El Curandero

Written by Libre Online

6 de enero de 2026

Por ELADIO SECADES (1950)

No puede escapar a esta colección de costumbres la estampa sobre el curandero. Que llega a nuestra vida recomendado por el amigo que al hacernos el cuento nos dice que ya estaba cansado de ver a los mejores médicos. La culpa de que sea del todo cierto el refrán de que “de médico, de poeta y de loco todos tenemos un poco”, no la tienen los locos, ni los poetas, sino los médicos malos. Que tienen algo de poeta, algo de loco y nada de médico. Los refranes sirven para que la memoria se confunda con la cultura. Y para que los imbéciles no lo parezcan. 

Ganar glorias colocando refranes es como llegar a la posteridad con equipaje ajeno. Hay personas ordenadas que para cada sucedido tienen un refrán. Y para cada camisa una corbata que haga juego. Los curanderos existen, porque es más fácil que venga la fe en una yerba extraña que en un análisis clínico. Siempre en un pueblo cercano hay una señora vieja que está haciendo curaciones prodigiosas. Y se empeña en llevarnos un amigo, que tenía una tía desahuciada. Los familiares no lo querían creer. Pero lo creyeron cuando vieron a la enferma soltar el escapulario y coger la espumadera. Así nos animan y vamos. Porque nada se pierde con probar. 

Al curandero, sin saber medicina, le exigimos más que al médico. No pretendemos que descubra nuestra enfermedad, sino que la adivine. Por eso empezamos a creer cuando en vez de revelarnos el padecimiento, nos dice que tengamos cuidado con una persona trigueña que quiere hacernos mucho daño. Y ya aceptamos cualquier diagnóstico. Como aquellos que hacían los médicos de chaleco blanco y leontina. Que tomaban el pulso. Mandaban a sacar la lengua. Tocaban un rato el bongó en el vientre del enfermo. Y terminaban diciendo que tuviera cuidado con el sereno. 

El laboratorio ha ido acabando con el ojo clínico. El ojo clínico es la sicología de la medicina. Es la ciencia por adivinación. Ahora el médico nos ve por fuera. Y los Rayos X por dentro. Y no sabemos a quién darle las gracias. Ni a quien echarle la culpa. Los que nacieron para el comercio y fueron a la Universidad, son aquellos que saben que un enfermo que se cura es un cliente que se va. El neurasténico acaba siendo amigo del médico. 

Sin saberlo, el compañero que nos quiere está en víspera de volverse curandero. Cree que la enfermedad que tenemos es la última que tuvo él. Los que han sido muy enfermos, llegan a ser un poco médico. Ser un poco médico es ser curandero del todo. 

Los que padecen del hígado se imaginan que son de origen hepático todos los trastornos que afligen a la humanidad. Ha sido en los últimos años que se ha descubierto que para la mala educación es mejor un colagogo y acostarse diez minutos del lado derecho, que un manual de urbanidad. Ahora a Carreño lo venden en las boticas. Y cuando decimos de fulano que tiene buen corazón, le hacemos un panegírico a la vesícula. 

Todavía no se ha hecho bien la clasificación del amigo pedante que quiere curarnos de todas maneras. Los hay tan buenos, que encima de que nada cobran por la consulta, nos dan tres días de plazo. Y podemos escupirles la cara si no nos hemos puesto bien. Mientras le decimos lo que sentimos y lo que estamos haciendo para evitarlo, van practicando muecas de desagrado. No están de acuerdo con el médico que nos trata. O que nos maltrata. En el tono más grave y convencido nos dicen: 

—No vayas a ver ningún médico más… Pero eso sí, vas a hacer lo que yo te diga… 

Aquí una pausa. Provocada por los amigos que se ponen entre cursis y dramáticos para preguntarnos: 

—¿Tú te quieres curar?… Jorge estaba peor que tú. ¡Qué tiene que ver! Yo quisiera que estuviera aquí para que él mismo te lo dijera. Cuando lo encontré estaba así. (Enseñan el dedo meñique) Pues ya es otro hombre.

