Capítulo V
Por semanas en el estudio del filipino, situado en la calle Candelaria número nueve, La Matasiete prodigó su desnuda voluptuosidad; plasmada en erotismo perenne, junto a un teléfono añoso, en la centenaria composición pictórica.
***
Y Florencio Flores corrió, corría con el imperativo de asistirá la plena instauración del pasado; seguro reencuentro con los anales de vidas sedientas de resoluciones propias, alteradas por ajenos y en los cuales las exigencias de muertos y vivos clamaban por el albedrío de corregir la imposición futurista, para así sellar de forma armónica y personalizada el flujo natural de la existencia.
Corría y era uno más de la muchedumbre. Redobló el paso y al correr, tomó cuerpo, la certidumbre que el alumbramiento de las beatas, después de la gestación prolongada; tan prologada que muchos ya la consideraban como un estado de gracia permanente, desataría el nudo que le impidió llegar hasta Rosalía Rosado para darle a tomar miel de campanillas de pascuas diluida en agua de Los Pocitos de Marmolejo.
Y cuando Florencio Flores llegó a La Charca las viejas, en un círculo de pueblo esperanzado, gemían al ritmo de los retortijones. Al pie del pantano el cura Casto Castor, ayudado por el monaguillo Carmelo Carmenate, oficiaba misa. Más allá, La Matasiete, Yoya, las demás; René Reynoso, Balbina Balbín y adeptos, pedían el auxilio divino de Palomino Palomo. Cánticos, plegarias y el sufrimiento de las beatas repujaban la escena.
Florencio Flores, los once comulgantes, el cura Casto Castor, La Matasiete, Yoya y pueblo en general, ya no albergaban dudas. Recuperada la Virgen del lodo y a punto de parir las beatas, tras una dilatada gestación de finalidad restauradora, la reaparición del pasado era inminente.
—Hace horas rompieron fuente y no terminan de parir. Son muy mayores, para tanto sufrimiento -Fortunata Fortuna se hizo escuchar.
—Todo gran acontecimiento es antecedido de dolor depurativo que tritura yerros cometidos y mitiga el peso de las aflicciones. Ellas, con dolor de alumbramiento, purgan la ceguera de los que, apostando por el futuro, dañaron el nido -Casto Castor respondió con calma y del cáliz, tomó vino.
—¡Ya empiezan a parir! -gritó Alma Almaguer.
Hasta ese instante, persuadidos de que la gracia divina obraba en el acto y que la participación humana no era necesaria, todos se mantenían atentos; sin entrar al redondel.
—¡Ayuda, ayuda…! -agotadas, clamaron las mujeres.
—Nadie se acerque. Dejemos que la providencia obre -advirtió el cura.
—¡Ayuda, ayuda…! -repitieron.
—¡Ayúdate que yo te ayudaré!, dice el dicho -citó La Matasiete que, seguida por Yoya y las muchachas, entró al círculo y ofreció auxilio directo.
—¡Ya pare…! ¡Ya viene…! -exclamó Yoya al recibir una hembra, hija de Piedad Piedra.
—¡Puja…! ¡Puja fuerte…! -alentó La Matasiete- ¡Un poco más que ya viene…!
Entonces, con un pujo final, Galatea Galatraba parió un varón. Y como la temperatura era fresca dos de las putas rasgaron sus vestimentas y cubrieron, con trapos, a los recién nacidos. Yoya y La Matasiete, culminando el ejemplo, con las suyas, limpiaron el sudor y la sangre de las viejas. Quebrada ya la advertencia del cura Casto Castor y para no ser menos, las comulgantes Fortunata Fortuna, Consuelo Consuegra, Paloma Palomares y Laura Laureado, arroparon a las parturientas que, asombrosamente recuperadas, reclamaron amamantar a las criaturas.
Falta Rosario Rosado, caviló Florencio Flores.
Saciado el reclamo de las madres y el primer apetito humano Casto Castor, cada vez más inquieto por haber sido desoído y posterior giro popular que adquirió el suceso, exclamó.
—¡Bautismo; bautismo inmediato!
Entonces, con una jícara, hecha de güira cimarrona, que le alcanzo La Matasiete, del pantano tomó agua fangosa y, con la totalidad de la población femenina como madrinas y la masculina como padrinos vertió agua en la cabeza de la hembra e iniciando el rito dijo: Yo, Ella, te bautizo en el nombre de… Y vertiendo agua en la cabeza del varón dijo: Yo, Él, te bautizo en el nombre de…







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