ALFREDO ZAYAS, EL ABOGADO DE LA REVOLUCIÓN DE 1906

Written by Libre Online

17 de marzo de 2026

Por Carlos Márquez Sterling (1950)

El 18 de septiembre de 1906 fue un día muy atareado en la existencia de Alfredo Zayas. El habilidoso senador habanero, a la una y media de la tarde, entraba por la puerta de Aguiar y Cuarteles, residencia del doctor Méndez Capote. Fue aquella una de las más sensacionales entrevistas del momento. ¿Qué hablaron? Difícilmente ha logrado reconstruirse esta conversación. Los periodistas de la época ofrecieron diversas versiones. Entonces el periódico y la revista no eran como ahora. Tampoco los hombres públicos se sentían tan inclinados como hoy a mostrarse ante los maestros del reportaje. Ni siquiera existía la crónica política. Enrique Dalahoza, “mariscal de la noticia”, y su brillante oficialidad (Juanito González, Carlos Lechuga) no habían nacido y Gustavo Herrero, el Decano, – a quien iniciara hace años don Manuel Márquez Sterling– estaba gateando. 

Lo cierto es que Zayas y Méndez Capote se encerraron en el despacho privado de este, sosteniendo un cordial asalto de carnavales, una fina esgrima de salón en la que don Domingo manejaba el arma sin saber a punto fijo dónde tocar porque nadie, sin excepción del mismo Taft, era capaz de adivinar dónde comenzaría la “mediación”, y cuándo podría terminarse.

Méndez Capote, visiblemente conturbado ante la llegada de los “comisionados”, y sin ánimo de concretar, había hilvanado unos conceptos en los que suelen esconderse graves intenciones; en los que la grandeza de las palabras se presta a vaguedades que dejan abiertos todos los caminos, según y cómo se interprete el patriotismo.

“El partido –le dijo a Zayas– me ha dado un voto de confianza para tratar esta gravísima crisis. Pero, (siempre los peros políticos que luego se trocan en laberintos) el presidente me acaba de decir que los partidos deben ponerse de acuerdo; que el Gobierno no puede en su condición de tal, negociar con los alzados hacer que estos se acojan a la legalidad”. Y al hacer Zayas un gesto que revelaba cuanto le importunaba aquel estribillo de la legalidad, de una legalidad que había dejado de serlo desde que para reelegirse el gobierno había violado las urnas. Méndez Capote, añadió: “el presidente aceptará lo que acuerde el partido Moderado”. Que era, por otra parte, no decir nada, o acaso decir mucho, porque el partido Moderado al punto que habían llegado las cosas era el propio de Estrada Palma. Ya de pie Méndez Capote concluyó de esta manera: “el secretario de Gobernación me ha asegurado que facilitará los medios para que puedan comunicarse con los jefes rebeldes y con todos aquellos que estén dispuestos a trabajar por la paz”.

Convertida la revolución en un pleito político, esta lucha entre los abogados del Gobierno y los de las fuerzas rebeldes, es, si cabe, más interesante y más astuta que la de las fuerzas armadas. En éstas domina siempre el número y la mecánica; en aquellas necesariamente acaba por triunfar el talento y la habilidad. Fue la entrevista con Méndez Capote, a nuestro juicio, la que decidió a Zayas a poner las cartas sobre la mesa. Si los moderados ilusionaban con las conversaciones con los “comisionados” de Roosevelt habrían de situarse solamente entre los partidos políticos, haciendo caso omiso de la revolución, estaban equivocados. Un político tan ducho como Zayas no podía engañarse. El juego de Méndez Capote estaba bien claro.

Urgido por estos pensamientos, por estas ideas, en la que se debatían éxitos y fracasos, y en las que una equivocación podía ser fatal, se dirigió Zayas a Palacio, con objeto de seguir tratando con Montalvo las libertades de los presos políticos. No lo encontró y tuvo que ir a buscarlo a casa de Don Félix Iznaga. Los sorprendió alarmadísimos; el capitán de Policía Federico de la Cruz Muñoz les había informado que las fuerzas de Loynaz avanzaban hacia La Habana desde el Wajay. Y Montalvo recibió a Zayas diciéndole: “Doctor, salga usted inmediatamente para allá y detenga a Loynaz si quiere evitar una catástrofe”.

