Memoria constante. Relatos verídicos

Written by José A. Albertini

7 de octubre de 2026

Por J. A. Albertini, especial para LIBRE

La China

La China guardó silencio. Sus ojos, de rasgos asiáticos y mirada indescifrable, se posan en el sol de la tarde.

—¿En qué paró la pelea…?

—Algunos días después mi marido, por un amigo, se enteró de que el Isleño se había alzado en el Escambray con el Directorio 13 de marzo. Entre quienes conocían al Isleño no era secreto que se fue para las lomas huyéndole a deudas pendientes y estafas cometidas.

Por Gualberto Aquilino, que sentimentalmente estaba involucrado con la China, yo conocía partes de la historia.

—¿Y después…? —aticé mi curiosidad.

—En diciembre, por la fecha en que parí, se le concedió el retiro, pero los mandos superiores, debido a la situación de guerra que había en la provincia, lo pospusieron para marzo de 1959. El domingo 28 de diciembre, en la madrugada, cuando empezaron los primeros tiros de la Batalla de Santa Clara, él dormía en casa. Rápido dejó la cama. El cuartel no estaba lejos y dijo: Tengo que ir. La cosa está color de hormiga. Respondí que Batista se estaba cayendo; que no tenía que ir a ningún lado y que por cabronadas del gobierno le estaba aguantado el retiro. Quédate conmigo y con tu hijo. Eres un militar profesional con más de 25 años de servicio. Nunca te has metido en política y no tienes por qué jugarte la vida por esta dictadura. Los barbudos van a ganar y si peleas en su contra te pueden quitar el retiro, si es que no mueres en la lucha. —La China bajó la mirada y, asumiendo responsabilidad, manifestó: Metí la pata. Me hizo caso. Se quedó en la casa y lo mataron mansito, mansito. Fue el mala entraña del Isleño.

—¿Cómo fue eso de mansito…?

—El Isleño con las tropas del Directorio había entrado, el día 28, por la carretera de Manicaragua, para sitiar el Cuartel 31 de la Guardia Rural. No me preguntes cómo y por qué supo, averiguó o se imaginó que mi marido estaba en casa. Lo real fue que el miércoles 31 de diciembre, a media hora del 1 de enero y la caída de Batista, el Isleño, con tres barbudos más, llegó a la casa y forzó la puerta. Mi marido, con el revólver en la mano, solo tuvo tiempo de meterse bajo la cama matrimonial. El Isleño sonriendo preguntó por él. Asustada y cargando al niño, que lloraba, le dije que estaba en el cuartel. Fingió creerme y dio órdenes de retirarse. Cuando pensé que lo había engañado, de un empujón me apartó y se encaramó en la cama. Parado encima del colchón con una Thompson, de esas que ves en las películas, ametralló a todo lo largo y ancho del colchón. Después que terminó y vio la sangre que salía debajo de la cama, dijo: ¡Cabrón, te dije que me las ibas a pagar!

— ¡Tenía un revólver…!

—Pienso que no lo usó para no empeorar las cosas. Ellos eran más. Si trataba de defenderse condenaba a su familia. Fue un hombre valiente.

—No ha sido fácil —atiné a decir—. Tu vida cambió de un día para otro y me pregunto…

Me interrumpió con una mirada directa. Frunció los labios en ademán parecido a una sonrisa y espetó

