Pese a que buena parte de los biógrafos cervantinos hayan minimizado la relevancia de la mujer de Cervantes, Catalina de Salazar y Palacios en la vida del escritor, la boda celebrada en la pequeña localidad toledana de Esquivias, el 12 de diciembre de 1584, de donde era natural la novia, supuso un cambio en su vida, pero, sobretodo, germen e inspiración para su obra universal: De allí salieron buena parte de los personajes del Quijote
Por Amalia González Manjavacas
Como aseveró con gran atino el ensayista y cervantista de referencia, Luis Astrana Marín: “Sin Esquivias no hubiera existido el Quijote”.
En efecto, durante los dos años y cuatro meses que vivió Cervantes desde su casamiento con Catalina en diciembre de 1584 y hasta abril de 1587, en la pequeña villa manchega de Esquivias, a tan solo 45 kilómetros de Madrid, proporcionaron al escritor un periodo de calma, de sosiego, -tan poco frecuente en su vida- durante el cual conoció a vecinos, lugareños, hechos o acontecimientos cotidianos que andado el tiempo su genio creativo convertiría en ficción.
Fue precisamente un hidalgo esquiviano, tío de su esposa, Alonso Quijada y Salazar, quien pudo inspirar a Cervantes para recrear a don Alonso Quijano, el Ingenioso Caballero Don Quijote de La Mancha. Y no fue el único. Otros vecinos de Esquivias, así como algunos hechos ocurridos en el villorrio manchego, o en sus alrededores, pudieron servirle de fuente de inspiración de personajes, tramas o enredos quijotescos, pues bien es sabido que, muchas veces: “la realidad supera la ficción”.
En la hoy casa-museo del mayorazgo de los Quijada, casona solariega del siglo XVI con fachada doblemente blasonada que perteneció a los padres de Catalina, se conservan documentos parroquiales con los nombres de vecinos reales que Cervantes habría podido conocer en Esquivias como Sansón Carrasco, el vizcaíno, el morisco Ricote, Teresa Cascajo, Pedro Alonso o el cura Pero Pérez, todos personajes en la novela.
Un encuentro casual
pero decisivo
Pero empecemos por el principio. La esquiviana más universal, Catalina de Palacios y Salazar (1565-1626) ha sido presentada tradicionalmente como una figura secundaria o tenue dentro de la biografía de Cervantes. Sin embargo, aquel matrimonio no fue solo un mero episodio privado sino que supuso un verdadero punto de inflexión que cambió su rumbo vital y creativo del escritor.
Catalina distaba mucho del estereotipo de joven aldeana y apocada. Provenía de un linaje hidalgo y había recibido cierta educación que incluía el latín, lectura y nociones de administración. Su tío, el párroco Juan de Palacios, que ofició la boda, probablemente supervisó gran parte de su formación.
Todo comenzó cuando otra esquiviana, Juana Gaitán, viuda del poeta Pedro Laínez, íntimo amigo de Cervantes, le pide a éste ayuda en los trámites para publicar un cancionero póstumo de su esposo y es en aquel primer viaje de Cervantes a la villa toledana, en septiembre de 1584, cuando conoce a Catalina, una joven de todavía 18 años, que le presenta Gaitán con bastante entusiasmo, resaltando sus cualidades, su linaje, su juventud, y su buena educación.
Por la otra parte, a sus 37 años (en su época un hombre maduro) Cervantes llegaba a aquel encuentro cargado de derrotas y decepciones. Tras su largo cautiverio en Argel, llevaba ya cuatro años en Madrid intentando que se le reconocieran sus méritos militares en Lepanto y sus reclamaciones a la Corona en demanda de un puesto digno -como le correspondía como héroe de guerra que era-, habían sido infructuosos.
Ante tantas fatigas la joven Catalina representaba estabilidad en medio de la incertidumbre, un refugio inesperado para un hombre que había vivido la guerra, la prisión y la pobreza. Resulta sorprendente, incluso hoy en día, la velocidad con que los acontecimientos se precipitaron pues en apenas tres meses, Miguel y Catalina contrajeron matrimonio.
La boda se celebró en la Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción de Esquivias, donde se conserva la partida original del enlace: “En 12 de diciembre (1584) el reverendo señor Juan de Palacios teniente desposó a los señores Miguel de Cervantes vecino de Madrid y doña Catalina de Palacios vecina de Esquivias…”.