En el automóvil oficial del secretario de Gobernación llegó Zayas al cuartel de la Brigada de Arencibia establecido cerca de Wajay. Cuando las fuerzas revolucionarias conocieron la presencia del presidente del partido Liberal, lo rodearon ovacionándolo. Todos querían estrecharle las manos. Zayas sonreía lleno de augurios. Desde hacía días se paseaba entre aplausos constantes. Pasadas aquellas efusiones en las que palpitaba un espíritu de juventud y alegre despreocupación, Zayas expresa a los brigadieres Arencibia y Acosta el objeto de su visita, y los dos generales se le ríen a boca llena. “Pero doctor si lo único que hemos hecho es aproximarnos a El Cano, para alimentarnos nosotros y la caballería”. Arencibia simpático, de gracejo criollo, agregó: ¿Qué, están muy asustados allá por La Habana? Y Baldomero recio y vigoroso, explicaba: “Es que somos muchos y estamos acampados en distintos lugares: el general Loynaz en la finca Murga, Guás en San Antonio de los Baños y Asbert por aquí cerca también. 

Este Baldomero, es el mismo general Acosta que, al ocupar el Ayuntamiento de Santiago de las Vegas, pidió unas flores, las colocó al pie de los retratos de Máximo Gómez y de Antonio Maceo, y escribió en el cuadro de este último: a la memoria de Maceo, tu discípulo Baldomero. El pueblo aplaudía delirantemente. Y un corresponsal de la localidad informaba: “Por aquí no hay revolución; lo que hay es un desfile de generales”.

Por la noche, de regreso del Wajay, Zayas agotado físicamente, hablaba ante una enorme concurrencia en los salones de la casa solariega del Liberalismo en Zulueta 28. A su lado presidiendo con él, se encontraban Agustín García Osuna, Felipe G. Sarraín, Alberto Nodarse, Juan Ramón O’Farril, Antonio Gonzalo Pérez y otros. Orden del día: conocer de la situación creada; informarles a los liberales de sus gestiones; y designar una comisión que se entrevistara oficialmente a nombre del partido con los “comisionados” de Roosevelt.

La oratoria política, dominio del medio y de sus componentes, es la más difícil, aunque haya muchos “revolucionarios” de hoy que crean sea la más fácil. D’Amicia ha dicho la palabra en un ensayo de ricas indagaciones en la que el repentismo es su cualidad más sobresaliente. Y Zayas, gran repentista, improvisaba un discurso importantísimo.

No necesitaba, en realidad, convencer a nadie de que el pueblo estaba en razón. El pueblo es el gran señor de la plaza pública y de las reuniones partidarias, y no hay político que se atreva a olvidarlo. “El partido Liberal- decía Zayas– es una organización que se mueve dentro de la legalidad y no es el autor de la revolución”. Esta declaración, le pareció a los liberales sorprendente. Zayas, no los dejó respirar, y agregó: “pero somos los liberales los que hemos hecho la revolución y por tal debemos esta misma noche hacer nuestro su programa”.

De los cientos de discursos que el doctor Alfredo Zayas había pronunciado ninguno superaba a éste en habilidades y “trueque trueques” electorales. “Yo no voy a recordar –agregaba Zayas– los sucesos políticos ocurridos, ni las causas del retraimiento del partido en las elecciones; pero desde aquellos graves sucesos todos veíamos que una tempestad se formaba en el horizonte y que eran proféticas aquellas célebres palabras pronunciadas por el Libertador de la Patria, en ese mismo local, pocos meses antes de morir, cuando dijo que parecía sentir latidos de una rebelión que al fin culminó en la presente contienda”.

Zayas aludía a Máximo Gómez. Y se enfrentaba valientemente con la situación. Era necesario, para neutralizar los efectos preparados por Méndez Capote, que el partido Liberal hiciera suya la revolución. Así la contienda no se ventilaba solo entre partidos políticos. En esa época se iniciaba a todo vapor la política “intervencionista”. Zayas que había sido un gran adversario de la Enmienda Platt lo comprendía. Y trataba naturalmente, sin éxito, de encontrar una nueva filosofía al sombrío apéndice constitucional. Su tesis, frente a la de Estrada Palma, se basaba en que los moderados eran los autores de la “posible intervención”. “Los moderados, decía Zayas, han utilizado la Enmienda Platt, como un arma final, pues conociendo el patriotismo de los liberales, creyeron que estos tomarían las armas”. Y agregaba preparando el terreno: “Pero Roosevelt es un gran patriota y comprenderá nuestro derecho”.

