LA HISTORIA DE TROPICANA

Written by Libre Online

31 de marzo de 2026

El inolvidable cabaré Tropicana tuvo sus orígenes en otro mucho más modesto y también al aire libre, pero situado en el corazón de La Habana llamado Edén Concert, estaba en la calle Zulueta #256 entre Ánimas y Virtudes, al lado del Sloopy Joe’s Bar y era propiedad del empresario italo-brasileño, Víctor de Correa. Luego el 26 de noviembre de 1942 se llamó Zombie Club.

En 1931, el experimentado promotor de espectáculos Víctor de Correa, llegó acompañado de su esposa la cupletista española Teresita de España, procedente de Panamá, donde al regentar el cabaré Overtop se había adiestrado en el manejo de bares y de clubes nocturnos y ya aquí puso en práctica todo lo aprendido con la fundación del cabaré Eden Concert, que hizo época en sus días. Lo concibió al aire libre, entre las ruinas de lo que fuera la sede del Círculo del Partido Liberal destruido por un incendio el 20 de mayo de 1925, justo el día en que el presidente Gerardo Machado y Morales, tomaba posesión de su cargo.

Contrató a los coreógrafos Sergio Orta, Julio Richards y Henry Bell, cuyas creaciones contarían con el respaldo de la orquesta del compositor Alfredo Brito Ibañez (1896-1954).

El Edén Concert contó con famosos cantantes como Rita Montaner y Miguelito Valdés y bailarines que actuaron en un escenario elevado bajo un techo de tejas rojas. A lo largo de la década de 1930, el cabaré brindó a los habaneros y turistas un entretenimiento con buena música, comida y la oportunidad de bailar bajo las estrellas entre palmeras cubiertas de luces de colores.

Con el tiempo, surgieron ciertas leyendas y rumores sobre el local y como este le quedaba pequeño para sus aspiraciones promocionales, decidió buscar un lugar retirado y amplio que cumpliera con ciertos requisitos, para poder realizar espectáculos diferentes, novedosos y sensacionales.

Además, existe este comentario que puede afianzar la idea de la mudada: A mediados de 1939, cuando la situación económica y política en La Habana se había estabilizado, dos individuos del del juego de azar, Rafael Mascaró y Luis Buar, visitaron a de Correa con la proposición de que éste creara una gran sala de fiestas donde ellos pudieran ocultar la operación de un casino.

Finalmente, de Correa trasladó su compañía de cantantes, bailarines y músicos a la mansión transformada en la finca. De Correa proporcionó la comida y el entretenimiento, mientras que Rafael Mascaró y Luis Bular operaron el casino ubicado en el comedor con candelabros de la mansión de la finca.

En la calle 72 entre las avenidas 41 y 45 del Reparto Buena Vista en Marianao, había una finca de recreo propiedad de Regis du Repaire du Truffin Amador conocido como Regino Truffin (1857-1926) uno de los empresarios y hacendados cubanos más importante de su época. Sus extensos intereses abarcaban el azúcar, la industria, los seguros y la banca.

Nacido en Corralillo, Las Villas, era descendiente de segunda generación de una familia de haitianos asentados en Cuba tras la ruina de esa colonia francesa.

Fundador del Central San Juan Bautista, desarrolló la explotación de mieles e invirtió en muelles, fábricas de jarcia y cerveza. Copropietario a partir de 1901 del Central Mercedes en Manguito, Matanzas, que compraron en 400,000 pesos y que en 1915 cayó bajo el control de la Cuban Cane Sugar Corporation, de la que Regino Truffin sería uno de sus directores.

Durante las décadas de 1910-1920, Truffin fue presidente de la Manatí Sugar Company, del The Trust Company of Cuba y del Banco de Fomento. Además, fue presidente de la Compañía Azucarera Central Morón en Pina, dueño del Central Violeta. Director de la Compañía de Seguros Cuba, presidente del Ferrocarril de Tunas, tesorero de la Cervecería Polar y presidente de la Cámara de Comercio Francesa, entre otras cosas.

