Por Eladio Secades en 1956
Que el mundo se está volviendo loco es la frase que repiten los que ya están locos de remate. Hay quienes, atribuyen gran parte de desequilibrio colectivo a la crueldad de los ruidos innecesarios. Los ruidos que son necesarios para unos resultan innecesarios para otros. Como los pregones, que tortura a los vecinos y proporcionan a los vendedores ambulantes. Un difícil medio de vida.
En Cuba cuando llegan los mangos, se acaban las siestas. El pregón del billetero dura tanto, porque nosotros antes de decidirnos a comprar un pedacito tenemos que hallar un motivo supersticioso que justifique la inversión. Los billeteros se detienen ante nuestra casa y chillan a todo pulmón el bicho que representa la decena y repiten lo que suma, hasta que terminamos por asociar el número al sueño que tuvimos la noche anterior. O a un incidente reciente. O a una posibilidad futura.
No hay amigo en Cuba que esté libre por completo de sugerirnos la idea de jugar un terminal. El que no se da por la charada, se da por lo alto. No falla. No grita el billetero para divulgar su mercancía, sino para tentar el vicio nuestro. Algunos nos asaltan y nos dicen: “Llévese la centena de su máquina”. O “aquí tengo el número de casa”. Y es muy difícil hallar un criollo que no piense sacarse una casa en una rifa y que no esté siguiendo un número. Porque Cuba es el único país en que se cultiva el vicio por suscripción. Si lo analizamos bien, la lotería es una de las instituciones más necesarias a nuestra vida. Hay favores que no pueden pagarse con dinero y para responder a los cuales no disponemos de los recursos necesarios para hacer un gran regalo. Entonces apelamos a la hojita de billete.
Con una hojita de billete igual se le demuestra gratitud a un peón de albañil que a un Ministro del Gabinete. Esas atenciones que no pueden pagarse con nada, por regla general se pagan con una hoja de billetes. Que después de todo, es pagarlas con nada. Al burócrata que tiene cara de hombre honrado, sin que pueda molestarse, le regalamos una hojita de billetes para que apure el expediente. La hoja de billetes es la exploración nacional del soborno. Es la minoría de edad del peculado.
El billete de lotería sirve también para acabar las discusiones cubanas que de otro modo no acabarían nunca. Las lecherías de barrios viven casi exclusivamente de los cubanos que discuten. Las discusiones tontas terminan siempre en la apuesta de una hojita de billete que nadie paga. El billetero es el proveedor de viajes que nunca hacen. De casitas que nunca construyen. Y de matrimonios que jamás se realizan.
Lleno está nuestro país de señoritas que se quedaron solteras porque el pobre novio no se sacó la lotería que se pensaba sacar. Lo que quiere decir que el novio se sacó la lotería. Hay un tipo de cubano un poco cursi que se ha pasado la vida esperando coger el premio gordo para ir a París. Y hay otro tipo de cubano sentimental que todos los sorteos compra dos pedacitos para asegurarle un techo a los hijos. Como la lotería se juega el sábado, el viernes dormimos un profundo sueño de ilusiones, del que no pueden disfrutar los pobres de otros países, que se imaginan que el bienestar sólo puede llegarles a través del ahorro sistemático. Nosotros hasta en el baño esperamos que la felicidad surja de entre la espuma en la balita premiada.
Uno de los ruidos más típicos de nuestro país son los billeteros la mañana del sorteo. Recordemos que apenas abrían la boca aquellos saludables isleños de bigotes, tijeras y juanetes, que vendían billetes en el buen tiempo viejo. Saludables y laboriosos canarios que al anochecer regresaban al cuarto, se sentaban al borde de la cama, se sacaban los botines elásticos y para celebrar el alivio, se ponían a tocar el acordeón.
Los botines elásticos eran un augurio de los mocasines que se usan ahora. Todavía había padrinos que en los bautizos les arrojaban a los muchachos del barrio monedas por encima del fuelle del coche, tirado por caballos con moñas de colores en las orejas. Y mujeres precozmente modernizadas, que entendían que el feminismo no era defender a la mujer, sino combatir al hombre. Y a lo peor combatían al hombre engañando al marido.
