Por J. A. Albertini, especial para LIBRE
La China
Me interrumpió con una mirada directa. Frunció los labios en ademán parecido a una sonrisa y espetó:
—¿Que por qué…me metí a puta?
—No te lo he preguntado. Nunca lo he hecho. Ni tan siquiera lo he hablado con Gualberto Aquilino —respondí cohibido.
—Sé que Gualberto Aquilino no toca ese tema. De hecho, entre él y yo, no lo hablamos. Es muy respetuoso.
— ¿Estás enamorada de él…?
—Lo estoy y sé que me corresponde, pero…
—¿Pero qué…? Ahora están juntos. Mañana, si la causa triunfa, pueden formalizar la relación.
— De eso no habla. Nunca lo hará. Él es cristiano de fe presbiteriana. Es capaz de perdonar a quien considera pecador, pero nunca irá más allá. Me conoció de puta.
Sentí vergüenza ajena y atropellé las palabras.
—También de luchadora. Eres una mujer valiente con un hijo pequeño. Lo arriesgas todo y, sin embargo, sigues en la pelea. Eres admirable…
Esa tarde, al separarnos, remató la despedida con una sonrisa ambigua.
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A finales de ese año y principios de 1963 el D.R.E. sufrió, dentro de Cuba, un golpe brutal. Jorge Medina Bringuier, alias el Mongo, quien desempeñaba una tarea importante dentro de la coordinación nacional, resultó ser un informante de la policía política. Consecuentemente, el G-2 realizó, a lo largo y ancho de la Isla, allanamientos, incautaciones, detenciones, juicios sumarísimos y fusilamientos.
En Las Villas, enterados con cierta antelación de las delaciones del Mongo, tomamos medidas de emergencia. Muchos conspiradores, entre ellos, Gualberto Aquilino, desaparecieron de la luz pública. Algunos se sumaron a las guerrillas del Escambray; otros, la minoría, trataron de buscar asilo en alguna de las pocas embajadas latinoamericanas que quedaban en La Habana, luego de la expulsión, en enero de 1962, del régimen castro-comunista de la OEA.
Una tarea importante entre los planes de contingencia que pusimos en marcha era trasladar el mimeógrafo a una nueva ubicación. Auxiliado por la China, desmonté el mimeógrafo y lo escondí dentro de una maleta. Acompañada por Sebastián, su hijo de cuatro años, participó en el traslado. Salimos a la calle en pleno día y con desenvoltura. De mi mano derecha pendía la maleta de viaje. El brazo izquierdo de la China se enlazaba con el mío y Sebastián iba de su mano derecha. Aparentando ser una familia, abordamos un taxi, hasta llegar al sitio escogido.







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