Actualidad con Uva de Aragón

Written by Luis De La Paz

3 de noviembre de 2026

La escritora Uva de Aragón ha sido testigo y protagonista de la historia cultural y académica de Miami. El haber salido de Cuba muy joven la convierte en una de las fundadoras de la diáspora cubana, lo que le ha permitido vivir entre dos escenarios: el norteamericano y el cubano.

Nieta del importante escritor Alfonso Hernández-Catá y bajo la influencia de otra figura destacada de la vida política y cultural cubana, Carlos Márquez Sterling, la escritora estuvo al frente del Instituto de Investigaciones Cubanas de la Universidad Internacional de la Florida y escribió muchos años para Diario Las Américas, analizando y exponiendo sus opiniones sobre el acontecer diario.

Su obra literaria comprende poesía, narrativa y ensayos. Entre sus libros destacan los poemarios Entre semáforos y Los nombres del amor; las novelas El crimen de Biltmore Way y El milagro de San Lázaro: un misterio de más de veinte años. Otros libros suyos son Morir de exilio, El reino de la infancia: memoria de mi vida en Cuba, De amores y guerras: Cuba y España, El caimán ante el espejo, El mundo y mi Cuba en el Diario y, más recientemente, Morir de exilio: lejos de Cuba, libro que ha alcanzado destacada resonancia.

—Tanto tu libro Morir de exilio, del 2006, como Morir de exilio: lejos de Cuba, de este 2026, han tenido una muy buena acogida. ¿A qué atribuyes esa positiva recepción?

—Como sabes, se trata de una recopilación de artículos sobre personas, muchas de proyección pública, muertas en el exilio. Creo que ha interesado a quienes tenían relación o incluso parentesco con algunos de los que aparecen en el libro, y también lo contrario; o sea, ha encontrado lectores que han sentido curiosidad por saber sobre generaciones anteriores que no alcanzaron a conocer, o que no recuerdan, ya sea por ser más jóvenes o porque salieron de Cuba en fechas posteriores. También algunos entienden el mérito de este intento, siquiera modesto, de recomponer nuestra memoria histórica, tratando de salvar para el patrimonio nacional lo que en la Isla se ignora o distorsiona.

—Una parte importante de la literatura cubana desde el siglo XIX se ha escrito fuera de las fronteras cubanas, comenzando por la emblemática novela Cecilia Valdés. Con el castrismo esa extraterritorialidad de la literatura cubana se ha hecho mucho más marcada. ¿Cómo valoras el quehacer creativo desde el exilio?

—Tan o más importante que la del siglo XIX. Las guerras de independencia —aunque hubo algunos exiliados anteriores a 1868— se extendieron por un período de 30 años, menos de la mitad de lo que ha durado el exilio provocado por la Revolución cubana. Ya ese dato nos indica que el corpus literario de los siglos XX y XXI es inmenso. Naturalmente que la calidad varía, y no tiene nada que ver con la fama alcanzada, pero el juicio sobre el valor de las obras le pertenece a la historia.

—Soy de los que opinan que lo alcanzado por el cubano en el exilio, literariamente hablando, se debe a que existió un lugar como Ediciones Universal y un editor como Manuel Salvat que vio en la literatura una manera de enfrentar al castrocomunismo y su censura. ¿Cuál es tu opinión?

—Estoy totalmente de acuerdo. Cuando nuestro querido “Gordo” Salvat se dio cuenta de que no podía luchar contra el castrocomunismo de forma violenta, cambió el fusil por los libros y nos hizo un gran servicio a los escritores y al país. Sin embargo, ha habido otros esfuerzos que no debemos olvidar, como las editoriales en España de Carlos Alberto Montaner, Felipe Lázaro y Pío Serrano; la cantidad de revistas literarias, algunas de corta duración, otras más afortunadas, publicadas con mucho esfuerzo; Diario Las Américas, que abrió sus páginas a periodistas y escritores de varias generaciones; grupos teatrales como Prometeo y Avante; organizaciones culturales como GALA, el Círculo Panamericano de Cultura y un largo etcétera. Menciono las que me vienen a la cabeza, y casi todas ya muy antiguas, porque es imposible resumir la labor editorial y cultural de los cubanos desterrados. Ahora mismo tú publicas nuevos libros desde tu editorial El Ateje, y contribuyes a nuestra cultura con las tertulias literarias.

—Aunque siempre has sido escritora, después de tu jubilación has publicado nuevos títulos con cierta frecuencia. ¿Cuál es la mirada cuando se escribe desde la madurez?