La Rusia de los zares lo nombró cónsul general en Cuba; a la vez que presidía el Habana Yacht Club y el Unión Club, y tuvo un papel destacadísimo en la Asociación Nacional de Hacendados de Cuba (ANHC).

Junto con el alemán Herman A. Upmann y otros empresarios, financió la revista Social de Conrado Massaguer, la más importante entre todas las de crónica social y una calidad que no ha sido superada hasta el día de hoy en Cuba.

Su primera esposa Matilde Ojeda y Cremadells (1866-1897) con la que tuvo a su hija, Regina (1893-1959) mujer de gran belleza y desde el 24 de julio de 1917 la esposa del presidente del Senado, Clemente Vázquez Bello (asesinado el 28 de septiembre de 1932 por un comando del ABC esperando matar a Machado y a otros altos machadistas al dinamitar el panteón de Truffin donde supuestamente iba ser inhumado en el Cementerio de Colón, pero el plan fracasó porque la familia a última hora, decidió enterrarlo en Santa Clara).

La segunda esposa de Tuffin fue Nieves María Pérez-Chaumont y Altuzarra “Mina”, con la que tuvo dos hijos, Regino (1904-1933) y Marcial Ulmo y una hija, Matilde Truffin Pérez-Chaumont, casada con Tirso Mesa Polo, ministro de Agricultura de Machado.

En esta mansión que fue rebautizada como Villa Mina en honor a su esposa, se celebraron algunas de las fiestas más deslumbrantes de su época, ya que eran personas de la alta sociedad. 

Fue Mina quien plantó 7 tipos de árboles frondosos de la entrada y en sus jardines aquellas matas de anón, mamoncillos, mangos, cedros y aguacates bajo la sombra de las esbeltas palmas reales, que tanto llamaron la atención a Bebo Valdés cuando entró allí por primera vez.

Truffin murió el 3 de julio de 1926 a los 69 años, Mina volvió a casarse el sábado 25 de febrero de 1933, con el abogado católico Thomas J. Walsh, senador demócrata por Montana y futuro secretario de Justicia de Franklin D. Roosevelt. Pero el matrimonio no duró más allá de la luna de miel, pues Walsh falleció de un ataque al corazón en los primeros días de marzo, mientras el matrimonio viajaba hacia Washington para la toma de posesión del cargo programada para el 4 de marzo.

Fue entonces que Mina decidió arrendar la finca.

Víctor de Correa que quería salirse de La Habana y buscaba un lugar retirado para lanzarse de lleno a una aventura diferente, visitó la finca y le gustó la gran mansión rodeada de un bosque tropical de maravilla; el sitio ideal para convertirlo en un oasis del placer y del juego. No lo pensó dos veces y entró en arreglo con Mina, la propietaria, aceptando pagarle $100 mensuales.

Alfredo Brito y Sergio Orta lo acompañaron en la nueva empresa.

La propiedad, Villa Mina, rentada por Mascaró era una hermosa finca de recreo de seis acres (24,280 m²) con una flora impresionante y magníficamente seleccionada y cuidada, tanto que el contrato de renta estipulaba que esa no podía ser afectada por el uso de la sala de fiesta. De ahí surge la idea de un cabaré al aire libre que no dañara ese paraíso natural.

Habló con su amigo y director de la orquesta del Edén Concert para que duplicara el número de músicos, cosa que Alfredo Brito recibió con alegría, al tiempo que le informaba a Mascaró y Bular las obras que serían necesarias para el cabaré.

Para la apertura del nuevo cabaré, Víctor de Correa ofrecería un espectáculo con coreografía de Sergio Orta y los favoritos del público del Edén Concert, Teresita de España y la aumentada orquesta de Alfredo Brito.

En diciembre de 1939, de Correa trasladó su compañía de cantantes, bailarines y músicos para la mansión ubicada en la finca.

El cabaré fue originalmente conocido como El Beau-Site para luego tomar el nombre de una pieza musical que compuso el también director de orquesta Alfredo Brito para una revista en el Edén Concert que decía así: “Tropicana, Diosa de amor, eres tú mi bien la que inspiró mi canción”.

