernier era viejo, pero avaricioso. Impulsado por los demonios de la aventura y del lucro, no había temido, a pesar de su edad, abandonar su envidiado cargo de regidor de la Corona, para recorrer el mundo con el fin de enriquecerse más todavía. Visitando las minas del Gran Mogol, sintió la codicia y la admiración agitar al mismo tiempo su corazón.
Indudablemente, la habilidad de su lenguaje había sabido encantar la vanidad del príncipe oriental, pues éste, al regresar de las fabulosas tinieblas donde resplandecían sus riquezas, regaló al viajero un diamante donde parecía reconcentrarse todo el fulgor de los astros del cielo.
—Te volverías loco—dijo sonriendo— si tuvieras la ocasión de ver, aunque fuera en sueños, el Diamante Azul…
¡Peligrosas palabras! Desde aquel día, la misteriosa piedra no cesó de incitar la codicia del intrépido anciano.
¿Pero dónde estaba el Diamante Azul?
LA TENTACIÓN
En la sombra sagrada del templo, irradiaba la estatua de Rama-Sita. Magníficas joyas ornamentaban de fantásticos centelleos al dios preferido de los indios: encarnación de Vichnú, doble principio, hermano y hermana, esposo y esposa.
Pagán, la ciudad milenaria, agrupaba alrededor de sus dioses sus casas llenas de creyentes.
En el umbral del santo palacio, los sacerdotes acogieron al hombre revestido de la amistad todopoderosa del soberano, como de un velo protector.
Hacía calor. Los tigres rugían en la selva cercana. El bramido de los elefantes estremecía los establos. Las palmeras inclinaban hacia el suelo sus hojas sedientas. En el estanque color de bronce, agonizaban los renúfares. La Naturaleza parecía palpitar sobrecogida por una secreta emoción, como en la espera de un prodigio.
Juan Bautista Tavernier, pisando con sus sandalias piadosas los mosaicos del templo, avanzó hacia el dios. Después, como si no pudiera soportar el resplandor de la santa efigie, se prosternó sobre las baldosas.
Con la cabeza entre las manos, parecía perdido en un sueño sobrehumano. Los servidores del templo, prosternados también, admiraban íntimamente la devoción del extranjero.
Él, mientras tanto, entre sus dedos mal unidos, contemplaba el rostro augusto. Entre los ojos del dios, en el centro de la intangible frente, un maravilloso diamante se incrustaba como una estrella, y sus reflejos azules embrujaban la sombra.
Unos días más tarde, sin tomar en cuenta la maldición celeste, una mano sacrílega robaba el Diamante Azul…
LA INDIGNACIÓN DE RAMA
Entonces comenzó la asombrosa serie de desgracias que la indignación del dios espoliado dejó caer sobre los posesores sucesivos de la piedra maldita.
Unos meses después, Juan Bautista Tavernier sucumbió en la estepa inclemente, desgarrado por los colmillos de las fieras. ¿Se acordaría de su crimen en aquel momento? Volvería a ver, con los ojos del arrepentimiento, la sombra estrellada de azul del templo de Rama, a los sacerdotes amarrados y la impasible venganza inscripta en el rostro divino?
LA FAVORITA DE LoS VENENOS
El rey Luis XIV meditaba en su palacio de Versalles. Muchos duelos habían ya ensombrecido su corazón saturado de gloria, y ahora la enfermedad se insinuaba solapadamente en su organismo. Contemplaba las joyas de su cofre, esparcidas ante su vista sobre la mesa de mármol. Entre aquellas joyas, el Diamante Azul, comprado al viajero, centelleaba con todas sus facetas. El Rey no podía quitar la mirada de aquella piedra. Parecía fascinado por su brillo. Para ataviar a su bella amiga, a Madame de Montespán, había ordenado que le trajeran todas sus pedrerías. Y ahora vacilaba. Un inexplicable temor lo desconcertaba.
De sus labios apretados, a veces se escapaban palabras extrañas:
—¿Será posible?… ¡La Voisin!… ¡Esa envenenadora!… ¿Por qué siniestra coincidencia la murmuración pública asocia su nombre al de mi amante?… ¿Será verdad?… ¿Se tratará de alguna infame maniobra?… ¿Cómo saberlo?…
Pensativo, el rey pasaba sus manos todopoderosas por su frente. Visiones de misas negras, de niños degollados, obsesionaban su espíritu como pesadilla.
Pero, sin duda, el amor fue aquel día más fuerte que la sospecha, pues la favorita, extasiada, recibió aquella misma noche el diamante digno de los dioses.
Cuando se adornó con él por primera vez, la Montespán, delante del espejo donde contemplaba orgullosamente su belleza, sintió un enorme frío invadirla hasta el alma. ¡Incomprensible presagio! Temblorosa todavía, penetró en los salones y, desde la primera mirada, comprendió su desgracia.
Obsedido por los rumores de envenenamiento que giraban en torno de ella, el corazón del real amante había cesado ya de pertenecerle, y palpitaba ya por otra conquista…







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