Este discurso, profundamente político, indignó a los moderados. Al día siguiente, en el Castillo del Príncipe, Montalvo, secretario de Gobernación sostenía con Zayas este diálogo fogoso:

–Doctor, su discurso de anoche agravó el conflicto, aleja las posibilidades de acuerdo.

–Lo siento mucho general, pero no es hora de hipocresía, ha llegado el momento de decir la verdad sin ambages, sin rodeos, de otro modo no vamos a entendernos.

–Hombre claro, por ese camino no vamos a entendernos. Yo me siento muy pesimista de la estabilidad de la República. –  Y Montalvo, alzando la voz, “Pero ¿qué es lo que quieren los liberales ahora?”

Y Zayas lentamente: la nulidad de las elecciones. Los revolucionarios no aceptan ni transigen con otra cosa que no sea esa. Es conveniente que lo sepan todos, principalmente los moderados.

Montalvo, de pie, y gesticulando: “pero usted ¿a quién representa, a los revolucionarios o a los liberales?

Zayas calmado: A ambos, general, a ambos. ¿No ha leído usted los acuerdos?

Y al tono de las voces y de la gestión un ayudante de Montalvo asoma la cabeza por la puerta. Montalvo se apacigua, y luego invita a Zayas a bajar juntos en su automóvil hacia La Habana. En aquellos días si alguien le hubiera asegurado a Montalvo que años más tarde los conservadores habrían de despostularlo a él de la candidatura presidencial para situar a Zayas en su lugar lo habría creído un loco sin remedio. Realmente la edad de las “coincidencias” es vieja. Y tiene sus antecedentes.

El segundo intento de arreglar a los cubanos entre cubanos, antes de que llegaran los “comisionados” estaba completamente fracasado. Liberales, Moderados y Revolucionarios interpretaban la misión americana a su gusto. Mientras el gobierno creía que Taft y Bacón venían a darle la razón, los rebeldes y el partido Liberal aseguraban que no había otra solución que anular los comicios en los que se había reelegido Estrada Palma. Enrique José Varona desolado, escribía en “El Fígaro”: “era demasiado bueno para ser verdad, era demasiado bello el espectáculo que se nos anunciaba del concierto inmediato de las voluntades discordes, para no dejar otro papel a los insignes enviados del presidente Roosevelt que el de aprobar, aplaudir, saludar y retirarse satisfechos”.

Estrada Palma, visiblemente nervioso en Palacio, se enteraba del avance de las furrias revolucionarias, al romperse el armisticio acordado días antes. Pino Guerra acababa de llegar a Candelaria y seguía hacia La Habana cada vez con más gente. Asbert ocupaba las estaciones de correos y telégrafos en la toma de varios municipios limítrofes a la capital. En las Villas, Eduardo Guzmán, Gerardo Machado, Orestes Ferrara, Francisco López Leiva y Jacinto Portela se adueñaban de la provincia. En Oriente, el general Leopoldo Camacho cruzaba por El Cristo y por Palma Soriano al grito de “mueran los moderados”; mientras Chávez y Suvanell, ponían en pie de guerra a Manzanillo y otras comarcas. La confusión y la anarquía se apoderaban de la isla. Se había perdido el sentido común. Y las ambiciones eran pasto de los más endebles personajes. En estas condiciones desembarcaron Taft y Bacon.

Refiere Herbert Duffy, en su biografía sobre William Howard Taft, interesantísimo libro para los cubanos, que al Secretario de la Guerra de Estados Unidos le sorprendió mucho a su desembarco en La Habana, no encontrar en el muelle más representación política que la del partido Moderado; y que al reunirse con Estrada Palma, en el gran Salón Rojo de Palacio, en unión de Bacon, su compañero de embajada, y hacerle presente que deseaba oír tanto a los moderados como a los liberales, las personas que rodeaban a Don Tomás se mostraron estupefactas, quedándose verdaderamente “confundidas”. ¡A los liberales!

Taft no estaba en disposición de perder el tiempo, de modo que a las once de la mañana inmediatamente después de salir de Palacio, recibió en el Denver (alguna vez se he dicho que fue en el Des Molnes) a la comisión liberal que presidía Zayas. Esta primera entrevista careció de importancia. Frases de ritual, apretones de manos, mutuo examen, rápido análisis de la situación. Y a manera de ensayo unas frases del presidente de los Liberales. Estamos seguros — dijo que ustedes (se refiere a Taft y a Bacon) han de tener éxito en sus gestiones. Y tanto el pueblo de Cuba, como el partido Liberal, que me digno a presidir, confiamos en la rectitud de vuestros propósitos, y en la justicia con que han de tratar a los cubanos.