— ¿Que por qué me metí a puta?
—No te lo he preguntado. Nunca lo he hecho. Ni tan siquiera lo he hablado con Gualberto Aquilino —respondí cohibido.
—Sé que Gualberto Aquilino no toca ese tema. De hecho, entre él y yo, no lo hablamos. Es muy respetuoso.
— ¿Estás enamorada de él…?
—Lo estoy y sé que me corresponde pero…
—¿Pero qué…? Ahora están juntos. Mañana, si la causa triunfa, pueden formalizar la relación.
— De eso no habla. Nunca lo hará. Él es cristiano de fe presbiteriana. Es capaz de perdonar a quien considera pecador, pero nunca irá más allá. Me conoció de puta.
Sentí vergüenza ajena y atropellé las palabras.
—También de luchadora. Eres una mujer valiente con un hijo pequeño. Lo arriesgas todo y, sin embargo, sigues en la pelea. Eres admirable…
Esa tarde, al separarnos, remató la despedida con una sonrisa ambigua.
A finales de ese año y principios del 1963 el D.R.E. sufrió, dentro de Cuba, un golpe brutal. Jorge Medina Bringuier, alias el Mongo, quien desempeñaba una tarea importante dentro de la coordinación nacional, resultó ser un informante de la policía política. Consecuentemente el G-2 realizó, a lo largo y ancho de la Isla, allanamientos, incautaciones, detenciones, juicios sumarísimos y fusilamientos. En Las Villas, enterados con cierta antelación de las delaciones del Mongo, tomamos medidas de emergencia. Muchos conspiradores, entre ellos, Gualberto Aquilino, desaparecieron de la luz pública. Algunos se sumaron a las guerrillas del Escambray; otros, la minoría, trataron de buscar asilo en alguna de las pocas embajadas latinoamericanas que quedaban en La Habana, luego de la expulsión, en enero de 1962, del régimen castro-comunista de la O.E.A. Tarea importante, entre los planes de contingencia que pusimos en marcha estaba mover el mimeógrafo para una nueva ubicación. Auxiliado por la China desmonté el mimeógrafo y lo escondí dentro de una maleta. Acompañada por Sebastián, el hijo de cuatro años, participó en el traslado. Salimos a la calle en pleno día y con desenvoltura. De mi mano derecha pendía la maleta de viaje. El brazo izquierdo de la China se enlazaba con el mío y Sebastián iba de su mano derecha. Regalando una apariencia familiar abordamos un taxi, hasta llegar al sitio escogido. Luego de la entrega, para aminorar la tensión, regresamos a pie. En el Parque de los Mártires, frente a la estación de trenes, hicimos un receso. Sin cruzar palabras nos sentamos, a la sombra de un árbol, en uno de los bancos de granito. Sebastián, liberado de la mano materna, se entretuvo siguiendo el trajinar de unas hormigas. —Esto se pone malo —rompí el silencio—. ¿Has pensado reunirte con tu familia en La Habana…? — ¿Tienes miedo…? —No es para menos. Todos los días cogen gente presa. No sabemos hasta donde llegarán las chivaterías. Lo dije por ti y Sebastián. —Cuando pude no lo hice. Mi hermana, el marido y los dos hijos, incluyendo a mamá, están por irse del país. — ¿Por qué no lo hiciste cuando enviudaste? —Mi marido era precavido. Dejó bastante dinero escondido. Los dos sabíamos dónde estaba. Además, como esposa legítima tenía derecho a su pensión de retiro y a heredar los negocios. Nada logré. Una cosa piensa el borracho y otra el bodeguero —remató con un dicho popular. — ¿En qué paró el asunto…? —Lo primero, como disponía de suficiente dinero, fue mudarme con el niño para un apartamento pequeño y cómodo. Después, empezó la tragedia. Acusé, ante los tribunales, al Isleño de robo y asesinato. Fuimos a juicio. Un juicio que, tarde me di cuenta, estaba arreglado para quitarme el derecho a heredar la valla de pelea y gallería. El Isleño de acusado pasó a acusador. Dijo que él no lo asesinó. Que a mi marido se le aplicó la justicia revolucionaria porque además de militar corrupto y comprometido con la tiranía había sido delator de revolucionarios; jugador y garrotero. ¡Para colmo!, hasta testigos falsos presentó. Poco faltó para que me prendieran. Cuando el juicio terminó y salí de la sala del tribunal, hubo quienes gritaron: ¡Esbirra, esbirra, paredón, paredón…¡ Ahora, las leyes son para proteger a los revolucionarios…! —Fue una locura denunciar al Isleño. Ellos habían ganado y eran implacables con todo lo que oliera a Batista y sus seguidores. —Me dejé engañar por la propaganda. Antes de vencer y, en los primeros días del triunfo se llenaban la boca para gritar que la revolución representaba honradez y justicia. Dijeron que policías y militares que no estaban comprometidos con abusos y asesinatos nada tenían que temer. Incluso, pedían, que se quedaran sirviendo a los cuerpos armados de la revolución. ¡Así mismo decían! Permanecí callado y contemplé la hilera de hormigas de Sebastián. Quizá la incertidumbre de los días que vivíamos y empujado por la certeza de que el mañana estaba fuera de nuestro alcance, me atreví a formular la pegunta que me rondaba desde el día en que la conocí. — ¿Cómo fuiste a parar al Bar Televisión…? Clavó los ojos rasgados en mi rostro. La peculiar sonrisa ambigua, clara alusión a su herencia asiática, se insinuó en sus labios. —Como otros, desde que nos conocemos, has querido saberlo. —No tienes que responder. Es tu vida privada. —No sientas pena. Somos amigos y estamos comprometidos hasta el cuello —me animó—. El dinero que mi marido dejó se fue acabando y tuve que mudarme a la dirección que conoces. Nadie me daba trabajo y tenía a Sebastián. En el nuevo barrio conocí a una vecina que trabajaba en el Bar Televisión. No tenía hijos y vivía con la madre. Ella me presentó a la dueña del bar. La madre de mi amiga, cuando yo estaba en el bar, por poco dinero, cuidaba a Sebastián Después, me ligué con un grupo que desde el llano ayudaba a las guerrillas del Escambray. No me gustaba el trabajo, pero resultaba bueno para servir a la causa. Así me conociste y así ayudé con los muchachos que se alzaron. No me agrada esa vida —comentó por lo bajo—. Enriqueta —retomó —la dueña del bar, tal vez alertada por Félix Torres o Rolando Cubela, antes de que el gobierno lanzara la Operación 3 P, liquidó el negocio; le vendió el edificio al gobierno y desapareció. Hubo quienes dijeron que se fue para La Habana, otros que para Venezuela. Enriqueta no es el tema —rectificó—. Dejé la prostitución y gracias a Aquilino conseguí trabajo, aunque mal pagado, como fregadora de botellas en la licorería Cuadrado. Pero, cuando aplicaron la ley de las 3 P, me detuvieron. En los registros policiales estaba registrada como prostituta. Me amenazaron con quitarme a Sebastián y enviarme a trabajar, como reclusa, en plan de reeducación social y política, para la agricultura. Gracias a Dios, pude avisarle a Aquilino. Acompañado por el administrador de la licorería se presentó en la estación de policía. Ellos demostraron que voluntariamente yo había dejado la actividad y era empleada de la fábrica de licores. Es más, Aquilino dijo que teníamos planes para casarnos. Aquilino me salvó —el tono de voz iba más allá del agradecimiento—. Por cierto— acotó—, eliminar de un golpe la prostitución controlada, sanitariamente, trajo por consecuencia el desparramo total. Muchas de las que fueron encarceladas y las que no lo fueron, cuando la efervescencia de las 3 P, comenzaron a putear por la libre, o bajo la tutela oculta de un chulo sobreviviente. ¡No quieras tú saber la epidemia de sífilis y gonorrea que se destapó! Sebastián seguía con las hormigas y la incertidumbre del momento atropellaba mis ideas — ¿Qué piensas hacer? —cesé de mirar a Sebastián y sus hormigas. —Quedarme en mi casa. Seguir trabajando en la fábrica. Pensar que Aquilino se encuentra bien… son muchas cosas a la vez. ¿Y tú…? —Es lo mejor que puedes hacer. El Mongo nunca te conoció ni supo de la ubicación del mimeógrafo. — ¿Y tú…? —insistió. —El Mongo sí me conoce. Me conoce muy bien. — ¿Te esconderás, como hizo Aquilino…? —Es muy probable. — ¿Quién sabe cuándo volveremos a vernos? —dijo sin mirarme—. ¡Cuánto diera por saber de Aquilino! No se me quita de la cabeza. —Aquilino volverá. Volverá, cuando todo esto sea historia para contar —dije a manera de consuelo. Entonces me miró. — ¿Volverá… volverán todos…? —la pregunta se cargó de angustia. —Volveremos, aunque sea de una u otra forma —afirmé, carente de convicción — ¡Me asustas…!
En la primavera de 1969, en preparación de la llamada “zafra de los diez millones de toneladas de azúcar”, el país, en función de la consigna gubernamental: “Todos a la agricultura. Que no quede caña sin limpiar ni caña sin tumbar”, quedó semiparalizado. En aras del objetivo, profesionales, estudiantes, obreros industriales y artesanales, junto a elementos de las fuerzas armadas y reclusos penitenciarios trabajaron forzados, a lo largo y ancho de la isla. Había que asegurar el éxito de la molienda de 1970. Había que cumplir con el Comandante en Jefe y su contundente aseveración: “¡Los diez millones van; de que van van!”.
Por entonces, acusado de delitos “contrarrevolucionarios” yo guardaba prisión en la provincia de Las Villas. A inicios de aquel año un nutrido grupo de reclusos políticos fuimos trasladados a un lugar, no lejos de Santa Clara, llamado Cardoso. Allí, a principios del siglo XX se encontraba en pleno auge productivo el ingenio San Cristóbal, propiedad del terrateniente Juan Cardoso. Sin embargo, entre 1922-1925, arrastrado por el derrumbe del precio mundial del azúcar, Cuba sufrió una severa crisis económica bautizada, popularmente, como: “La época de las vacas flacas”. La debacle azucarera silenció las maquinarias del San Cristóbal y el batey, del esplendor azucarero solo conservaba, aún conserva erguida, para orgullo de los vecinos, “La torre de Cardoso”, visible desde la carretera que, partiendo de Santa Clara, une a los poblados de Seibabo y Matagua con Manicaragua.
Cuentan los ancianos lugareños que en junio de 1920, el tenor italiano Enrico Caruso, de gira artística en Cuba, desde el mes de mayo, cantó el jueves 17 en el teatro La Caridad de Santa Clara. Juan Cardoso en compañía de la esposa asistió al costoso espectáculo. Terminada la función e impresionado por la interpretación logró que le presentasen al tenor. Se comenta que el terrateniente y empresario le cursó una invitación, acompañada por una irresistible suma de dinero, constante y sonante, para que al día siguiente le visitara en su propiedad.
Caruso se sintió tan halagado y recompensado que pospuso su partida para la ciudad de Cienfuegos y honró la invitación. Luego de disfrutar de un almuerzo espléndido y un poco avispado por unas copas de vino, en horas de la tarde, fumando un puro torcido en Manicaragua, salió al portal de la casona y cantó a capela, a pleno pulmón, O sole mio para regocijo de la familia Cardoso y los vecinos del batey que afuera se aglomeraban.
Bueno, dejando de lado la digresión sobre las historias de Cardoso, su torre y Caruso, en honor a la verdad, debo decir que la estancia en Cardoso resultó una etapa de hambre, represión y trabajo esclavo.
Los meses de abril y mayo llegaron a Cardoso, y zonas aledañas al macizo montañoso del Escambray, con ímpetu de tormentas diarias. Las madrugadas cuando, en carretas tiradas por tractores, después de un desayuno de agua con azúcar prieta y una rebanada de pan, del espesor de un dedo, partíamos, custodiados por guardias armados, a guataquear los campos de caña para limpiarlos de plantas parasitarias, resultaban de clima fresco y húmedo. Pero, a medida que el sol escalaba, el agua encharcada en los surcos de caña, producto de los aguaceros del día anterior, se calentaba y despedía un vapor que ponía los cuerpos a sudar y dificultaba la respiración.
Al mediodía, coincidiendo con el raquítico almuerzo, que llegaba en una de las carretas que en la mañana nos había traído el sol, tragado por las nubes, iba desapareciendo. Era la hora en la cual los campesinos asalariados que laboraban para la cooperativa cañera, rehuyendo la lluvia que se avecinaba deponían el trabajo para tomar el almuerzo en sus viviendas y no, a causa de los aguaceros diarios, regresar hasta el día siguiente. Sin embargo, nosotros, los presos políticos, muchas veces terminábamos la magra comida bajo rachas de viento, agua y truenos para enseguida volver, guataca en mano, a entrar al campo de caña, que del calor de la mañana pasaba a ser frío y donde el sudor de la mañana se lavaba en la lluvia que nos ponía a tiritar.
Imposible olvidar aquella primavera de 1969, por las carencias, malos tratos agudizados y sucesos como la bronquitis que pescó mi compañero de infortunio y guataqueo Orestes Castillo Báez. Castillo, le llamábamos por el apellido, estuvo muy enfermo pero no logró que lo rebajaran del trabajo. Pena causaba verle llegar, un día y otro, a los campos de caña, flaco, demacrado, falto de aliento y debilidad corporal que se acentuaba con los aguaceros puntuales. Por las noches, en el barracón-prisión, su tos cavernosa y jipío respiratorio, a pesar del agotamiento generalizado, causaba desvelos y nos hacía maldecir al régimen, a su “Máximo Líder”, a la “Zafra de los 10 millones” y a la malhadada “Revolución Socialista”.
También, la estación y el año, a despecho de los años transcurridos, me resultan inolvidables ya que, en esa temporada, conocí a Cándido y más tarde a su mujer. Candito, para todos, no recuerdo el apellido, llegó a la granja-reclusorio de Cardoso para ayudar al jefe de la guarnición en las tareas de administración. Candito, contador de una empresa gubernamental, había sido condenado a cinco años de prisión por apropiación y malversación de recursos económicos del estado. Él se proclamaba partidario del régimen y en su defensa, alegaba que purgar su error lo convertía en mejor revolucionario.
Pronto los presos políticos descubrimos que era un oportunista, no del todo dañino, que buscaba el acomodo. La relación de Candito con la guarnición se adecuaba a la fachada de revolucionario en vías de regeneración. Sin embargo, con los presos políticos, se mostraba afable y dispuesto a resolver cualquier situación, de índole menor, en la cual alguno o varios, pudiésemos resultar perjudicados. Candito despedía el tufo del clásico habilidoso. Espejo de la frase: “Vive y déjame vivir”.
Amistoso y amante de los deportes, al anochecer, poco antes del recuento nocturno y del toque de silencio, solía relacionarse con los que fumábamos el último cigarro del día, sentados en los bancos rústicos del rancho-cocina-comedor, e intercambiábamos recuerdos y anécdotas. Derivación de las charlas y narraciones, en voz del Mocho, de viejas películas hollywoodenses resultó que Candito, muy enamorado de su esposa y padre de dos niñas jimaguas, una de esas noches, contó que al ser condenado, por el fraude cometido, llevaba dos años de matrimonio. Dijo que al ser detenido las jimaguas tenían menos de un año de nacidas. Recuerdo que la confesión espontánea, bajo una luz fatigada, puso brillo en sus ojos. Sobrevino un silencio que rompí cuando, también sensibilizado, manifesté que al caer preso, a pocos meses de casado, mi esposa estaba embarazada y que parió una hembra que aún yo no conocía.
Antes de esa noche mi trato con Candito había sido correcto y superficial. No obstante, pienso que por la coincidencia de ser padres que padecían la separación familiar, de manera más frecuente, buscó mi compañía. Él era algunos años mayor que yo. Con familiaridad, de mi parte no concedida, obvió mi nombre y comenzó a llamarme el Estudiante.
Candito, monopolizando las conversaciones que invariablemente desembocaban en lo arrepentido que estaba por la metedura de pata y lo mucho que amaba a su familia, llegaba a ser patético. Siendo justo, admito que había momentos, los menos, que resultaba ocurrente, ingenioso y dicharachero.
¡Claro…! cómo olvidar, cincuenta y tantos años después, el 25 de mayo de 1969. Último domingo del mes y fecha en la que las autoridades penitenciarias concedieron el primer permiso, desde nuestra estadía en Cardoso, para que de ocho de la mañana a dos de la tarde pudiésemos recibir la visita de familiares y la jaba salvadora con alimentos no perecederos.
Me alegró, luego de meses, reencontrarme con mi esposa aunque sufrí la desilusión, una vez más, de no poder conocer a mi hija. Gabriela me consoló con argumentos contundes: El viaje es incómodo y cargo la jaba. Además la niña es delicada y todas las tardes llueve. No es bueno exponerla a que le caiga un aguacero. Ya la tendrás por el resto de la vida.
Comprendí el razonamiento y ávido de información le pregunté por familiares y amistades cercanas. Debo reconocer que regla primordial era, en madres y esposas, infundirnos ánimos y mostrar optimismo, a pesar de sufrimientos y carencias de todo tipo que la existencia diaria, bajo un régimen totalitario e ideológicamente discriminatorio, les imponía.
Gabriela, al tiempo que respondía, señaló lo flaco que estaba e hizo que tragara un pan con carne. Apartados de los demás, en sillas plásticas, nos sentábamos bajo la sombra de un almácigo que crecía dentro del perímetro alambrado del patio-prisión.
— ¡Estudiante, estudiante, mira pa’ca…!
La voz venía del comedor, donde se concentraba la cantidad mayor de reclusos y visitantes. Me incorporé. Candito, de pie, agitaba una mano.
—Arrímate pa’ca y trae a tu mujer que quiero presentarte a la mía…
Gabriela hizo un gesto de fastidio y dijo:
—Saludamos y volvemos aquí. No quiero que la visita se nos vaya hablando con todo el mundo.
—Saludamos y me lo quito de arriba. Si no vendrá a jeringar.
El comedor sostenido por horcones, carente de paredes y techo de zinc, acomodaba mesas largas de tablas y bancos rústicos, a todo lo largo. Aquel día, rehuyendo el sol de la mañana y posibles lluvias se convertía, para la ocasión, en el sitio idóneo. Voces y risas se mezclaban.
Sonriendo me tendió la diestra. Se la estreché sin mirar a nadie en particular. Eludía el entrecruce de voces y risas.
— ¡Al fin conozco a tu esposa…! —Exclamó y estrechó la mano de Gabriela—. Les presento a la mía —dijo y apuntó para una mujer, sentada cerca de otras personas, en la cual yo no había reparado.
Puse cara de sonrisa y perseguí el ademán de Candito. La mujer, de rostro achinado, me miraba fijamente. El estómago saltó y perlas de sudor se enquistaron en mi labio superior. ¡Era la China…!
—Caridad Wong Pichardo —se presentó y saludó con un movimiento de manos.
—China, para mí y los amigos —intervino Candito—. ¿No trajo a la niña…?
—El tiempo está muy malo. Llueve todas las tardes —Gabriela respondió—. ¿Ustedes tienen hijos…?
La China guardaba silencio. Evadíamos conocernos.
—Dos jimaguas que están preciosas —Candito, fiel a su costumbre, para mi tranquilidad, acaparaba la conversación.
La China irguió el rostro y aclaró.
—Tengo un hijo de un matrimonio anterior del que enviudé. Se llama Sebastián. En diciembre de este año cumple once años de edad.
— Me reconoce como su padre y lo quiero tanto como a las jimaguas —Candito se ufanó.
—No tengo quejas. Cándido es un gran padre —dijo y me miró en un instante que chispeó de preguntas e impuso, o así lo imaginé, la presencia de Gualberto Aquilino.
Y en el tiempo que compartimos con ellos, no más de cinco minutos, Candito hablaba y hablaba.
Seis años habían pasado desde las delaciones del Mongo Medina. Fueron seis años que se cargaron de sucesos dolorosos; a veces trágicos. Seis años que dan para toda una vida. Seis años que para mí, en lo que atañe a la China, quedaron suspendidos en el Parque de los Mártires, el pequeño Sebastián y su hilera de hormigas. Seis años que topa con dos de sus protagonistas. Seis años que se cruzan, fugazmente, con el silencio y la discreción que el clandestinaje impone.
Al despedirnos la China y Gabriela rozaron sus mejillas. Me tendió la mano. Se la estreché. Nos miramos de frente e intercambiamos un montón de preguntas silentes. La interrogante de Gualberto Aquilino copó sus pupilas y mis ojos, acallando el parloteo circundante, gritaron: ¡China lo mataron… Gualberto Aquilino murió en 1964, ‘fajao’ a los tiros, en Caibarién…!
Candito a dos días de aquella visita, inesperadamente, fue trasladado de prisión o puesto en libertad. Entre los presos se rumoró, por decir algo, que había sido un infiltrado. Otros, los más benévolos dijeron que su constante cacareado arrepentimiento y adhesión al gobierno obró a su favor.
Nunca más, hasta el presente de exilio y lejanía, he vuelto a saber de la China.

JUANÍN PEREIRA EN LA MEMORIA

                                                     “Quien vive para todos, continua          viviendo en todos”.
                                                                                              José Martí.

