Por María C. Rodriguez
Ponme la Mano Aquí Macorina… Ponme la Mano Aquí…
Quién no ha tarareado o escuchado al menos un fragmento de esta canción:
Ponme la mano aquí macorina
Ponme la mano aquí
(…)
Tus senos carne de anón
Tu boca una bendición
De guanábana madura
Y era tu fina cintura
La misma de aquel danzón
Ponme la mano aquí macorina
Ponme la mano aquí
(…).
Se trata de una mujer cubana nacida aproximadamente en el año 1892 en el poblado de Guanajay, entonces provincia de Pinar del Río, y su nombre verdadero fue María Constancia Caraza Valdés. De su infancia no se conocen muchos datos, solo se sabe con exactitud que a los 15 años huyó de su casa y se trasladó a La Habana en compañía de su novio y único amor, pero las penurias económicas la hicieron abandonar su romance y entrar al mundo de la prostitución.
La audacia y belleza que poseía esta mujer la hicieron adentrarse en los círculos más selectos de la sociedad cubana de la época, según se cuenta su personalidad atractiva y sus hermosos ojos la ayudaron a convertirse en una de las más elegantes y famosas prostitutas de la época. No ejerció la prostitución en el sentido indiscriminado que conlleva la profesión, no trabajó en un burdel, sino que se prostituía selectivamente.
Respecto del origen de su apodo “La Macorina” se cuenta que en una ocasión, mientras María andaba por la acera del Louvre, un joven que había bebido más de la cuenta dijo al pasar la bella mujer: ¡Ahí va la Macorina!, cuando en realidad quería decir La Fornarina, una de las obras más representativas del pintor renacentista italiano Rafael Sanzio (1483-1520). Para su realización, posó la modelo romana y amante del artista Margherita Luti (c. 1493-1522), hija del panadero (en italiano, fornaio) Francesco Luti di Siena, quien ya aparece en otras composiciones del autor, especialmente entre 1510 y 1517.
Luego de haber acumulado riqueza y ser parte de los más selectivos círculos sociales de La Habana, la situación económica nacional ya no era tan próspera, pero quizás el hecho indiscutible era que la Macorina tenía entonces 42 años. Los amigos del pasado iban amparándose en excusas cada vez que ella les pedía ayuda, y así fue vendiendo todas sus pertenencias, desde las joyas hasta las casas y los coches: la Macorina acabó en la más absoluta pobreza, viviendo en un cuarto alquilado en una casa familiar habanera.
La Macorina comenzó a perder juventud y popularidad inexorablemente, tuvo que vender sus nueve autos, sus cuatro mansiones, sus vestidos, joyas, pieles, todo y murió casi en la miseria.
Calificada por algunos como la Mata Hari cubana, se sabe que la Macorina, además de ser la primera mujer que obtuvo licencia y manejó un auto, tuvo una vida disipada, de la cual en sus años de vejez se arrepintió. Falleció en La Habana.
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