La simpatía personal, en la política, como en todas las relaciones humanas, tiene una influencia enorme en el resultado de la historia. Taft y Zayas habían simpatizado. Taft, verdaderamente expansivo, vestía de levita cruzada. Zayas, que ya mostraba aquel abandono en la ropa, ceñía un chaqué viejo y arrugado.  En realidad, dentro de la tragedia que vivía la República, próxima a nublarse, ningún otro personaje podía resultar mejor para Cuba que aquel inmenso y gordiflón Secretario de la Guerra de los Estados Unidos, a quien Roosevelt había elegido para sucederle en la presidencia estadounidense.

Estudiante de leyes en la Universidad de Yale, abogado en ejercicio en el Foro de la Ciudad de Cincinnati en Ohio, de donde era oriundo, procurador general de la República en el gobierno de Benjamín Harrison; gobernador de las Islas Filipinas, en fecha reciente; habilidoso y bonachón; con los ojos fijos en la presidencia de su patria, Taft resultaba a propósito para el cargo, no solamente por su maestría en tratar hombres y problemas políticos, sino porque sus aspiraciones lo alentaban a dejar en Cuba un grato recuerdo de su gestión.

Taft mostraba amplia la sonrisa, ojos claros y serenos, frente ancha y despejada, grandes bigotes, de aquellos que se llamaban de “manubrio”, y sus cabellos, prematuramente blancos, no acusaban a un hombre de cuarenta y nueve años. Se entusiasmó al saber que Zayas, también era abogado, Y lo citó para la misma tarde, en la Quinta Hidalgo, residencia del Ministro americano Mr. Morgan, en Marianao, adonde habrían de instalarse los “comisionados” para iniciar las gestiones entre los rebeldes y el Gobierno de Cuba.

De todos los personajes americanos que han venido a Cuba en misión tan dolorosa para nuestra soberanía, Taft, seguramente ha sido uno de los más bondadosos. Los detalles que ahora conocemos nos permiten modificar algunos de los juicios de don Rafael Martínez Ortiz, en su magnífico libro “Los Primeros Años de Independencia”. En verdad, en 1906, los Estados Unidos no querían intervenir a Cuba. Y Taft mucho menos que sus superiores. La primera persona a quien recibió para hablar amplia y oficialmente fue a Méndez Capote. Pero, así como le había impresionado agradablemente el doctor Zayas se sintió profundamente desconfiado de la oratoria y de los ojillos astutos y relampagueantes del vicepresidente. Y se le confió a Zayas. Este, que avanzaba a grandes trancos en su intimidad, aprovechó la ocasión para decirle: “la verdad Mr. Taft es que a nosotros nos hace la misma impresión. No creemos en la sinceridad del Gobierno”.

Contrariamente a lo que imaginan algunos de nuestros historiadores, Taft al llegar a La Habana conocía bastante bien el pleito entre liberales y moderados. El comandante Ladd, el inspector Cairnz, que vino desde Filipinas, el Juez Otto Schoenrich que dejó Puerto Rico, el Capitán Mc Koy, que había estado antes durante la intervención de Wood, y el cónsul Steinhardt, que, más que un funcionario americano parecía un político del “patio”, lo habían precedido, informándole constantemente.  A Taft, todo conocimiento le pareció poco. Dice Duffy, que escribe con sus papeles a la vista, que por la Quinta Hidalgo desfilaron banqueros, jueces, obreros, comerciantes, abogados, políticos, hombres de todas las clases y de todas las categorías sociales. No obstante, ningún documento vivo– que hubiera dicho Ricardo Dolz —pudo haber sido más importante que el testimonio del general Menocal y el del doctor Fernando Freyre de Andrade. Todos, absolutamente todos, estaban de acuerdo, en un hecho fundamental: las elecciones habían sido fraudulentas.

A Taft, dice Duffy, le sorprendió grandemente la declaración de Freyre que había sido Secretario de Gobernación de Estrada Palma, y que era, en aquellos días, Presidente de la Cámara de Representantes. Don Fernando, uno de nuestros politicos más brillantes y enérgicos, le pareció a Mr. Taft un hombre interesantísimo, pero demasiado ligero. Freyre en lenguaje sencillo, reconoció los fraudes, a los que llamó “travesuras”, “prodigalidades” de los moderados. “Pero esto lo hicimos -aclaró— cuando supimos que los liberales no iban a votar”. Aceptó que esos “forros” llegaban a más de 150.000.