Conocí a Juan Ramón Pereira Varela poco tiempo después del descalabro de Bahía de Cochinos de abril de 1961. El Directorio Revolucionario Estudiantil (D.R.E.) se reestructuraba dentro de Cuba para enfrentar los nuevos retos que el régimen comunista de Fidel Castro le imponía a la oposición democrática y clandestina de la Isla.
Por entonces el D.R.E., había sufrido en la provincia de Oriente, en medio de un alzamiento armado, la detención, en compañía de otros luchadores, de Alberto Muller, secretario general del movimiento. Juan Manuel Salvat, secretario nacional de propaganda, perseguido de cerca por los cuerpos represivos, en busca de recursos para proseguir la lucha, clandestinamente había partido para los Estados Unidos. A esto debemos sumarle los fusilamientos de Virgilio Campanería y Alberto Tapia Ruano. Sin olvidar a los que en esa causa, como Tomás Fernández Travieso, fueron sentenciados a purgar largas condenas carcelarias.
En Las Villas, provincia de la cual desde octubre de 1960 formé parte del núcleo fundador del movimiento, no habíamos corrido con mejor suerte. José González Silva (Puchy) primer coordinador en la región central, por su comprometimiento en el alzamiento de Oriente se encontraba clandestino en la ciudad de La Habana y se alistaba para integrar la dirección nacional del movimiento.
Otros coordinadores provinciales generales que precedieron a Puchy como el sagüero Rafael Marqués Tabares, también había sido detenido y quienes lo sustituyeron, primero César Menéndez…, vía marítima y clandestina, abandonó Cuba y su sucesor Felipe Pérez…, al poco tiempo de ocupar la posición, se refugió en la embajada de México en la ciudad de La Habana.
Bajo esas circunstancias Rafael Mariscal Sotés… que se venía desempeñando como coordinador regional de Sagua la Grande (las regiones eran Santa Clara, Sagua la Grande, Sancti Spíritus y Cienfuegos) interinamente ocupó la coordinación de la provincia y fue citado a una reunión nacional, con la sugerencia que llevase a dos personas para que integrasen el núcleo central de la nueva directiva provincial.
Rafael escogió a Manuel Sánchez Veitía…, el mulato Manolo, quien era un cercano colaborador suyo y a mí, que en aquellos momentos me desempeñaba como el coordinador de la región de Santa Clara.
La reunión se efectuó una tarde en una casa del barrio Vedado (no recuerdo la dirección). En ella estaban presentes, los miembros de la dirección nacional Julio Hernández Rojo…, Laureano Pequeño…, José González Silva y una persona más a la cual, nosotros, los invitados, no conocíamos.
Julito, sin efectuar presentaciones, inició la conversación realizando un informe verbal en el cual nos puso al día sobre la situación del momento y los cambios que la organización necesitaba hacer para perfeccionar y ampliar el funcionamiento operativo frente al régimen.
Luego se volvió hacia el desconocido y lo presentó como Miguel Ángel (nombre de guerra) quien era el nuevo coordinador nacional. El llamado Miguel Ángel tomó la palabra y nos explicó que el D.R.E., debido a los requerimientos, dejaba de ser una organización solamente estudiantil para dar entrada en sus filas a obreros, campesinos, profesionales, amas de casa, etc.
—Todo aquel que quiera luchar por la libertad de Cuba tiene cabida y será bienvenido en nuestro movimiento —dijo.
A Rafael Mariscal lo nombró coordinador provincial general de Las Villas y Rafael, con la aprobación de los presente, a su vez designó a Manuel Sánchez Veitía jefe provincial de suministros y a mí coordinador provincial estudiantil y su segundo.
Antes de despedirnos nos dio a entender que pronto Julio Hernández Rojo partiría al exterior, para regresar en compañía de Juan Manuel Salvat y otros dirigentes, con recursos humanos y materiales que nos permitirían continuar la lucha. También, dejó claro que todos los cargos y nombramientos, empezando por el de él, eran de carácter provisional y que al radicarse en suelo cubano, la dirigencia total del D.R.E., se efectuaría una reestructuración final.
A partir de aquella reunión y hasta poco tiempo antes de su trágica muerte participé en encuentros frecuentes con Miguel Ángel, casi siempre en mi casa, en la ciudad de Santa Clara, donde se reunía con los integrantes de la dirección provincial, para fijar estrategias.
Durante el tiempo que estuvo al frente del D.R.E., desarrolló una importante labor organizativa, viajando constantemente a las provincias, pues le interesaba estructurar un movimiento clandestino sólido y fuerte. Especial énfasis puso en crear a todo lo largo y ancho del país una red confiable de casas de seguridad, siempre en espera de las actividades que se realizarían cuando Juan Manuel Salvat y demás dirigentes regresaran a Cuba.
A mi memoria, Juanín Pereira, viene como un joven de tez blanca, abundante pelo castaño y ojos del mismo color. Presencia agradable y robusta de unos 20 o 22 años de edad que medía alrededor de 5 pies y entre 8 o 9 pulgadas de estatura. Sonreía con facilidad y era de mirada recta. A veces lo vi con espejuelos de cristales graduados. También, lo rememoro, en ocasiones, vestido con pantalones deportivos de color beige claro y camisas blancas de mangas largas que llevaba cuidadosamente dobladas sobre los brazos. El calzado era de horma ancha y moderna.
Una anécdota que recuerdo frecuentemente fue el día en que otro miembro de la dirección nacional del movimiento con el cual él mantenía amistad desde años atrás, (situación que supe después) en medio de una delicada reunión a la cual asistí en compañía de Rafael Mariscal, cometió, impensadamente, la indiscreción de llamarle Juanín. Rafael y yo intercambiamos una mirada interrogante. Quien incurrió en el error se sonrojo. Sobrevino un silencio tenso que Juanín rompió.
— ¡Así es imposible conspirar con seriedad! —dijo conteniendo la ira. —Para todos sigo siendo Miguel Ángel, no más indisciplinas —precisó en tono duro.
Otro momento que nunca olvido fue un domingo soleado, alrededor de las nueve de la mañana, en que proveniente de Camagüey llegó a mi casa en Santa Clara, en compañía de una de las hermanas la Villa. No recuerdo si era Raquel… o Cecilia…. Apenas descendió del automóvil (Oldsmobile modelo 1956, color blanco y rojo mamey) y luego de los saludos de rigor preguntó si cerca quedaba una iglesia católica. Mi hermana Nancy y yo nos miramos extrañados y le recordé que en pocos minutos llegarían otras personas de la dirección provincial con las cuales él había pedido reunirse. Respondió que si había un templo cercano el no demoraría mucho, pero que como era domingo quería ir a misa y orar. Entonces mi hermana le dijo que a pocas cuadras de distancia estaba la iglesia La Divina Pastora y se ofreció a acompañarles.
Más tarde Nancy me contó que durante todo el oficio religioso se mantuvo arrodillado, las manos unidas, la mirada baja y orando por lo bajo.
Ese día supe que Juan Ramón Pereira era un católico practicante.
Adentrado el otoño del propio año 1961, las autoridades represivas del castrismo (G-2), secundados por el ejército y la milicia desataron en Las Villas una feroz campaña de infiltración, persecución y exterminio contra las heroicas guerrillas alzadas en armas en el macizo montañoso del Escambray y las organizaciones clandestinas que, desde las ciudades y pueblos villaclareños, los apoyábamos y, con nuestras acciones, obstaculizábamos los planes totalitarios del régimen.
Era de todos conocidos que en ciudades importantes como Sagua la Grande, Santa Clara, Sancti Spíritus y Cienfuegos, oficiales interrogadores del G-2, públicamente presumían de sus actividades represivas; de los vejámenes y torturas a las que sometían a los prisioneros y hasta hacían alarde de los tiros de gracia que le propinaban a los fusilados. Esos esbirros prácticamente se desplazaban sin escolta y en determinadas noches a algunos de ellos, desde la calle, a través de las ventanas abiertas de sus casas se les podía ver, tranquilamente, rodeados de sus familias, contemplando la televisión.
Ante esa situación Rafael Mariscal solicitó un encuentro con Juanín y me pidió que de efectuarse la reunión le acompañase. Por entonces, Julio Hernández Rojo ya se encontraba en los Estados Unidos. A los pocos días Juanín respondió afirmativamente y siguiendo las instrucciones impartidas, por medio de una llamada telefónica en clave, partimos para La Habana y nos hospedamos en el Hotel Inglaterra. El mismo día de nuestra llegada en horas tempranas de la noche, Juanín, conduciendo un auto Chevrolet 1955 color azul pálido y acompañado por Raquel la Villa nos recogió en uno de los extremos del Parque Central.
Nos acomodamos en el asiento trasero y el automóvil partió a velocidad moderada. Luego de los saludos de rigor Rafael Mariscal le expuso la situación difícil que estábamos confrontando en Las Villas y enfatizó que el no tomar acción contra los verdugos del régimen estaba causando desmoralización y zozobra entre los dirigentes y miembros del movimiento.
— ¿Qué proponen ustedes? —Juanín preguntó, concentrado en el volante.
Sobrevino un silencio breve que aproveché para mirar el muro del malecón y las luces nocturnas del alumbrado público que raudas pasaban a nuestro lado. Raquel callaba y miraba al frente. Rafael respiró hondo y respondió.
—Sabemos que la dirección nacional dispone de algunas armas y explosivos. Necesitamos responder a la violencia con violencia.
Juanín no profirió palabra. El automóvil salió del túnel y enfiló la Vía Monumental. El invierno estaba próximo pero el aire que entraba por las ventanillas abiertas era cálido.
— ¿Y tú que piensas…? —se dirigió a mí.
—Pienso como él —respondí.
Entonces, con las dos manos abiertas golpeó el volante y medio serio y medio en broma nos llamo locos e irresponsables. Como un maestro que repite una lección mal aprendida por los alumnos nos dijo que nuestra misión actual era mantenernos organizados y esperar que Salvat y Julito regresasen a Cuba con instrucciones y nuevos planes de lucha. Casi al unísono Rafael y yo le respondimos que en Las Villas teníamos una realidad que no podía esperar.
El tiempo pasaba y cada cual exponía sus argumentos y razonamientos. Habíamos regresado a las calles de La Habana y Raquel la Villa seguía silenciosa. Creo que en el semáforo de 23 y L una luz roja hizo que Juanín frenara y fue la única ocasión en que Raquel habló, en todo el encuentro, para advertir.
—Hablen bajito que hay gente cruzando la calle y pueden oír.
Al fin, sin ponernos de acuerdo, ya de regreso, cerca del hotel Inglaterra, Juanín nos dijo con voz serena y convincente.
—Jamás accederé al pedido de ustedes. No apruebo esos métodos de lucha. Mis convicciones cristianas y católicas no lo permiten.

Las voces cesaron y el resto del trayecto transcurrió preñado de un silencio incómodo. Rafael y yo descendimos del automóvil frente a los portales del hotel. La despedida fue fría y formal. Raquel fue la fue única que sonrió. Era cerca de la medianoche.
Aunque en desacuerdo con lo planteado por Juanín, en Las Villas, proseguí con las actividades señaladas por la dirección nacional del movimiento. Personalmente no volví a coincidir con él.
Una mañana del mes de diciembre de 1961, recién llegado de un viaje a la capital, Manuel Sánchez Veitía visita mi hogar y me informa que Juanín había muerto en una operación de recepción de personas y material bélico. Me dijo que en una playa, de la provincia de Pinar del Río, fueron sorprendidos en plena actividad por militares del régimen y Juanín fue la única persona que resultó ultimada.
En la actualidad, referente a los hechos exactos que rodearon su muerte, contamos con los testimonios de algunos sobrevivientes que le conocieron y lo acompañaron aquel aciago 17 de diciembre de 1961, en horas de la noche. Por cierto, para nosotros los cubanos, día de San Lázaro.
Realmente mi trato personal con Juanín no llegó al año. Sin embargo, aquellos meses del turbulento año 1961 fueron tan intensos, llenos de ideales y riesgos diarios que en mi memoria equivalen a toda una vida. Y dentro de esa corta, palpitante y presente existencia, el recuerdo de Juan Ramón Pereira Varela es una presencia constante, porque se podía coincidir o discrepar de las opiniones, creencias y actuaciones de Juanín, pero lo que sí era y sigue siendo imposible es dudar de su amor a la vida, valentía, honradez de propósitos y fe cristiana.
Y para concluir estos apretados recuerdos una nota personal. Al poco tiempo del asesinato de Juanín nació el menor de mis primos hermanos. Mi hermana Nancy y yo fuimos nombrados los padrinos. De mutuo acuerdo decidimos bautizarlo con el nombre de Miguel Ángel; seudónimo de Juanín.

JOSÉ VANDOR: SACERDOTE SALESIANO
El hombre que ha empezado a vivir seriamente por
dentro empieza a vivir más sencillamente por fuera.
Ernest Hemigway.