—Es una mirada con más distancia, hasta de uno mismo; quizás con menos pudor, lo que nos permite convertir las experiencias en material literario más fácilmente. Debería uno tener más seguridad, pero a mí no me sucede así. Quizás lo contrario. Siempre tengo mil dudas. Reviso mucho. Y cuento con una buena editora, cosa que no sucedió en mis primeros libros.

—Eres de las primeras exiliadas, saliste de Cuba joven en 1959, lo que te ha permitido ser parte y protagonista de la vida política, social y cultural del exilio. ¿Qué es lo que más te ha distanciado del comportamiento de los cubanos en el destierro, y qué valoras con más admiración?

—Los primeros años fueron muy duros para una jovencita —me fui a los 15 años— que desde niña quería ser escritora y tuvo la suerte de tener una infancia en la que conoció a muchos periodistas y escritores, y de pronto se vio rodeada de inglés y nieves por todas partes, pues viví hasta 1978 en “el norte”. No había correo electrónico ni forma de saber qué personas de mi edad tenían mis mismas inquietudes. Por fin, en 1973, conocí a los jóvenes del Centro Cultural Cubano de Nueva York (Omar Torres, Iván Acosta, Ileana Fuentes) con los que forjé amistades entrañables. Cuando nos mudamos a Miami fue más fácil…

Lo que más valoro y admiro del exilio es que nunca ha perdido su cubanidad o cubanía, como prefieras. A menudo repito que ser cubano es una enfermedad incurable, hereditaria y a veces contagiosa. Tenemos muchas otras virtudes. Somos trabajadores, gente de familia, respetamos y cuidamos a las personas mayores. También somos apasionados y nos cuesta a veces trabajar en equipo. Hablo de algunas de estas cosas en mi libro El caimán ante el espejo, de 1993, que hizo mucha bulla. Hace algunos años, lo que me incomodaba del comportamiento de algunos de mis compatriotas era la autoridad con que hablaban de Cuba, y lo poco que se interesaban en estar al día de la realidad interna, tan cambiante en ese país, aunque a la vez todo siga igual. Hoy en día, sin embargo, vivo bastante aislada por cuestiones de edad y salud, pero creo que mi distancia mayor con los que han llegado de Cuba en los últimos años se debe a que vivieron en una sociedad muy distinta, con valores diferentes a los de los primeros exiliados. Hace poco, por ejemplo, una cubana que llevaba aquí dos años y me sirvió de chofer en un Uber, se me quejaba de que aquí había que pagar los “biles” y “pinchar” mucho. ¿Qué podía contestarle cuando trabajé desde los 16 años hasta los 67 y hubo épocas en que tenía tres trabajos?

—Las distintas migraciones de cubanos desde 1959 han mostrado capas muy bien marcadas, que se diferencian por presencia física, cultura, proceder, hasta lenguaje corporal y el momento en que se salió de la Isla. Es un tema sociológico, pero hay cubanos que miran con recelo a los que van llegando (a mí me ocurrió cuando llegué durante el Mariel). ¿Qué le ha pasado al cubano y a qué se lo atribuirías?

—Es un tema complejo. Cuando el Mariel, por ejemplo, muchos se volcaron a recibir a los recién llegados. Yo trabajé de voluntaria en el Orange Bowl y en Tamiami Park. Ayudé a los que no hablaban inglés a llenar formularios, a localizar a parientes, a encontrar ropa adecuada entre la que se donaba. Mis hijas recuerdan que me acompañaron en una ocasión a Krome Avenue, donde había un centro de asilo. Sin embargo, Castro había puesto a criminales entre los viajeros, y cuando hubo algunas manifestaciones violentas, aparte de que coincidió con una época de drogas, los “marielitos” —para unos un término afectuoso, para otros despectivo— cobraron mala fama. Tampoco ayudaron películas como Scarface. Pero con el tiempo esas diferencias se borran. El Mariel nos trajo mucho de bueno: escritores, locutores, actores, y hasta vendedores callejeros que antes no existían. Después vino la crisis de los balseros en 1994. Fui como periodista a la base de Guantánamo y entrevisté a muchos refugiados, entre ellos un miembro de mi familia nacido el mismo año que mi hija. En fin, todos tenemos experiencias personales. Da para muchos libros y muchos puntos de vista.

—Hay quienes en el exilio te miran con reserva por los viajes que hiciste a Cuba desde una posición de poder cuando estabas en el Instituto de Investigaciones Cubanas de la Universidad Internacional de la Florida, y tu cercanía con el aparato cultural castrista. ¿Qué resultados tuvieron esos viajes, en lo personal y para tu estudiantado?