A medida que las conversaciones avanzaban se advertía sin dificultad que la sonrisa del “Interventor” desaparecería. El gobierno americano, por otra parte, jamás realizó una demostración bélica más impresionante. La bahía se había llenado de cruceros y acorazados. Siete unidades guerreras anclaban en puerto, Luisiana, Virginia Tacoma, New Jersey, Cleveland, Newark y Minneapolis, a las órdenes del comandante en jefe, Mr. Fulton, atraían la curiosidad constante del pueblo. Taft, que no practicaba el disimulo ni la zancadilla, sino que por el contrario era franco y comunicativo, le disgustó profundamente el acuerdo de los moderados. Consistía éste en la “condicional”, sostenida en Palacio, de someterse al arbitraje y acatar el fallo de los “comisionados” siempre que previamente los rebeldes depusieran las armas. Zayas lo declaró imposible, Y Taft, a quemarropa, le preguntó:

—Bueno, doctor, ¿y usted tiene la representación de todos los grupos revolucionarios?

La respuesta negativa de Zayas no sorprendió a Taft. Fue entonces que supo el presidente de los liberales el plan del gigante mediador. Entendía este que Estrada Palma hubiera podido ganar los comicios sin acudir al fraude (aquí Zayas hizo un gesto negativo); que era Don Tomás un hombre honrado a carta cabal, aunque su edad tan avanzada le perjudicaba mucho, (aquí Zayas hizo un gesto afirmativo), pero que como patriota desinteresado y honesto, era lo mejor que continuara en la presidencia. Se anularían las elecciones–continuó diciendo Taft— y se votaría una nueva ley electoral que garantizara la pureza del sufragio.

En resumen, esta proposición, no se apartaba de lo que días antes había escrito privadamente al presidente Roosevelt. Lo que no sabíamos los cubanos –hasta ahora que lo hace público su biógrafo— son los juicios con que adornaba Taft a los revolucionarios. “Una gran parte de éstos -escribía— no tienen nada que hacer en tiempos de paz. Lo que hace falta aquí, como en Filipinas, como en cualquier lugar del trópico, al negociar con pueblos de toda clase, es paciencia. Pero el problema –añadía— descansa en que los revolucionarios representan, en verdad, la gran mayoría del pueblo cubano”.

Las ideas de Taft sorprendieron a Zayas. En aquella lucha de “paciencias”, el presidente de los liberales no era ciertamente el menos indefenso. Por otra parte, los principales actores de este drama histórico aseguran que don Alfredo había comenzado a soñar con una presidencia provisional servida en bandeja de plata. Durante largo rato “comisionado” y aspirante discutieron aquella fórmula ambigua que consistía en dejarle el poder a los moderados, castigando únicamente a senadores, representantes y consejeros provinciales electos en los últimos comicios. 

A Zayas, en un plano meramente electoral le convenía la solución. José Miguel, su rival, estaba preso. Los ausentes en política, dijo Talleyrand, siempre pierden. El partido Liberal estaba, en realidad, escindido; de un lado José Miguel y sus amigos; del otro, Zayas, con los suyos. Los miguelistas, hombres de pelo en pecho, decididos a todas las peleas. Las zayistas, individuos de comité y de asambleas; siempre divididos, siempre insultándose, aborreciéndose siempre. Pero, al fin y al cabo, durante más de veinte años, un solo partido, el más grande que ha dado Cuba, el único que ha podido, hasta aquí ganar unas elecciones sin aliados; el verdadero partido Independiente, cuya imagen se sueña para días venideros, no muy lejanos, por cierto.

Aunque muchos de los contemporáneos de José Miguel y de Zayas me han asegurado que al “doctor” costó mucho trabajo convencerlo, yo me inclino a pensar que le tarea fue bastante sencilla. Taft le pedía a Zayas que le facilitara una conferencia con todos los jefes en armas, y también con los presos. La correspondencia privada entre Roosevelt y Taft revela que el “comisionado”, a estas alturas, lejos de creer en la virtud de su fórmula, como han aseverado algunos escritores, estaba, por el contrario, muy desconfiado de su éxito, pues le escribía a Roosevelt: “Los trabajos para asegurar un compromiso adelantan, pero yo no estoy seguro de la permanencia de este arreglo”.

