Capítulo V
Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
Consumado el sacramento de fe la ciudadanía, lloró, aplaudió y se abrazó entre sí. Exagerados fueron la maestra Alma Almaguer, el boticario Herminio Hermida y el relojero Zacarías Saca.
Casto Castor, tan pronto menguó la efervescencia, sugirió.
—A la iglesia. Al templo de Dios con Ella y Él que es el lugar al que pertenecen y en donde deben estar.
—¡Qué ayuden!, que vengan los muchachos comulgantes de entonces -exigió Fortunata Fortuna.
—¡Vamos, vamos…! -Florencio Flores alentó.
—¡Para luego es tarde! -exclamó Carmelo Carmenate.
—Ustedes, los varones, carguen a Piedad y Galatea, que de los crios nos ocupamos nosotras -resolvió Fortunata.
—Así, con cuidado; ¡con mucho cuidado! que están recién paridas -recomendó Consuelo Consuegra.
La marcha de retorno irreversible, relegando a una participación inferior al sacerdote Casto Castor, de manera natural, fue encabezada por La Matasiete, que montando, a pelos, al reaparecido burro Perico, de las bridas guiado por el botellero Bienvenido Pérez, alias Lea, era escoltada, en los flancos, por Yoya y las restantes siete putas. Seguían, al cuidado de las criaturas, Fortunata, Fortuna, Consuelo Consuegra, Paloma Palomares Laura Laureado y Silvia Silverio. Después, Florencio Flores, Carmelo Carmenate, Quintín Quintero, Ramón Ramoneda y Hernando Hernández, en brazos fuertes, cargaban a las beatas paridas. A continuación el sacerdote, por lo bajo, musitaba una oración o un rezongo. Detrás, el monaguillo Carmelo Carmenate balanceaba un botafumeiro que, en seda de incienso, gravitaba sobre la muchedumbre compacta de fe restituida que pisaba las pisadas del burro.
Al aproximarse la comitiva, sin aparente participación humana, las campanas del templo rompieron a cantar, siendo el repique de tal magnitud que la calabaza, corona del campanario, tuvo madurez de estación. Y narra la memoria de los tiempos que el prócer Miguel Gerónimo Gutiérrez sonrió, desde su pedestal, con rictus marmóreo.
Por las despatarradas puertas del santuario, cambiando el orden de la marcha, entraron, criaturas y madres. Después, sin desmontar a Perico, La Matasiete y el resto. El gentío abarrotó el recinto. El pueblo que no cupo se congregó en el parque y saturó calles adyacentes.
Cuando Castro Castor se situó frente al altar mayor el silencio corrió en el templo; saltó fuera y se arrastró hasta las riberas del río Bélico.
A los pies de la Virgen de La Charca, dos lechos humildes, especie de nidos, hechos con espartillo sabanero, estaban dispuestos. Desprovistos de acuerdo u orientación previa, por instinto natural de retorno, las comulgantes acostaron a las criaturas y los comulgantes acercaron a las madres que, sentadas en el piso, con las piernas recogidas, volvieron a amamantara las crías.
Después, de la lactancia, ciñéndose al mes de mayo, Piedad Piedra instó a los catequizados.
—¡Niñas, niños en fila y canten alto para que se oiga!
Galatea Galatraba repartió rosas y Florencio Flores, al tomar la roja habitual, buscó en el tallo una espina y a propósito, en homenaje a Rosalía Rosado, se pinchó un dedo: Esta sangre es para ti.
El sacerdote levantó los brazos y el monaguillo, entusiasmado, tomó el vino del cáliz.
Con Flores a María que madre nuestra es…
—¡Más alto…! ¡Que se escuche, que se labre en la memoria de las memorias! -exigió, a todo pulmón, Piedad Piedra.
Con Flores a María que madre nuestra es… -al unísono cantaron calles y hogares, en consolidación del pasado.
Y apuntalado el pasado Santa Clara vivió, a partir del instante, unas perpetuas Flores de Mayo donde nunca, al pie del altar mayor de la iglesia La Divina Pastora, crecieron Ella y Él, ni dejaron de ser amamantadas por sus madres; Piedad Piedra y Galatea Galatraba.
Con flores a María que nuestra madre es…, se siguió y sigue cantando.
Fin Capítulo V







0 comentarios