—Me parece curiosa la pregunta porque nunca sentí que viajaba desde una posición de poder (aunque FIU de cierta forma me protegía) y tampoco tenía cercanía con el aparato cultural del gobierno. La primera vez que llegué a La Habana no me dejaban entrar y tuve que esperar horas, y otra vez que fui a Santiago de Cuba se suspendieron todas las actividades que tenía y tuve un carro siguiéndome a todas partes, incluso al cementerio de Santa Ifigenia, donde visité no solo la tumba de Martí, sino la de mis bisabuelos y la de la gran poeta Pura del Prado.

Mi relación era principalmente con profesores de la Universidad de La Habana y con algunos escritores. Y esa relación fue puntual o de gran amistad según las afinidades. Ya algunas de esas personas a quienes tomé mucho cariño, como la profesora Ana Cairo y Enrique Pineda Barnet, han muerto, y otras, como la escritora Mirta Yáñez, están muy enfermas. En eso la vida es pareja allá y acá. Pero aún me quedan grandes afectos en la Isla.

Para mí el resultado de los viajes fue positivo. Pude conocer mi país —que no es lo mismo que el gobierno—, hablar con sus gentes. Hay quienes piensan que al ir yo cedía, pero no lo veo así. Nunca he escrito nada a favor del régimen. En cada visita recuperaba algo que habían tratado de quitarme, y claro que no hablo de cosas materiales. Ganaba espacios. Por ejemplo, di conferencias sobre las mujeres y la cultura cubanas en el exilio, e hice énfasis en la importancia de la palabra exilio. Para mí ha sido vital reclamar el espacio de patria literaria a la que tengo derecho. Me publicaron, gracias a las gestiones de Vitalina Alfonso, una colección de mis artículos de Diario Las Américas, pese a que la primera vez que intenté ir a Cuba (a acompañar al hijo de Pura del Prado a enterrar a su madre) me negaron la entrada al país aduciendo, entre otras cosas, que no les gustaba que escribiera en ese periódico ni que hablara por Radio Martí, lo cual nunca dejé de hacer. También logré que saliera Once cuentos cubanos de Alfonso Hernández-Catá, con selección y prólogo míos. Además, claro, iba llena de medicinas y otros objetos necesarios para familiares, amigos y hasta desconocidos. Una vez llevé una inyección en una neverita con hielo. No era como ahora, que se paga aquí y entregan medicinas, comida y hasta generadores allá, en la casa. Tengo historias de esos viajes para escribir un libro.

No puedo decir el efecto que hayan tenido en el estudiantado en general. Quizás los que viajábamos a Cuba podíamos ser mejores maestros en cuestiones de la Isla, no sé. Solo en dos ocasiones llevamos a estudiantes a Cuba, una vez mi colega Juan Martínez (EPD) y la otra yo, en 2004. En mi grupo eran unos 15; la mitad, más o menos, cubanos, además de mi hija mayor, que fue conmigo. Con un par de ellos sigo en contacto. Dicen —y mi hija también— que ese viaje les cambió la vida. Nosotros queremos que los jóvenes amen a Cuba, pero solo oyen lo peor del país. ¿Qué mejor manera de que entiendan el valor del período de la República que llevarlos a visitar el Capitolio o mostrarles las etapas en que se construyeron las distintas partes de La Habana, como muestra una maqueta, creo que en la calle 28 de Playa?

En ese viaje tuvimos un coloquio con jóvenes de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), y mis estudiantes, que ya habían pasado seis semanas conmigo en el aula, arrasaron en el debate con los estudiantes cubanos, no dados a debatir libremente ni a enfrentarse a criterios distintos. Nunca me he sentido tan orgullosa de mis alumnos. Hay muchísimas anécdotas de ese viaje, como la de la chica que conoció a su abuela, quien le cantó las mismas canciones que años antes le había cantado a su madre, y a la semana de nuestro viaje, la abuelita murió.

Pero quizás lo que recuerdo con más satisfacción fue lo que me dijo el padre de una alumna que estaba renuente a que ella fuera. Se había ido peleado con su familia. Sin embargo, otros parientes le dieron a la muchacha las señas de tíos y primos, y ella se reunió con ellos. Al regreso, en una fiestecita de fin de curso para intercambiar fotos y cuentos, el padre se me acercó y me dijo emocionado que yo le había enseñado a su hija más sobre Cuba en seis semanas que él en toda su vida, y que, además, a través de su hija, había recuperado a su patria y a su familia. En fin, valió la pena pese a todas las críticas recibidas.

Temas similares…

Recordando a Generoso Jiménez

Recordando a Generoso Jiménez

En esta ocasión recordamos al legendario y querido trombonista cubano Generoso “Tojo” Jiménez. Nacido en Cruces el 17...

0 comentarios

Enviar un comentario