Manuel Dagoberto Alemán Monterrey nació el 10 de marzo de 1914 en Camajuaní, antigua provincia de Las Villas, Cuba. Sus padres fueron Urbano Alemán y Evangelina Monterrey.
Aunque se le conoció popularmente como Manolo Monterrey, fue un eminente cantante y compositor de música popular cubana, bautizado por el público y la prensa como “El Ciclón Antillano”.
Desde muy joven demostró una clara vocación por la interpretación musical, dedicándose al estudio de la guitarra y a la técnica vocal. Al parecer, Manolo nació cantando; ¡y cómo serían sus aptitudes que en su pueblo natal no había fiesta a la que no fuera invitado! Se hacía acompañar por sus hermanos, con quienes conformó un integrado conjunto familiar dotado de guitarras y percusión.
En 1932, a la edad de 18 años, comenzó formalmente su carrera artística junto a su hermano Urbano. Años más tarde, solía cantar en el afamado programa radial La Corte Suprema del Arte, de la emisora CMQ en La Habana, donde interpretaba habaneras, valses y canciones románticas.
Luego se destacó como integrante del Trío Torres-Monterrey, donde fue inicialmente más reconocido por su destreza con la guitarra que por sus cualidades como vocalista. Recorrió varias provincias cubanas, pero siempre retornaba a su natal Las Villas, donde se hallaban sus raíces. Gozaba de excelente reputación por la seriedad y profesionalismo con que asumía la vida musical.
En 1938 se radicó en Caracas, donde pronto incursionó en la radio junto al célebre locutor Víctor Saume, alternando sones, décimas y guajiras de su tierra natal con el acompañamiento de su guitarra y jocosos comentarios sobre la cotidianidad.
Ese mismo año recibió una grata sorpresa al ser contactado por productores venezolanos (quienes posteriormente impulsarían empresas cinematográficas como Bolívar Films) para firmar un contrato en Venezuela, cuando contaba apenas con 24 años.
El 5 de abril de 1939, fue contratado por la firma Osorio & Villegas para integrarse al cuarteto Las Guarecitas y sus Rancheros, en compañía de su hermano Urbano y de las cantantes mexicanas Alicia Reynoso (yucateca) y Elvira Castilla Herrera (poblana), quienes formaban el dueto Las Guarecitas.
Estas dos artistas mexicanas acababan de llegar contratadas por Nicolás Vale Quintero, director de la emisora Ondas del Lago en Maracaibo (estación que transmitía en los 1120 AM, fundada en octubre de 1936). Con ellas recorrió la geografía venezolana de acuerdo con el contrato suscrito; sin embargo, en 1940, Nicolás Vale se enamoró de Elvira Castilla Herrera y contrajo matrimonio con ella.
Posteriormente, Elvira desempeñó un papel de singular relieve en la radio y la televisión venezolanas. De esa unión nació en Maracaibo, el 20 de abril de 1944, Raúl R. Vale Castilla, quien con el tiempo se consolidaría como un renombrado cantante, compositor, actor y comediante en México. Raúl estuvo casado con la destacada actriz y cantante mexicana Angélica María, con quien procreó a Angélica Vale, también reconocida artista del espectáculo. Raúl falleció tempranamente a los 59 años, en Houston, el 7 de diciembre de 2003.
Tras la boda de Elvira con Vale —quien además fungía como gerente del Hotel del Lago en la capital zuliana—, la agrupación se disolvió. Manolo permaneció un tiempo en Caracas y luego emprendió una gira por el interior de Venezuela como guitarrista acompañante de figuras mexicanas de la talla del humorista Chaflán, el Trío Calaveras y el compositor Lorenzo Barcelata.