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Por mediación de mi desaparecida madre Ana Dolores (Lolita) Díaz Romero conocí al sacerdote salesiano José Vandor. (Dorog, Hungría 1909, Santa Clara, Cuba 1979). Se iniciaba el año 1962 y la organización anticastrista en la que militaba Directorio Revolucionario Estudiantil (D.R.E.) había sufrido, como todas, de manera brutal y directa, la represión policial del castro-comunismo que, a pasos agigantados, se imponía en Cuba.
Reciente estaba el descalabro de Bahía de Cochinos y las detenciones masivas que el régimen desató contra los reales o presuntos desafectos. Inmediatamente, vinieron las mascaradas de juicios revolucionarios y los fusilamientos masivos de abril de 196l, entre cuyas víctimas estuvieron los militantes del D.R.E., Abelardo Aguiar, Virgilio Campanería y Alberto Tapia Ruano. También, antes de que abril finalizara, Alberto Muller, Secretario Nacional del movimiento, que en la cordillera de la Sierra Maestra, se había alzado en armas liderando un nutrido grupo de aguerridos estudiantes, obreros y campesinos, fue rodeado por el ejército gubernamental. Carente de recursos adecuados, gracias a la ineficacia de los “aliados del norte”, para evitar pérdidas inútiles de vidas humanas, depuso las armas y resultó capturado.
Asimismo, en diciembre 17 de aquel mismo año, 1961, Juan Ramón Pereira (Juanín) que, a la detención de Alberto Muller, pasó a ocupar la posición de coordinador nacional, en una operación de infiltración y ex filtración, resultó ultimado en una zona costera de la provincia de Pinar del Rio.
Preocupada mi madre, católica practicante, que aquellos lamentables sucesos y pérdidas humanas irremplazables, acaecidas en el umbral de mi temprana juventud, generaran ideas de venganza, matizadas de radicalismo político, le pidió al padre Vandor que hablara conmigo.
Sin antes haberlo conocido personalmente, previa cita, llegué una tarde fresca y soleada, del mes de enero, alrededor de las tres de la tarde, a la Iglesia de Nuestra Señora del Carmen, enclavada en la elevación que los pilongos* llamamos “la loma del barrio del Carmen”, que yergue su arquitectura y campanario colonial en medio del parque pequeño en el que se erige el monumento, de columnas de mármol, que protege a un descendiente del árbol de tamarindo original, bajo cuya sombra, el 15 de julio de 1689, dieciocho familias provenientes de la villa de San Juan de los Remedios, fundaron la villa que con el correr de los años se convirtió en la ciudad en la que nací: Santa Clara.
El padre Vandor con su hablar pausado, leve acento extranjero y mirada de sabiduría humana me condujo a la modesta dependencia en la que se alojaba. Allí, a la luz del luminoso invierno tropical, entrando por las ventanas, sostuvimos la primera de tres conversaciones que, al margen de temas religiosos, con el paso del tiempo se han convertido, para mí, en enseñanza de humanidad constante. Enseñanza de concordia, comprensión y bondad que, más allá de las palabras, irradiaba la personalidad total de aquel hombre alto, delgado, de aparente y engañosa fragilidad corporal cuya mirada clara, desde aquellos tiempos, siempre está conmigo y alimenta la semilla de universalidad que me obsequió durante las inolvidables charlas, enmarcadas en sol benévolo y cielo azul carente de nubes, que se extendieron hasta principios de febrero de aquel, aparente, lejano y blando invierno de principios del año de 1962. Segunda mitad del siglo pasado.

  • Pilongo, a. Se le llama a los nacidos en la ciudad cubana de Santa Clara, en alusión a la centenaria e histórica pila bautismal que por décadas estuvo situada en la Parroquia de Nuestra Señora del Carmen.

ABUR, AMIGO
A la memoria de Manolo:
Hombre valiente y buen amigo.
El autor.

