Cuando yo tenía 10 años, en mi entorno nunca conocí a un muchacho que quisiera ser médico, abogado y mucho menos dentista.
Todos, absolutamente todos, queríamos ser peloteros.
Admirábamos a Roberto Ortiz, Edmundo Amorós, Orestes Miñoso, Pedro Ramos y Camilo Pascual. Esos eran nuestros héroes.
Nos dividíamos entre almendaristas y habanistas. Sin embargo, Luis Bin era del Cienfuegos y hasta le puso “Cassini” a su perro, en honor a su pelotero preferido de ese equipo, Jack Cassini.
En el Residencial Mayabeque solo había un niño más almendarista que yo. Se llamaba José Raúl Montes, quien con el tiempo terminó convirtiéndose en un magnífico matemático.
Había otro muchacho, Miguelito de la Hoz, que era tremendo habanista. Su padre, que era almendarista, le vaticinó que algún día terminaría siendo una estrella del equipo del Alacrán. Y, efectivamente, así fue.
Mi vecino más cercano era Félix Alberto Garcés, tremendo habanista. Nos pasábamos la vida discutiendo a través del muro que separaba nuestras casas.
Jugando a la pelota con los niños de mi edad, llegué a creerme un tremendo pelotero. Ya me veía en el estadio del Cerro haciendo mejores atrapadas que Willy Miranda en el campo corto. Hasta que un día me aventuré a participar con hombres mayores en “La Liga del Hollejo” y comprendí que no serviría ni para cargar bates.
El líder de la Liga, Alberto Padín, quería darme un chance, pero no di la talla.
Entonces decidí ser cura, hasta que fui al cine Campoamor a ver “Y… Dios creó a la mujer”. Brigitte Bardot evitó mi celibato y volví a querer ser como Rocky Nelson.
Vino la hecatombe y, hoy en día, la tiranía exhorta a los niños a ser como un sanguinario y fracasado argentino. Pero cuando les preguntan a los muchachitos: “¿Qué quieres ser cuando seas grande?”, responden: “Turista extranjero” o “parte de la comunidad cubana en el extranjero”.
También saben que, cuando se distinguen en la pelota, brincan el charco, son contratados por las Grandes Ligas y pasan de tener una destartalada bicicleta a poseer un Mercedes del año.
Y allá, igual que nosotros en mi pueblo, que quisimos ser como Miguelito de la Hoz, ellos desean ser como Aroldis Chapman.






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