Por Eladio Secades (1956)
Hay hombres que, sin darse cuenta, aman y cultivan los pocos lugares de su vida adonde no puede llegar la mujer. La barbería, después de todo, es el único espectáculo solo para hombres. Cuando en la barbería hay una mujer ya se sabe que es la manicure, que ha hecho de su mesita una isla aparte. La manicura que le arregla las manos a la señora se diferencia de la que le arregla las manos al caballero en que la primera habla y la segunda escucha. Pero suelen parecerse en que no han tenido suerte en esas dos legítimas aspiraciones de las muchachas jóvenes que son casarse o encontrar empleo en el gobierno.
En cualquier parte del mundo se llama barbería al sitio donde sufrimos una sesión de tortura en nombre de la higiene. La barbería cubana es un salón de reunirse los amigos, de igual barrio o por lo menos de la misma cuadra. Llega a existir una corriente de familiaridad entre el que pela y el pelado. Es un amor que va de abuelos a nietos, que es ir de la malanga del niño a la calva del viejo. Porque es posible que tres generaciones se confiesen las mismas penas, den vueltas en el mismo sillón y se miren en el mismo espejo. El criollo que odia la cola en el cinematógrafo, los turnos en el médico y que considera una derrota esperar en la antesala de un ministro, pierde media vida en confidencias con el barbero o discutiendo en la lechería.
Hay pocos tipos tan puramente nuestros como el barbero de pantuflas y tirantes, el peine en la oreja, el canario, el tablero de damas. El barbero de esas barberías donde, cuando llegamos deprisa, un operario se está afeitando a sí mismo y nos dice que no hay problema, que el otro salió a tomar café y vuelve enseguida. Y ya nos vemos arrinconados en un clima donde no queda más remedio que sacarnos la chaqueta y leer un editorial. Sería síntoma de incultura negar la trascendencia de los editoriales, pero es curioso observar que los diarios se venden más el día que traen muñequitos en colores. Hay que ir forjando un pensador que guíe a las multitudes en panfletos a cuatro tintas, o un poeta que haga rimas de confeti con virutas de palo de barbería. El barbero lector de editoriales va desapareciendo como la etiqueta rigurosa, el luto entero, los duelos entre caballeros ofendidos y la pena de él y el susto de ella en la luna de miel.
El hombre es un animal que el domingo se levanta tarde y el sábado se acuerda de que tiene que pelarse. Cree que es una imprevisión personal, pero se encuentra la barbería llena de señores a quienes les ha pasado lo mismo. Los pueblos salvajes no se pelaban; eran como astrólogos que no tuvieran la obligación de fijarse en los astros. Hubo épocas en que el talento reñía en el baño y en la barbería, y como el bigote era un principio de autoridad, lo usaban los maestros de escuela, los maridos y los militares. Eran mostachos definitivos, de retener el olor del tabaco, la espuma de la cerveza y la nata de la leche. El beso debía ser un apretón de cepillo Fuller. Quizá las señoras sintiesen en los labios el arrepentimiento de haber mordido la cola de un gato y naciera ahí mismo un presentimiento lampiño de adulterio.
Lo malo fue cuando la civilización se libró de aquellos bigotes de regañar a la esposa y aparecieron en Cuba, en forma de epidemia, los bigotes pequeños. Ya los elegantes no se afeitan: se decoran y andan con el aire del que lleva debajo de la nariz una obra de arte. Hay chucheros que tienen los zapatos sucios, el traje arrugado, una sortija de pelo sobre la frente, pero ¡cuidado con el bigote! Ahora tenemos una juventud preocupada del bigote y despreocupada de casi todo lo demás. Son bigotes como esos trasatlánticos construidos dentro de una botella: diminutos, estrechos, lo mismo que si a los bigotes de aquellos serenos del tiempo de España les hubiese dado la gripe. Los barberos han empezado a conocer la tragedia del cliente que va a pelarse con tal de que le afinen el bigote a punta de navaja, un trabajo que inventaron los indios de México que vistieron a la primera pulga. A pesar de Gillette, se puede llegar tarde a la oficina.
La barbería es la peña de los que nada tienen que hacer y la maldita preocupación de los que tienen que hacer mucho. Primero nos anudan el cuello con un pañuelo que nos aprieta más de lo que quisiéramos; un paño almidonado al que le sobra para hacer de babero, pero que le falta para evitar que salgamos llenos de pelos, que van saltando y que no llegan al suelo. Es un privilegio de calvos y de cochinos el terminar en la peluquería sin pensar inmediatamente en la ducha. Por eso, el peinado que nos hace el barbero nunca sirve, porque ahora mismo nos vamos a bañar.
El silencio de la barbería está lleno de ruidos de tijeras. Los magazines son de la semana pasada. La barbería es el sitio donde bajamos la vista y socarronamente miramos por el espejo a los otros clientes. Las cabezas se repiten como copias de un multígrafo. Al irnos, fatalmente se nos ha dormido una pierna. El sillón de la barbería es un confesionario al revés: a él acudimos no a contar, sino a que nos cuenten penas y pecados ajenos.