Se llamaba Manuel Sánchez Veitia, conocido por Manolo. Era un mulato alto de tez oscura; cuerpo delgado, rostro afable con ojos saltones y cabello crespo que no llegaba, del todo, a ser ensortijado. Vestía con la sobriedad de un educador. De hecho era maestro normalista, doctor en filosofía y letras e impartía, por necesidad económica, clases privadas de inglés; idioma que aprendió en la universidad, asistiendo a cursos nocturnos y que perfeccionó por su cuenta, de tal manera que podía imitar el acento, casi a la perfección, de diferentes regiones de los Estados Unidos, incluyendo el británico.
—Esta es la dirección de Manolo. Ya le hablé de ti. No vive lejos de tu casa. Visítalo y dile que vas de mi parte. Trabaja en suministros del D.R.E. y debe entregarte propaganda y otros materiales sensibles que acaba de traer de La Habana para nosotros. El Puchy quiere que la propaganda se reparta rápido y guardemos lo otro —acentuó —hasta que él decida la distribución.
Me dijo el sagüero Rafael Mariscal Sotes, apodado Rafin, una tarde de enero de 1961 en el portal de mi casa. Rafin acababa de ser elegido, por el coordinador provincial general en Las Villas del Directorio Revolucionario Estudiantil, José González Silva, Puchy, como organizador de todos los centros de enseñanza media y superior de la provincia y Rafin, a su vez, me había designado vice de la delicada y clandestina actividad.
— ¿Por qué no me acompañas…?
—Esta noche salgó para Cienfuegos. Mañana temprano tengo una reunión con muchachos del Instituto de Segunda Enseñanza de La Perla del Sur… Se espera algo gordo y debemos estar organizados y listos.
Hice un gesto de contrariedad y dije.
—Como están las cosas eso de que un desconocido, de sopetón, se aparezca en casa de un conspirador y diga me manda fulano o mengano, para tal o cual asunto no me suena bien. La otra persona puede pensar que es una trampa del G-2. No me gusta la idea. Mejor esperamos a que regreses de Cienfuegos.
—Es posible que no te atienda al momento pero si no lo hace finges que te vas, le vuelves a dar el frente y sueltas: Rafin, el que fuma cigarros Partagás Superfinos.
— ¡Hubieras empezado por ahí…!—protesté aliviado.
—No me dejaste terminar.
— ¿Y cuándo debo ir…?
—Mañana, antes del mediodía. Pasado mañana regreso de Cienfuegos y antes de ver a la gente de Sagua, Remedios y Sancti Spiritus, quiero saber con qué materiales contamos. Él te espera.
Congenié y nos estrechamos las manos. Apenas me había alejado unos pasos cuando la voz de Rafin me detuvo.
— ¡Ah! , una última cosa…
— ¿Qué pasa ahora…?
—Manolo es afeminado.
— Que yo sepa no somos la Santa Inquisición. ¿Acaso no luchamos por la libertad colectiva e individual de todos los cubanos…?
Sonrió y añadió.
— Es una persona, educada, seria y muy valiente. Ya lo conocerás.
Al día siguiente, alrededor de las nueve de la mañana, de un día frío y soleado, me encaminé a casa de Manolo. Era cierto, vivíamos relativamente cerca. Para cruzar, la Carretera Central, tuve que esperar un rato. Una lenta caravana de camiones militares, atestados de milicianos, algunos de ellos remolcando piezas de artillería ligera y las pesadas ametralladoras antiaéreas soviéticas, conocidas como cuatro bocas (KPV) ocupaba la vía rumbo a occidente. Posiblemente, al llegar al pueblo La Esperanza giraría, buscando la costa sur, el camino a la ciudad de Cienfuegos. Gritos esporádicos de ¡PATRIA O MUERTE, VENCEREMOS…! con agitar de boinas color verde olivo y escasa respuesta peatonal, tensaban la ya incierta atmósfera que se vivía en todo el territorio nacional.
El régimen desde mediados del pasado año 1960, venía anunciando, en todos los medios de prensa oficialistas, la inminencia de una invasión financiada por los Estados Unidos e integrada por cubanos contrarrevolucionarios y mercenarios extranjeros.
La letanía gubernamental, con el crecimiento del movimiento guerrillero, anticastrista en Las Villas y otras provincias, junto con el clandestinaje articulado a todo lo largo y ancho de la Isla, atemorizaba a las autoridades represivas y sus asesores soviéticos-españoles, ya que temían que de producirse, a gran escala, un desembarco armado, las guerrillas y el clandestinaje producirían una insurrección nacional que respaldando el o los desembarcos provenientes del exterior, acabaría, de una buena vez, con el totalitarismo, recientemente entronizado.
Por otro lado, informes frescos obtenidos de un contacto directo y de trabajo con Miembros del F.R.D., (Frente Revolucionario Democrático) recién llegados, clandestinamente, de los Estados Unidos, señalaban la certeza del rumor. Cientos de cubanos se entrenaban en determinadas naciones de Centro América y que cualquier operación bélica sería coordinada con las fuerzas opositoras al interior de país: La resistencia interna es vital para terminar con el castro-comunismo, había dicho Ulises; nombre por el que se identificaba uno de los infiltrados.
Llegará; llegará la invasión pero será cuando ustedes menos se lo imaginen y nosotros, saliendo de la oscuridad, tomemos calles y ciudades, pensé, con ironía, al cruzar la carretera y lanzar una mirada postrera al último camión.
Manolo vivía en la calle Alemán, cerca de la Carretera Central. Toqué a la puerta y él mismo me abrió.
— ¿Qué desea…?
Como describí al principio del relato, vestía correctamente. Esta vez, camisa de corduroy rojo y pantalones oscuros. Resalto la camisa roja porque a lo largo de aquel invierno y los siguientes, de aquellos arriesgados años de la década de 1960, se la vería usar con frecuencia.
—Vengo de parte de Rafin…
La desconfianza asomó a sus ojos.
—Usted se ha equivocado de dirección. No conozco, por ese nombre, a nadie —respondió y comenzó a cerrar la puerta.
— ¡Un momento…! —lo detuve. —Rafin, el que fuma cigarros Partagás Superfinos.
Volvió a abrir la puerta y, lanzando un suspiro de disgusto, me invitó.
—Pase y siéntese.
Él lo hizo frente a mí y explotó.
—Este Rafin es un poco irresponsable. Cansado estoy de decirle que no trabaje así. A no ser una emergencia los nuevos contactos deben ser presentados personalmente. El agua no está como para chocolate —recurrió a un dicho popular y la molestia se acentuó, en sus ojos saltones, con un femenino movimiento de manos.
Manolo era algunos años mayor que yo y la vivienda, aunque modesta, estaba pulcra y ordenada. Con el paso del tiempo, y los riesgos inherentes a toda actividad clandestina, comencé a valorar el arrojo y la sangre fría, con cierto desenfado espontáneo que, ante el peligro, le caracterizaba. Al ir trabando amistad, supe que el padre Manuel, como él, y la madre Dulce, toda su vida laboral, fueron maestros de enseñanza primaria, al igual que su hermana mayor, que también llevaba el nombre materno. Los progenitores, por méritos propios, desde épocas republicanas, habían logrado, desde muy jóvenes, primero en escuelas rurales y luego en la propia ciudad de Santa Clara, plazas de maestros permanentes. Al suceder el contrapuducente suceso del 10 de marzo de 1952, los padres de Manolo se declararon simpatizantes moderados del general golpista Fulgencio Batista basándose, según ellos, en que había sido, durante su mandato constitucional, (1940-44) el gobernante que más había hecho en la Isla por la difusión de la educación obrero-campesina. A finales del año 1957 los padres de Manolo se acogieron al retiro que les garantizaba una modesta pero decorosa pensión vitalicia. Por entonces, Manolo y su hermana Dulce, en oposiciones convocadas por el Ministerio de Educación lograron obtener aulas escolares. Dulce fue destinada a Sagua la Grande y Manolo, en Santa Clara, principió a impartir clases, de cuarto grado, en una escuela cercana a la estación de ferrocarriles. Con la llegada del turbulento 1959, y la imposición del castrismo en Cuba, comenzó un proceso de juicios sumarísimos, fusilamientos en masa; persecuciones y purgas vengativas contra toda persona que hubiese votado en las elecciones de 1958, convocadas por el régimen depuesto, o fuese identificado como simpatizante del General Fulgencio Batista. Huelga decir que aquellos comicios fueron desautorizados, desde la Sierra Maestra, por Fidel Castro, el cual acusó de traidor a todo cubano que concurriese a los colegios electorales, ya que consideraba que era una maniobra del general Batista para ceder el poder con apariencia democrática. Los padres de Manolo, por haber ejercido el sufragio en aquellas elecciones, estuvieron a punto de perder la pensión de retiro, pero gracias a un antiguo compañero, de estudios y profesión, devenido en burócrata descollante de la recién instaurada revolución lograron no ser desposeídos de lo ganado honradamente. Dulce, la hermana, por su parte, convertida, desde los tiempos de su llegada a Sagua la Grande, en pareja amorosa de un colega de profesión y militante comunista que, al triunfo de la insurrección, pasó a dirigir el sistema educacional de la ciudad, conservó su trabajo. Sin embargo, Manolo que nunca se había involucrado en política y era un maestro ejemplar fue el que terminó pagando por el “pecado” de los mayores. Acusado de amanerado y, falsamente, de haber votado en las últimas elecciones, que tuvo la república que perecía, fue expulsado de, por vida, del sistema educativo nacional. Tanto el antiguo amigo de los padres como la pareja sentimental de la hermana trataron de mediar, pero el jerarca del sistema escolar, en toda la provincia de Las Villas, nada pudo hacer cuando una comisión de presuntos maestros y padres “revolucionarios” irrumpieron en su oficina al grito de: ¡Un batistiano y maricón no puede educar a nuestros hijos! El ambiente se caldeó al punto que se escucharon demandas de: ¡Paredón, paredón para el batistiano degenerado…! Enfrentados con las barbas mesiánicas y el machismo amedrentador de las armas, aquellos que, en principio, trataron de ayudarle, incluyendo a la hermana, callaron con miedo cómplice y miraron en dirección al prometido futuro luminoso, que aún no se hacía visible. Para subsistir, de manera discreta, empezó, visitando domicilios, a impartir, para estudiantes desventajados, clases de matemáticas, escritura, inglés y demás asignaturas indispensables para terminar, con puntuación satisfactoria, el noveno grado y poder iniciar la segunda enseñanza; el bachillerato. Hombre de fe, sin golpes de pecho, y practicante de la religión afro-cubana, la injusticia de la que fue víctima le llevó a involucrarse, desde el comienzo, en la lucha contra el régimen que, a grandes zancadas, imponía una dictadura férrea, de talla extranjera y totalitaria. A estas alturas, no supe o recuerdo como llegó al D.R.E. La cuestión fue que en aquella fresca mañana de enero de 1961, en que hicimos nuestro primer contacto de trabajo, ya Manolo era un elemento muy activo.
—Este Rafin es un poco irresponsable —repitió.
Y acentuó el gesto, entre frustrado y molesto que, desde entonces, tantas veces le vi repetir y almaceno en mi memoria. La memoria que lo mantiene vivo junto a Rafin Mariscal Sotes, Juanín Pereira Varela, los hermanos Álvarez Triana, Yayo Pedraza, Felipe Pérez Fernández, Laureano Pequeño, Nicolás Pérez Díaz Argüelles, Iván Portela Bonachea, José Rodríguez Cito, (Pepe Trinchera) Julio Hernández Rojo, Matías Drake, Paco Talavera, Omara Aquino, Miriam Sánchez, Xiomara Járez, Raquel y Cecilia la Villa y muchos… muchos más.
—Tienes razón —suavicé. —De todas maneras ya entramos en contacto. ¿Cuándo vamos por el material…?
—Tendrá que ser sobre las cinco de la tarde.
— ¿Por qué tan tarde…?
—Me gano la vida dando clases particulares. Hasta las cuatro estaré ocupado. Además, busca a otra persona que te acompañe. Son dos maletines y están pesados.
— ¿Dónde nos vemos…?
Por un instante pensó.
—En el Parque Vidal. Me esperas en uno de los bancos que están cerca del Niño de la Bota. ¡Ah!, si es mujer mejor —repitió.
Desde antes de las cinco Omara Aquino, estudiante de magisterio, y yo, conversando, de temas triviales, aguardábamos. A la hora convenida, con varios libros bajo el brazo y andar apresurado, Manolo apareció. Con afecto, como si la conociese de antes, besó las mejillas de Omara y me palmeó un hombro.
Guiados por él, tomamos la calle Máximo Gómez. Espontáneo, le comentó a Omara lo agotador que era ir de un extremo a otro de la ciudad para poder cumplir con sus citas académicas. En algún momento, sin dejar de caminar cambió de tema.
—En el cine Silva, en tanda de cinco, toda esta semana, están proyectando la película francesa El rojo y el negro, con Gérard Philipe y Danielle Darrieux. ¿Ya la vieron…?
—La vi ayer. Es una película de los años 50. Me gustó pero es fuerte —Omara respondió.
— ¿Y tú…?
—La verdad es que no, pero leí la novela de Stendhal.
— ¡Niña!, cógelo de un brazo y llévalo a remolque —dijo con aspaviento fingido. —Te has perdido una gran película. Lástima que un artista de la calidad de Gérard Philipe muriera tan joven. ¡No dejes de verla!
Llegamos al barrio El Carmen. Torcimos en la calle Conyedo y Manolo tocó a la puerta de una casa, cercana a la iglesia.
Una señora de edad mediana abrió la puerta. Gentil nos mandó a pasar. De una habitación interior salió el marido con dos maletines de mano, uno de color negro y el otro gris. El hombre saludó y advirtió, mirando para Omara.
—El negro es el que menos pesa. Por cierto del gris sale olor a betún.
— ¿Los abriste…? —Manolo se puso serio.
—Para nada. Cooperamos con el movimiento pero no averiguamos —la mujer aclaró.
Manolo asintió con la cabeza y al instante, por la observación del hombre, me di cuenta del contenido: ¡Coño!, esto es C3. Explosivo plástico.
Tomé el maletín gris y nos despedimos del matrimonio. Ya en la calle abordé a Manolo.
—Por lo menos debiste decirnos, más o menos, la cantidad de material. Por el peso calculo que está cerca de las 50 libras.
—El mío, aunque menos, también pesa —observó Omara.
Manolo soltó una risita y dijo.
—De La Habana hasta aquí los traje en guagua. Los puse en el compartimento de equipaje, pero así y todo hice el viaje con el corazón en la boca.
—El movimiento debió facilitarte un transporte —señalé.
—En estos tiempos, en cuanto entras a Las Villas, eso es más peligroso. Por la cuestión de las guerrillas, retenes de milicianos, al azar, están registrando todo carro que se les haga sospechoso. Con las guaguas, solo lo hacen cuando en la terminal de ómnibus un paquete llama la atención o hay un chivatazo previo.
— ¿Y lo del olor…? —Inquirí.
—Un hombre mayor era el que recibía, al pie de la guagua, cajas y maletas que iba acomodando en el compartimento. A propósito, fui uno de los últimos. Le di, discretamente, una buena propina y me encomendé a Dios. Todo salió bien.
—Cojamos una máquina de alquiler (taxi) —propuso Omara.
— ¡Ni pensarlo! Algunos choferes de alquiler son chivatos. El tufo, a betún, puede levantar sospechas. Manolo tuvo suerte pero nunca se sabe…
—Si el chofer pregunta decimos que somos limpiabotas —Omara bromeó. — ¿Qué tiene el mío…?
— Ejemplares del periódico TRINCHERA y detonadores de lapiceros —Manolo respondió. — Bueno, con ustedes llego hasta aquí. Abur y buena suerte —se despidió, tomando rumbo a la estación terminal de trenes, con la expresión vasca que tantas veces, a raíz de entonces, le escucharía.
