Por ELADIO SECADES (1954)
Vivimos un mundo de personajes definidos. El marido ejemplar.
El hijo modelo. El correcto caballero. El buen muchacho. La persona decente. Para merecer siempre cualquiera de esas dosificaciones, basta que nos lo digan una vez. En Cuba es imposible el ambiente sin esa alma blanca cuya inutilidad inspira simpatía. Es el buen muchacho criollo que sin saberlo, ha convertido su infelicidad en medio de subsistencia. Es terrible dejar cesante al buen muchacho que no domina ninguna materia. Que no resuelve ningún problema. Pero que es buen muchacho por reconocimiento unánime.
La señorita de la familia va a casarse. Si el novio es rico, la boda parece una inversión. Si el novio es pobre, parece una locura determinada por el amor. En los dos casos hay que soportar la murmuración de esas viejas que van a la iglesia llenas de asombro y con un sombrerito alquilado.
Lo que nadie discute ni critica es la boda con el buen muchacho casi siempre llamado Juan o Antonio. Que fuma poco. No bebe nada. Y espera que las grandes películas lleguen a los cines de barrio. Tendrá un hijo varón para complacerla a ella. Y tendrá un hijo hembra para complacerse a sí mismo. Administrará el sueldo para la felicidad de la parejita. Y para que no tenga que volver el cobrador de la luz. Así hasta la satisfacción del deber cumplido. Y la úlcera en el duodeno.
La historia sin historia del buen muchacho cubano es la humildad perenne. Todos lo queremos, no por lo que hizo. Sino por las cosas maravillosas que, por ser buen muchacho, dejó de hacer.
Todos llegamos a viejos creyendo que hemos realizado una gran misión en la vida. Hay la fórmula heredada del hijo, el árbol y el libro. Y ya.
Yo tengo un amigo que espera tranquilo la muerte, porque respondió a la sentencia de acuerdo con las circunstancias. Escribió un libro. Muy malo. Tuvo un hijo que ahora está en la edad de la punzada. Que es la edad del chicle-balón. Las películas de muñequitos. Y sacar el tibor a la sala cuando hay visita. El árbol no ha podido sembrarlo, porque viven en una casa de apartamentos… El pent-house no es tan nuevo como la gente moderna cree. Es la glorificación norteamericana del cuarto español en la azotea. Edificio tan orgulloso, que el jardín se le ha subido a la cabeza.
Después de todo, el hombre ordenado es motivo de admiración. Hombre ordenado es aquel que ya tiene resuelto el nombre que va a ponerle al hijo cuando la señora entra en el quinto mes de embarazo. Y que compra la aspirina antes del dolor de cabeza. En el equipaje del hombre ordenado que sale de viaje, todo está previsto: desde las pinzas de apretarle la tuerca al despertador, hasta el mercuro-cromo para el arañazo.
El mercuro-cromo ha arruinado la industria del yodo, porque además de para cicatrizar las heridas, sirve también para engañar a la esposa cuando hay que llegar a la casa con manchas de rouge en el pañuelo. Hacer todos los días la misma cosa y con idéntica disposición de ánimo, es sujetar la existencia en los aparejos de una monotonía desencantadora. Nuestros abuelos hallaron en el minué una excelente escuela de orden. El minué era un manual de urbanidad musicalizado. Se tocaba a la mujer con las puntas de los dedos. Los pasitos cadenciosos, el instante de inmovilidad y enseguida la reverencia y la sonrisa. Todo lo que pasara de ahí podía parecer canallesco.
Ya olvidado el minué, apareció la casta de los hombres desordenados a quienes se nos olvida secar la máquina de afeitar. Un día, de pronto, tenemos que quedarnos solos en la vida y comprendemos lo útiles que son las mujeres llamadas hacendosas. Y que es muy difícil arte el de reunir los calcetines negros por parejas rigurosas. Al hombre desordenado le pasa con los calcetines negros lo mismo que con las coristas y los chinos planchadores. Todos le parecen iguales.
Se llega a experimentar un poco de envidia por esos seres que siempre leen el mismo periódico. Se pelan con el mismo barbero. Se acuestan y se levantan a la misma hora. Y tienen momentos predilectos para el amor. El hombre previsor de antaño le llamaba buen partido a la novia que sabía cocinar, coser y lavar la ropa. De la Epístola de San Pablo a la escoba no había más que un paso.
La mujer así ha ido desapareciendo, como el legítimo perro chihuahua. Ya quedan pocas y con esto del divorcio fácil, más que esposas, son criadas temporeras. Aquellas señoras que no podían engañar al marido. Por no permitírselo sus múltiples ocupaciones. Con el tiempo iban siendo menos hembras y más cocineras. Con mentalidad de fritura de papa.
Por fortuna, ya ha desaparecido también el miedo femenino a quedarse para vestir santos. Por no haber logrado el amor de un hombre, había solteronas que hablaban mal de todos los hombres. Y del amor. Cuando la mujer perdía la última esperanza de casarse, se dedicaba a criar un canario y a hacer dobladillo de ojo. Y se consolaba viendo lo mal que le había ido a las amigas en el matrimonio. Quedan dos frases de alivio creadas por las solteronas. Total, ¿para qué? Y yo estoy mejor así. Nos contarán las veces que pudieron casarse por dinero. Que es lo que hacen las muchachas pobres en las comedias argentinas. Y las muchachas ricas en la vida real.