Y con esta canción se inauguró Tropicana el Fin de Año (31 de diciembre) de 1939.

El Original Ballet Ruso de De Basil, viajó mayormente por Europa y los mares del sur, aunque también tocó tierra norteamericana varias veces. En 1938, estando de regreso en Europa de una exitosa gira por Australia y Nueva Zelandia, estalló la Segunda Guerra Mundial. Después de incontables vicisitudes, pudo trasladarse a América con todo el equipo de bailarines y decorados, para rendir una temporada en el Bellas Artes de México y de allí trasladarse a Cuba.

La temporada de La Habana (auspiciada por la Sociedad Musical Daniel y el empresario Ernesto de Quesada), que dio comienzo en marzo 20 de 1941, incluyó balés maravillosos, algunos nunca vistos en Cuba. Entre ellos había innumerables obras de Fokine (cuyos títulos aparecieron traducidos al español en los programas), tales como Las Sílfides, El Gallo de Oro, Paganini, Principe Igor, Carnaval, Petrouchka, Sheherazade y El Espectro de la Rosa.

Con toda aquella extraordinaria programación, pero el factor de la huelga inquietando la tensa situación, las funciones fueron desarrollándose lo mejor que fue posible.

Algunos de los solistas se vieron obligados a asumir papeles de menor categoría, y por la extrema situación económica que afectaba a todos, los bailarines tuvieron que buscar trabajo en cualquier medio artístico que los acogiera, incluyendo salas nocturnas, como fue el caso de David Lichine y Tatiana Leskova, quienes, en abril 21, aparecieron en el Cabaré Tropicana, en una producción titulada Congo Pantera, con la participación de Rita Montaner, Bola de Nieve, Carmen Ortiz, Sandra y 8 bellas coristas. 

Debió de ser estremecedor y mágico ver descender a una bailarina rusa de un árbol al ritmo desenfrenado de los tambores batá de Chano Pozo, despertando a los vigilantes espíritus de la selva africana. En Tropicana esa noche del 21 de abril de 1941, fue noche de cacería, se pretendía atrapar una pantera. Nunca se había visto nada así y difícilmente se volverá a ver. La pantera era Tatiana Leskova, del balé ruso de Montecarlo, y sorprendió a todos descendiendo de un majestuoso árbol. El cazador, paciente y ladino, quien luego se convirtió en El Tambor de Cuba, Luciano “Chano” Pozo. Todo fue un éxito y Congo Pantera se mantuvo en cartelera durante tres meses.                                                                                                                      

Pero la cosa se complicó, hubo una demanda que pudo clausurar el cabaré cuando comenzaba a encontrar el camino triunfal.                                                                                                        

Los sacerdotes jesuitas del colindante Colegio de Belén y varios vecinos encabezados por Francisco Xavier de Santa Cruz y Mallén, Conde de San Juan de Jaruco, fueron frente al alcalde de Marianao, Ortelio Alpízar Quijano, porque resultaba una ofensa a la moral de la barriada y atentaba contra el descanso de los alumnos. (Alpízar miembro del Partido Liberal, apoyado por los militares, los comunistas y un amplio espectro de pequeños partidos, fue elegido alcalde para ejercer entre 1939 y 1942 pero el 19 de diciembre de 1942, fue muerto a tiros por un concejal de su propio partido en el barrio de Columbia, tras sostener una discusión sobre los manejos electorales en la barriada). El alcalde de Marianao, a quien acudieron los demandantes, no halló razones de peso en sus alegatos para determinar la clausura de Tropicana. Pero como se ejercían presiones y se movían influencias, tomó la decisión salomónica de recomendarles que hicieran la denuncia en el juzgado correccional correspondiente. Como los fallos de esa instancia judicial eran inapelables, si el juez se pronunciaba a favor de la demanda, se le revocaría el permiso al centro nocturno.   El día de la vista, el juez Rigoberto Cabrera, joven, de pelo negro y aspecto cordial, se situó en su estrado. A su derecha se ubicaron la representación del Colegio de Belén y el Conde San Juan de Jaruco a nombre de los vecinos. A la izquierda, Víctor de Correa, asistido por su abogado, el Dr. Carlos M. Palma. En la audiencia se agolpaban familiares de los estudiantes y no pocos de los trabajadores de Tropicana.                                                                                                           