Por aquella época, Manolo ya era guitarrista oficial de Radio Caracas Radio (RCR) y cobró notoriedad por sus improvisaciones en el recordado programa Pildorín, conducido por el inolvidable presentador Víctor Saume. Contaba Manolo que a la emisora llegaban constantes quejas y reclamos populares de contenido social, y él se dedicaba a componer coplas alusivas a dichos conflictos, acompañándose con su guitarra. Presentaba su segmento del siguiente modo:
“El cronista Pildorín
ya está en el aire cantando
las noticias, pero en guasa,
de todo lo que está pasando”.
Asimismo, el empresario venezolano Ricardo Espina le brindó la oportunidad de cantar jingles comerciales en Radio Libertador. A partir de allí, desarrolló una fecunda trayectoria radial en emisoras emblemáticas como la propia Radio Caracas Radio y Ondas Populares.
Para entonces adoptó definitivamente el nombre artístico de Manolo Monterrey, habiendo omitido su apellido paterno (Alemán) con motivo del estallido de la Segunda Guerra Mundial, pues consideraba inapropiado presentarse como “Alemán” mientras Adolf Hitler asolaba a Europa.
Así las cosas, un día se le acercó al “cronista” Monterrey nada menos que el insigne maestro Luis Alfonzo Larraín para invitarlo a sumarse a su orquesta. Recordaba Manolo que la impresión fue enorme porque jamás había cantado al frente de una gran orquesta —y mucho menos vestido de frac—, pero si el maestro Larraín confiaba en sus aptitudes, así habría de ser.
Manolo Monterrey debutó como vocalista de la orquesta de Luis Alfonzo Larraín y dio inicio a un ascenso imparable en el ambiente orquestal. La faceta de cronista quedaba atrás; una nueva etapa artística comenzaba.
Durante los cinco años que permaneció con Larraín no solo se desempeñó como guarachero estrella, sino que abordó con maestría guaguancós, sones, merengues dominicanos y diversos ritmos afroantillanos. Ello le permitió alternar con destacadas figuras consagradas de la época como Ada Alba, Elio Rubio, Graciela Naranjo, Francisco ‘Kiko’ Mendive, Marco Tulio Maristany, Rafa Galindo, Lorenzo Herrera y Mario Suárez.
En 1946, plenamente consagrado ante el gran público, fue contratado por el maestro Billo Frómeta (1915-1988) para incorporarse a la célebre orquesta Billo’s Caracas Boys, en la cual permaneció durante más de una década repleta de triunfos.
De ese período datan temas de inmensa popularidad como la encendida guaracha Se murió Camilo (autoría del propio Manolo); Cosa linda, de Avelino Muñoz; María Cristina y Ni hablar del peluquín, guarachas de Ñico Saquito; Ariel, de José Carbó Menéndez; el merengue Compadre Pedro Juan y el porro San Fernando.
A la misma época pertenecen las guarachas compuestas por Billo Frómeta: Que me la den entera, Embuste, embuste y Mamá, yo quiero un cadete, además de otros clásicos del maestro dominicano como Necesito una mujer, Cuando florezcan las amapolas y Ya don Rafael habló.
Con la Billo’s grabó también el inmortal tema Pachito Eché, del compositor colombiano Alex Tovar, pieza que más tarde interpretaría asimismo el gran Benny Moré.
Su impecable timbre, afinación, dicción y métrica, combinados con una arrolladora simpatía e histrionismo en la interpretación de sones y guarachas, llevaron al maestro Billo a bautizar solemnemente a Manolo Monterrey como “El Ciclón Antillano”.
En la década de 1950 vieron la luz nuevos éxitos como La burrita de Petare y Caminito de Guarenas, de Billo Frómeta, así como El baile del pingüino, del compositor cubano Ernesto Duarte. Manolo alternaba sus presentaciones públicas animando multitudinarias fiestas bailables, emisiones radiales y, posteriormente, programas de la naciente televisión.
En febrero de 1957 viajó a La Habana junto al actor y cantante Cecilio Francisco ‘Kiko’ Mendive (1919-2000), invitados por el célebre productor y magnate de los medios Gaspar Pumarejo (1913-1975) para participar en un homenaje histórico.