Alcanzamos la calle Luis Estévez. Omara oriunda de la ciudad de Placetas, donde residía con su familia, pero que había estudiado la enseñanza primaria y secundaria, como interna, en el colegio católico para hembras Usera, a cargo de las Hermanas del Amor a Dios, por los fuertes vínculos de amistad y familiaridad que durante años forjó con las monjas al iniciar estudios superiores, en la Escuela Normal de Maestros conservó, en el inmueble, una habitación, pagando una renta baja, casi simbólica, gracias a los fraternos lazos que mantenía con las religiosas. Algunas de ellas, como Sor Amparo, la vieron crecer hasta convertirse en la joven vital, de melena corta y castaña, que esa tarde de invierno suave, con los ojos pardos rebosantes de sol dorado y desafío, bromeaba y con frecuencia, para compensar el peso, cambiaba de manos el maletín. Así la recuerdo; así la mantiene la memoria persistente; a veces tramposa, que desconoce los surcos del tiempo y el agotamiento de la flama.
—A Sor Amparo le da un patatús si se entera de lo que llevo para el colegio —en algún momento del trayecto dijo.
— ¿No será mucho para esconder…? —Ya lo has hecho, pero con cosas de menos volumen. Esto puede llamar la atención de las monjas.
—No te preocupes. Me ofrecí porque puedo. Las monjas confían en mí y no prestan mucho interés en las cosas que entro y saco. Soy muy cuidadosa.
—Pero así y todo…
—Lo que no puedo guardarlo, en mi cuarto, por mucho tiempo. Recuerda que los fines de semana me voy para Placetas.
—Mañana viene Rafin. Él y Puchy le darán destino rápido —aseguré.
Los últimos días de aquel enero fueron de actividad constante. Puchy, para apoyar, logísticamente, el alzamiento de Alberto Muller, Secretario Nacional del D.R.E., en la provincia de Oriente, se trasladó para Santiago de Cuba y Bayamo. El sagüero Rafael Marques Tavares quedó como coordinador provincial general en Las Villas, pero una delación acortó su desempeño. No obstante, con el apoyo, desde la dirección nacional de Laureano Pequeño y Manuel Alzugaray, junto al espirituano Kemel Jamis Bernal, se logró mantener e incrementar la efectividad de nuestra clandestina estructura celular. Como resultado de los planes trazados, los viajes del mulato Manolo, cargado de recursos, se incrementaron entre nuestra provincia y La Habana. Algunas veces, por el volumen de carga, exponiéndose a más riesgos, tuvo que regresar en automóvil. Este ir y venir afectó su economía personal ya que lo privaba de cumplir con algunas de sus clases a domicilio. No obstante, la disminución de ingresos en ningún momento melló su entusiasmo y dedicación a la causa. Carentes de sitios seguros, de permanencia relativa, para depositar los materiales, la solución provino de Pedro Corzo. Una tía de Pedro, aledaña a su domicilio había abierto una modesta quincalla y Pedro, acabado de ser expulsado del Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara, para ayudarla se ofreció a atender el negocio. La quincalla tenía una puerta trasera que abría al amplio patio de la vivienda, donde había una casita de desahogo en la que se amontonaban utensilios de todo tipo. —Allí nadie mira. Mi tía y el marido algunas veces tiran trastos para adentro. Perfecto para esconder cualquier cosa y, como este es un negocio en el que la gente entra y sale, también desde aquí se puede hacer la distribución. Manolo, comenzó a frecuentar la quincalla. Allí, a la luz del día, acodados al mostrador y vitrina de cristal, como amigos que se distraen nos reuníamos, si era necesario y no todos al mismo tiempo, Rafin Mariscal, los hermanos Álvarez Triana, Iván Portela, Luis González Infante, mi hermano Luis Salvador (Cuquito) y otros, contando a Manolo que con su trasiego de recursos, se volvió figura indispensable. De vez en vez, en los anocheceres, cuando Pedro Corzo cerraba el negocio nos íbamos, por la calle Virtudes, hasta la estación terminal de ómnibus, donde en La Taberna del gallego Vicente en jarras de barro, previamente congeladas, tomábamos cervezas e ingeríamos alguno que otro saladito, cortesía de Vicente y Julia Frías, su mujer. A fines de febrero y durante el mes de marzo, de aquellos ajetreados días, cargados de acción e incertidumbre que la valija existencial atesora en perenne color juvenil Manolo, a causa de una disposición de la dirigencia nacional del Movimiento que recomendaba, a la espera de algo gordo, disminuir las actividades, dispuso de más tiempo, coyuntura que le facilitó dar los primeros pasos profesionales en una de sus grandes pasiones: El canto. Por medio de sus coterráneas y amigas, la cantante de feeling Doris de la Torre y la pianista y compositora Ela O’Farrill, logró que el cabaret Venecia de Santa Clara, los días de poca concurrencia, antes que el humorista Chaflán (Argelio García Rodríguez) entrara a escena lo incluyera con un par de canciones en el espectáculo. Manolo entonaba bien, pero, cosa que nunca le señalé y creo que nadie se atrevió, su voz musical era pobre. Por casi un mes, martes y miércoles, Manolo con traje oscuro y corbata discreta ocupaba, micrófono en mano, la pista. La mayoría de nosotros acudíamos a apoyarlo. No olvido que, por no ser fin de semana, una pareja pagaba un peso de consumo mínimo y un highball, de ron con Coca Cola, costaba veinticinco centavos. Siempre que pude, bien en compañía de mi hermana Nancy o Miriam Sánchez acudí a respaldar al amigo. Otro tanto hicieron Pedro Corzo, Lourdes Agüero, Ana Pérez Peñalver, Ivón Castillo, Pedro y Aquilino Álvarez Triana, Matías Drake, mi hermano Cuquito, Sonia Madrigal y demás afectos. Y llegó abril de 1961. El día 15, aviones provenientes de Centro América, bombardearon aeropuertos militares del régimen y el 17, sin coordinación alguna con la resistencia interna, se produjo el desembarco de la Brigada 2506 por Playa Girón, costa sur y pantanosa del centro de país. El gobierno castrista aprovechó la ocasión, bajo la premisa de estado de guerra, para detener y recluir, sin explicación alguna, a toda persona sospechosa de pasiva o activamente, disentir del gobierno. Coliseos deportivos, teatros y otros recintos con grandes capacidades, a la par de las prisiones habituales y calabozos de la policía política se llenaron de hombres y mujeres. Los expedicionarios de la Brigada 2506 luego de batirse, tres días, heroicamente; abandonados por los aliados que habían prometido villas y castillos; superados, en tropas, volumen de fuego; faltos de municiones, agua y comida afrontaron la derrota. Paralelo al doloroso y sangriento traspié de Playa Girón, en Oriente, el grupo guerrillero del D.R.E., dirigido por Alberto Muller, que de las provincias restantes había seleccionado a elementos valiosos fue, gracias también a un fallo de los aliados, rodeado y escasos de armas, la mayoría, tuvo que rendirse. Hubo una muerte innecesaria y Alberto resultó apresado. Puchy, fue de los pocos que lograron escapar. Por breve tiempo Cesar Menéndez, primero y Felipe Pérez Fernández ocuparon la dirección de la provincia. El primero, temiendo por su vida, de forma clandestina abandonó la Isla y el segundo se vio obligado a asilarse en la embajada de México. Bajo esas circunstancias Rafael Mariscal Sotes, interinamente, ocupó la coordinación provincial y fue citado a una reunión nacional, con la encomienda que llevase a dos personas para que se sumaran al núcleo de la interina directiva provincial. Manolo y yo fuimos los escogidos. La reunión se efectuó, a media tarde, en una casa del barrio Vedado. En ella estaban presentes los miembros de la dirección nacional Julio Hernández Rojo, Laureano Pequeño, Nicolás Pérez Díaz Argüelles, y el recién nombrado coordinador nacional Juan Ramón “Juanín” Pereira Varela, joven estudiante de arquitectura de 22 años de edad. Juanín inicio el encuentro realizando un informe verbal, en el cual habló sobre la situación del momento y los cambios que se necesitaban hacer para perfeccionar y ampliar nuestro funcionamiento operativo. Rafin resultó nombrado coordinador de la provincia y él, con la aprobación de los presentes, a su vez, designó a Manolo jefe provincial de suministros, pasando yo a ocupar la posición que Rafin dejaba. Antes de despedirnos Juanín dijo que pronto Julio Hernández Rojo partiría al exterior, para regresar en compañía de Juan Manuel Salvat, trayendo recursos humanos y materiales que nos permitirían continuar la lucha. También dejó claro que todos los cargos y nombramientos, empezando por el suyo, eran de carácter provisional y que al radicarse en suelo patrio la dirigencia total del D.R.E. se efectuaría otra restructuración. En nuestra provincia, como en las restantes, poco a poco, se reiniciaron las tareas de activar y nutrir, la red clandestina de acción y propaganda. Manolo, con el celo que le caracterizaba, reclutó un apreciable número de familias confiables, que ofrecieron sus viviendas como casas de seguridad, donde guardar material sensible o esconder personas. Manuel Alzugaray, por otro lado, designado por la dirección nacional, para apoyarnos en la rama de inteligencia, con paciencia logró que, en playas y zonas portuarias de la costa norte, preferentemente Caibarién e Isabela de Sagua, algunos pescadores, propietarios de barcos, agriados con las regulaciones que el régimen estaba implementado en la compra-venta de los productos del mar, y zonas de navegación, de buen grado, pilotearan sus embarcaciones en misiones de recibir activistas del exterior y elementos bélicos. También, requerido el caso, la extracción de uno de los nuestros, descubierto por el aparato represivo: “quemado”, en el argot conspirativo. Por cierto, un pescador apodado Bolita llegó a ser figura imprescindible en el área de Caibarién y playas cercanas. Tiempo más tarde supe que Bolita, en una operación ajena al Directorio, resultó descubierto y detenido por la policía política. Juzgado por un tribunal de militares y civiles lo sentenciaron a cumplir 25 años en el Reclusorio Nacional de Isla de Pinos. A pocos meses de prisión Bolita, protagonizó una fuga exitosa que culminó con su llegada, vía marítima, a los Estados Unidos. Aunque sujetos a la siempre precariedad de la actividad subrepticia, a finales de 1961 habíamos logrado, en Las Villas, asentar algunos golpes vigorosos al sistema de alumbrado público y de transporte. Asimismo, con la participación activa e inteligencia de Manolo se reactivó el flujo de suministros indispensables, sobre todo medicinas, antibióticos y vendajes, para las guerrillas que operaban en las montañas del Escambray. Pero como el percance forma parte intrínseca del riesgo que se corre cuando se lucha, en desventaja, contra un poder totalitario, una mañana, alrededor del 20 de diciembre Manolo, recién llegado de La Habana, de donde había traído sueros salinos y equipamiento quirúrgico llegó a mi casa y, sin rodeos, soltó. —Mataron a Juanín. —¿ Qué dices…? ¿Cómo pasó…? — exclamé Entonces explicó lo que pronto sería de conocimiento general. —Murió en una operación de recepción de personas y material bélico en una playa al norte de la provincia de Pinar del Río. El grupo que encabezaba fue sorprendido en plena actividad por militares del régimen y Juanín fue la única víctima mortal.
Con el trágico deceso de Juanín, iniciamos el año 1962 con cautela. Rafin Mariscal, agobiado por el asesinato de Juanín y temiendo por su seguridad, parte al extranjero Las acciones disminuyeron a la espera del refuerzo humano y material que desde el extranjero se prometía. Por fin, en el mes de mayo, Julio Hernández Rojo regresó, clandestinamente, a la Isla, acompañado de Luis Fernández Rocha.
Una de las primeras cosas que hizo Julito, con entusiasmo contagioso, fue visitar las provincias y, ponernos al tanto de las nuevas estrategias a seguir. Para Las Villas regresó el Puchy como coordinador general y yo quedé a cargo de la Universidad Central Marta Abreu, y todos los centros de enseñanza intermedia y superior de la provincia. A requerimientos de Julio, por su historial de éxitos, Manolo se trasladó permanentemente para la ciudad de La Habana, con la encomienda de reforzar la red nacional de suministros.
Ya en la capital Manolo se instaló en una casa de huéspedes de la barriada Vedado, ubicada en la intersección de las calles L y 21, frente a un restaurante cafetería nombrado Las Delicias que circa 1964-65 se convertiría en la pizzería, propiedad estatal, Vita Nuova.
De todos era sabido que, a esas alturas, la policía política, G-2, diariamente, pasada la medianoche, visitaba hoteles, moteles, casas de huéspedes o cualquier otro tipo de alojamiento, transitorio o permanente, para chequear el listado de personas que estaban o se proponían pernoctar. Alguna de esas inspecciones conllevaban a que, si alguien se les hacía sospechoso, sin contemplaciones de ninguna índole, se les presentaban en la habitación. Exigían documentación y eran interrogados. Si las respuestas no eran satisfactorias, por lo regular el sujeto, él o ella, iba detenido, en procura de aclaraciones mayores.
Manolo, como dice el dicho, hueso viejo en las lides conspirativas, con la ayuda del Directorio y amistades artísticas tejió una leyenda sólida para justificar su permanencia en la capital. Tan pronto se acomodó en la casa de huéspedes, le dijo a la dueña y a todo el que quiso escucharlo que, por un tiempo había cantando en el cabaret Venecia de Santa Clara y que para seguir su vocación había decidido trasladarse para La Habana, meca de la vida nocturna cubana. Empezó, seriamente, a tomar lecciones de canto y para pagar gastos volvió a impartir clases de inglés a domicilio. Los primeros estudiantes se los gestionó la Dirección Nacional del movimiento. Pero a poco, gracias a recomendaciones de discípulos y la premura de muchos padres por sacar del país a sus hijos jóvenes, rumbo al norte, con algún dominio de la lengua de William Shakespeare, se hizo de un alumnado apreciable.
Una vez más Doris de la Torre y Ela O’Farrill, con el refuerzo de Moraima Secada que por línea paterna estaba emparentada con Manolo, gestionaron para que, como había sucedido en el Cabaret Venecia de Santa Clara, Manolo cantara, algunas noches, a mediados de semana, en el Cabaret Nacional localizado en Prado y San Rafael, a pasos del Hotel Inglaterra.
Una o dos veces por mes solo o en compañía de otro miembro de nuestra coordinación debía viajar a La Habana para reuniones de índole informativa y estratégica.
Regularmente nos hospedábamos en el Hotel Inglaterra o en el Packard. Visita obligada para mí y demás era la casa de huéspedes. Allí nos sentábamos en los sillones del amplio portal que desembocaba en la calle L, o nos íbamos al Café Las Delicias para conversar de asuntos serios o cotidianos. Manolo, en el inmueble, había captado a una joven estudiante de arquitectura; natural de Guantánamo que estaba en el último año de la carrera. Xiomara Járez tenía 27 años de edad. Ella, sin ser amargada, venía de un desengaño amoroso y nuestro amigo, con sus amplios conocimientos de filosofía y religión afro-cubano, tan pronto la conoció le brindo amistad y soporte emocional. Identificada con nuestra causa, sin ser miembro formal del movimiento, Xiomara nos prestó infinidad de servicios.
Guardo en la memoria algunas noches frías, noviembre de 1962, en que Manolo, con su invernal camisa de corduroy rojo y pantalones oscuros, en compañía de Xiomara, me recogía a las puertas del Hotel Inglaterra, para cruzar transversalmente la calle San Rafael y penetrar en el Cabaret Nacional. El salón en penumbras. Manolo, centro de las candilejas, micrófono en mano, cantando para una concurrencia pobre ya que, no lejos, en el Morocco Club, Paseo del Prado 402, Leo Castañeda, apodado “el cantante más feo de Cuba”, congregaba un verdadero gentío con sus interpretaciones, entre otras, de los boleros mejicanos “Mucho corazón” y “Sin un amor”.
