LA GUERRA DE IRÁN, EL PODER ENERGÉTICO Y LA RESISTENCIA DEMÓCRATA

Written by Adalberto Sardiñas

31 de marzo de 2026

Entre las múltiples ramificaciones que emanan del conflicto que se desarrolla en el Medio Oriente, destacan, prominentemente, la paz de toda la siempre volcánica región, el futuro energético global del que se nutren, en proporción mayoritaria, Europa y Asia, y el porvenir de esos países adyacentes al Golfo cuya producción ha sido gravemente afectada por la ofensiva iraní. Y, sobre todo, toma especial relevancia para Occidente la suprema importancia de Estados Unidos como la absoluta hegemonía energética planetaria. Es un oportuno factor de equilibrio en un presente desequilibrado.

Hoy, América, con una producción de 14 millones de barriles de petróleo diarios, -cuatro de los cuales son exportados- y una abundante reserva de gas, está en posición privilegiada entre las naciones del mundo para navegar la presente crisis libre de presiones. La guerra de Irán, con toda su infortunada conmoción trágica, ha confirmado, de forma innegable, la importancia vital del petróleo en el teatro mundial. Una lección para aquellos empeñados -durante décadas- a minar y sabotear la industria con la quimérica idea de la energía renovable como reemplazo del petróleo y el gas natural.

California, un Estado liberal demócrata, es un ejemplo nefasto de ese soñoliento desvarío, donde, por la insistencia en restringir la exploración y refinamiento del crudo, el consumidor paga más de dos dólares extra por el galón de gasolina, comparado con el más caro entre los otros 49 Estados de la nación. Por esa política de economía sin plan, en California se refina en el presente 50% menos crudo que en 1990, porque desde entonces, y por absurdas regulaciones estatales, tres importantes refinerías cesaron sus actividades, y, precisamente, en este año, otra está en el proceso de abandonar el Estado.

Pero, por supuesto, esta no es la única línea de resistencia de los demócratas. Hay más, mucho más, en la feroz hostilidad partidista. Existe el oposicionismo sistemático: la guerra de Irán, la energía, inmigración, la negación a la identificación del votante y la malquerencia al presidente.

Es una mezcla disparatada, híbrida, de frustración y enloquecidos fantasmas donde el interés político partidista se sobrepone al de la nación en general. En todos los asuntos debatibles del momento, los demócratas se afilian al lado opuesto a la razón. En el conflicto con Irán, se quejan por la falta de consulta con el Congreso. Irán -alegan- “no era una amenaza directa para nosotros”. “A ICE hay que retirarle los fondos porque actuó violentamente contra los ilegales perseguidos” “El aumento en la producción de petróleo y gas favorece a los consorcios petroleros y va contra la salud ambiental”.  Y, así, continúa la retórica estéril que los mantiene en el maculado río de sus contradicciones de espaldas a los intereses reales de la población.

Entre la larga lista de quejas que adornan la “agenda” demócrata, resaltan la energía e inmigración. En su infantiloide rabieta mantienen paralizado el departamento de Seguridad Interna y no cesan de arremeter contra su propia nación por su envolvimiento en la guerra contra Irán. Estos son temas esenciales. No asuntos frívolos, sujetos al juego político partidarista que algunos demagogos de turno quieren barajear para beneficio de sus propios intereses.

Los intereses de América, en su seguridad global y económica, requieren que los demócratas, -especialmente en estos momentos de alta tensión mundial- abandonen, por ejemplo, el elemento extremo de su anti fósil agenda con la idea peregrina de que el sol y el viento puedan en un breve futuro reemplazarlo. El enfoque político sensato sería- en justa contraposición- que los demócratas retornaran al mundo real, el de aquí y ahora, apoyando, por, y, para el bien de todos, el incremento en la producción y distribución de petróleo e hidrocarbono en el país, y en el exterior, para, de este modo, asegurar rutas confiables de suministro.

Las presentes condiciones actuales, alrededor del mundo, son manifestaciones innegables de la frágil situación imperante en el más extenso sentido global donde la democracia y todas las libertades están siendo amenazadas. China, Rusia, Corea del Norte e Irán son naciones enemigas agresivas que, por razones varias -religiosas, ideológicas o expansionistas- asfixian las aspiraciones libertarias de sus respectivos pueblos, presagiando el mismo destino para sus vecinos adyacentes.

No nos llamemos a engaño. Vivimos en un mundo incierto con peligros ciertos. Y la porción del mundo libre que atesora sus libertades, como nuestra nación, tiene que mantenerse a la vanguardia en la defensa de su integridad y sus principios.

El hecho de que EE.UU. es, y continúe siendo, la primera potencia energética mundial, constituye una garantía para nuestros aliados, asiáticos y europeos, en cuanto a una fuente segura de suministro de energía, en adición a un futuro estable y pacífico en el Medio Oriente.

En la presente conflagración que engolfa a una creciente suma de naciones, la disponibilidad de la energía ha tomado niveles más que preocupantes, alarmantes. Europa, en primer plano, se desespera por el cierre, casi total, del Estrecho de Hormuz por Irán y las posibles consecuencias económicas a sus pueblos. Pero, como un providencial salvavidas, ahí está Estados Unidos, siempre a la mano, siempre dispuesto, con su vasta reserva de gas natural y prodigiosa producción petrolera, para, una vez más, rescatar al Viejo Continente de sus penurias, aunque este Continente -quizás por viejo- haya olvidado sus infortunios de 1914, 1939 y la resurrección del Plan Marshall. América siempre ha estado ahí, en pie, para Europa, ¿pero ha estado Europa presente para América en el momento de la llamada?

Estamos pues, desde el principio del año, envueltos en crisis. La mayor, más preocupante y consecuencial, es la del Medio Oriente. Creo que, como generalmente sucede en el curso acostumbrado de estos eventos, el fragor de la guerra irá descendiendo hasta su extinción por (A) la total aniquilación de las fuerzas iraquíes, o (B) mediante un cese el fuego debido a negociaciones. De ser así, sería una paz efímera, débil y temporal. Pero, al menos, habría la posibilidad -aun remota- de una pálida sombra de esperanza en un área donde la coexistencia es un concepto ajeno y lejano.

La otra crisis que nos rodea es de índole interna. Son problemas de casa sujetos a la conducta política partidista. Los demócratas deben adoptar, en lugar de la resistencia a todo costo, la postura de la flexibilidad razonable. En el tema de inmigración, por ejemplo, deberían inequívocamente, abandonar la política de Biden de “frontera abierta” y apoyar la deportación de aquellas personas que entraron al país ilegalmente, y que tienen récords delictivos, antes o después de su llegada, y que, por ende, representan una amenaza para la sociedad. ¿Es mucho pedir?

Mientras que la crisis de Irán, el asunto de la energía y el eterno conflicto migratorio son, obviamente, sensible materia de campaña, ellos deben ser manejados con prudente cautela o, en su defecto, el votante concluirá que los demócratas sólo buscan la implementación de pasadas políticas fallidas.

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