Arturo del Pino y la tragedia de Luyanó

Written by Alvaro Alvarez

12 de agosto de 2025

Por: Álvaro J. Álvarez

En la esquina de Manuel Pruna y Trespalacios en el barrio de Luyanó estaba la vivienda y la fábrica de medias de Arturo del Pino Ramírez, nacido el 27 de octubre de 1878 en Las Villas. Cuando tenía solamente 18 años se incorporó a las fuerzas del General en Jefe Máximo Gómez donde alcanzó el grado de Capitán del Ejército Libertador.

Fundó el Ejército Nacional y en 1906 ocupó la Jefatura de la Policía en el pueblo de Quemado de Güines. Después se dedicó a los negocios, comprando el Hotel Comercio en Caibarién.

Más tarde se trasladó a Vueltas donde adquirió un Café.

Durante un tiempo se desempeñó como inspector de Policía. Trabajó posteriormente como administrador de la colonia Refugio en el Central Reforma cercano a Caibarién. 

Tiempo después compró una colonia en Macagual en el municipio de Santo Domingo, al que le puso por nombre La Victoria por los grandes esfuerzos que tuvo que pasar para poder comprarla. 

Participó siempre de forma activa en la vida política del país, fue postulado para alcalde en Vueltas, pero no ganó las elecciones.

En 1919 marchó a Estados Unidos y al regresar se estableció definitivamente en La Habana donde compró una fábrica de medias en la barriada de Luyanó. 

Al incrementarse las acciones contra el gobierno de Gerardo Machado se incorporó a las mismas, planteando que solo a través de la lucha armada sería posible derrocarlo.

La crisis económica de 1929 unida a la política de Machado, afectó la precaria situación del taller. Hipotecó éste y la casa de vivienda, con el objeto de dedicar el dinero a la compra de armas y pertrechos y a la preparación de una acción que derrocaría a Machado. 

Del Pino era hombre de absoluta confianza de los nacionalistas de Carlos Mendieta. En su fábrica de medias se guardaba todo un arsenal, así como documentos muy comprometedores y servía como lugar de encuentro y reunión para oposicionistas destacados.

Precisamente la frecuencia de esas reuniones fue lo que hizo sospechar a Celia Amoedo Herrera, de 18 años y vecina de la casa de enfrente a la fábrica, que en aquel establecimiento estaba pasando algo raro y quizás hasta se preparasen artefactos explosivos. Tal vez por miedo a que alguna bomba explotara por mal manejo frente a su casa u otra razón, Celia, sin reparar en las consecuencias, comunicó a la Policía sus temores.

El domingo 9 de agosto de 1931, el capitán Del Pino observó detenidamente por una ventana los movimientos de Celia. Advirtió la llegada de la Policía y la conversación que sostenía con la joven y la manera reiterada en que esta señalaba para la fábrica. 

El capitán sin pensarlo mucho tomó su rifle y de un balazo certero en la cabeza, la mató. 

No menos de diez policías y agentes de la Sección de Expertos habían arribado al lugar en el primer momento. 

Dentro de la fábrica, junto a Del Pino, estaba su amigo de muchos años, Ignacio Arjona y Felipe Cabezas, conocido como El Gallego, que era su empleado.

Los agentes abrieron fuego enseguida sobre las ventanas de la fábrica, porque del Pino se movía de una ventana a otra secundado por El Gallego e Ignacio Arjona.

El primer policía en caer herido de muerte fue Santos Baluja. Después cayeron los sargentos José Fernández Peláez y Pedro Sierra.

Pero a Del Pino le quedaban muchas balas y un coraje imposible de medir.

Cuando lograron herir a Ignacio Arjona trató de escapar por la puerta del fondo y fue detenido.

Sus disparos hirieron de gravedad al experto Casimiro Olave y a los policías Agustín Cabrera, Pedro Inestrilla y Raimundo Gómez.

El sonido de las ambulancias estremecía toda la barriada.

Dicen que el dictador Gerardo Machado era informado minuto a minuto. Hasta llegó a decir:

Pero Carajo ¿Cuántos hombres hay ahí?

Mientras tuvieron municiones aquellos dos bravos no dejaron de disparar. Policías y Expertos se parapetaban tras los árboles y las columnas de las viviendas circundantes, sin atreverse a avanzar, temerosos de ser víctimas de tantas balas como salían por las ventanas de la fábrica de medias. 

Y la verdad era que salían muchas balas, pese a que solo dos hombres se hallaban en el interior del inmueble. 

El veterano mambí y su compañero, para sembrar el desconcierto entre la Policía y hacerles creer que en la casa había muchos hombres, disparaban dos veces por una ventana para enseguida trasladarse a otra y a otra más y repetir la misma operación.

La resistencia, lamentablemente, no podía ser infinita. Tres horas después de iniciado el combate, los disparos de Del Pino y El Gallego se hicieron escasos y demorados, lo que hizo sospechar a los sitiadores que las municiones comenzaban a escasearles a los sitiados. Así ocurría, en efecto. 

Policías y expertos, con rifles y ametralladoras, arreciaron entonces su ataque logrando matar a Cabezas.

Hacía rato que del Pino tiraba solo, hasta que finalmente una ráfaga le arrancó la vida.

El prolongado silencio que siguió al ataque brutal hizo comprender a la fuerza represiva que ya no había nadie con vida o, al menos, en condiciones de resistir, en el interior del inmueble.

Dos o tres de los más arrojados entre los atacantes se decidieron a entrar. Cuál no sería el asombro de aquellos hombres cuando vieron en el interior del amplio  dificio solo dos cadáveres atravesados por un sinfín de balas. Parecía que una sonrisa de felicidad plegaba los labios de ambos hombres porque morir, como murieron, había sido para ellos motivo de satisfacción y gloria.

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