El secretario del juzgado dio lectura al acta de denuncia. Hablaron los sacerdotes y el Conde. Palma, a su turno, reconoció que los demandantes podían haberse opuesto no solo a la apertura del cabaré, sino a su continuidad, que tenían el tiempo y el derecho que les concedía la ley para haberlo hecho, pero como no lo hicieron en el momento justo ya ese tiempo y ese derecho estaban caducados. No veía motivo, añadió, para que por un ruidito de más durante las noches se privara a La Habana de lo que iba siendo ya una de sus grandes atracciones. El cierre de Tropicana llevaría a sus trabajadores al desempleo y al hambre y como el Conde de San de Jaruco había dicho en su deposición que la música del cabaré no lo dejaba dormir de noche, le recomendó que durmiera de día.                                                                                                   

Al final, el juez Cabrera, en atención a los argumentos incontrovertibles de Palma, dictó fallo absolutorio. Tropicana mantendría abiertas sus puertas y a nadie más se le ocurriría solicitar su clausura.

Por suerte, la sangre no llegó al río y Chano Pozo pudo atrapar a su pantera eslava. Algunos testigos aseguraron que fueron los tambores de Chano los que sacaron de quicio a los jesuitas de Belén y al Conde de San Juan de Jaruco. Pero había otras luminarias trepadas en la espesura, dos percusionistas que también llegarían a tener fama mundial: Silvestre Méndez y Mongo Santamaría, repiqueteando sus tambores colgados de las ramas. Y, además, las luces, el follaje, el olor a hembra que se convirtió en pantera en aquella jungla que albergó a más de un centenar de bailarines y modelos cubanos, a los que se sumaron otros miembros del balé ruso, como Ivon Lebrand, Mina Verchinina y Ana Leontieva.               

Ellos no supieron del insomnio que provocaron al vecino Conde de Jaruco. Ignoraban los sueños pecaminosos a los alumnos becados del colegio religioso. La música del gran Gilberto Valdés y la dirección orquestal de Alfredo Brito junto a la coreografía de Serge Lifar y David Lichine hicieron el resto.

En Tropicana se gestaron allí espectáculos fabulosos, de Correa seleccionaba a sus artistas con acierto y muchos de ellos no tardaron en convertirse en grandes figuras internacionales. Tal fue el caso de Rita Conde (Elizabeth Eleonor Conde, 1914-1989), una vedette de 17 años, a quien Correa lanzó a la fama y allanó el camino de Hollywood con un espectáculo que contó con la música de Alfredo Brito y coreografía de Sergio Orta.

La presencia del gran percusionista Chano Pozo, al comienzo de Tropicana desde un inicio con tambores batá y los toques de 3×8 acompañados de cencerros y golpes de hierros de origen bantú fue determinante. Fue el comienzo de la revista de ambiente exótico con temas del Caribe. Dentro de un marco escenográfico vegetal. Eso fue algo totalmente novedoso, por ejemplo, el cuadro Babalú de Margarita Lecuona cantado por Miguelito Valdés rodeado de un cuerpo de baile descalzos y torsos desnudos denotaban un sello totalmente diferente a los coros de bastones y chisteras, el ball man o destaque de las bailarinas fue sustituido por los movimientos de caderas al ritmo de los tambores. En estas revistas siempre tuvieron cuadros de arte líricos, de opereta y zarzuelas.

Allí se presentó Rita Montaner acompañada de un cuerpo de bailes y el corógrafo era Sergio Orta, que ya se inspiraba en temas nacionalistas en el ambiente natural como Siboney que representaban la vida en una aldea de los indocubanos, con cazadores en canoas. Una estrella de la danza acaparó la atención que fue Carmita Ortiz. 

