La República de Martí

Written by Libre Online

27 de enero de 2026

Por Miguel Coyula (1938)

El pueblo cubano se ha impuesto la grata obligación de festejar todos los años el natalicio del Apóstol. Siempre que llega el 28 de enero, ciudadanos y corporaciones dedican un amoroso recuerdo al hombre que atesoraba los sentimientos e idealidades más puros: José Martí.

Entre las grandes figuras del Continente, el insigne hijo de La Habana se destaca por su grandeza: por su grandeza patriótica, por su grandeza literaria, por su grandeza tribunicia y por su grandeza espiritual.

Bien es cierto que Cuba y América pueden sentirse orgullosas de este varón preclaro, que luce con magníficos perfiles en el álbum de sus hijos predilectos; pero si fue para Cuba y para América algo sobresaliente, su nombre merecerá mejores loas e incienso —según transcurran las edades— junto a los nombres que más enaltecen el linaje humano.

Si el pueblo de Cuba no pudiese considerarse orgulloso de otras personalidades, bastaría para su orgullo con el recio tipo de Martí. Si el pueblo de Cuba careciera de antecedentes históricos que realzaran su prestigio, la obra del Partido Revolucionario Cubano —con mil victoriosas abnegaciones— bastaría para satisfacer plenamente las sensibilidades cubanas. Si el pueblo de Cuba no conociese muchos bellos heroísmos —que parecen, por sublimes, de leyenda— bastaría para glorificarlo el episodio, a la vez triste y excelso, de Dos Ríos. 

Si el pueblo de Cuba no tuviera probadas sus inclinaciones fervorosamente americanistas con varios e indiscutibles testimonios, bastaría —para hacerlas irrecusables— el proceso de concienzudo y generoso americanismo desarrollado por el criollo que rodó sin vida el 19 de mayo de 1895. 

Si el pueblo de Cuba no hubiese puesto al servicio de las humanas libertades tantos pensamientos y caracteres superiores, bastaría para catalogarlo entre los pueblos que anhelan ver en cada persona un ente libre —sin diferencias de razas ni latitudes— la constante prédica y espartana conducta del hombre que redactó el Manifiesto de Montecristi. 

Si el pueblo de Cuba necesitase evidenciar sus democráticas devociones —que han tenido siempre en este suelo ilustres pregoneros y adalides— bastaría la amplia e insuperable obra realizada por el Maestro, como estudiante, como expatriado, como poeta, como periodista, como tribuno, como vocero del americanismo y como revolucionario que hizo el milagro de juntar en 1895 a las figuras heroicas de 1868 y a los “pinos nuevos”, para morir o vencer con la bandera plegada en el Zanjón.

Desdichadamente, si sobran motivos para que los cubanos proclamemos con énfasis —como un sello de limpia alcurnia— que somos compatriotas de Martí, sobran también razones para que no podamos sentirnos satisfechos de haber respondido en la República a sus ilusiones y esperanzas.

Vivimos en la llamada República de Cuba, pero no vivimos en la República digna y venturosa que soñó el Apóstol. Tantas eran sus preocupaciones, que después de una histórica entrevista con el glorioso Máximo Gómez (entrevista de la que saliera Martí dolorosamente impresionado), escribía al héroe de Palo Seco y Las Guásimas:

“Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento; y cuando en los trabajos preparatorios de una revolución más delicada y compleja que otra alguna no se muestra el deseo sincero de conocer y conciliar todos los elementos y voluntades que han de hacer posible la lucha armada —mera forma del espíritu de independencia—, sino la intención, bruscamente expresada a cada paso o mal disimulada, de hacer servir los recursos de fe y de combate, que levantan el espíritu, a los propósitos cautelosos y personales de los jefes justamente afamados que se presentan a capitanear la guerra, ¿qué garantía puede haber de que las libertades públicas —único objeto digno de lanzar un país a la lucha— sean mejor respetadas mañana?”

En otro fragmento de la carta decía: 

“¿Cómo, General, emprender misiones, atraerme afectos, aprovechar los que ya tengo, convencer a hombres eminentes, deshelar voluntades, con estos miedos y dudas en el alma? Desisto, pues, de todos los trabajos activos que había comenzado a echar sobre mis hombros”.

Y extendiéndose en otras consideraciones, terminaba:

“Después de todo lo que he escrito, y releo cuidadosamente y confirmo, a usted, lleno de méritos, creo que lo quiero; a la guerra que, en estos instantes, por error de forma acaso, está usted representando, no”.

La suerte quiso que todos los conceptos quedasen aclarados; y andando el tiempo, obtenido el acuerdo satisfactorio de notables jefes mambises —especialmente de Antonio Maceo y Calixto García—, vimos firmar juntos en la República Dominicana el Manifiesto del 25 de marzo de 1895 —listo el plan expedicionario— a Máximo Gómez y José Martí.

Poco más tarde —ya en plena manigua rebelde— fueron dos los objetivos esenciales de la Revolución: organizar las fuerzas invasoras de Occidente (donde el movimiento había fracasado) y establecer cuanto antes un Gobierno Provisional. A este Gobierno —de caracteres netamente civiles— quedaron subordinadas todas las jerarquías de la Revolución.

La República cordial “con todos y para todos” que concibiera el Maestro fue jurídica y espiritualmente creada en Cuba Libre. Todos los jefes militares —con aquel famoso triángulo de técnica y victoria constituido por Máximo Gómez, Antonio Maceo y Calixto García, en primer plano— pusieron sus espadas al servicio de la Ley. Entonces la República en Armas hizo bueno un pensamiento del Apóstol:

“La Patria es dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todos; y no feudo ni capellanía de nadie”.

Hace más de cuarenta y dos años que se produjo el derrumbe de Dos Ríos. Resulta nuestra existencia tan triste e inestable, que esta no es ni sombra de la República soñada por el hombre que cayó aquel día.

“¡Levanten el ánimo los que lo tengan cobarde!: con treinta hombres se puede hacer un pueblo!”. —También este pensamiento es de Martí.

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