Un compromiso
apresurado
No se puede saber el nivel de enamoramiento, o de amor, que existió entre ambos, aunque lo más verosímil para los cervantistas es suponer que en un principio aquel apresurado compromiso naciera de un acuerdo concertado con cierta prisa con la familia de la joven pues los Salazar Palacios acababan de perder al patriarca y veían su hacienda deteriorarse por lo que necesitaban con cierta urgencia un varón capaz de administrar sus bienes.
Por su parte, para Cervantes, empobrecido, sin empleo estable y con un futuro incierto ante él, este matrimonio pudo parecerle hasta un alivio providencial. Su casamiento podía servirle además para protegerse de otro asunto que le acechaba legalmente, que no era otro que las posibles reclamaciones de su amante madrileña, Ana Franca (o Villafranca) -madre de su hija bastarda, Isabel, nacida precisamente ese año- y hecho del que acaba de conocer. El nuevo vínculo eclesiástico le protegería frente a futuras disputas legales.
Estaba claro: aquella unión resolvía los problemas más acuciantes para ambos: estabilidad para Catalina y seguridad para Cervantes.
Salida de Esquivias
Pero aquella vida tranquila duró poco. La hacienda de Catalina resultó menos sólida de lo que parecía y, tras los 28 meses de apacible vida en Esquivias -quizás demasiada para un espíritu tan inquieto como el suyo- en abril de 1587, Cervantes abandona el hogar familiar al aceptar el puesto de comisario real de abastos (especie de cobrador de impuestos) destinado a recaudar fondos para la Armada Invencible. Comienza así un largo periplo por tierras andaluzas de casi quince años, largos años errantes repletos de dificultades, denuncias y hasta con períodos de cárcel, años más “de idas” que “de venidas” al hogar conyugal.
Si bien es cierto que aquella prolongada ausencia del escritor alimentó la idea de un posible matrimonio roto, nuevamente los documentos lo desmiente. Antes de partir a Andalucía, Cervantes otorga a su esposa un poder notarial extraordinariamente amplio para la época, por el que le concede todo lo que poseía y todo lo que pudiera adquirir en el futuro, por lo que más que distancia y conflicto entre ellos, el gesto parece más bien todo lo contrario, un acto de confianza profunda y excepcional.
Durante aquellos años Catalina estuvo administrando sus bienes con determinación y demostrando un carácter fuerte e independiente y muy poco común para la época.
Después de su etapa andaluza, el matrimonio ya no volvió a separarse. Hay constancia por ejemplo de que, en 1604, un año antes de la publicación de El Quijote, residían en Valladolid (ciudad a la que llegan siguiendo a la Corte que el rey Felipe III acababa de trasladar allí) y de ello hay constancia porque la pareja fue detenida junto con sus hermanas, sobrina e hija con las que vivía tras producirse un asesinato frente a su domicilio.
Cuando en 1606 el matrimonio vuelve a Madrid, siguiendo el regreso de la Corte, ambos seguirán juntos hasta la muerte del autor en 1616. Para entonces Catalina se había convertido en el hilo de unión de la familia habiendo llegado a asumir las responsabilidades sobre la hija ilegítima de su esposo al fallecer su cuñada Andrea, quien tuteló a la niña desde la temprana muerte de la madre.
Cuando Cervantes abandona este mundo, Catalina cuenta con una economía saneada gracias al éxito de El Quijote. Y sobre si se amaron, o no, baste señalar otro hecho documentado. Cuando su marido muere, Catalina modifica el lugar donde ella tenía previsto ser enterrada: ya no será en el panteón de su familia paterna, será el convento de las Trinitarias en Madrid, junto a su esposo “al que tanto amé en vida”, dejó escrito la viuda. Este gesto contradice siglos de interpretaciones sombrías, ya que más allá de las prolongadas ausencias e incomprensibles silencios, que los hubo, sobre todo, el inexplicable mutismo que mantuvo Cervantes sobre su mujer en sus escritos- aquella unión fue más compleja, diferente, de dos almas independientes, pero aún así, quizá más afectuosa de lo que hasta ahora se había especulado.







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