En la casa radicaba el casino que, según se registra, era la verdadera fuente de ingresos del conjunto recreativo.

Víctor de Correa contrató a la orquesta española Los Chavales de España que le trajo llenos totales en su salón de fiestas desde el miércoles 27 de octubre de 1948 que debutaron.

(Los Chavales de España, agrupación musical española formada en 1941 por un grupo de 11 jóvenes que tocaban 26 instrumentos diferentes dando real sensación cuando no se veían y escuchaban de ser una enorme orquesta de 30 profesores. En 1948 debutaron nada menos que en Tropicana, permaneciendo como atracción principal por cuatro años con pequeñas interrupciones por visitas a México, Venezuela, Colombia y otras naciones del área).

Otro bailarín coreógrafo, que le trajo más experiencia desde sus viajes al extranjero fue Julio Richard, quien tuvo a Rodney (Roderico Neyra, 1911-1962) como asistente. 

El primer éxito de producción como ya vimos fue Congo Pantera con los bailarines del balé ruso de Montecarlo, Tania Leskova y David Litchin y el cuerpo de baile interactuaba entre los árboles del jardín, con la música a cargo de Eliseo Grenet con el virtuosismo rítmico de Chano Pozo y sus tambores y la figura arrolladora de Rita Montaner ya en esa época el famoso cabaré llenaba sus 300 localidades en un ambiente todavía familiar y comenzaba a obtener resonancia internacional. Después de Chano Pozo el asesor de todo lo afro fue Trinidad Terregosa, también fundador del Conjunto Folclórico Nacional.

A fines de los años cuarenta y el cincuenta es la etapa en que llegan ostentando sus Cadillac, Ava Gadner, Errol Flyng, Marlon Brando, Gary Cooper y otras personalidades de Hollywood, asistentes para disfrutar de la música cubana. 

El lujo en el vestuario y la elegancia del espectáculo se debió al coreógrafo y director Roderico Neyra (Rodney), quien se había destacado antes en revistas en el Teatro Alkazar, como asistente de Julio Richard en La Revista Maravillosa y que había creado Las Mulatas de Fuego en el Teatro Fausto y grandes éxitos en el Sans Souci con Zum Zum Babaé.

Rodney, que había incursionado como cantante de tangos y como comediante en las giras de Garrido y Piñero, entró en Tropicana en 1952 y asimiló lo ya iniciado por Sergio Orta, pero con mejor presupuesto, incluyó el desfile de esculturales modelos criollas, idea, quizás tomada de las Sigfields de Broadway, resultando más sensual con temas folclóricos de Las Antillas como Noche Cubana y Yambao.

Las producciones que se presentaron en 1950 y 1951 fueron: Congo Pantera, Siboney y El Manicero. Con la coreografía de Sergio Orta bajo la administración general de Víctor de Correa. Con Rita Montaner, Bola de Nieve, Chano Pozo, Cascarita, Carmita Ortiz y Julio Richard. Eliseo Grenet y la actuación de los Chavales de España.

Durante la década del 50, Tropicana estuvo en la cumbre de su esplendor, contando con los espectáculos como el plato principal del lugar y de los que todos los medios emitían criterio.

Fue Tropicana el primer cabaré cubano que descubrió el imán de las grandes producciones y fue Rodney el primero a quien cabe el orgullo de haberlas mostrado con triunfal acogida. 

El mago Rodney llegó a ser el coreógrafo y director artístico mejor pagado de Cuba. 

Sus deslumbrantes espectáculos cautivaban a quienes visitaban este ya famoso centro nocturno de Marianao. Mayombe, Bahiondo, Noches del Trópico, Tambó, Vodú Ritual, Tropicana Vodevil, fueron algunas de las más célebres creaciones de Rodney, donde actuaron populares artistas de la época como Celia Cruz, Olga Guillot, Rosita Fornés, Mercedita Valdés y el cuarteto Las D´ Aida entre otras notorias figuras. La presencia de Armando Romeu fue un baluarte en el arreglo musical y la dirección orquestal.

