Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
René Reynoso la miró con transparencia que la mujer no conocía.
—¿Estás bien…?
—Sí y tengo hambre -respondió con naturalidad.
—Te encuentro extraño… Como si no fueras tú… ¿Te acuerdas lo que pasó contigo?
—Me acuerdo de algo. Aquella tarde la comida no me cayó bien. Antes de empezar a pescar pensé que unos tragos de ron moverían la digestión. Creo que algo me intoxicó -mintió.
—Hace una semana te encontramos meado, cagado y sin sentido. Eso es más que una borrachera.
—Debió haber sido una intoxicación -se aferró.
—Comiste lo de todos los días. Ni tus hijos ni yo nos pusimos mal.
—El cuerpo humano a veces da sustos.
—Susto el que no has hecho pasar a todos. Y ahora abres los ojos muy campante; como si nada hubiera pasado -lo miró desconfiada y dijo-. Estás extraño. Te veo como si hubieras despertado de un sueño normal; diría más que normal.
—Tengo hambre -trató de desviar la conversación.
—¿Tampoco te acuerdas de lo que has repetido desde entonces….?
—¿Qué cosa…? -y la voz le tembló.
—Se elevó, se elevó…. ¿Por qué tanta pejiguera con eso de se elevó, se elevó?
—Vaya yo a saber… -comentó esquivo y rehuyó mirarla.
—Te preparo una sopa -Balbina dijo resignada y salió del cuarto-. Muchachos ya su padre despertó de la borrachera -gritó.
René Reynoso quedó solo. Por supuesto que no recordaba lo dicho durante el delirio; pero sí tenía grabado en su mente la forma resplandeciente como el cura Palomino Palomo se elevó a las alturas.
—Se elevó; sí que se elevó -musitó convencido. Mas al instante la advertencia, de origen desconocido, le martilló el cerebro: Ni una palabra a nadie, aún no es el momento de confesiones y revelaciones.
***
Faltando minutos para las ocho de la noche, del domingo establecido, los nueve comulgantes llegaron a la iglesia La Divina Pastora. Para asombro de ellos, dos mujeres, integrantes de los ajenos, vestidas y maquilladas para la ocasión fungían, con parecido asombroso, de Piedad Piedra y Galatea Galatraba. Al trasponer el umbral la que se desempeñaba como Galatea les iba entregando, apegándose a la costumbre, una rosa, bien blanca o bien roja. Al igual que el día del incidente desagradable, a Rosalía Rosado le tocó la flor roja y como aquel día una espina le pinchó un dedo y como aquel día Florencio Flores le ofreció la suya, blanca y el pañuelo, remedo del materno con que ella había enjugado la gota de sangre de aquel otro día.






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