Pumarejo —conocido popularmente como ‘El Gordo de Oro’ o ‘El Hombre del Choripán’— fue un visionario pionero que marcó pauta histórica al fundar Radio Reloj en CMQ (julio de 1947) e introducir la televisión en Cuba con la inauguración de Unión Radio TV Canal 4 en octubre de 1950. Movido por una genial iniciativa mediática y por la gratitud hacia los artistas que difundían la cultura cubana internacionalmente, Pumarejo concibió el magno reencuentro 50 Años de Música Cubana, evento de repercusión continental.
Pumarejo dispuso que las cámaras del Canal 2 televisaran en directo desde el aeropuerto de Rancho Boyeros la llegada de los músicos. Aunque el primer grupo procedente de Europa arribó el lunes 18 y sufrió percances técnicos en la transmisión, Pumarejo resolvió el contratiempo al día siguiente presentando a las figuras europeas en su emblemático programa Escuela de Televisión.
Durante ese histórico fin de semana de febrero de 1957, Cuba vivía jornadas memorables: se celebraba el Primer Gran Premio Automovilístico de Cuba —conquistado por el mítico corredor argentino Juan Manuel Fangio— y el padre Ismael Testé inauguraba la Ciudad de los Niños en Bejucal.
El domingo 24 de febrero de 1957, Pumarejo, mediante la organización Hogar Club, produjo y transmitió en directo desde el Estadio del Cerro el monumental festival 50 Años de Música Cubana. En él congregó al talento residente en la isla y repatrió temporalmente, con todos los gastos pagados, a más de medio centenar de estrellas cubanas consagradas en el exterior.
La dirección artística del espectáculo en el Estadio del Cerro estuvo a cargo del genial coreógrafo de Tropicana, Roderico Neyra (Rodney), quien concibió cuatro majestuosas estampas: Estampas del Pasado (recorrido por el son, danzón, danzonete, sucu-sucu y la música campesina); Evocación (homenaje a las heroínas de la zarzuela cubana como Cecilia Valdés, Amalia Batista, Lola Cruz, María Belén Chacón, Soledad, Rosa la China y María la O); Pregones (recreación de los pregones callejeros tradicionales) y Música Negra (lo más selecto del folclor afrocubano). La producción televisiva fue magistralmente conducida por Héctor Beltrán.
El momento culminante de la velada aconteció al traer sorpresivamente desde Chile a la madre (Juana Silva Soto) y a la hermana del gran bolerista Lucho Gatica. El cantante chileno, que por entonces conmocionaba teatros, cabarés, radio y televisión en La Habana como la voz romántica más aclamada del continente, rompió en llanto en pleno escenario ante más de 30 000 espectadores presentes y millones de televidentes.
Esa misma noche, los destacados actores María Brenes y Otto Sirgo fueron coronados como Reyes de la Televisión de 1957. Durante toda la semana, los artistas visitantes recibieron efusivas demostraciones de afecto, homenajes gremiales y presentaciones especiales, entre ellas en El Show de la Medianoche, auspiciado por la prestigiosa revista Show.
El alcalde de La Habana, Justo Luis del Pozo, los agasajó formalmente en el Palacio de los Capitanes Generales, al tiempo que la Asociación de Descendientes de Veteranos Mambises rendía honores al músico José Quintín Bandera (hijo del heroico general mambí Quintín Bandera) y al propio Gaspar Pumarejo. Los músicos aprovecharon el viaje para reencontrarse con sus familias y palpar el latir cultural de una Cuba efervescente que vivía con intensidad sus noches musicales.
Aquella experiencia renovó el entusiasmo de los artistas por continuar llevando la dignidad de la música cubana por el mundo. No obstante, al regresar a Venezuela, Manolo abrigaba la añoranza de que sus resonantes triunfos internacionales tuviesen aún mayor eco en su patria natal.
