Capítulo IV
Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
Amordazando el espanto los once chocaron con la figura del Guía en Jefe sentado en una poltrona, hecha con yaguas de palma real y cujes de guao, que llenaba el sitio ocupado, tradicionalmente, por la desaparecida imagen de La Inmaculada Concepción de la Virgen María. Vestía el otrora Candelario Candela hábito blanco, calzaba botas militares desabrochadas y en las manos, abanicaba un vergajo.
Parados en el altar actores en funciones asumían las personalidades del cura Casto Castor y el monaguillo Carmelo Carmenate.
—No veo imitador del cura Palomita -Rosalía Rosado cuchicheó al oído de Florencio Flores.
—No digas nada. Las paredes pueden escuchar -respondió en el mismo tono.
Dentro del templo, atestado de vecinos y ajenos armados, el órgano habló. Un coro dirigido por la maestra Alma Almaguer, siguiendo la música, entonó: Con flores al Guía en Jefe que nuestra luz hacia el futuro es…
—¡Esto es una burla que a todos humilla! -Rosalía Rosado, avergonzada, musitó.
—¡Cállate…! Vas a meternos en problemas -atajó Florencio Flores.
—¿Tienes miedo…?
—Sí, lo tengo -respondió con sinceridad-. Y tú deberías, si no lo tienes, al menos callarte. A todos nos pones en peligro. ¿No comprendes que estamos a merced de ellos? ¿Dime, explícame qué hicieron con la Virgen y el cura Palomita….? Nadie lo sabe y tampoco nadie se atreve preguntar qué pasó. Nadie quiere acordarse que allí, donde se sienta Candelario Candela hubo, por décadas de tradición y creencias la imagen de una Virgen y que Palomino Palomo, además de sacerdote, era o es, si sigue con vida, un miembro apreciado de este pueblo. Amnesia; la amnesia conveniente que en pocas horas ha llegado a Santa Clara -subrayó.
Rosalía Rosado asintió con un movimiento de cabeza y agachó la mirada La melodía del órgano ganó fuerza y las voces del coro se elevaron: Con flores al Guía en Jefe que nuestra luz hacia el futuro es… En algún momento el presunto Casto Castor levantó la diestra e impuso silencio.
—Esta noche nos reunimos en este recinto, con entusiasmo voluntario, para desagraviar a nuestro Guía en Jefe, arquitecto indiscutible del futuro que, a pasos agigantados, bajo su certera mirada estamos acometiendo. Conduciré el rito, que pondrá punto final a futuras ceremonias místicas-religiosas. En este histórico evento el Guía en Jefe será el único que deglutirá la hostia, que en esta oportunidad es de cazabe de yuca y la acompañará con un vino de fruta bomba que tomará en jicara de güira.
Dicho esto el farsante, en parche anacrónico, improvisó lo ancestral. Concluida su parte, se arrimó a la poltrona. El Guía en Jefe se incorporó y aceptó la hostia de cazabe y la jicara con vino local, añejado en los toneles de la licorería Cuadrado. Alzó la voz y se hizo escuchar entre las paredes de la iglesia.






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