Las mujeres escépticas de hoy son feministas tardías. Una, de cuya amistad me honro, se envanece de la observación original de que todos los hombres somos iguales. Para confirmarlo, se ha divorciado cuatro veces. Lo que quiere decir que ha aburrido a tres hombres demostrándoles que todas las mujeres son iguales, cuando un hombre llega a la vulgar definición de que todas las mujeres son iguales, le da al problema la solución paradójica de buscar otra mujer. Que equivale a huirle a lo mismo para volver a lo mismo.
Ahora se vive bajo el tiempo de los ruidos. Contra el daño que nos hace el radio del vecino, no tenemos otro consuelo que el daño que le hace al vecino nuestro propio radio. ¡Oh, esos vecinos que tienen niños, un perro y encima sintonizan la novela a todo volumen! ….
En la novela de la radio siempre hay una señora llorando y un caballero de mundo que le asegura que la vida es así. Los que vivimos en los centros nerviosos de la capital comprobamos que en nuestra vida transcurren escasos minutos de silencio absoluto. Los pregones que se cuelan por la ventana. La electrola del bar cercano. El bocinazo del auto que cruza la esquina. La voz persistente del locutor de la emisora que cobra por convencer a las amas de casa. El pito del cartero. El timbre del teléfono.
El vendedor de periódicos que desfigura y repite a grito pelado el titular grande, que es lo único que se lee. En eso de desfigurar la noticia, el vendedor de periódico se parece a los que escribimos. Y en no leer más que los titulares, se parece al ciudadano que los compra. Yo he descubierto con la natural congoja que en Cuba se leen los diarios con cierto interés en los sillones de las barberías, en algunos cafés y en la sala de espera de los médicos. Donde los enfermos se preguntan tantas tonterías, que parece que están tomando un curso de interviús con personaje de importancia.
El hogar lleno de paz es quimera que ha ido perdiendo fuerza con la ampliación de los ruidos innecesarios. A veces el ruido que irrita y enloquece no viene del vecindario, sino que se produce en la propia casa. Cuando la mujer es incrédula y es majadera, su indignación adquiere forma de pesadilla. Entonces el celo es un ruido innecesario.
Ya sabemos que miente la señora cuando dice que va a tomar una determinación. Pero lo peor es que miente y chilla. Cuando únicamente la mujer piensa con sinceridad que va a tomar una determinación, es cuando desciende de la pesa. Porque la mujer nunca está satisfecha con el peso, ni con la edad, ni con la forma de la boca. El peso lo falsea con la faja elástica.
La edad la enmienda con un embuste. Y con el rouge tranquilamente se pinta la boca que quisiera tener. Todavía quedan mujeres que depositan en las cartas de amor la impresión en rouge de los labios. Una pequeña boca impresa en una carta es el as de corazón negro de la baraja. El as de corazón negro es la impresión del beso de la mujer del carbonero. El beso es el menor de los pecados que puede cometer la mujer. Por algo la sirena se le hizo mujer nada más que la cintura para arriba. Siendo medio mujer tendría que contentarse con pecar a medias.
Esta época de mecanismo y de prisa unánime ha motivado el crecimiento de los ruidos innecesarios. Cuando ya los nervios no pueden más, el médico nos receta una temporada de recogimiento en el campo. Por la noche en el campo apenas hay otro ruido que el canto del grillo. Cuando estamos bien saturados y bien santificado de esa cura de quietud, comprendemos el daño que le hacen a la humanidad esos necios que le ponen al automóvil tres cláxones distintos. Y bocina que tiene un loro que canta un pedacito de la Marsellesa. Muchos lectores creen que tendría aprobación y simpatía otra campaña contra los ruidos innecesarios. Están equivocados. En Cuba existe la creencia de que las grandes campañas de los periódicos son ruidos innecesarios.







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