Sin embargo, Xiomara y yo fieles al amigo, sentados a una mesa de pista. El sabor del ron añejo con agua de soda y limón; la risa fresca de Xiomara… la pareja de baile Aimé y Miguelito danzando sobre el escenario. Luego, al final, en los portales del Hotel Inglaterra, mirando al Parque Central, con ecos de madrugada, el beso de despedida en las mejillas de Xiomara y el clásico Abur de Manolo.
Y con la brevedad operativa que, la mayoría de las ocasiones, define las actividades clandestinas vinieron y sobrevinieron jornadas inciertas que, para no repetir, narré en LA CHINA; historia anterior que recoge el nombre del traidor Jorge Medina Bringuier, alias Mongo. Delator, al servicio del G-2, que desató una cadena de asesinatos, detenciones, torturas, fusilados y personas, de ambos sexos, sancionadas a prisión prolongada.
La traición de Mongo me sorprendió en Santa Clara. Por entonces no resulté apresado y fue tan grande el desbarajuste que sufrimos que reduje contactos y actividades. Hice gestiones para salir clandestinamente, pero todos los intentos fracasaron. De Manolo no volví a saber hasta que, pasado unos meses, integrando un grupo artístico que recorría la Isla, de paso por Santa Clara, llegó hasta mi casa. En el rato que hablamos me dijo que, tal vez debido a la compartimentación y sigilo conque operó el chivato no pudo llegar a él con precisión. Sin embargo, según confesó: Día a día vivo con el corazón en la boca.
De vez en vez, hasta que fui apresado, intercambiamos alguna que otra carta breve. Por él supe que Xiomara se había graduado de arquitecto y trabajaba en una constructora estatal. Otra vez me contó que se había mudado para un cuarto amplio frente al Malecón y que terminó expulsado del medio artístico. Se había hecho barbero y peluquero; que en la habitación tenía un sillón profesional para atender a los clientes y seguía impartiendo clases de inglés a domicilio. Voy escapando. Abur.
Más tarde que temprano, casado y con un hijo pequeño y mi esposa embarazada, por segunda vez, fui detenido y condenado a prisión. Manolo lo supo por mi abuela paterna, Marianita, y en cuanto tuvo oportunidad visitó Santa Clara. Conoció a Gabriela y al hijo pequeño.
De cuando en cuando, le escribía a Gabriela. Cuando fui puesto en libertad hizo tiempo y volvió a Santa Clara. Nos reunimos un grupo de colegas; hermanos del clandestinaje. Algunos habíamos estado presos, otros no. Nos considerábamos, de cierta manera, sobrevivientes precarios de la peste. Recuerdo que el último día de su visita, hasta bien entrada la noche, hubo comida y ron barato y Manolo cantó un bolero, a tres voces, con Pepe Trinchera y mi hermana Nancy. Abur se despidió, al filo de la medianoche, en la estación central de ferrocarriles Marta Abreu.
***
En 1978 el gobierno del presidente Jimmy Carter, por medio de un grupo de cubanos exiliados, nucleados por el fallecido banquero cubano Bernardo Benes, inició negociaciones con la dictadura castrista para, entre otros temas, lograr la salida del país de miles de presos (as) políticos(as) y ex reclusos (sas), en compañía de familiares inmediatos. Paralelamente se agilizaron las reunificaciones familiares, estancadas por arbitrariedades maliciosas del régimen.
Tan pronto lo supe, al igual que cientos de hombre y mujeres, convictos recientes, comencé gestiones para abandonar la patria. Bajo las leyes de la implacable discriminación ideológica del castro-comunismo, toda persona que hubiese cumplido sanción por “haber atentado contra los poderes del estado” al ser liberado de la prisión se convertía en una suerte de judío insular que a semejanza de los métodos del nazi-fascismo sufría de discriminación laboral y social. Lo único que nos diferenciaba de los judíos victimizados durante La Segunda Guerra Mundial era que, en la vestimenta no portábamos la estrella de David y no había hornos crematorios. Sin embargo, alguna contraseña, oculta, en la numeración del carnet de identidad que proveían a los que salíamos de las prisiones pequeñas para entrar en la gran finca alambrada del castrismo nos reconocía como “contrarrevolucionarios”.
Por esa razón, al visitar el Ministerio del Trabajo, o cualquier empresa estatal, en busca de trabajo con solo ver el carnet de identidad, la persona encargada de atendernos, a veces con pena y otras con malsana complacencia, invariablemente decía: Usted, por haber sido sancionado por un delito contrarrevolucionario solo tiene oportunidades de trabajo en la agricultura o la construcción.
En mi caso, particular, la joven que me atendió resultó ser una ex condiscípula y amiga, antes de ser expulsado, para siempre, del Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara, o cualquier otro centro de educación superior del país. Visiblemente conmovida, fingiendo que no me conocía, contradiciendo las orientaciones, me ubicó en un taller de reparación de equipos pesados como auxiliar de taller (cargador de hierros) con un salario mensual de 95 pesos.
A principios del año 1979, volviendo al relato, Gabriela y yo viajamos a La Habana para asistir a una entrevista que la Sección de Intereses de los Estados Unidos requería para concluir la formalización de nuestra entrada legal al gran vecino del norte.
Antes de retornar a Santa Clara visitamos a Manolo: Malecón 161. Apartamento 1. Entre Águila y Crespo. Se alegró de vernos y nos deseó buena suerte. Al mismo tiempo se lamentó de las nulas posibilidades que tenía de abandonar la Isla de forma legal. Para no perder la comunicación le facilité la dirección y teléfono de mi madre, que llevaba algunos años residiendo en Miami. Cuando me establezca te mandó la mía, le dije. Nos estrechamos las manos y besó las mejillas de Gabriela. Abur.
En abril de 1980, a pocos meses de radícarme en Miami, se desató, por las causas y motivos que todos conocen, el llamado Éxodo del Mariel, que agitaría al pueblo de la Isla y del exilio.
A mediados de junio, mi madre me dijo que recibió una llamada. La persona se identificó con el nombre de Manuel Sánchez Veitia. Dijo ser amigo mío y le facilitó un número telefónico para que le llamase.
Llamé; por supuesto que llamé. Respondió una voz femenina y al preguntar por Manolo respondió.
—Le paso el teléfono.
—Vine con mis padres en un barco, lleno de desconocidos, que salió por el puerto del Mariel. Llegamos a Cayo Hueso y nos llevaron, en guagua, para un estadio de Miami nombrado Orange Bowl. Allí estuvimos dos días hasta que hermanos de religión nos sacaron del lugar y acogieron en su hogar.
— ¿Por qué no llamaste antes…?
—No tenía cabeza para pensar en otra cosa que no fuese la seguridad y bienestar de mis padres. Tu teléfono y otros, lo tenía extraviado dentro de un montón de papelitos con direcciones y apuntes que traje de Cuba…
—¿Están bien…? ¿Necesitan algo…? —le interrumpí.
—Todo bien. No te preocupes. Los viejos están enteros. Apunta la dirección donde estamos. Si vienes mañana hazlo de tardecita o en la noche. Por el día debemos hacer un montón de gestiones.
—Mejor de noche. Por el día trabajo en una gasolinera.
—Apunta la dirección —insistió.
—Aguarda un momento. Busco papel y lápiz… Repítela… Mañana, después de comida te caigo allá.
—Te espero, agur…
Al día siguiente, al timón de mi transportation, (Buick 1965, con un golpe en el maletero, regalo de un buen amigo) a la hora pactada, acompañado por Gabriela y los niños llegué al lugar.
La casa, propiedad de un religioso afro-cubano allegado a Manolo, resultó acogedora. Un matrimonio, antiguos vecinos del barrio nativo, le visitaban, así como José Zaragoza ex próspero empresario, de Santa Clara, despojado de sus bienes al advenimiento del castrismo, y amigo de sus padres.
Nos saludamos con efusividad y abracé a los ancianos progenitores; Manuel y Dulce.
No transcurrió mucho tiempo para que Manolo por su forma emprendedora de ser, con el auxilio de amistades, incluyendo a los colegas del D.R.E. se mudará para una amplia casa, de renta, en un barrio de reputación ambivalente.
Algunos afectos, entre ellos yo, le señalamos el inconveniente.
—Lo sé —me respondió. Necesito un espacio grande. Por ahora no puedo pagar nada mejor. Pondré sillón de barbero-peluquero y empezaré a impartir, por las noches, clases de inglés, aquí o a domicilio. También, estoy en trámites de sacar la licencia de notario público. Además, en agradecimiento a mis santos tutelares, en un cuarto levantaré un altar.
— ¿Vas a dar consultas espirituales…?
—Siempre y cuando sea necesario y solicitado. Una de mis misiones, luego de mi inesperada y, para mí, milagrosa salida de Cuba, sin dejar a mis viejos atrás, es ayudar al prójimo.
—Así y todo ten cuidado…
—Dios y los santos protegen las buenas intenciones —afirmó.
A Manolo le fue bien desde el principio. A la barbería y peluquería concurríamos los amigos; nuestros hijos, esposas y recomendados.
Por otro lado, Manolo se hizo de una fiel clientela entre los modestos residentes de la variopinta vecindad, a los cuales cobraba poco y ganaba en afectos, a la vez que su notoriedad como persona de alta espiritualidad crecía.
A la vuelta de un par de años Manolo estuvo en condiciones de mudarse para un mejor sector de la ciudad pero, querido y encariñado con el barrio, fue posponiendo la idea. Los padres, Manuel y Dulce, además de ocuparse de los trajines hogareños, como entretenimiento que le acercaban al terruño, en el patio trasero de la casa fomentaron una pequeña cría de gallinas de la que obtenían huevos que consumían y obsequiaban a los vecinos.
Una tarde de lunes en que Manolo terminaba de cortarme el cabello (lo recuerdo ya que, con nuevo empleo, como mesero de un restaurante ese era, en la semana, mi único día de asueto) un individuo joven de aspecto poco recomendable, como perro por su casa, llegó a la casa. Entró a la habitación de trabajo y sin saludar, de encima de la repisa, ajustada al pie del espejo, tomó un peine y comenzó a pasárselo lentamente por el pelo.
— ¿Cuándo piensas pelarme…?—soltó.
A través del espejo lo miré bien. Es un delincuente, pensé.
—Cuando quieras —Manolo respondió suave. —Ve al patio que papá necesita ayuda. Ya termino con el amigo.
Molestó apreté los labios. Delatado por el vidrio Manolo paralizó la navaja que perfilaba el corte.
—¿Qué pasa…?
—Nada… nada —respondí.
— ¿No te agradó este muchacho…?
— ¡Tiene tremenda pinta de bandido! Los amigos, incluyéndome, estamos cansados de decirte que te mudes de barrio. Al principio entendimos tu razonamiento que, para empezar, por lo bajo de la renta, este era un sitio apropiado. Pero ya te va bien económicamente. ¿Por qué seguir aquí…?
—La gente del barrio me quiere. Muchos necesitan de mis consejos espirituales. Además, en qué otro lugar mis padres podrían tener un patio grande con gallinas y gallos que se pasan la madrugada cantando. ¡Si tú vieras como le regalan huevos a los vecinos y que agradecidas son las familias!
—Entiendo. Aquí vive mucha gente buena, pero también hay mucho elemento con la facha de este muchacho —enfaticé el calificativo.
—Se llama Paco —aclaró, tomando en cuenta el retintín velado.
—No me gusta y menos que esté en tratos con tus padres.
—Es un infeliz. Quizá un poco alardoso. Fue de los últimos que salió por el Mariel. En este país no tiene a nadie. Es inculto pero no malo —justificó.
— ¿Y de qué vive…? —le interrumpí.
—De trabajitos ocasionales. Yo lo utilizó como mandadero y recadero. Le doy comida y le pago algo que le da para rentar un cuartico ¡Yo no puedo con todo lo de la casa! Acuérdate que mis padres están viejos y no salen solos más allá de la puerta de la calle…! —adujo.
—Por el Mariel, como tú, Manuel y Dulce, la inmensa mayoría de los que llegaron son gente buena y trabajadora. Pero no olvides que Fidel Castro, para joder a los americanos y desprestigiar al exilio, también mandó cierta cantidad de criminales y delincuentes que directamente salieron de las prisiones para los barcos que fueron a recoger familiares y amistades. Si el dueño o patrón de la embarcación se negaba a recibir la cuota asignada de ese elemento, se le obligaba a regresar vacío. La cosa era a punta de bayoneta.
Manolo, por unos instantes guardó silencio. Giró levemente el sillón. Me enfrentó y dijo.
— Este mulato medio calvo, flaco, feo y de ojos saltones de vez en cuando necesita una ayudita.
La sinceridad implícita en sus palabras me tomó de sorpresa.
—Disculpa… creo que me pasé de la raya —articulé.
Sonrió comprensivo y respondió,
—No tienes que justificarte. Somos amigos y hermanos de lucha.
Terminado el pelado me levanté del sillón y contra su voluntad puse el pago encima de la repisa.
—Tu dinero aquí no vale —como era habitual señaló.
—No es para ti, es para los viejos —como era habitual contesté.
—Dulce, Manuel, me voy —llamé en voz alta.
—Espera mijo —respondió Dulce saliendo de la cocina. —Manuel no viene porque está en el patio arreglando un jaulón para pollitos, recién salidos del cascarón, con el muchacho. Si no se tiene cuidado, por las noches vienen los gatos del barrio y se los comen. —la anciana disculpó al marido y me abrazó.
En la puerta nos estrechamos las manos.
—Hasta la próxima.
—Abur.
**
Pasaron los días; casi un mes y aunque un par de veces hablamos telefónicamente no había vuelto a verle.
La mañana que recibí la llamada de José Zaragoza me disponía a desayunar.
—Ayer, al oscurecer mataron a Manolo —dijo sin preámbulos.
— ¿Qué dices…? ¿Cómo fue…?
—Le dieron un tiro.
— ¿Cómo fue…? —aturdido repetí.
Lo ultimó el muchacho, el dichoso muchacho. Supimos cuando los hechos se aclararon y la policía rindió su informe.
Había llegado medio borracho a casa de Manolo. Pasaron al cuarto del altar. Exigía dinero y el tono de las voces se elevó. Dulce, la madre, entró a la habitación y preguntó.
— ¿Qué está pasando aquí…?
El dichoso muchacho la empujó y ella cayó al piso.
— ¡Con mi madre no te metas…! —gritó Manolo y arremetió contra el dichoso muchacho que bajo una lluvia de puñetazos se replegó.
— ¡Lárgate de mi casa y no vuelvas más…!
Entonces el dichoso muchacho sacó un dichoso revólver, que resultó ser robado, y le propinó un solo y dichoso tiro. Mortalmente herido, Manolo se desplomó junto al altar; al pie de sus santos tutelares.
Los funerales fueron en la desaparecida funeraria Bernardo García que estaba localizada en el 4100, calle 7 del noroeste de Miami.
La capilla y el salón principal estaban colmados de amigos de lucha y seguidores de las religiones afro-cubanas.
Dulce, la madre, me abrazó y con voz entrecortada por los sollozos repetía.
— ¡Mataron a Manolo, tu amiguito Manolo…!
Manuel, el padre, más sereno pero agobiado por la pena me dispensó un largo abrazo.
Me asomé al féretro. Manolo yacía todo vestido de blanco, tocado con un gorro del mismo color. A lo largo del brazo derecho descansaba una especie de plumero sedoso, largo y amarillo. El rostro, pulcramente afeitado no tenía la distancia de la muerte. Tuve la impresión que dormía, simplemente dormía.
A medianoche el recinto se llenó de toque de tambores y cánticos en lengua africana.
José Zaragoza, si no me equivoco, dijo que se le rendían honores como babalao de la regla de Ifa.
Sin aún concluir la ceremonia religiosa volví junto al féretro.
—Adiós Manolo. Abur amigo.

