En olor de lluvia

Written by José A. Albertini

24 de febrero de 2026

Capítulo V

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

Florencio Flores, a pesar de los achaques propios de la vejez, sintió que los alaridos de las parturientas y el persistente aroma a lluvia agilizaban su cuerpo con el vigor de la juventud sacrificada en la larga contienda contra el coercitivo futuro impuesto; inimaginablemente desparecido cual celaje abrumado de sol.

Y corrió; corría con la urgencia de llegar al umbral del tiempo y ser testigo visual del logro definitivo, por resurrección, del pasado sobre la agonía de lo incierto.

Y apresuró la carrera. Volvió a ser el Florencio Flores, en olor de recuerdo tenaz, que amó en el rancho varentierra a la juvenil Rosalía Rosado.

Y se movía tan ligero que por intervalos el adoquinado de la calle perdía el peso de las pisadas. Entre zancadas veloces, jadeos y sudor de esperanza recordó la primera señal del desencadenamiento anhelado, pero no concebido.

***

Sucedió en mayo. Jornada laboral cotidiana en pos del porvenir. Un viejo buldócer francés, de orugas, marca Richard Continental, modelo CD8-D4, operado por un ajeno, drenaba un pantano cercano al demolido aserrío con miras a desecarlo, para luego rellenar el terreno y edificar, bajo el patrocinio del Guía en Jefe, un llamado Mercado Campesino, donde los favorecidos por la cartilla de racionamiento alimentaria, instaurada por los hacedores de futuro, adquirirían algunos productos del agro.

En medio de la faena, la cuchilla frontal de la máquina, arrollando fango y piedras, dejó al descubierto partes de una figura de mármol. Trabajadores de apoyo y ciudadanos que curioseaban lanzaron la voz de alerta: ¡La Inmaculada Concepción de la Virgen María ha vuelto a Santa Clara! La voz se hizo llamado colectivo y grito de esperanza que, de manera natural, movilizó a la población total que en carrera desenfrenada, estrujando el control de los ajenos, se lanzó al rescate de la Santa.

Pronto el gentío enardecido llenó el espacio y manos piadosas terminaron por desenterrar la imagen, limpiarla de fango y adherencias de plantas acuáticas. Y el enardecimiento se hizo furia vengativa cuando se comprobó que la estatua presentaba algunos desconchados y manchas de humedad persistentes.

El fuego de la ira colectiva sacudió conciencias; borboteó y se desparramó incontenible cuando se comprobó que el cuerpo, o restos óseos del cura Palomita no aparecían en la charca. Las especulaciones crecieron. Se dedujo que había sido asesinado en otro lugar o que resultó disuelto en ácido corrosivo. Y en plenos dimes y diretes, en la escena, botella de ron en mano, se creció la presencia de René Reynoso, el pescador de ranas toro.

—¡Escuchen todos…! Tengo la verdad de lo que pasó con el cura Palomino Palomo. ¡Vi lo que pasó!

—No hables sandeces y suelta la botella -una voz lo descalificó.

—¡Se elevó; vi que se elevó al cielo…! -confesó por vez primera.

—Vete a dormir la mona que esto es un asunto serio -alguien lo increpó.

—¡Un momento…! Oigan lo que tiene que decir -saltó Balbina Balbín, iluminada por el recuerdo de aquella noche-. Permitan que cuente su historia. Ahora pienso, pensamos -corrigió y señaló al talabartero Bernardo Bernárdez, su hijo Reynaldo Reynoso, la costurera Iraida Iriarte y algunos más- que algo fuera de lo común le sucedió. Oigan lo que tiene que decir -repitió.

—Habla; termina de contar-concedió la mayoría.

A pesar de sostener una botella de ron, a medio beber, la lucidez de Rene Reynoso era total. La advertencia, de origen desconocido, que claveteó su cerebro, recién despertó de la insólita experiencia, latió nuevamente: Ni una palabra a nadie, aún no es el momento de confesiones y revelaciones. Sin embargo, un mandato perentorio, de fuerza desconocida, modificó el aviso anterior: Habla, llegó el momento de contar lo visto y escuchado.

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