Capítulo V
Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
La evidencia, incomprensible pero clara, logró que dinámicos la maestra Alma Almaguer, el boticario Herminio Hermida y el relojero Zacarías Saca, ajustándose al patrón histórico de los secuaces oportunos, en un santiamén, olvidaran el respaldo que brindaron a la injusticia futurista para, de forma ventajosa, sumarse a las celebraciones por el retorno a la fluidez existencial, transitoriamente, arrebatada.
—¡Bendita sea La Inmaculada Concepción de la Virgen María! ¡Bendito sea el sacerdote mártir Palomino Palomo…! -alborotaron Herminio Hermida y Zacarías Saca.
—¡Bendita sea la Virgen de la Charca! -por vez primera, en voz de Yoya y sus pupilas, se escuchó el calificativo que el pueblo de Santa Clara adoptaría, en el trayecto retrotópico que se iniciaba, para identificar el mármol martirizado.
—¡Y benditísimo sea nuestro cura Palomino Palomo…! -clamó, en paroxismo de fe, La Matasiete.
—¡Bendito y santo sea nuestro cura Palomita! -voceó Alma Almaguer.
¡Una y mil veces bendito…!, apoyó el gentío.
—¡Una imagen de Palomita debe, desde pronto, estar junto a la de la Virgen! -exigió Rene Reynoso.
El sacerdote Casto Castor levantó los brazos e imponiendo su autoridad religiosa retomó el hilo de su interrumpido razonamiento.
—Yo digo que -repitió y prosiguió argumentando-de-bemos aguardar un tiempo prudencial antes de plantear la beatificación del hermano Palomino Palomo. Tal vez reaparezca o, en caso de haber muerto, encontremos sus restos. Además, acabamos de saber que era adicto a los placeres carnales y eso viola el voto de castidad. Sin embargo, no una persona, sino todo el pueblo ha sido testigo del embarazo instantáneo de Piedad y Galatea. Eso sí es un milagro, obrado» por el Supremo, para dejar constancia y celebrar la reaparición de su madre: La Inmaculada Concepción de la Virgen María. Con Ella a la iglesia de donde ya no habrá fuerza humana capaz de arrancarla.
—¡No olvidemos al padre Palomita! -La Matasiete apeló-. Soy testigo viviente del fervor que sembró en mi cuerpo y alma.
Casto Castor, defensor del celibato, ocultando su contrariedad, respondió.
—Hija, no apresures los acontecimientos. Las cosas de Dios toman su tiempo. A la iglesia con la Virgen y honremos a estas mujeres, marcadas por gracia divina -reiteró y señaló, con respeto reverente, a las beatas preñadas.
Y la población, de mano en manos, conduciendo a la Santa, hasta el templo de La Pastora, supo por intuición natural que la endemia se evaporaba del pueblo; los fallecimientos ideológicos cesaban y Candelario Candela junto a los ajenos se diluía en el aire que volvía a ser límpido; se llenaba con trino de tomeguines, sinsontes y totíes que regresaban al parque Leoncio Vidal, al tiempo que las aguas del río Bélico se hacían potables, como nunca jamás, y se colmaban de truchas, para regocijo de Antonio Antón y colegas de orillas.
Y la Inmaculada Concepción de la Virgen María, gracias al popular sobrenombre de Virgen de la Charca, rompió límites dogmáticos y se vinculó, indisolublemente, a los derroteros trazados por la cautelosa ciudadanía villaclareña.
Reinstalada la imagen, definitivamente, en el sitial habitual se celebraron las primeras festividades de las Flores de Mayo, pos endemia futurista. Invitado de honor fue el recién electo, por voto popular, democrático y secreto, Consejo de Polimatías Rectores.
Piedad Piedra y Galatea Galatraba, orgullosas de sus panzas virtuosas, retomando la costumbre, dirigían a los comulgantes de siempre. La pérdida injustificada de Rosalía Rosado, enturbió el momento de Florencio Flores. Ya no somos doce; falta ella, se dijo y en su cerebro creció la queja recurrente: ¡Si hubiese esperado un tantito así…!






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