Por Michele Nicolai (1938)
EL teléfono resonó en medio de la noche. Una voz angustiada, que apenas pude reconocer, suplicó:
— ¡Venga enseguida, doctor! Hay un moribundo…
Una hora más tarde, llegué a la propiedad de los Ferrand. Una silueta femenina se acercó a mí.
—¿Quién es? — pregunté.
—Mi marido, doctor.
Reconocí entonces a Cecilia, la mayor de las tres hermanas.
—¿Qué sucedió? —interrogué de nuevo.
No me contestó.
Cuando entré en el amplio salón donde se reunía habitualmente la familia, distinguí el cuerpo de Didier sobre el piso. Habían puesto un cojín bajo su cabeza. Un revólver yacía al alcance de mi mano.
Me incliné sobre el herido. Su pulso latía imperceptiblemente. Una mancha roja se agrandaba sobre su pecho.
Maquinalmente, curé la herida, pero sabía ya que todo era inútil. La bala había penetrado en pleno corazón.
Didier abrió los ojos y quiso sonreír al verme.
—No hay remedio, doctor—murmuró—. Ya siento los temblores de la muerte…
—¿Qué sucedió? —pregunté por segunda vez.
—Un estúpido accidente. Oí ruido en el jardín… Usted sabe que vivimos aislados… Por exceso de prudencia, me dispuse a salir con un revólver en la mano… Entonces tropecé con un mueble… Y como tenía el dedo en el gatillo.
La confesión era plausible. Pero yo sabía que Didier mentía. Para adquirir el convencimiento de que mentía, basta ver a las tres mujeres inmóviles con sus largas batas de dormir, y sus ojos enloquecidos.
Mariana, la menor, estaba pálida como una muerta. Clara, terriblemente seria, estaba a su lado. La otra, Cecilia, permanecía separada de sus dos hermanas.
—¿Dónde está su padre? — pregunté a las mujeres.
—Está durmiendo en la otra ala de la casa. No ha oído nada, seguramente.
Didier expiró sin un gemido, sin una queja.
Clara habló entonces:
—¿Usted extenderá el certificado de defunción, doctor?
—Tal vez… Una angustia indescriptible deformó sus lindas facciones.
—Es necesario… Didier mismo confesó…
—Sin embargo, quiero saber la verdad— interrumpí.
***
Poco a poco, logré arrancarles la verdad. Afuera, el viento soplaba tristemente. En el amplio salón, todos temblábamos de frío al lado del muerto.
Cecilia, Clara y Mariana, cuya madre había muerto quince años antes, vivían solas con su padre, hombre consagrado a los trabajos de arqueología. Siempre juntas, no les importaba la soledad. Las tres eran bonitas, rubias y esbeltas. Pero Clara era más frágil, más tierna, más romántica. Cecilia parecía más severa. Por mi parte, yo había preferido siempre a Mariana.
Vivieron apaciblemente hasta el día en que un joven oficial de ingeniería, que dirigía la construcción de un puente cerca de allí, se hospedó en la casa con el consentimiento del viejo Ferrand.
(Continuará la semana próxima)







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