IVÁN PORTELA: MEMORIA EN EL AZOGUE DEL DESARRAIGO
Se me ha fugado un héroe
sin peto ni coraza,
una verde leyenda
cortada a la mitad,
un poema inconcluso
con sendos hasta prontos:
uno en los corazones,
otro en la eternidad…
Tomado del poema: A IVÁN, DONDE QUIERA QUE ESTÉS.
Ivonne Martín.

24 de diciembre de 1960. Santa Clara, Cuba. El flaco y largo Iván Portela y yo caminamos por las aceras de la Carretera Central que atraviesa la ciudad: Every night I hope and pray/ A dream lover will come my way/ A girls to hold in my arms/ And know the magic of her charms… Iván canturrea. Andamos el tramo comprendido entre las calles San Miguel y Paseo de la Paz. La noche es fría. Iván cubre el torso con una chaqueta plateada, de material rígido, que simula ser piel y abrocha una cremallera. Faltan dos horas para Navidad. A nuestra derecha corre el muro que, desde lo alto, se asoma al maltratado río Bélico y los vecinos de la ciudad identificamos como “el malecón sin mar”. Iván había cenado temprano con su familia. En la sobremesa discute con el padre; hombre culto y periodista de profesión. Iván defiende las ideas del, recién descubierto por él, existencialismo de Jean Paul Sartre. El padre se molesta y para enfatizar el enojo, tal y como era su costumbre, le llama por el nombre completo. Iván Alejandro Portela y Bonachea para de hablar sandeces y ocúpate más de tus estudios de contabilidad. Iván se ofende y para enfatizar parafrasea el título de la recién leída novela de Sartre. ¡Tanta inculta incomprensión me produce náuseas! ¿Qué has dicho bergante…? La madre interviene: ¡Por Dios!, ¿pararán de discutir…? ¡Miren que es Nochebuena…!
Los hermanos Pastora y Salvador, con la boca llena de turrón de almendras, ríen. ¿Desde cuándo eres eso existen…? No sé cómo se dice; Pastora se burla.
Me voy. ¡Imposible estar en esta casa!; Iván exclama y se incorpora de la mesa. ¿Hijo a dónde vas…? Quédate con nosotros y acompáñanos, más tarde, a Misa de Gallo; la madre pide. Voy a jugar ajedrez con José Antonio. Cuando Iván llegó a mi casa aún no estaba lista la cena. Mi abuela, además de lechón asado, siguiendo la costumbre, heredada de su madre madrileña, horneaba un pargo. El pescado se demora e Iván y yo tuvimos tiempo para una partida de ajedrez.
Mis abuelos Luis Felipe y Marianita, lista la cena le invitan a acompañarnos y aunque reconoce que ya ha comido, haciendo gala de su apetito proverbial se nos une: Siempre estoy hambriento porque tengo una solitaria que exige mucho. A continuación, fingiendo la voz, entabla un diálogo con su hipotética lombriz solitaria. Escucharon; ella exige más alimentos. Mis hermanos Nancy y Cuquito (Luis Salvador †) enlazan una carcajada. Aunque mi hermano Cuquito ríe de buena gana, su rostro aun conserva rastros de la paliza brutal que le propinaron el pasado 11 de octubre a la salida de la iglesia del Buen Viaje. ¿Y cómo se llama tu solitaria?; Nancy, todavía riendo, inquiere. Si yo soy Iván por lógico ella es Ivana.
De postre hubo turrones y dulce de cascos de naranja con queso blanco. De sobremesa mi abuela Marianita sirvió un rico vino de fruta bomba elaborado por “Cuadrado”; licorera local.
Brindamos y mi abuelo Luis Felipe, en tono pesimista, pidió por un mejor futuro para Cuba.
La embriaguez revolucionaria de los primeros meses del año 1959. Los juicios sumarísimos, las ejecuciones y largas condenas penitenciarias impuestas a los llamados “esbirros” de la dictadura derrocada del general Fulgencio Batista al menguar por falta de víctimas, rápidamente cedió el paso al encarcelamiento y fusilamiento de revolucionarios que pedían el retorno de la república a la senda democrática y ponerle coto a la creciente influencia comunista, en todos los sectores del desenvolvimiento nacional.
A nuestra derecha, cruzando el asfalto, la recientemente construida, de arquitectura moderna, iglesia presbiteriana hace tañer sus campanas eléctricas. A la siniestra, pegado al muro, el parque infantil del Club de Leones (en el presente parque de pioneros José Luis Miranda) viste de negro el follaje, a ratos rumoroso, de los árboles.
Dream lover where are you? / With a love, oh so true/ And a hand that I can hold/ To fell you near as I grow old… Iván entona con más vigor.
Qué bien suenan esas campanas eléctricas, digo. Quisiera ver cómo son. ¿Tendrán badajo…? La misma pregunta me hago; Iván responde. Hace frío, manifiesta y sube el zíper del ‘jacket’.
Someday, I don’t know how/ I hope she’ll hear my plea/ Someway, I don’t know how/ She’ll bring her love to me…
Teresita Calderón la pone en su programa de las tardes. Ha sido una de las últimas canciones de música popular norteamericana que ha entrado al país. Es bonita; la canta Bobby Darin, comento sin detener el paso.
Iván me mira de soslayo. En uno de sus gestos característicos tuerce los labios en mueca que pretende ser sonrisa. José Antonio, la canto para que la disfrutes, ya no volverás a escucharla en la radio. ¿Qué dices…? Lo que oyes. Se acabó el ‘sueño de amor’, enfatiza con ironía triste.
Me detengo; lo interrogo con la mirada y explica: Hace unas horas el gobierno revolucionario de Fidel Castro, intervino el Gran Hotel y la emisora Radio Teatro Cloris. Al dueño Orfelio Ramos Valdés lo señalan como colaborador del régimen de Fulgencio Batista. ¿Teresita y su programa que pintan en todo eso…? No quieren escuchar más música americana. Ahora es tiempo de musicalizar los poemas ‘antiimperialistas’ de Nicolás Guillen y oír al trovador Carlos Puebla.
¡Qué barbaridad!, exclamo. Desde que tomaron el poder no paran las injusticias. El 12 de octubre pasado fusilaron, mejor dicho asesinaron, en La Campana, pegado al pueblo de Manicaragua, al presidente de la Federación Universitaria Central Porfirio (el Negro) Remberto Ramírez, junto a Plinio Prieto, Sinesio Walsh, Ángel Rodríguez del Sol y José Palomino Colón. Y tu Iván, enfatizo, fuiste testigo de la golpiza que le dieron a mi hermano Cuquito, el día once, del mismo mes, a la salida de una misa en la iglesia del Buen Viaje, por haber ido a pedir por la vida de los condenados. ¡Quince años tiene Cuquito! Dos, fueron dos, compañeros de bachillerato, mayores que él, quienes cometieron el abuso; el morito Miyar y el Curro. ¡Cuánto rencor en tan breve tiempo!
Nosotros no estamos lejos de la edad de Cuquito y sí al alcance del odio planificado y dirigido por los fidelo- comunistas, Iván señala.
¿Cómo te enteraste…? ¿De qué…? De las intervenciones y la suspensión del programa de Teresita. Hoy en la tarde fui a su casa, en el barrio Macuca. Ella me lo dijo. Aun no es noticia oficial. Mañana lo será.
Las campanas eléctricas no paran de sonar y la atmosfera de la clara noche invernal se preña con el mensaje musical de una paz precaria. Iván vuelve a cantar: Dream lover until then/ I’ll go to sleep and dream again/ That’s the only thing to do/ ‘Til all my lover’s dreams come true…
Paro la marcha y le tomo de un brazo. Si tienes idea de ir a Misa de Gallo no cuentes conmigo. No me disgusta ir a misa. Soy existencialista y católico también. Pero si tienes una propuesta mejor…, desliza con la mirada socarrona que pocas veces logra disimular. Vamos a casa de Pedro Corzo. Allí, esta noche deben estar reunidos; tomando vino, hablando y bailando, Pedro y Aquilino Álvarez Triana, ‘Yayo’ Pedraza, Pepe ‘el Sátiro’, los hermanos Monagas, Matías Drake, Pepe ‘Trinchera’, Miriam Sánchez, Elvira, la hermana de Pedro, Lourdes Agüero, Violeta Zorrilla, ‘Mime’ Pérez, y algunas otras muchachitas del grupo. ¿Y cómo lo sabes? Mi hermano Cuquito me lo comentó esta tarde. ¿Él iba…? Ya debe estar allá, respondí. Bueno, París bien vale una misa, dijo y la socarronería se hizo suspiro de agrado.
Entonces, modificamos el rumbo. Caminamos a lo largo de las aceras de la Carretera Central hasta torcer izquierda en la calle Virtudes y llegar a la vivienda identificada con el número 61, esquina a la calle Joaquín Trista. ¡Pupy, llegaron los que faltaban!, la madre de Pedro nos recibe y sonríe. Estrella, Pupy es nombre para un crio, no para el tarajalludo que tienes por hijo, Iván bromea. Para una madre los hijos siempre serán pequeños, Estrella responde, acentúa la sonrisa y su figura se nimba, por siempre, con risas juveniles y la armonía vocal del grupo argentino Los Cinco Latinos que, desde un ángulo de la sala, atrapados en un elepé que gira dentro en un tocadiscos, eleva el canto de Estela Raval: Siempre, quiéreme siempre/ tanto, tanto como yo a ti…
¡Son las doce; es Navidad!, una voz femenina advierte. Estela Raval y Los Cinco Latinos concentrados en las vueltas del elepé no se enteran que ya es Navidad; 25 de diciembre de 1960. Ellos cantan y cantan… nunca, nunca me olvides/ dime, dime que sí…
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La noticia me llegó en febrero de este año 2019. A 59 años y escasos dos meses de aquella noche del 24 de diciembre de 1960, preludio de Navidad. Lo supe por el editor y amigo Juan Manuel Salvat. El poeta Iván Portela, había muerto en México el 13 de enero. Arribó a la nación azteca en 1964, a los 21 años de edad, como exiliado político. Allí Iván, arrastró la lejanía de la patria. Padeció carencias de toda índole pero nunca dejó de hacer poesía. Realizó estudios universitarios, tuvo un hijo y fue un reconocido, querido por colegas y alumnos, profesor de literatura, filosofía, arte y mitología. De sus 74 años de existencia, vivió 53 en México. No obstante, jamás dejo de cargar con “La cruz de caña” y el recuerdo hiriente de Cuba. Presumo, le conocí bien, que ni la muerte pudo atenuarle el dolor del desarraigo, impuesto por falsos hermanos.
Iván se ha ido; no está. Ya no volverá a enviarme esas temperamentales cartas (me niego a llamarlas correos electrónicos) que periódicamente, desde las márgenes del lago Tenochtitlán me hacía llegar. Ya no volveré a responderle con el encabezado de “Flaco malévolo”. Se ha ido sin volver a Cuba. Se fue sin andar y desandar; desandar y andar, una vez más, las calles estrechas, a veces adoquinadas, de Santa Clara. Se fue sin llenar sus pulmones, una vez más, con el aire fétido que desprende el cauce contaminado del rio Bélico y soñar, como entonces, con París, el Sena, los existencialistas de post guerra e invitarme al cine Silva, a tanda de cinco de la tarde, para asistir al estreno del film francés “Adua y sus amigas”. Por entonces, postrimerías de 1960, era amigo de Dulce Arango y yo de Yolanda Consuegra. Ambas, como nosotros, eran cinéfilas. Fueron los tiempos en que la cinematografía norteamericana, salvo algunas excepciones, comenzaba a prohibirse en la Isla y las producciones soviéticas, encabezadas por “La balada del soldado”, se imponían en las salas de proyección.
Tampoco, ya están la mayoría de los que llenamos, aquella noche de Nochebuena y albor de la Navidad de 1960, la casa de Pedro Corzo. Yayo Pedraza y Pepe el Sátiro fueron engullidos por un exilio temprano (Operación Pedro Pan). Pepe Trinchera se extravió en las calles de Miami. El rastro se ha perdido. ¿Habrán muerto…?. Los demás, los de aquella noche; acoso, presidio, dispersión, exilio y múltiples formas de perecer lejos del olor a petricor que despide la tierra materna en días de lluvia.
No obstante, Iván y yo estamos. Volvemos, con memoria persistente, a estar aquella Nochebuena de 1960. Hace frío y suenan las campanas eléctricas del hermoso templo presbiteriano. Caminamos, no dejamos de andar. Iván sube la cremallera de su chaqueta plateada y canta: Dream lover where are you… Calla y siento que la distancia trata de imponerse. ¡No calles!, exijo. Canta, no pares de cantar, si no la noche nos borrará de la memoria del tiempo. Responde con su clásica sonrisa socarrona y… Dream lover untill then/ I’ll go to sleep and dream again/ That’s the only thing to do/ ‘Till all may lover’s dream come true…
Miami, julio de 2019.

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