En la danza marcaron hito las parejas de baile Ana Gloria y Rolando, Leonela González y Henry Boyer, quienes interpretaban la rumba y otros bailes cubanos. Célebres las modelos y bailarinas por la belleza física y la gracia con que lucían los exuberantes vestuarios que cubrían unas partes y descubrían otras.

Desde sus primeras actuaciones el entusiasmo del público se convirtió en delirio o locura por Los Chavales de España, que dejaron a de Correa muy satisfecho, pues todas las noches el lleno, era total.

En Tropicana actuaban cada noche 3 orquestas distintas, la grande que era dirigida por Armando Romeu, acompañaba las atracciones y los bailables con música internacional; el conjunto típico de Ernesto Grenet (hermano de Emilio y Eliseo), que amenizaba el baile cubano y Los Chavales que ofrecían dos actuaciones con su propio espectáculo, el primero de 10 a 11 y el segundo de 1 a 2 de la madrugada. Al finalizar invitaban al público a bailar, con su música alegre, hasta la hora del cierre.

En octubre de 1949 se les incorporó Pepe Lara (después de terminar el servicio militar obligatorio) y esa noche debutó con la canción Te sigo esperando. 

En aquel otoño de 1949 ya Víctor de Correa no tenía ninguna duda, gracias a Los Chavales, Tropicana se estaba convirtiendo en el centro de mayor atracción de la vida nocturna habanera y como hombre de gran visión para los negocios, les firmó un contrato de exclusiva mundial, comprometiéndose a mantenerlos activos aun cuando terminaran en Tropicana y su verdadero interés era presentarlos en Nueva York. 

Martin Fox Zamora había nacido en Cárdenas en 1895, luego vivió en Amarillas hasta terminar en 1915 trabajando como tornero en el Central Jagüeyal, 15 km. al sureste de Ciego de Ávila. Pero como debido a un accidente en el torno perdió el dedo del medio de la mano izquierda no pudo seguir operando el torno se dedicó al negocio de la bolita o apuntador de terminales (juego parecido a la Lotería, pero ilegal). Ese negocio le fue muy lucrativo hasta llegar a ser dueño de La Batallita en Ciego de Ávila, un comercio legal que entre otras cosas vendía billetes de la Lotería Nacional.

Como era muy buen jugador iba mucho a La Habana donde se relacionó con otros asiduos al juego como Rafael Mascaró, además utilizó la casa de su “amiga” avileña Antonia “Ñica” Valle, en Concordia y Amistad para organizar partidas de póker privadas, así como el apartamento de su amigo y también avileño Oscar Echemendía Betanzos (dueño de la vidriera del edificio Alaska, frente a CMQ). 

Después de 1944 las cosas cambiaron cuando el presidente Grau prohibió el juego en los cabarés. La pérdida de clientes, sumados a los altos costos se convirtieron en la inmediata preocupación de Correa. 

Por esta época apareció el guajiro de Ciego de Ávila y Mascaró le vendió el negocio del juego al empresario avileño, Martín Fox Zamora que era un asiduo jugador del casino. 

Fox hombre influyente, con muy buenas relaciones y con dinero, consiguió instalar en el piso superior unas mesas de juego, para organizar clandestinamente su negocio (monte y bacará) de modo reservado para quienes disponían de, importantes sumas de dinero para realizar sus apuestas. 

En 1948 al ser elegido Carlos Prío Socarrás como nuevo presidente, el juego volvió a ser autorizado y Fox reacondicionó el salón principal y puso en marcha el casino.

Los Chavales de España a principios de 1951 se fueron de gira a Venezuela y México, estas largas ausencias ocasionaron serias diferencias entre Correa y Fox, quien le recriminaba qué, por estas giras el público dejaba de acudir tanto, al cabaré como al casino, pues Los Chavales eran el gran reclamo artístico de Tropicana. 

