Años Críticos: del camino de la acción al camino del entendimiento

Written by Enrique Ros

27 de enero de 2026

El camino Hemisférico (II)

Rómulo Betancourt se mantiene firme ante la embestida de las guerrillas entrenadas y armadas en Cuba. El 9 de diciembre arriba a Caracas la Comisión Investigadora designada por la OEA para conocer de las acusaciones del presidente venezolano contra Castro. Está compuesta por el argentino Rodolfo Weidmann, el embajador colombiano Alfredo Vázquez Carrizosa, el canciller costarricense Gonzalo Facio, Félix Polieri Carrio de Uruguay y Wrad P. Alien por los Estados Unidos.

Se va tomando una posición francamente anticomunista en el hemisferio. Al menos, en el área del Caribe. Pero no todos los dirigentes latinoamericanos están en esa onda. El Presidente de México, que meses atrás había realizado un largo viaje por Europa, hace declaraciones que a nadie sorprenden. Fiel a sus predecesores y sucesores, Adolfo López Mateos aboga por la coexistencia pacífica con los regímenes comunistas.

CASTRO VIAJA A MOSCÚ

Castro está siendo cultivado por los dirigentes soviéticos. Kruschev había enviado en noviembre a Mikoyán a La Habana para suavizar la hostilidad que el dirigente cubano manifestaba hacia los soviéticos por haber éstos aceptado la retirada de los cohetes nucleares sin siquiera informar al dirigente cubano. Kruschev había mostrado al mundo entero que Castro era un instrumento manejado y controlado desde Moscú. Aunque la reseña oficial declaraba que “el recibimiento a Anastas Mikoyán, Vice Primer Ministro de la URSS, fue cordial y afectuoso”, Castro se sentía comprensiblemente irritado por haber quedado expuesto como simple títere. Las relaciones entre Cuba y la Unión Soviética, al terminar 1962, eran tensas.

El dictador cubano había sido marginado, totalmente ignorado, en las negociaciones que pusieron fin a la Crisis de los Cohetes. El acuerdo soviético-americano se había tomado sin ser él, siquiera, consultado. Había constatado que los soviéticos no estaban dispuestos a enfrentar el poderío norteamericano por defender la Revolución Cubana.

En los primeros meses de 1963, aunque movidos por distintos motivos, Castro y el Che Guevara continuaban distanciados de la Unión Soviética.

Castro aparentaba no mostrar interés a las insistentes invitaciones del Kremlin. Kruschev, preparado el terreno con la interrumpida visita de Mikoyán siguió cortejando a Castro, utilizando al embajador Alexander Alexeiev quien, como sabemos, siempre mantuvo cordiales y abiertas relaciones con el dictador cubano. De imprevisto, en la noche del viernes 26 de abril la radio y la televisión nacional dio la noticia: “Atención… atención… noticia de última hora… el Primer ministro del gobierno revolucionario, Comandante Fidel Castro, se encuentra en estos momentos en viaje hacia la Unión Soviética…”

Nadie lo sabía. Como un forajido partía hacia Moscú el, hasta ahora, irritado, ofendido, humillado dirigente cubano. Terminaba el divorcio de Castro con Kruschev al tiempo que se profundizaba el distanciamiento de Guevara con el dirigente soviético, con Castro, con la Revolución Cubana.

La delegación cubana que partía en la nave soviética TU-114, estaba compuesta, además, por los comandantes Sergio del Valle, Raúl Curbelo, Derminio Escalona y Guillermo García; los capitanes José Abrantes y Emilio Aragonés, y el doctor Regino Boti. Los acompañaba como traductor, en quien se tenía absoluta confianza, el embajador Alexeiev.

Castro sería objeto de innumerables atenciones por parte de Kruschev. Su viaje se prolongaría por siete semanas.

Los honores al dirigente cubano alcanzaron los límites del ridículo. En el Aula Magna de la Universidad Lomonosov, se le otorgó el título de Doctor Honoris Causa. El texto explicaba el motivo:

“Por su relevante aportación a la práctica de la doctrina marxista leninista sobre el Estado y el Derecho”.

Era éste el primer viaje que realizaba Castro al exterior desde su visita a las Naciones Unidas en 1960 al inaugurarse el nuevo periodo de sesiones de la Asamblea General.

Las agencias cablegráficas captaron de inmediato la razón de aquel viaje. Lo cubría así el cable de la UPI de abril 27:

“La visita de Castro a Rusia, que podría incluir un prolongado viaje por el país acompañado, al menos durante algún tiempo, por Kruschev posiblemente evidenciará el esfuerzo de los soviéticos para arreglar las diferencias que aún quedan entre Moscú y La Habana por el retiro de los proyectiles rusos de Cuba en el otoño último”.

Tres días después ya había surtido efecto la capacidad de persuasión de Kruschev o la comprensión por parte de Castro de su económica dependencia de los soviéticos. El 30 de abril, desde Moscú, anunció que no visitaría China, ni Argelia. Aceptaba, para el consumo exterior, la coexistencia pacífica y daba la espalda —sólo de palabra— a la lucha armada fomentada por Ben Bella y Mao. Castro y Guevara se iban distanciando.

Algo más, de mucha mayor trascendencia, sucedía aquel 30 de abril. El último cohete nuclear norteamericano Júpiter era retirado de Turquía. Se cumplía el vergonzoso convenio que, a espaldas del pueblo norteamericano y de las más altas figuras de su gobierno, había acordado el Presidente Kennedy con el Premier Kruschev la noche del viernes 26 de octubre de 1962. Se cumplía uno de los acuerdos del bochornoso “Pacto de la Embajada”. El mundo occidental retiraba de las fronteras soviéticas sus armas nucleares.

La delegación cubana que acompañaba a Castro a Moscú decidió saltar hasta París para romper el tedio que los asfixiaba en la capital soviética. Entre ellos se encontraba Emilio Aragonés y Jorge (Papito) Serguera. En París se hallaba en esos momentos Osmani Cienfuegos y Juan Abrahantes; también Escalona.

Llegaban, narra Carlos Franqui, aburridos del tiempo que pasaron en Moscú y ansiosos de disfrutar la dolce vita. A los pocos días regresaban a Moscú. Franqui, que había llegado a Europa separadamente, continuó su programado viaje a Argelia, donde ya estaba Ernesto Guevara.

Se encontraban en París, también, disfrutando los lujos del capitalismo, Armando Hart y Haydee Santamaría. Los acompañaba Lisandro Otero.

Está también en Moscú, en ese abril de 1963, otra recia personalidad muy vinculada a la política internacional norteamericana y, en particular a la relacionada con Cuba y la Unión Soviética. Es Averell Harriman, antiguo embajador en aquella nación (1943-46) y en Inglaterra, que en 1946 había ocupado la Secretaría de Comercio en el gobierno de Truman. Luego de servir como gobernador del estado de Nueva York fue designado por Kennedy como Sub-Secretario de Estado y Enviado Especial del presidente. En esta última capacidad se encontraba Harriman en Moscú ese abril de 1963.

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