Manolo Monterrey siempre reconoció con gratitud que fue en las filas de la orquesta de Billo Frómeta donde su carrera alcanzó dimensión continental. Con su inconfundible swing cubano, impregnó de estilo propio las guarachas de Ñico Saquito, los aires españoles y los arreglos del maestro Billo.
Sin embargo, en febrero de 1957, el maestro Billo Frómeta enfrentó un pleito judicial y fue encarcelado en Caracas a raíz de una demanda por bigamia interpuesta por su primera esposa, Mercedes Senior Guilhem. El conflicto devino en una severa crisis gremial. Billo recuperó su libertad el 27 de febrero tras demostrar su divorcio previo, pero la sanción sindical disolvió temporalmente la orquesta.
Frente a esta coyuntura, Manolo Monterrey asumió el liderazgo, reunió a la mayoría de los músicos y formó la agrupación Manolo Monterrey y su Orquesta. Bajo este sello realizaron presentaciones y llegaron a grabar en disco de 45 rpm el calipso A mí eso qué (de César Acosta) y la guaracha Los viejitos sí soplan (composición del propio Manolo), ambas interpretadas por él.
Tras disolverse la agrupación, Manolo fue contratado por el destacado director Jesús ‘Chucho’ Sanoja, convirtiéndose en una de las voces principales de su orquesta. Allí compartió escenarios con figuras estelares como Kiko Mendive, Nelson Pinedo, Alberto Beltrán, Tony Camargo, Víctor Piñero, Chico Salas, Rafa Galindo y Víctor Pérez.
Durante el veto sindical en Venezuela, Billo Frómeta viajó a La Habana, donde grabó varias producciones discográficas con la orquesta del insigne pianista cubano Bebo Valdés (1918-2013). Bebo recordaría más tarde que Billo debió residir una temporada en la capital cubana para mantener viva su producción musical. En julio de 1960, superadas las sanciones, Billo regresó triunfalmente a Venezuela reorganizando la Billo’s Caracas Boys.
Entre 1959 y 1961, Manolo formó parte de la Orquesta Sans Souci. Posteriormente, Renato Capriles lo reclutó para la orquesta Los Melódicos, alternando en la delantera vocal con Rafael ‘Rafa’ Pérez, Emilita Dago y Rafael ‘Rafa’ Galindo. De esta fructífera etapa nació el recordado álbum El veneno de los hombres, que incluyó temas grabados por Manolo como el son Oye bombón y la pieza Váyanse a dormir, reeditando asimismo varios de sus antiguos éxitos de la época de Billo.
Tras siete años de éxitos con Los Melódicos, Manolo decidió hacer un alto para fundar su propia agrupación, Los Armónicos, con la valiosa colaboración del saxofonista José ‘Pepe’ Molina. Con ella grabó diversos discos de larga duración (LP) y realizó exitosas giras por Colombia y Estados Unidos. En 1972, Los Armónicos conquistaron el codiciado premio Congo de Oro en los célebres Carnavales de Barranquilla.
En 1975, Renato Capriles lo reincorporó a Los Melódicos, iniciando un segundo ciclo con la orquesta que se extendió hasta 1985. En sus años finales, ofreció emotivas presentaciones junto a su entrañable hermano de la música, el bolerista Rafael ‘Rafa’ Galindo, antes de su retiro definitivo de los escenarios.
Sus memorias y vivencias quedaron plasmadas en su libro autobiográfico ¡Qué mantequilla!. En el plano personal, Manolo Monterrey estuvo casado con la Sra. Amanda Cisneros, unión de la cual nacieron sus tres hijos: Manuel, Reinaldo y Rosamanda.
Manuel Dagoberto Alemán Monterrey “El Ciclón Antillano”, falleció en Caracas el 25 de agosto de 1997, a los 83 años de edad, víctima de metástasis derivada de un cáncer de próstata, dejando un legado imborrable en la historia de la música popular hispanoamericana.







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