Ya puede comer de todo. Hasta carne de puerco.

Las médicos se pasan la vida suprimiendo el café. Y cada día hay más lecherías. La nicotina. Y cada día hay nuevas marcas de cigarrillos. Y la carne de puerco. Y no hay un cerdo que muera de viejo. 

El curandero profesional asocia la botánica que no conoce a la charlatanería. Como algunos botánicos. Una misma yerba puede servir para el amor y para el estreñimiento. Dos males paralelos. Todos los años aparece un guajiro misterioso que cura la lepra. Los enfermos tienen que ir al amanecer. Y esperar turno. Porque la medicina de mentiras se parece a la medicina de verdad. 

Agotar un conocimiento es llegar a dudar de él. Hay un punto remoto, pero cierto, en que el genio que sabe demasiado se asemeja al charlatán que no sabe nada. Y conste que para que me entiendan mejor, no voy a recordar el caso de Asuero.

Asuero llenó el mundo de discípulos que tuvieron que dejar el trigémino para dedicarse a la política. Los paralíticos se alegraron un rato. Pero volvieron a serlo. Y los médicos que fracasaron en el deseo de hacerle un bien a la humanidad, metiéndose a políticos, fueron a ver si triunfaban haciéndose un mal. Algunos médicos que se dedican a la política cambian votos por recetas. Lo que de repente puede ser un engaño mutuo. 

Si el criollo cree en los curanderos, es porque en el fondo no cree en nada. Ni en la constitución. Ni en la vacuna. Si acaso un poco en la Lotería Nacional. Que es un sistema fragmentado de esperanzas, hecho para un pueblo que vive de esperanza. 

La primera esperanza consiste en acostarnos pobres y en amanecer ricos. La segunda esperanza es que si no salió en un premio grande salga en un premio chico. Pero queda otra esperanza más. La de esperar la lista oficial. La lotería sería hasta una institución patriótica, si no fuera por el niño que no nos deja tranquilos en el café. Porque nada más le queda un pedacito. Hay muchas características ignoradas del curandero. Curandero romántico son los naturalistas. Que sustentan que andar descalzo no es miseria si no terapéutica.

Hay también la vieja de solar que no cree en la medicina. Porque en su familia se murieron muchos. O porque no se murió nadie, en este último caso, dirá que en su época no se encuentran las vitaminas. Ni las sulfas. Y las mujeres pasaban por las viruelas, el sarampión, el dengue. Y encima parían sin gas. Tardaban más en morirse. El viudo joven era un acontecimiento. 

Para estas viejas, que casi siempre tenían un hijo haragán y un canario anciano, la medicina de niños nace y muere en el aceite de ricino. Con el llanto. El pataleo. Y la nariz apretada. Y la medicina de los adultos empieza en la cataplasma y muere en la laxativa. La telefonista en la pizarra con tantas gomas rojas está tomando un curso de laxativos.

Cuando hay enfermos en el solar, cada vecina que lo visita le da un remedio. A esta se le puede llamar junta de curanderos. El médico es una cosa que se despierta a las tres de la mañana, o que no se ve nunca. Pues no hay una señora que sabe de enfermedades y de poner inyecciones. Interroga al paciente. Y se despide diciéndole que no tenga cuidado. Que de ésta no se vira.

Se marcha orgullosa de haber ejercido un sacerdocio. Pero con deseos de encontrar a otra vecina. Para comunicarle su asombro. No por chismear. Dios la perdone. Aunque parezca mentira, en los once años que hace que vive en el solar no había estado nunca en el cuarto de Candita. El muchacho no tiene nada. Lo que no se explica en cómo puede dormir tanta gente en una sola cama. La miseria es capaz de hacer del sueño de toda una familia los pliegues de un bandoneón cerrado.

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