Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
Balbina recobró la compostura y angustiada miró al talabartero.
—¿Tú crees…?
—Tu marido sabe controlar el trago. Algo que no es borrachera tiene que haberle pasado -insistió Bernardo Bernárdez.
—Se habrá intoxicado con alguna comida -especuló la costurera Iraida Iharte.
—Imposible. Él come poco y es lo de siempre. Cuando pesca ranas no traga nada que no sea ron. Desayuna cuando llega a casa. Se acuesta a dormir y en las tardes cuando se levanta se dispara un par de roñes. Al rato come y sale para los pantanos -dijo la mujer.
—Nadie se atonta, se vomita, se caga y se mea así porque si… -el talabartero mantuvo su parecer.
—Haya sido lo que haya sido tengo que llevarlo para la casa. Por favor, ayúdenme -pidió Balbina Balbín.
—Primero vamos a limpiarlo un poco. Huele muy mal -apuntó Reynaldo.
—Yo te ayudo -se ofreció Bernardo Bernárdez-. Despacio, despacio… cuidado con el calzoncillo. No quiero embarrarme de mierda.
Lo desnudaron completamente. La mujer con un jarro, tomando agua de los pantanos, lo lavó lo mejor que pudo.
Con brazos y manos el hijo y el talabartero improvisaron una silla. Entre todos lo acomodaron. La mujer le sostuvo la cabeza y despacio dejaron los pantanos.
— ¡Huele a rayo…! -alguien exclamó.
—Qué diré yo que lo estoy cargando -apuntó el talabartero.
Casi al llegar a la casa René Reynoso, con espanto, balbució, por vez primera, la palabra, poco audible, que durante una semana de delirio, a ratos, repetiría.
—¡Se elevó…!
—¿Qué dijo mamá…? -inquirió Reynaldo.
—No entendí. Habló enredado -respondió la madre.
Siete días pasó René Reynoso en cama inconsciente; víctima de fiebre y delirios intermitentes en los que se inquietaba y repetía, primero en una especie de gorjeo, gutural e incomprensible.
—¡Se elevó… se elevó…!
Faltando un minuto para comenzar el octavo día despertó con lucidez aguzada. Algo que surgía de lo más interno y que superaba su inteligencia le advirtió: Ni una palabra a nadie, aun no es el momento de confesiones y revelaciones.
Estaba tendido en la cama desordenada. Clavó la mirada en el techo y con nitidez total recordó la experiencia vivida. Un escalofrió, mezcla de pánico y devoción le recorrió el cuerpo.
Balbina Balbín que, desde el incidente, vigilaba constantemente el estado del marido entró al cuarto.
—¡Carajo…! ¡Despertaste…! -exclamó sorprendida.






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