Las fuerzas revolucionarias aumentaban por días. Las de Loynaz ya habían llegado al puente de La Lisa en el corazón de Marianao. Las de Pino Guerra, que ascendían a seis mil jinetes, se encontraban en Caimito del Guayabal. Desde la azotea de la Quinta Hidalgo se veían acampados los infantes y las cabalgaduras del general Enrique Loynaz. Taft inconforme con este proceder llamó a Zayas: “Doctor, esto no es admisible. Tome mi automóvil y calme a los generales, invitándolos a la reunión que debemos celebrar”.

Los preparativos para aquella famosa reunión parecían más bien una gira. Orestes Ferrara, Roberto Méndez Peñate y Gerardo Machado eran los comisionados de Las Villas. Es casa de Julio Valdés Infante, en el propio Marianao, se celebra un amplio cambio de impresiones entre los rebeldes, jefes presos, y el doctor Zayas, que preside el acto, Loynaz, Pino Guerra, Baldomero Acosta, Carlos Guas, Ernesto Asbert, Nisio Arencibia, Julián Betancourt, llegan a caballo, en traje de campaña. En automóvil acompañados por el capitán Mc Koy, a quien empeñan su palabra de honor de regresar a la prisión, hacen su entrada triunfal José Miguel, Juan Gualberto, Monteagudo, Castillo Duany y Carlos García Vélez. 

Este había jurado– y lo cumplió– no salir más de la prisión en estas condiciones. Valdés Infante, muy emocionado descorcha varias botellas de champán y se brinda con alegría y entusiasmo. La viuda del inolvidable Calixto García viene en el automóvil de Ricardo de la Torrea a abrazar a su hijo. Las hijas del general Monteagudo y Lilly Sánchez, cuñada de Ferrara, están contentísimas. El pueblo invade los alrededores. Muchas señoritas, de la buena sociedad, que allí se encuentran, presentan álbumes y abanicos en busca de autógrafos. Carlos Guas, que además de general es médico, cambia los vendajes a la herida de Loynaz. Y Manuel Márquez Sterling y Modesto Morales Díaz, que tienen a su cargo, en nombre del periódico La Lucha, la información de este “acontecimiento trascendental” se declaran “deudores de las deferencias de todas clases que recibieron de aquella excelente familia liberal que cuenta en Marianao con el respeto y el cariño de todos los habitantes”.

A las nueve menos veinte de la mañana del 22 de septiembre de 1906, Zayas, en compañía de todos los jefes de la Revolución, llega a la Quinta Hidalgo donde los espera Taft. El doctor funge de maestro de ceremonias y va introduciendo a todos los rebeldes, con una breve explicación de lo que representa y vale cada uno. Después pide la palabra el general Loynaz, y en un discurso que daría envidia a Chibás, exclama:

“Nosotros no somos comerciantes, ni hombres de negocios, ni aspiramos a ventajas personales y egoístas, ni entendemos pertinente estar entablando negociaciones. Si tenemos la razón debe dársenosla enteramente para que sea una verdad la república y la ley, y para que esta rija para todos en recta y cumplida justicia”.

En honor a la verdad, el espíritu de los allí reunidos era más político y condescendiente que el discurso de Loynaz. Hablan también, pero en inglés, Carlos García Vélez, Demetrio Castillo Duany y Orestes Ferrara, que con su acento italiano, sus grandes pasiones y sus ímpetus incontenibles defiende esencialmente el ideario de la revolución. Juan Gualberto, Monteagudo y José Miguel, se limitan a dirigirle al “comisionado” breves preguntas.

Taft, al decir de su biógrafo, ha gozado mucho con este espectáculo. Le pareció Juan Gualberto Gómez un hombre eminente; encontró entre los revolucionarios unanimidad de opiniones, cohesión y disciplina; y declaró estar convencido de haber hablado con hombres superiores y de altas y elevadas convicciones muy arraigadas al espíritu del pueblo cubano, del que resultaban ser verdaderos exponentes de caballerosidad y firmeza. Propuso el nombramiento de una comisión para continuar las negociaciones, y al informársele que existía una compuesta de ocho miembros les suplica que la reduzcan a tres. Y así se acordó. En verdad, la “mediación” se había iniciado felizmente. Cualquiera podía pensar en su éxito. Pero fue todo lo contrario.

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