Mi barbero tiene un hijo que no acaba de conseguir la residencia en Estados Unidos —y mira que ha dado vueltas—, tiene una esposa que padece de los bronquios y un hermano que ayudó a un político total, para nada. Me trae un periódico que no leo, me hace una historia que no me interesa y termina ofreciéndome, a través de un espejo de mano, la única oportunidad de ver la propia nuca. “Estoy contento, como si me hubiera afeitado”, decía uno de esos mortales que estiman que para dejarse la patilla hace falta una enfermedad y que todo mosquetero fue la consecuencia histórica de una fiebre alta.
Antes, irse a pelar era un propósito que no tenía más que dos caminos: la pluma corta o la pluma larga. Los calvos quedaban fuera de una convicción y de la otra con una gran raya al medio que parecía sacada con barniz de muñeca. No se podrá saber nunca por qué a la idea de una calva integral se asocia siempre la presencia de una mosca. Nada habría más que una calva absoluta, si acaso el pasamanos de la escalera de una casa de inquilinato.
El arreglo de la cabeza del hombre se ha visto de pronto complicado por un ensayo: el pelado ultramoderno. Y se ha constituido una extraña juventud con perfiles de medallón. Es un truco que consiste en acabarse de pelar y parecer que hace mucho tiempo que no se entra en una barbería. Los amigos se presentan como si vinieran en monedas españolas. Es el permanente de los pepillos, que lucen como si la víspera se hubiesen hecho papelillos. Hay muchachos que se peinan como se peinaban las niñas en mi infancia. Para el reparto de premios es muy importante que quede sobre la frente un pequeño moño a manera de penacho que sigue allí por prodigio de equilibrio. Hay también los hombres que se entresacan las cejas, se esmaltan las uñas, se despelan las grandes melenas de opereta y hasta cultivan la coquetería de ondularse, como si la soberanía del sexo pudiera llegar a la frontera del crespo artificial. Cada día abundan más los que, para odiar a la mujer, la imitan; los que se alejan de la mujer acercándose a ella, toman sus modas y sus oficios, de lo que resultan algunos profesores de baile, algunos decoradores de interiores y los rubios platinados.
No se ha conocido el barbero que en su negocio se haya hecho rico. Cuando una barbería progresa, degenera en salón de operaciones: con aire acondicionado, instrumental que brilla en níqueles flamantes y operarios que con sus chaquetas blancas y las iniciales bordadas sobre el bolsillo parecen cirujanos. Ya no merece la pena. Falta la murmuración del barrio, el techo de vigas, los ventiladores de paletas que producen ruidos sin echar fresco, la confidencia de la vecina de enfrente, la discusión de pelota, el masaje científico, el paño caliente y la técnica para sacar las espinillas. Le han dado la puñalada trapera a la barbería de accesoria, con la Caridad del Cobre con telaraña en el bote y los haraganes del barrio, que llegan cada tarde a contar no cómo les fue en el amor, sino cómo ellos quisieran que les hubiera ido.
Barbería cubana: pequeño negocio de amigos que vienen, espejos con manchas, brocha con jabón y poco pelo. Pero el barbero nos pregunta: “¿Qué tiró Castillo? ¿Cómo sigue la vieja? Y, por fin, ¿cuándo se casa la hermana?”. Y siempre tenemos que volver como se vuelve adonde el panorama es pequeño y el cariño grande.
El pelarse para algunos es deber sagrado e inaplazable; les toca y van a la barbería como el feligrés al templo. El pelarse para otros es necesidad que se deja de un día para otro hasta que no aguantan más y se deciden, con un heroísmo que anima un poco la esperanza de encontrar un sillón vacío. La espera en la barbería es un rito que huele a novia de campo y que pone a prueba las reservas de optimismo del criollo. Claro que tiene sus antídotos: verbigracia, el chisme del vecindario, hablar mal del Gobierno y sacar un crucigrama. El crucigrama es la cultura con traje de todos los días.
En el siglo pasado, el barbero era un personaje mixto y casi divino que ejercía funciones de médico, de comadrón, de dentista y que hasta pelaba de cuando en cuando. La barbería era el lugar adonde acudían los necesitados de sangría, de ventosas y de sanguijuelas. Aquellos salones con el oficial, el mancebo a propina y las paredes empapeladas como camerino de tiple, tenían el encanto de las grandes sorpresas. Llegaba el cliente que colgaba el gabán y el paraguas y había que preguntarle si venía a descañonarse o a sacarse una muela. De repente se presentaba el parroquiano con la barba muy crecida o la fiebre muy alta y tenía que esperar porque el barbero había ido a casa de su comadre a firmar un certificado de defunción.







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