Por Jorge Quintana (1954)
Máximo Soto Hall, que fuera compañero de colegio de Marta García Granados, ‘La Niña de Guatemala’, de nuestro José Martí, ha publicado un libro evocando su grácil figura, agregándole todos los datos que al respecto recopilara. Habla de su enfermedad —la tuberculosis— y la recuerda con las siguientes palabras: Nosotros, sus compañeros, vimos cómo languidecía a ojos vistas María García Granados. No fue nunca un bullicioso cascabel, pero sí una campanita de cristal sonora. Sabía muchas cosas y las refería con donaire. Se holgaba más de la relación que del comentario.
Posiblemente su bondad ingénita apagaba en ella el sentido crítico. Sabía más entretener que entusiasmar; pero de todos modos era siempre vibrante. Ahora había cambiado por completo: la campanita de cristal ya no tañía. La colegiala estaba callada y triste. La vi una vez por aquel tiempo, al lado de una pila, como se denominaban en Guatemala a las fuentes del tiempo colonial que había en todas las casas. Con una ramita de rosal agitaba el agua en la que tenía fijos sus grandes ojos de expresión indefinida. Acaso pensaba en el mar que había traspuesto el ser amado. Creo que fue la última vez que la vi.
Cierto día, la compañera fina y grácil como un ala de mariposa, que hacía tiempo había venido adelgazándose como si un cincel invisible desgastara su figura estatuaría, faltó al colegio y corrió el rumor de que se encontraba grave, gravísimamente enferma.
Una mañana el recinto, siempre bullicioso y alegre como una pajarera al irradiar el día, se encontró frío y silencioso. Lo sacudía vagamente una sombra de angustia. Las alumnas mayores sollozaban, reprimiéndose y hablando en voz baja. Nosotros comenzábamos a adivinar el dolor. Aquel día no recibimos clase; recogimos flores para la compañera que no regresaría más…
Uno o dos días después, Martí llegó al colegio de Izaguirre. Las muchachas mayores, las compañeras de la muerta, como lo habían hecho otras veces, se agruparon en torno de él. Se solazaban oyéndole. Cuando hacía ademán de marcharse le retenían. Él, que siempre se doblegaba galante a la demanda, aquella vez no accedió al ruego. Había venido en busca de algo que no encontraba. Se fue más pálido e intensificando el gesto de angustia, que reflejaba su semblante. El vacío, siempre el vacío. Su hogar recién formado no era el lugar propicio para desahogar su pena. Al contrario, allí había que ocultarle, que esconderla, que hacerse un nudo en el corazón.
Buscó a su amigo Palma. Vivía el bardo bayamés en una casa de pensión de las señoras González. Aquí, en su cuarto modesto, encontró Martí un nuevo motivo de dolor, pero, al mismo tiempo, un sagrado bálsamo para su herida. Palma, hondamente impresionado por la muerte de la virgen mártir, acababa de poner término a la elegía que le consagró, una de las mejores joyas buriladas por el divino orfebre. Palma leyó, con voz trémula mientras Martí le oía, como en éxtasis, bajo el influjo de su admiración y su congoja:
A MARÍA GARCÍA GRANADOS
Rompió la muerte el delicado broche
que a la existencia terrenal te unía:
¡así mueren los lirios de la noche
al resplandor del día!
Como un aroma tu postrer aliento
aún vive en las magnolias entreabiertas:
¡así dejan perfumes en el viento
las tuberosas muertas!
Feliz la virgen que inocente y pura
nos dice «adiós” y las pupilas cierra,
¡sin que manche su blanca vestidura
el fango de la tierra!
¡Feliz quien muere respirando en torno
las auras puras de la fe celeste!
Que de una virgen el mejor adorno
es la mortuoria veste!
Feliz la alondra que emprendió su huida
llena de cantos y gentiles galas,
¡sin dejar en las zarzas de la vida,
las plumas de sus alas!
Siempre me acuerdo de la vez primera
en que admiré tus gracias singulares…
Era una noche azul de primavera,
de fiestas y cantares.
Juventud, hermosura, gentileza;
del dulce piano los festivos sones,
y un aire de deleite y de pereza
llenaba tus salones.
Y mientras todos con igual porfía
respiraban de amor aquel ambiente,
yo no sé qué letal melancolía
llevabas en la frente.
Y dije sin pensar: —¡pobre retoño
que azotan ya recónditas congojas
no cubrirán los pámpanos de otoño
tus amarillas hojas—…!
Y al fin cumplióse mi fatal presagio;
llegó bramando la tormenta grave
se enfureció la mar, vino el naufragio
y zozobró la nave.
Dichosa tú que al empezar el llanto
cerró tus ojos la voluble suerte
y ya duermes tranquila bajo el manto
del ángel de la muerte.
En la forma graciosa y delicada
copiaba tu conjunto peregrino,
una Venus helénica animada
por el fuego divino.
De filomena la canción nocturna
imitaban tus ecos virginales,
y era tu boca perfumada urna
de mieles y corales.
Si en el jardín tus pies se deslizaban
cual se desliza el ánade en las olas,
las verbenas en flor te saludaban,
meciendo sus corolas.
Y si tus negras trenzas esparcías
sueltas y libres de importuno broche,
con su manto de sombras parecías
el ángel de la noche.
Semejaba tu rostro sosegado
de amor vertió sus gracias una a una,
el pálido nenúfar coronado
por un rayo de luna…
Si hoy no se viste el arpa de tristeza
y si se viste de festivas palmas,
es porque sé que en el sepulcro empieza
la vida de las almas.
Las lágrimas que en ayes se desvanecen,
o que al rodar nuestras mejillas hieren,
se deben derramar por los que hacen,
jamás por los que mueren.
¿Qué es la existencia? perdurable guerra…
Hicisteis bien en emprender tu vuelo;
la patria de una virgen no es la tierra:
su patria está en el cielo!…
Del funeral flamero el brillo escaso
reflejaba en tu faz marchita y bella
ese mate opalino que en su ocaso
deja al morir la estrella.
¡Morir y renacer! —esa es la norma,
la muerte el germen de la vida lleva,
la materia se funde, se transforma
y la esencia se eleva…
Duerme del sauce al soñoliento ruido,
ese sueño feliz de eterna gloria;
que el musgo amarillento del olvido
no cubra tu memoria;
Que implores por los tristes de la tierra,
que vele siempre la piedad cristiana
apoyada en el mármol que te encierra
y… adiós… hasta mañana!
Hasta aquí el relato de Soto Hall. Por el que nos enteramos de que no fue solo Martí quien cantara a la Niña de Guatemala, sino que nuestro insigne compatriota que tan honda huella supo dejar en la Tierra del Quetzal también sintió, como propio, el dolor de aquella temprana ida de la hija del general García Granados.
María García Granados nació en 1860 en la ciudad de Guatemala y falleció el 10 de mayo de 1878 en la misma ciudad que la vio nacer.
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