Esta discrepancia dio como resultado que Fox, en una hábil maniobra y adelantándose a Correa que aún no había renovado su contrato anual de alquiler, comprase la finca a Doña Mina por unos $300,000. Aquello modificó totalmente la situación, pasando ser Martín Fox el dueño absoluto del negocio y viéndose Correa obligado a venderle el nombre, ya registrado de Tropicana, quedando definitivamente desvinculado del cabaré. Desde aquel momento Correa se quedó solamente como mánager de Los Chavales y estos después de 1952 no volvieron a Tropicana.

Martín Fox pagaba mensualmente grandes sumas de dinero, para que le permitieran operar el juego en el casino de Tropicana, ya él tenía experiencia en eso desde sus comienzos en la Batallita de Ciego de Ávila donde realmente el dinero grande entraba por el juego ilegal de los Terminales o Bolita. 

Según me contó mi amigo Jorge de la Hoz y Padrón (Martín Fox y Rosita Suárez fueron sus padrinos de bautizo) Fox operaba su negocio de Terminales comprando a los jefes de la policía del pueblo. Cuando el guajiro decidió irse para La Habana le dejó la Batallita a su padre José más conocido por Pepín de la Hoz. Como Martín le tenía mucho aprecio y confianza a Pepín, le pidió se fuera con él para Tropicana, pero al querer llevarse con él a su socio y amigo Tino Hernández algo que Fox no aceptó y por eso es por lo que su otro amigo, avileño también, Oscar Echemendía Morgado, terminó siendo su socio y el administrador general. 

Alberto Ardura era el director de espectáculos y su hermano Pedro Fox Zamora, el jefe de la cocina, donde trabajó Camilo Cienfuegos antes de ser un rebelde de la Sierra Maestra.

Ellos iniciaron una titánica labor de construir el nuevo Tropicana, orgullo de los cubanos y mundialmente conocido como Paraíso Bajo las Estrellas. 

Debido a las lluvias, se edificó el salón Arcos de Cristal concluido en 1952 y obra del arquitecto Max E. Borges Recio (1918-2009) quien con 33 años y su genialidad logró que aquellos 5 arcos de hormigón armado y cristales se convirtieran en joyas de la arquitectura moderna. Había estudiado en Georgia Tech y en Harvard.  (El prestigio alcanzado por Tropicana llevó a Max Borges a diseñar cabarés similares en México y Puerto Rico, donde colaboró con el arquitecto Félix Candela).

Entre el salón Arcos de Cristal y el salón Paraíso Bajo Las Estrellas podían acomodar unas 1,700 personas. 

Tal fue su éxito que, junto a otros famosos cabarés-casinos de La Habana, provocó el cierre y demolición en 1953 del Gran Casino Nacional (1922), situado donde luego estuvo el Country Club.

En 1953, Martín Fox, adquirió por $10,000 una magnifica pieza escultórica titulada La Fuente de las Musas del artista italiano Aldo Gamba y que fuera parte del desaparecido Casino Nacional a mediados de los años cuarenta, para situarla también en un lugar de privilegio en sus predios.

Sergio Orta, se mantuvo de coreógrafo del cabaré, hasta 1954 (pasando posteriormente a Sans Souci) y entonces fue cuando Martin Fox decidió contratar a Roderico Neyra, el famoso Rodney, que pondría la cereza al pastel, convirtiendo con sus fastuosas producciones copadas de hermosas mujeres, y nombres sobresalientes del espectáculo en el número uno del arte nocturno habanero.

En 1956, el escultor Tony López decidió hacer su propia versión de la Venus, tomando como modelo a la bailarina y estrella de Tropicana, Leonela González. 