Lo peor es cuando al saludar a una dama vieja, por respeto, le decimos señora. Y ella, indignada, responde que señorita, si le hacemos el favor. Revelando que no perdona que no le hayan hecho el favor. La última esperanza de la solterona de antes era el hombre llamado de mundo que se vanagloriaba de que le gustaban las mujeres hechas. Porque ya no podía conquistar a las que se estaban haciendo. Hay los solterones que, engañándose a sí mismos, se casan con muchachas jóvenes. Convirtiéndose en padres, si les sale bien. Y en Schopenhauer, si les sale mal.
Les testimonios más sensibles del desorden los encontramos en la habitación del hombre soltero junto a los calzoncillos puede estar el frasco de la sal de frutas y en las gavetas del buró del empleado que no ha podido darle al alma ritmo de archivo. Casi siempre el campeón del régimen es el jefe de oficina. Se es jefe de oficina cuando se adquiere el privilegio de llegar al trabajo media hora después y de marcharse media hora antes.
El jefe todos los días llama a la estenógrafa para dictarle la misma carta que le dictó el día anterior. Pero dirigidas a otros clientes. En la gravedad del alto cargo, tendrá la ilusión de que cada carta es un pedazo de inspiración y una prueba de su competencia.
Después de veinte años colgando cada mañana el saco en el mismo perchero y “acusando recibo de su atenta”, el jefe de oficina llega a trazarse en la mente un círculo vicioso, pero que él cree genial. Esta uniformidad fastidiosa suele a veces empeorarla el perfecto jefe de oficina que juega al golf y lee la página mercantil. Como antídoto a tanta tersura inalterable, se ha inventado el week-end. Que es la perfección del martirio cuando, además de a la mujer, a los hijos y al radio de pilas, hay que llevar a la suegra.
La mujer suele ser más ordenada que el hombre. En la mujer ser ordenada es saber que las manchas de tinta se quitan con limón. Y revisar la ropa para saber los botones que faltan. El “zip” está decretando a toda prisa la ruina del botón. Y precipita la caída de no pocas mujeres que antes, para quitarse la ropa, lo reflexionaban más, porque más tardaban. Cada botón era un argumento de legítima defensa. Con el “zip” el honor femenino puede ser cuestión de un tironcito.
El “zip” ha cambiado muchas cosas en la vida moderna. Es casi imposible que la mujer termine de vestirse sola. En algún momento aparecerá a medio pintar y a medio peinar, buscando al marido para que le suba el “zip”. Es el instante en que a él le sale el mal genio. Y las gordas tienen que aguantar la respiración y animarse al régimen. El”“zip» es uno de los grandes inventos de nuestra época. Es el cierre aplicable a todo. También a las fundas de los instrumentos de música. Si resucitasen aquellos viejos solemnes que en el siglo pasado tenían que abotonarse hasta los zapatos, más que de la televisión, se quedarían sorprendidos de las portañuelas con “zip”.
Este es el siglo de la prisa. La mujer ordenada también sirve para recordar las fechas de los santos y cumpleaños. Cada regalo que recibe la señora, para ella es motivo de alegría. Y para el marido la preocupación de una deuda pendiente. Ella lo recordará diciendo: “Hoy es el santo de Lola, que el día del santo mío me mandó un cortesito estampado”.
A la cubana casi siempre se le ocurre regalar un cortesito. Después el esposo tendrá, que pagar la hechura. Y responder al cortesito. Con otro cortesito naturalmente. Ya pasó para siempre la edad ingenua en que se pagaban las visitas. Ahora se pagan los regalos. Cuando la señorita va a casarse, el hogar se convierte en oficina de comercio. Uno de los encantos de la luna de miel consiste en que los dos se pongan a contar los paquetes.
El cubano raramente es amigo del orden. Hay criollos que hemos hecho del desorden una organización de prodigio. Somos variables entornadizos en los ideales. Para andar por casa hemos forjado credos de quita y pon. Menos en el baseball, en todos los otros aspectos hoy nos inclinamos a un color y mañana nos inclinaremos a otro. Lo único que siempre nos gusta del mismo color es el café con leche.
Podríamos dividir la patria en habanistas y almendaristas. Y en cubanos a quienes les gusta el café con leche oscuro y cubanos a quienes les gusta el café con leche clarito. En esa convicción si es verdad que no admitimos injerencias o gustos ajenos.
Así hemos conseguido que los dependientes de lechería tengan calma y paciencia de químicos. Cuando se acercan con las dos vasijas, interrumpimos la conversación más importante del mundo y chequeamos celosamente la mezcla. Gritando ¡bueno, bueno! cuando el café con leche tiene el color que nos agrada. Cuando no tenemos nada que hacer, bebemos café con leche. Cuando tenemos algo que hacer y no queremos hacerlo, bebemos café con leche también. Constituimos un país de empicados que han salido un momentito a tomar café con leche.
Hay una fatiga de vieja cubana que se alivia con la taza de café con leche del mismo color y a la misma hora. Así somos ordenados en algo.
Como la mujer que es ordenada en todo, lleva el desorden en el bolso. Que convierte en abismo cuando de pronto tiene que sacar el dinero para el pasaje. Primero aparecerán las llaves. El creyón de labios. El pañuelo. El anuncio de un salón de belleza. El cuadernito de los teléfonos. Un cleaner. El cleaner es el papel higiénico de sangre azul. Entonces le tocará el turno a la lima de las uñas. Y a la aspirina. Cuando revolviendo en el bolso la mujer busca el monedero y no acaba de encontrarlo, cree que la culpa no es de ella. Sino de los demás, que la ponen nerviosa. Hay dos cosas que la mujer no perdona. Que le pregunten la edad. Y que le registren la cartera.
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