Por: Raúl Tápanes Estrella
El 26 de julio del pasado año 2025 falleció Edith, mi esposa. Hoy, todavía, siento un profundo dolor, como si hubiera sido en el día de ayer, y pienso que siempre será así. El pasado día 12 de marzo Edith habría cumplido años. Cada religión le da una explicación distinta a este paso de los seres humanos por la vida terrenal.
Las preguntas son muchas: ¿Debemos recordar mucho a esos seres que tanto quisimos y que hemos perdido? ¿No debemos mencionarlos más? Yo me siento bien cuando la menciono y pienso todo el día en ella, porque tenía unos sentimientos increíblemente buenos. Habría que mencionar: compasión por los que sufren, por los ancianos, por los niños, por las personas que tienen malos trabajos, etc. Además de que no le hizo mal a nadie y sí, mucho bien a muchas personas, me regaló muchos años de felicidad.
La diferencia entre un ser humano vivo y un cadáver es que uno tiene dentro el espíritu, el alma, la esencia o como se le quiera llamar, y el otro no.
En nuestro interior surgen miles de preguntas que nos atormentan. ¿Nos encontraremos con nuestros seres queridos, ya fallecidos, cuando pasemos nosotros a ese plano?
No se asombren pensando que es algo muy difícil. Hay cosas muy difíciles de creer si no las estuviéramos viendo desde que somos niños: Que de una mujer nazca un ser humano, y crezca y hable y se parezca a sus padres…Hay otras mil cosas que no creeríamos si no las hubiéramos visto.
Supongamos que nace un niño y lo criamos dentro de una casa, de manera que no haya visto nunca un avión, ni un televisor, y cuando cumpla 21 años (que desarrolló su cerebro por completo) lo llevamos al aeropuerto y le decimos que a ese avión van a entrar 400 personas y va a volar y llevarlos a Europa ese hombre no lo puede creer. Y si lo llevamos ante un televisor y le decimos que esas personas que está viendo están en New York, no lo puede creer.
Por lo tanto, se puede creer que al morir, los que ahora estamos vivos, nos encontraremos con nuestros familiares y amigos que ya han fallecido.
Pero después de estas reflexiones hay que concluir que ninguna de ellas nos brinda conformidad ni nos tranquiliza. Creo que debemos regresar a Dios, a pedirle esa resignación que tanto necesitamos.







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