Rodney al igual que sus contemporáneos comprendió que los temas exóticos nacionales tenían impacto en el público de turistas. Tuvo como artista exclusivo a Nat King Cole, entre 1956 y 1958, estas actuaciones lograron una fama mundial, además de la gran vedette brasileña Carmen Miranda, la espectacular Josephine Baker, Xavier Cugat, Edith Piaff, Sammy Davis Jr., Lola Flores y su balé flamenco. Maurice Chevalier, Pedro Vargas, Sarah Vaughn, Marian Anderson, Liberace, Tongolele, Libertad Lamarque, Lucho Gatica, Sara Montiel, Daniel Santos, Rafael Hernández, Ruth Fernández, Alfredo Sadel, Alberto Beltrán, Agustín Lara, y el lanzamiento a las futuras triunfantes Olga Guillot y la Sonora Matancera con Celia Cruz, la puertorriqueña Mirta Silva y Bienvenido Granda. Además, Elena Burke, Vilma Valle, Miguel de Gonzalo, el cuarteto Los Riveros, Rosendo Rosell, Renee Barrios, Celeste Mendoza, Rosita Fornés, Luis García, Mercedita Valdés, Miguelito Valdés, Martha Strada, Elena y Malena Burke, Beny Moré, Fernando Albuerne, Juana Bacallao, Jorge País, Meme Solís, Generoso Jiménez, Xiomara Alfaro, las D’Aida, Felo Bergasa, Justi Barreto, Marcelino Guerra, Tomás Morales, Leovaldo Fornieles y muchos más.

Gracias a la orquesta de Armando Romeu, el cabaré Tropicana se convirtió en el centro del jazz cubano. Su baterista Guillermo Barreto organizaba cada domingo los históricos Jam Sessions, del lugar en la que participaban Alejandro El Negro Vivar”, en la trompeta; Tata Palau, en el saxo tenor; Bebo Valdés en el piano y Fernando Vivar, en el contrabajo. 

La música fue una de las atracciones principales inicialmente de Alfredo Brito y Eliseo Grenet, luego se sumó la labor de Bebo Valdés y quedó definitivamente Armando Romeu.

El distintivo de Tropicana fue la escultura situada en la entrada de una bailarina clásica realizada por la artista cubana Rita Longa en el año 1950 y especialmente diseñada para el cabaré. Era una figura estilizada en puntas de pies y actitud de baile, que Rita Longa la llamó Ballerina. 

Una de las grandes ideas de Fox fue cuando el 15 de enero de 1956 alquiló un avión Super G Constellation, llamado Tropicana Special, suprimió asientos, dejando 46 y montó un espectáculo que imitaba el salón Arcos de Cristal, mientras en el pasillo quedaba un espacio libre que haría las funciones de salón de baile. El avión salía hacia Miami los jueves a las 8:00 am y despegaba hacia La Habana a las 8:00 pm. Durante la travesía a los pasajeros se les ofrecía el frío daiquirí rosado. Todo este ambiente era una pequeña antesala al que recibirían en mayor escala en el cabaré. 

La pareja de baile, Ana Gloria y Rolando montaron su espectáculo “Cabaret In The Sky” a bordo y ambos iban bailando por todo el pasillo del avión. Al llegar a La Habana, los turistas eran trasladados hasta el Hotel Nacional, donde se engalanaban para asistir a Tropicana hasta la madrugada. Luego de dormir unas horas, regresaban de nuevo a Miami. Una idea válida para un premio Nóbel de Creatividad Comercial. 

El paquete costaba $68.80, incluía el pasaje de avión, comida, tragos en Tropicana, la habitación y el desayuno en el Hotel Nacional.

El 31 de diciembre 1956 una bomba puesta por miembros del M-26-7, explotó en el cabaré, la explosión se contuvo en la zona del bar, pero eso no impidió que Magaly Martínez Arredondo, vecina de la Avenida 69 #12,021, una joven de 17 años perdiera un brazo. También resultó herida Marta Pino Donoso, de 18 años, residente en Avenida 69 # 12, 209. Martín Fox y su esposa Ofelia se hicieron cargo de todos los gastos médicos.

Martín Fox Zamora falleció en Miami en 1964 a los 69 años. Su segunda esposa Ofelia Suárez González murió en Los Ángeles en 2006 a los 82 años. 

Y recuerden, Tropicana nunca perteneció a la mafia de EE.UU. como algunos han querido y quieren hacer creer.

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